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  1. Abstencionismo: las razones invisibles

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    El actual nivel de abstencionismo en Chile, entonces, no debiera motivar una excesiva preocupación. En efecto, como hemos visto, se trata de una tendencia mundial, cuyas razones son estructurales, y que, con seguridad, oscilará más alto o más bajo de acuerdo a las circunstancias, donde la polarización sobre el mayor o menor peligro que los ciudadanos vean respecto de sus personales “modos de vida”, será clave para mayores o menores grados de participación.

    Una investigación realizada por Darío Mizrahi, sobre datos del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), reveló que, si se toman como referencia las últimas elecciones presidenciales, Chile es el país en el que menos ciudadanos ejercen su derecho a voto entre un conjunto de naciones con democracias estables. Y si agregamos las recientes municipales, probablemente el liderazgo se consolida.

    En efecto, en noviembre de 2013, en que ganó la actual Mandataria, Michelle Bachelet, el 58% del padrón electoral decidió abstenerse y en los recientes comicios electorales municipales la cifra se elevó a65%, aun cuando el guarismo sea controvertido respecto de un universo total de ciudadanos autorizados para ejercer el derecho a sufragio, el que, como se sabe, oscila entre los 13.4 millones y los 14.2 millones, según la fuente oficial.

    Pero tampoco a nivel mundial resulta fácil ni transparente tener una medida de participación efectiva en elecciones, pues, desde el punto de vista formal, aunque casi todos los países analizados se rigen por sistemas de elecciones periódicas e informadas, en varios de ellos esos comicios son simplemente fachada.

    Por de pronto, el menor nivel de abstención electoral se encuentra en Laos, donde votó el 99,7% del padrón en las elecciones parlamentarias de 2011. Sin embargo, aquellos son sufragios controvertidos, dado que hay una sola fuerza política habilitada (Partido Popular Revolucionario de Laos) y el presidente no es elegido directamente por los ciudadanos, sino por el Comité Central del partido, tal como, por lo demás, ocurre en China y otras naciones socialistas o neonacionalistas.

    De allí que la investigación de Mizrahi considerara para estos efectos la base de datos de IDEA e incluyera solo a naciones con al menos un millón de habitantes y con una democracia funcional, definida con arreglo al puntaje que aquella presenta en el rankingde libertades políticas realizado periódicamente por The Freedom House, el que también es utilizado como referencia por IDEA.

    De esta forma, el segundo país en el que menos gente vota es la antigua República Socialista Soviética de Eslovenia, donde la abstención ascendió al 57,6% en las últimas elecciones para cargos ejecutivos nacionales. Luego aparecen Mali (54,2%), Serbia (53,7%), Portugal (53,5%), Lesoto (53,4%), Lituania (52,6%), Colombia (52,1%), Bulgaria (51,8%) y Suiza (50,9%). Se puede, pues, comprobar que el abstencionismo es un fenómeno global en el que se expresan regiones tan diversas como Sudamérica, Europa y África.

    Un segundo problema de este benchmarking es que algunos de esos países tienen sistema de voto obligatorio, mientras que en otros el sufragio es voluntario. Tal distinción no es trivial, pues lo que la investigación muestra es que, efectivamente, en las diez naciones que se destacan por su alta abstención, el sufragio es voluntario y cuando el voto es compulsivo, los niveles de abstención tienden a ser menores. Así y todo, entre estos últimos, se manifiestan abstenciones como las de México, Grecia y Paraguay, con 36,9; 36,1 y32%, respectivamente, guarismos no despreciables.

    Por el otro costado, Australia encabeza el ranking con menor nivel de ausentismo, con solo 6,8% del padrón, mientras que el segundo lugar lo ocupa nuestro vecino, Bolivia, con 8,1%, pero en ambos países el voto es obligatorio. Sin embargo, Sierra Leona, que ocupa el tercer puesto, con 9% de abstención, tiene sufragio voluntario. Luego aparecen Bélgica (10,6% voto obligatorio), Uruguay (11,4% con voto obligatorio), Dinamarca (12,3% voto voluntario), Suecia (14,2% voto voluntario), Benín (15,2% voto voluntario), Botswuana (15,3% voto voluntario) y Perú (17,5% voto obligatorio).

    Como se ve, no se observa un patrón predecible si se argumenta en favor de uno u otro sistema de votación y más bien resulta claro que se trata de un fenómeno que crece en buena parte del mundo, en paralelo al proceso de fortalecimiento de la sociedad civil, propio de la expansión de las democracias de mercado, cuya característica es que las personas ya no están obligadas a recurrir al Estado, ni a los partidos políticos, para expresar y transmitir sus posiciones respecto de tal o cual tema de interés social, sino que operan (o no) desde movimientos sociales “single issues”, orgánicas locales reunidas por razones tan variadas como la religión, estudios, profesión, clubes de tercera edad, vecinos o de emprendedores.

    Fredy Barrero, vicedecano de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia, citado por Mizrahi, dice que desde hace años se viene hablando de “una crisis de la representación política, que tiene como señal el alto grado de desafección por parte de los ciudadanos hacia los partidos”. Para Barrero y otros especialistas, tal desapego estaría asociado a que la democracia “no ha cumplido en aquellos temas que buscarían mejorar el bienestar de las personas”. Y añade que “a lo anterior se agregan los escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos políticos, dejando entrever que sus intereses estarían más concentrados en el lucro personal, que en buscar respuestas a las situaciones socialmente problemáticas”. Nada distinto a lo que se ha diagnosticado en Chile.

    Sin embargo, en la mayor parte de los países democráticos, con cumplimiento o no de los programas propuestos, con corrupción o sin ella, la abstención electoral ha seguido creciendo en las últimas décadas. Por de pronto, EE.UU. pasó de apenas 4,2% en los comicios presidenciales de 1964, a 32,1% en los de 2012. En Canadá ha ocurrido algo similar, al subir desde 24,1% en 1965 a 38,9% en 2011. E incluso en la joven democracia rusa, desde sus primeras elecciones libres en 1991, cuando el ausentismo fue de 25,3%, para 2015 ya había crecido a 34,7. Asia no está ajena al proceso y enJapón la abstención subió de 28,9% en 1963 a 47,3% en 2014.

    Es decir, como reconoce el director del Centro de Asesoría y Promoción Electoral del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, Salvador Romero, aparte del incumplimiento de promesas y la corrupción, son muchos más “los factores que explican el aumento de la abstención, cuyo impacto, por lo demás, varía de país a país, y según a las coyunturas”, añadiendo al diagnóstico ese reconocido desinterés de los jóvenes millennials y/o nativos digitales, hecho “que anticipa generaciones menos participativas que las que asistieron a la reconquista de la democracia”.

    En América Latina el proceso es cada vez más intenso: en Chile ha subido desde el 13,2% en 1964 a 58% en 2013 y a 65% en 2016 y, según los analistas, se explicaría por la reforma electoral de 2010, que cambió el anterior sistema de registro voluntario y voto obligatorio por uno de inscripción automática y sufragio optativo, como el que rige en la mayor parte de Europa y EE.UU. Pero, como señala Mauricio Morales, profesor de la Universidad Diego Portales, si bien en Chile la participación llegó al 90% en las primeras elecciones libres, lo que obedeció a la decisión de los chilenos por consolidar la democracia, la participación se fue deprimiendo y ya antes del voto voluntario la abstención había escalado al 60%.

    Nuestro país no es excepcional: en Costa Rica, la abstención pasó de 18,6% en 1966 a 44,4% en 2014; en Brasil, de 11,9% en 1989 a 21,1% en 2014; en Argentina de 14,4% en 1963 a 20,6% en 2011 y en México, de 30,7% en 1964 a 36,9% en 2012. En Europa, en tanto, la abstención trepó en España de 23% en 1977 a 31,1% en 2011; en Reino Unido, de 24% en 1964 a 34,2% en 2010; en Alemania, de 13,2% a 28,5% entre 1965 y 2014 y en Italia, de 7,1% a 24,8% entre 1963 y 2013.

    Parece, pues, no haber correlación visible entre el desencanto con los políticos por sus promesas incumplidas o la corrupción -que, por lo demás son fenómenos de muy larga data-, sino más bien con el acelerado proceso de desarrollo económico y progreso personal de los votantes en las últimas décadas, lo que, junto con la integración cada vez mayor a la habitualidad de las nuevas fuerzas de producción e intercomunicación, han ido alejando a las personas desde los entornos del anterior Estado benefactor socialdemócrata o socialista protector y paternalista (que terminó quebrando) y de sus clases políticas que, dada una estructura que lo favorece, tienden a clientelizar sus vínculos con la sociedad, buscando la contraprestación del voto para su eternización en el poder dirigente. Simple cuestión de naturaleza humana y que ya en el siglo XIX nos alertaba Adam Smith.

    Así, desde un par de décadas, como recuerda Morales, “los partidos políticos ya no son aquellas agencias que producían empleo y bienestar, por su influencia”, sino que, merced al triunfo del capitalismo tras la caída de los “socialismos reales”, el bienestar se alcanza (o no) hoy, mayoritariamente, a través del esfuerzo individual y personal. Las colectividades dejan de ser canales exclusivos de intermediación entre el votante y los poderes, lo que se observa nítidamente, en particular, en una democracia como la chilena, en la que, a mayor abundamiento, las decisiones de gasto estatal -que serían un buen estímulo para elegir “un padrino” cercano- no están en manos de los parlamentarios, sino que son atributo exclusivo del Ejecutivo. Así las cosas, diputados y senadores, alcaldes y concejales, suelen ser vistos como simples “free raiders” persiguiendo el voto ciudadano para lograr o mantener puestos de poder, luego de lo cual, “una vez apitutados, se olvidan de los electores”.

    En todo caso, esta conducta ha resultado irrelevante -hasta ahora- para la estabilidad democrática del país, pues el ciudadano común parece no ver peligros en su abstencionismo y, mejor aún, siente que es la democracia la que le otorga esa libertad de legitimar o no a sus autoridades, mediante el uso del único medio de expresión periódica que tiene para evaluar la conducta en el poder; o porque, dada esa misma libertad, estiman que, para sus intereses, su tiempo libre tiene otros usos más rentables que “malgastarlo” en una selección de individuos que “no inciden para nada” en sus vidas, trabajo o bienestar.

    El actual nivel de abstencionismo en Chile, entonces, no debiera motivar una excesiva preocupación. En efecto, como hemos visto, se trata de una tendencia mundial, cuyas razones son estructurales, y que, con seguridad, oscilará más alto o más bajo de acuerdo a las circunstancias, donde la polarización sobre el mayor o menor peligro que los ciudadanos vean respecto de sus personales “modos de vida”, será clave para mayores o menores grados de participación.

    Afortunadamente, la expresión de los intereses propios tiene hoy muchos más canales, aparte de los partidos. La democracia ha abierto un enorme espacio a la sociedad civil. Al mismo tiempo, no obstante la amplia mayoría que coincide en que siempre habrá necesidad de ajustes y reformas que mejoren los mecanismos del sistema, cambios sustantivos al actual modo de vida que pongan en riesgo el esfuerzo invertido en lo avanzado, son rechazados muy extensamente. Los resultados de las recientes municipales son un claro mensaje en tal sentido, el que, por lo demás, el propio ex Presidente Lagos reconoció, llamando “rectificar” el rumbo seguido por el Ejecutivo.

    Buena parte de los chilenos usamos los resultados de las encuestas para fundar opiniones sobre tal o cual hecho, entre otros, el propio alto rechazo a la acción del Gobierno, basado en la opinión aleatoria de entre 1.500 y 3.000 consultados. Y si le creemos a las encuestas, resulta ilógico relativizar los resultados de una votación que abarcó a más de 5 millones de chilenos en todo el país. Este “sondeo” envió un claro mensaje de moderación, gradualidad y acotamiento del proceso reformista y se ha constituido en un llamado a recomponer confianzas, a mejorar la actividad económica, a rectificar el camino y dar oportunidad a la inversión y el gasto de los chilenos. Como dijera José Antonio Guzmán, ex presidente de la CPC, “los chilenos que votaron representan perfectamente el sentir de los que no votaron”, porque desde una perspectiva de probabilidad estadística, si se midieran las preferencias del 65% de abstención, veríamos un comportamiento similar al que observaron los cinco millones que sí sufragaron

    Mal hacen, pues, algunos representantes de la derecha en relativizar los resultados de estas últimas elecciones, apuntando a la alta abstención. Este es un argumento que les viene mejor a los derrotados, porque, de ese modo, la caída es para “toda la clase política” y la aplastante victoria de la centroderecha (y del centro en general) puede ser deslegitimada como llamado de atención para un cambio hacia la moderación. La excepción “radical” de Valparaíso solo confirma la regla y con seguridad, quienes no votaron, no solo volverán masivamente a las urnas en cuatro años más, sino que muy pronto estarán en las calles alegando por una mejor gestión para esa comuna.

    Es cierto, pues, que las democracias con pocos participantes asumen sus riesgos. El mayor de ellos es que se pueden abrir puertas a populismos, en que candidatos de esa naturaleza basan sus campañas en el malestar ciudadano y los discursos antipartidos tradicionales. Al caer en tales tentaciones, la democracia pierde fuerza, emergen los autoritarismos de izquierda y/o derecha pudiendo llevar a la sociedad a golpes, revueltas o, en el mejor de los casos, a juicios políticos, como, por lo demás, ya hemos visto en América Latina. Las alzas de participación electoral democrática también existen: India, donde el número de ausentes en los comicios cayó de 39% en 1967 a 33,6% en 2014; en Uruguay, que descendió de 25,7% en 1966 a 11,4% en 2014; en Ecuador, que pasó de 22,5% en 1968 a 18,9% en 2013; y en Suecia, donde el abstencionismo bajó desde 16,1% a 14,2% entre 1964 y 2014. Seguramente, en próximas elecciones en Chile asistiremos a un fenómeno similar.

    En este marco, los probables intentos de la clase política de retornar al voto obligatorio, en todo caso, serán como el “sillón de Don Otto”. Como hemos visto, las razones de la abstención son estructurales y más profundas que la mera desconfianza ciudadana en sus clases políticas o la corruptela, ambos hechos presentes por decenios. Más bien hay que razonar sobre estas nuevas tendencias que emergen desde los cambios en la economía y las relaciones sociales a nivel global, fenómeno derivado de la explosión del conocimiento y las nuevas formas de producir anexas, mismas que, empero, desde una perspectiva optimista, posibilitarán la nueva democracia del siglo XXI, tecnológicamente superior, hiperconectada, participativa, con ciudadanos más conscientes y educados. El voto electrónico es apenas el comienzo de esta sobreviniente revolución.

    Así y todo, la “educación política” (o cívica) seguirá por unos años más tan indelegable en los partidos políticos, como lo es la divulgación de los principios morales de parte de Iglesias y familias, esta vez en un proceso necesariamente menos compulsivo, más racional, participativo, voluntario y consciente. No habrá mejor democracia forzando a los ciudadanos a expresar su opinión electoral vía voto obligatorio, como tampoco personas más decentes con un modelo de imposición religiosa o moral que nos retorne al Estado confesional. Los 10 mandamientos tienen ya más de 5 mil años y aún seguimos transgrediéndolos.

    Como buen corolario, y según apunta Mizrahi, la interrogante final es si las actuales dirigencias políticas están interesadas en desarrollar una democracia más rica, con mayor participación ciudadana en términos cuantitativos y cualitativos, dado que ampliarla implica más competencia interna y mayores problemas en el manejo de la organización. También porque, mientras menos gente vota, hay menos incertidumbre (de hecho, el 70% de los incumbentes en las municipales fue reelegido), pues quienes sufragan tienen preferencias más o menos estables y reconocidas. De allí que impulsar el ingreso de más gente al “mercado electoral” no implica necesariamente más beneficios para la clase política incumbente, sino por el contrario. En las próximas semanas veremos si tal voluntad es real o solo una nueva promesa incumplida.

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  2. Expertos y bloques políticos pronostican cifra récord en abstención

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Menor de 40 años, reside en una comuna grande, no es politizado y pertenece a un nivel socioeconómico mediobajo. Ese es el perfil de quien no iría a votar este domingo 23. La desconfianza en las instituciones y la percepción de corrupción serían las principales razones para no sufragar. Desde la academia, centros de estudios y partidos advierten la falta de representatividad que se está incubando en el sistema.

    Una base de datos compuesta por adherentes que han dado un “like” en páginas de Facebook que contengan información del partido, o de candidatos que han participado en debates en las redes sociales. Esta es una de las herramientas que Renovación Nacional está elaborando para las municipales y es una muestra de cómo las colectividades están buscando, de forma no tradicional, a posibles votantes con miras a las elecciones del próximo domingo.

    Esto, en medio de un complejo escenario para motivar a la población a que acuda a los locales de sufragio. No hay dos diagnósticos al respecto: desde la academia, los centros de estudios y los partidos políticos creen que en estas municipales votará menos del 43% de los electores que sí se manifestaron en los comicios locales de 2012. Y una cifra por debajo de ese número (algunos cálculos hablan derechamente de bajo el 40%), se establecería como un récord de abstención desde el retorno de la democracia.

    Si bien las alertas se vienen encendiendo desde la instauración de la inscripción automática y el voto voluntario, las cifras de las últimas encuestas van en la dirección de que existe poco interés y poco conocimiento incluso de quiénes son los candidatos.

    En La Moneda los análisis no son más auspiciosos: las cifras que manejan se mueven entre un 35% y 38% de participación.

    Principal razón: Desconfianza en las instituciones políticas

    ¿La causa principal de esta baja participación? Según Ricardo González, coordinador del área de opinión pública del Centro de Estudios Públicos (CEP), “en general la gente no vota porque existe desconfianza en las instituciones políticas, debido a la percepción de corrupción”. Además, según los estudios que ha realizado el think tank , “las personas dicen que no les interesa la política. Hoy existe una escasa politización de la población”.

    De hecho, un estudio del CEP de noviembre de 2014, muestra un dato revelador. Ante la pregunta sobre las características de ser “un buen ciudadano”, un 49% dijo que “votar siempre en las elecciones” era importante ocupando el séptimo lugar de las prioridades. Mientras que el primer lugar fue para “observar que las autoridades públicas actúen correctamente”. Datos que hoy adquieren un mayor sentido.

    Similar es la opinión de Gloria de la Fuente, directora ejecutiva de la Fundación Chile 21. Sostiene que el poco interés de la gente tiene que ver, junto a otros factores, “con el descrédito en el que ha caído la política, sus instituciones y los casos de corrupción”. Y que se podría esperar que en las municipales la participación esté “entre el 30 y 40%”.

    Para el cientista político del Instituto Libertad Pablo Rodríguez, hay que tener en cuenta otro factor: en diferentes estudios de opinión “se está sobreestimando la real participación de las personas”; es decir, la gente no estaría siendo sincera cuando le preguntan si irá a votar. “El contexto político-social no favorece una participación mayor a la registrada en 2012. Por el contrario, debería bajar”, advierte.

    Visión que comparten en Libertad y Desarrollo. Agregan en su último estudio del Observatorio Electoral que la “desafección ciudadana es un fenómeno global”. A eso se suma que históricamente las elecciones locales (municipales) despiertan menos interés que las generales (parlamentarias o presidenciales).

    Partidos tradicionales saldrían favorecidos

    “Pierde la democracia y la legitimidad de los actores políticos”, dice Jorge Ramírez, coordinador del programa Sociedad y Política de LyD, sobre la principal “víctima” de la abstención.

    “Todos se verán perjudicados. Los partidos estables, por ejemplo, pierden en su legitimidad”, apunta Juan Pablo Luna, académico del Instituto Ciencia Política de la Universidad Católica. Agrega que “aquí no gana la izquierda o la derecha, más bien el problema lo tiene toda la clase política. Hay problemas de legitimidad profunda con un nivel bajo de votación”.

    Pero si bien estas conclusiones las comparten los analistas y los dirigentes políticos, al momento de hacer un diagnóstico sobre bloques y partidos, otras conclusiones salen a la luz.

    Según el director del Observatorio Político-electoral de la Universidad Diego Portales, Mauricio Morales, “una alta abstención podría favorecer a los partidos tradicionales que ya tienen procesados sus apoyos electorales”. Además, agrega que esto se acentúa porque “quienes votan tienen patrones de conducta electoral estables”.

    Y aunque aún no hay una sola mirada sobre el sesgo socioeconómico de quienes no votan, hay quienes ven que la abstención aumenta a mayor ritmo en los segmentos medios y populares. De ser así, opina Morales, “los partidos que pierden son los de centro-izquierda y la UDI, pues ellos han avanzado electoralmente en esas zonas”.

    Robert Funk, académico del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y director de estudios de Plural, pone la mirada en los nuevos partidos como Ciudadanos o Revolución Democrática, que han salido bien evaluados en los últimos sondeos. Pero advierte que si bien esa percepción podría indicar hacia dónde van dirigidas las preferencias, a la larga podría no ocurrir, porque para que eso ocurra “las personas tienen que saber cuál es el partido político de cada candidato y, a mi juicio, en las elecciones municipales la gente no vota por el partido; vota porque conoce al postulante”.

    Quiénes no irán a votar

    Cuando a comienzos de 2012 se logró aprobar la inscripción automática y el voto voluntario, las apuestas del gobierno de entonces, liderado por Sebastián Piñera, y de gran parte de los sectores políticos, eran que aumentaría la participación, pues se eliminaban algunas barreras como el trámite de inscribirse.

    Y si bien entraron nuevos votantes al sistema, se produjo una fuga de otros tantos.

    Un estudio del CEP -“Cambios en la participación electoral tras la inscripción automática y el voto voluntario”, de Loreto Cox y Ricardo González- que analiza este fenómeno en las elecciones presidenciales y al Congreso de 2013, muestra ciertos matices.

    Según sus datos, en esos comicios hubo 1.321.401 nuevos votantes -personas que no estaban inscritas en el régimen anterior y que votaron en 2013-. A la vez, 2.624.724 personas que estaban inscritas antes de la reforma, no acudieron a las urnas.

    Aun así, se observó un mayor equilibrio entre los votantes, pues era un consenso que, hasta esa fecha, existía un padrón envejecido. De esta forma el sesgo etario que existía disminuyó, aunque aún persiste.

    “En 2013 mejoró la representatividad del sistema y aunque en 2012 el sesgo etario volvió a subir -quizás porque los más jóvenes están más preocupados de proyectos nacionales que comunales- es mejor que antes”, explica González.

    Con diversos antecedentes de investigaciones, los expertos han llegado acercarse al perfil del chileno que vota y el que no.

    Miguel Ángel Fernández, investigador Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo (UDD) comenta que el votante “sería de mediana edad, casado, que se informa acerca de aspectos públicos, posee algún nivel de confianza hacia las instituciones que lo rodean y se identifica con un partido político”.

    Y, quienes no votan, explica Eugenio Guzmán, decano de la Facultad de Gobierno de la UDD, tiene las siguientes características: “Se trata de gente más bien joven, de una generación post plebiscito, menos política, con menos afección al proceso democrático. Personas de bajo nivel de educación, que han sido socializados al margen de la política, con menor nivel de interés en ella”

    El tamaño de la comuna también incide directamente. Mientras más grande es el municipio, la abstención aumenta. De hecho el promedio de participación de las comunas con más de 200 mil electores fue 35,02% y el promedio de las comunas con menos de 10 mil electores alcanzó el 60,8%, según se lee en un estudio del Instituto Libertad.

    En las comunas más pequeñas, comentan en los partidos políticos, los candidatos son más conocidos y las campañas, más personalizadas.

    Desde el CEP agregan otro factor sobre la “oferta” de candidatos. Así -sobre la base de estudios de las municipales de 2012-, mientras más concejales elige una comuna, hay mayor participación, “quizás producto de que cada candidato aporta votantes adicionales”. Esto, según se lee en su reciente documento “Elecciones municipales en frío. Criterios para dimensionar la participación y los resultados electorales de las elecciones 2016”, donde establecen directrices para analizar los resultados del próximo domingo 23.

    Buscar el voto duro como único camino

    En la Nueva Mayoría y en Chile Vamos están concientes de esta realidad. Y si bien hoy buscan formas novedosas para “fidelizar” al electorado (ver recuadro) saben que su objetivo es apuntar a sus respectivos votos duros.

    “Si antes un candidato hacía campaña y se enfrentaba con un posible elector que estaba dudoso, se quedaba y lo trataba de convencer. Hoy sigue de largo y busca al vecino que adhiera a sus ideas. El tema es que ahora debe entusiasmarlo para que vaya a votar”, explica el experto electoral del PPD, René Jofré.

    Otro ejemplo de la búsqueda del voto duro es lo que está haciendo la UDI desde hace unos meses: organizar a sus militantes en cada comuna según el número de electores que se necesitan para elegir a un candidato. Y cada militante deberá incentivar que un determinado grupo de adherentes vaya también a sufragar.

    En la DC admiten que lo que irán a buscar es ese voto duro que les asegure la real representación que tienen en el electorado. De ahí que, señalan, las estrategias para captar al votante son 345… una por cada comuna.

    Todo esto, cuestionan desde los partidos, en un escenario adverso para la elección donde la “invisibilidad” de la campaña es comentario común. No solo porque las presidenciales se han tomado el debate, sino porque, según acusan las colectividades, el Gobierno no se encargó de hacer una campaña informativa, con tiempo, para que la gente estuviera al tanto de los comicios del próximo domingo.

    Y si bien en los últimos días, La Moneda lanzó videos y tuiteos con un “Yo sí voto” -donde participan incluso ministros-las colectividades lo ven como algo tardío y poco eficiente.

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  3. ¿Voto obligatorio, voluntario o electrónico? El debate que abre la abstención

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    Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.

    Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.

    La baja sostenida en los índices de participación electoral en las recientes elección presidenciales y municipales puede acentuarse en los comicios del próximo 23 de octubre, dando pie a una ser de iniciativas que buscan reponer la obligatoriedad del voto. Un discusión donde la élite política pone todas sus fichas, para recuperar la legitimidad perdida por sus actos.

    En las pasadas elecciones municipales de 2012, con la implementación del sistema de inscripción automática y voto voluntario, las campanadas de alerta en los partidos políticos tradicionales y la élite se encendieron en vista de la crisis que se les venía encima. El 60% de abstención era la primera señal concreta de la ciudadanía de su desafección de la política. 

    El hecho repitió, aunque con menos contundencia las elecciones presidenciales donde la participación alcanzó casi el 50%. Sin embargo, las luces quedaron encendidas para reinstalar la discusión respecto si participar de los eventos electorales debe ser voluntario u obligatorio.

    De esta forma se han presentado una serie de ideas respecto de como revertir la abstención para aumentar los niveles de participación electoral de los ciudadanos. La reinstauración del voto obligatorio o el uso de plataformas electrónicas como el voto electrónico han sido puesto en la mesa por diferentes parlamentarios.

    En este sentido, el senador Francisco Chahuán (RN), otrora defensor del voto voluntario, es uno de los más fervientes defensores de la vuelta de la obligación de ejercer el voto. Su argumento se basa en que “Estamos frente a una crisis de legitimidad que es multifactorial, que no solo se relaciona con una crisis de confianza con la política, sino que también la interpersonal y se rompió el sentido de comunidad. Estamos en una cultura del metro cuadrado”.

    Al mismo tiempo, Chahuán recalca que esta desafección tiene que ver con el momento social del país más allá de su situación política y declara que “Existe ausencia de un proyecto colectivo de nación, y eso va a acompañado de la indiferencia de los procesos sociales y políticos. Chile se encuentra en medio de una transición entre el país que somos, el que queremos ser y el que soñamos. Chile no se reconoce a sí mismo ni culturalmente ni territorialmente”.

    En palabras del diputado y jefe de bancada del PPD, Ramón Farías, quién además impulsa la instalación de la plataforma de voto electrónico en el país, señala que el escenario abtencionista que se encuentra en ciernes tiene relación con que la ciudadanía, no percibe importancia en su actuar y que para revertir la situación “creo que la gente tiene que sentir que su voto es importante. En la próxima elección se cierra la etapa del binominal y habrá distritos más grandes y con mayor cantidad de diputados, poniendo de ejemplo el distrito donde que represento que pasa de tener dos diputados a siete”.

    Y al mismo tiempo, cree que se deben asumir responsabilidades por ambas partes, clase política y ciudadanía, para la superación de este momento “Hay que reencantar a la ciudadanía, pero se requiere tener ganas de ser reencantadas. Este no es un esfuerzo de la clase política, también debe ser de los medios o del gobierno de turno. También los medios deben ayudar a que la gente se acerque a votar, para cambiar a los que no  nos gustan. Porque la gente dice “no vamos a premiarlos con el voto” lo que es todo lo contrario a lo que sucede en la realidad”.