La encuesta muestra un uso extendido de estas tecnologías, junto con desconfianza y un amplio respaldo a establecer límites frente al reemplazo humano.
El Mostrador destacó los resultados de la segunda entrega de la Encuesta ICSOH-UDP serie Clima Social 2026, elaborada por el Instituto de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Diego Portales, que en este capítulo analiza la relación de la sociedad chilena con las tecnologías digitales y la inteligencia artificial.
El estudio muestra que el uso de estas herramientas ya se encuentra ampliamente extendido en actividades cotidianas. Un 69% de las personas encuestadas declaró haber utilizado inteligencia artificial durante los últimos seis meses para estudiar o aprender algo nuevo, mientras que el mismo porcentaje afirmó haber recurrido a ella para resolver dudas sobre salud, interpretar síntomas, exámenes o tratamientos. En este último ámbito, el uso alcanza un 72% entre las mujeres y un 65% entre los hombres.
Pese a su masificación, los resultados evidencian una relación ambivalente con estas tecnologías. La curiosidad es la emoción más asociada al avance de la IA, con un 59%, seguida por la desconfianza (44%), la vulnerabilidad (35%) y el miedo (24%), mientras que solo un 10% menciona la confianza. A esto se suman inquietudes por sus efectos en el empleo, el aprendizaje y la autonomía de las personas: un 40% teme que niños y jóvenes desarrollen una dependencia que perjudique su aprendizaje y el mismo porcentaje manifiesta preocupación por el reemplazo de puestos de trabajo.
Frente a estos riesgos, existe un amplio respaldo a establecer resguardos. Un 80% está de acuerdo con obligar por ley a mantener atención realizada por personas en bancos, servicios de salud y servicios públicos, y un 76% apoya garantizar que determinados trabajos continúen siendo desempeñados por seres humanos. Asimismo, un 68% respalda la aplicación de impuestos especiales a empresas que sustituyan trabajadores por máquinas o inteligencia artificial. Los resultados dan cuenta de una rápida incorporación de la IA a la vida cotidiana que convive con una fuerte preocupación por sus efectos sociales y con una demanda mayoritaria por preservar espacios de intervención humana.
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