Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.
Desde fines de enero, Twitter es el nuevo espacio utilizado por uno de los empresarios más poderosos del país. Mientras Chile ardía, el vicepresidente de Quiñenco y Banco de Chile, se unió a una de las aplicaciones más usadas en el mundo para difundir mensajes cortos. Mientras algunos expertos en redes sociales aplauden la iniciativa, otros señalan que es claro el objetivo: mejorar su imagen. Este es el análisis sobre Andrónico Luksic versión 140 caracteres.
Sigue 70 cuentas –en las que lideran medios de comunicación–. Tiene más de 19 mil seguidores. Sus tuits han apuntado mayoritariamente a la reciente tragedia en Chile. Sin embargo, también ha hecho comentarios que van desde defender a Twitter como “un espacio de opiniones transversales y mucha diversidad”, hasta criticar el Transantiago, calificándolo como “indigno para Chile”.
El miércoles, su última opinión apuntó al sistema de transporte. “10 años del Transtgo. Indigno para Chile. Son varios los gobiernos y poco se ha hecho. Espero q candidatos estén pensando en mejor solución” (sic), escribió. Recibió todo tipo de respuestas, entre ellas, que nunca había usado el sistema y él respondió: “Sí, me he subido. Y tengo mi tarjeta Bip”.
Después de ser aplaudido, vilipendiado y hasta parodiado por utilizar YouTube para apelar a la gente, el poderoso empresario –en el vórtice del vendaval de las redes sociales por casos como Alto Maipo, Caval, la querella contra el diputado Gaspar Rivas y la demanda contra Rodrigo Ferrari por suplantarlo en Twitter– llegó a la red en enero, con el objetivo de hablar en 140 caracteres.
Gonzalo Sánchez, experto en redes sociales de la agencia GS Comunicaciones, afirma que Luksic “intenta arreglar su imagen optando a una red social donde puede tener mayor exposición y decidir a quién responder y a quién no”. Sánchez agrega que Luksic es un “empresario muy distante de la ciudadanía y esto sirve para darse a conocer de forma más humana”.
Eduardo Arriagada, decano de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica, expresa que esta decisión es “lógica, razonable y contemporánea”. Manifiesta que Luksic fue definido como el representante de todos los empresarios de Chile en la campaña presidencial de Franco Parisi, “quien fue el que inició el concepto de que Luksic era un empresario abusador. Él no hizo nada respecto de eso, dejó que Parisi avanzara con ese discurso y le terminó costando muy caro, porque cada vez que hay un problema, algunos directamente relacionados con sus empresas, sale metido en el baile”.
Sánchez sostiene que, como empresario, “no tendría por qué tener una cercanía con la gente, pero está preocupado de que él tanto como su familia estén bien situados en la sociedad. Logra, por ejemplo, que para cuando done 5 mil millones de pesos en una próxima Teletón, no lo vuelvan a pisar”.
Arriagada se suma a Sánchez en cuanto a la preocupación del vicepresidente de Banco de Chile y afirma que “reaccionó de manera más inteligente que otras veces, el camino más lógico para defender su nombre es formar parte de la conversación social”.
Los expertos concuerdan en que en Chile los empresarios han sido lentos en integrarse a las redes sociales. Gonzalo Sánchez dice que no “me extrañaría que Angelini, Paulmann u otros también lo hagan. Es lo mismo que hizo Farkas, a quien le ha resultado de manera espectacular, a un punto que las personas hablan de él como posible candidato presidencial”.
Fernando García Naddaf, académico UDP y doctor en Comunicaciones, cree que el objetivo de Luksic está relacionado “evidentemente con lo que promete Twitter, la nueva forma de comunicar, y lo que surge a través de eso: empatizar con la gente”.
García señala que existen resultados favorables y en contra al utilizar esta herramienta. “Primero, cuando un tipo es poderoso y tiene algún tipo de visibilidad fuera de las redes, sus publicaciones son replicadas en medios de comunicación, por lo tanto, se amplifica su mensaje sin filtro por parte de los medios. Dice lo que él quiere y la prensa está obligada a publicarlo, ya que tiene un valor noticioso, logra llegar a mucha gente”, explica.
Sin embargo, el académico cita a Byung-Chul Han, y habla de los “enjambres que se le vienen de vuelta, que son personas con pocos seguidores, totalmente anónimos y muchas veces adolescentes que le van a pegar pequeños lancetazos”. En tal sentido, García plantea que, si Luksic “es lo suficientemente frío para no responder y no amplificarlo, esto significa una buena opción estratégica”.
Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.
252 expertos participan en la IX Cumbre Mundial de Comunicación Política en Buenos Aires. Entre los expositores estuvo el ex diplomático chileno y actual director del magíster de Política y Gobierno en la UDP, Fernando García Naddaf. Su conferencia fue “Construir agenda con redes sociales ¿se puede?, donde explicó el nuevo escenario de la comunicación política que tiene a los servidores públicos utilizando vídeos (39% son youtubers de acuerdo a sus cifras). Aquí ejemplificó con el vídeo de la Cámara de Diputados, que fue recogido por las redes sociales, donde Gaspar Rivas insultó al empresario Andrónico Luksic.
“Este político, que pasaba desapercibido por la mayoría, se volvió tan popular por sus dichos que ahora está listo para la reelección. Lo curioso es que Luksic no usó su canal para responderle a este diputado, ni tampoco otros medios tradicionales, donde tiene influencia. ¡Usó Youtube! ¡Y aparecieron miles de memes!” dijo causando la risa del auditorio y explicando así que lo que buscan las redes sociales es “maximizar la visibilidad de las acciones políticas”.
Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Aunque los ricos también lloren, cuando los pobres creen que su propio sufrimiento es causado por los ricos, hay poco espacio para que los pobres sientan solidaridad con la injusticia de ser caricaturizado como un delincuente.
La sorpresiva decisión de Andrónico Luksic, el líder del grupo empresarial más poderoso de Chile, de salir públicamente a defenderse de las destempladas acusaciones del diputado Gaspar Rivas, electo en la lista de la derecha, le hace más daño que bien a la imagen del empresario. Porque genera una oportunidad para que Rivas escale y expanda sus acusaciones, la declaración de Luksic, subida a Youtube, equivale a trenzarse en una riña de bar con un borracho. Porque el borracho no actúa racional ni razonablemente, el sobrio que entra a esa pelea no tiene cómo ganar. Incluso ante los observadores, el borracho podrá usar después, como atenuante, la explicación de que estaba ebrio. Pero el sobrio, a lo más, se habrá ganado una reputación que atraerá a más borrachos a pelearse con él.
Las acusaciones de Rivas deben ser entendidas en un contexto de creciente desconfianza popular ante todo lo que huela a poderoso. Si en el mundo hay una preocupación creciente por la alta concentración del ingreso y de la riqueza, el discurso público reciente en Chile ha convertido a la desigualdad en la principal amenaza a la estabilidad democrática. La seguidilla de escándalos de colusión ha alimentado la percepción de que los ricos tienen dinero porque abusan de los pobres. Como los escándalos de financiamiento de campaña muestran la cercanía del poder económico y el poder político, se ha profundizado la desconfianza natural que tiene la gente hacia los poderosos.
Ya en la campaña de 2013, varios candidatos lograron atraer la atención al hacer campaña contra los poderosos. Franco Parisi, que obtuvo el cuarto lugar, convirtió a los grupos Luksic y Agelini en sus punching bags favoritos para demostrar que él era el candidato que se pelearía con los poderosos. En 2014, cuando impulsó la primera versión de la reforma tributaria, el gobierno de Michelle Bachelet elaboró un spot publicitario que hablaba contra los poderosos de siempre. Ahora mismo en Estados Unidos, las campañas de Donald Trump y Bernie Sanders se basan en un discurso anti-establishment. Hacer campaña contra los poderosos suma votos.
Porque los poderosos son sospechosos de abusar, coludirse y corromperse, cualquier acusación que se haga contra ellos encuentra un terreno fértil de credibilidad en la opinión pública. La misma lógica de discriminación del control preventivo de identidad que afecta a los jóvenes de bajos ingresos aplica también cuando se acusa a los poderosos. Ante la opinión pública, los poderosos son culpables a menos que demuestren fehacientemente lo contrario.
Por eso cuando el diputado Rivas aprovechó la tribuna de la Cámara de Diputados para acusar a Luksic de delincuente y tildarlo, literalmente, de hijo de puta, la extemporánea acusación caló hondo en una ciudadanía desconfiada. Como las redes sociales amplifican las acusaciones y los escándalos —y buena parte de la prensa sigue la pauta de las redes en vez de generar su propia pauta—, el video con la acusación de Rivas se viralizó.
La trayectoria política errática de Rivas debiera inducir a la audiencia a no tomar en serio sus declaraciones. Después de haber sido electo por RN en 2009, Rivas renunció al partido en 2012, pero volvió para ser candidato en 2013. El diputado —que también se hizo conocido por informar a los medios que encontró una novia de Europa del Este por Internet (affaire que no prosperó cuando ella decidió quedarse en su país)—, ha ganado fama por sus intervenciones verbalmente agresivas en la Cámara. Si el hemiciclo fuera un bar, Rivas sería lo más cercano a ser el borracho del lugar.
Pese a ese historial, Luksic optó por responder los insultos del diputado. Después de haber resistido entrar al ruedo ante las acusaciones que lo vinculaban con el escándalo Caval (por su reunión con Sebastián Dávalos y Natalia Compagnon, en su calidad de vicepresidente del Banco de Chile, y por sus reuniones posteriores con Compagnon), Luksic no se aguantó y respondió el insulto histriónico del diputado derechista.
Si bien las declaraciones de Luksic son razonables (incluso hace un mea culpa por reunirse con Dávalos y Compagnon), la oportunidad que ahora da Luksic a que Rivas lo interpele y amplifique sus acusaciones hacen que los costos de romper el silencio superen con creces los beneficios de salir a dar explicaciones.
Ser poderoso da muchas ventajas. Pero también implica algunas desventajas. Cuando te insultan públicamente, aunque sea de manera injusta, no tiene sentido victimizarse. Para los no poderosos que continuamente son víctimas de abuso y observan los privilegios a los que acceden los poderosos, resulta muy difícil simpatizar con el sufrimiento de alguien tan poderoso como Luksic. Aunque los ricos también lloren, cuando los pobres creen que su propio sufrimiento es causado por los ricos, hay poco espacio para que los pobres sientan solidaridad con la injusticia de ser caricaturizado como un delincuente.
Alfredo Joignant, Doctor en Ciencia Politica Universidad Diego Portales
En la octava edición del programa “Mejor hablar de ciertas cosas”, se abordaron temas políticos que están en la actualidad nacional. Entre ellos, están las primarias DC, la muerte del ex Presidente Patricio Aylwin y el video de defensa de Andrónico Luksic frente a las acusaciones del diputado Gaspar Rivas.
En el último tiempo hemos visto a una serie de figuras públicas pedir perdón. Una palabra que nos es familiar desde niños, pero que la ciencia está estudiando hace sólo un par de décadas. Los resultados dan luces de los beneficios, las verdades y mitos de la sicología detrás de las disculpas. Una lectura obligada para los políticos en estos días.
Este ha sido el año de pedir perdón. Partió el senador Iván Moreira en enero cuando reconoció el uso de boletas de terceros para financiar su campaña. Y a medida que se han ido conociendo las investigaciones de Penta, Soquimich y Caval, hemos visto a varios personajes públicos y políticos haciendo lo mismo. Ha habido disculpas individuales, como Pablo Wagner a la UDI, y en grupo, como las de distintos dirigentes de partidos políticos. Se le ha pedido perdón a la ciudadanía (Sebastián Dávalos, quien además renunció a su cargo en la presidencia), a los propios empleados (Andrónico Luksic en el Banco de Chile) y hasta a la suegra (Natalia Compagnon).
En estos cuatro meses es uno de los momentos en que más hemos visto a los poderosos usar esa palabra. La misma que nos enseñaron a decir desde niños, y de mala gana, cuando lastimábamos a un hermano, esa que está asociada a las religiones, y que muchos familiares víctimas de la dictadura todavía quieren escuchar.
Pero aunque creemos que conocemos el perdón, la investigación científica sobre él es reciente. Comenzó en el hemisferio norte en 1989 cuando terminó la Guerra Fría y los países enemigos tuvieron que aprender a conciliar. En ese momento el perdón, explica Everett Worthington, sicólogo de la Universidad Virgina Commonwealth y uno de los principales especialistas en esta materia, se volvió un tema obligado. Sin embargo, el estudio se aceleró en 1998 cuando la Fundación Templeton en Estados Unidos, que financia investigaciones en “las grandes cuestiones de la vida”, comenzó a entregar recursos para indagarlo.
¿Y qué es el perdón? Los más de mil investigadores que lo estudian no se ponen de acuerdo. En general lo definen como un acto social en donde, más que pedir, el acto principal es recibir ese perdón, renunciar al derecho de castigar a quien ofendió y disminuir la ira. Según Worthington, existen dos formas de perdonar. La primera nace de una decisión, cuando una persona deja de buscar revancha o evitar a quien lo agravió y lo empieza a tratar de una forma diferente, sin esperar nada a cambio. La segunda es emocional: se reemplazan los sentimientos negativos como el rencor, la ira y la ansiedad por la empatía y compasión y el que está perdonando empieza a sentir sentimientos positivos hacia quien lo ofendió.
En lo que sí hay consenso entre los investigadores es que el perdón es una habilidad que se puede aprender como cualquier otra y que trae múltiples beneficios incluso para la salud física, siempre y cuando sea sincero.
El perdonazo
No siempre perdonamos o pedimos perdón sólo por altruismo o para reconciliarnos. Según un estudio del Grupo de Investigación del Perdón de la Universidad de Brock en Canadá, nos disculpamos principalmente porque nos sentimos avergonzados, por el qué dirán, para evitar el castigo, para mantener la relación que se tiene con el otro, por justicia y en el caso de los creyentes, porque Dios así lo pide. La sicóloga Kathryn Belicki, que lidera ese centro, explica que cuando se trata de perdonar hay fundamentalmente nueve razones: el deseo de preservar la relación, la empatía hacia el infractor, porque el otro se disculpó y también el factor religioso. Pero hay otras más egoístas como sentirse mejor, evitar las consecuencias sociales (como ser presionado para perdonar), la conveniencia y hasta para demostrar superioridad moral.
Pero también influye quién es la persona a la que hay que perdonar y la cultura en que vivimos.
¿Perdonó usted a Iván Moreira? ¿Confía en las disculpas de Natalia Compagnon, Pablo Wagner o los líderes de los partidos? Según las investigaciones, nos cuesta más creer y recibir las excusas de los personajes públicos que las de nuestros cercanos, aun cuando los conocidos nos hayan herido más. “En las relaciones cercanas hay más que perder, como la relación en sí. En el plano colectivo no hay un vínculo de pasado con esa figura”, explica Jorge Manzi, sicólogo social de la UC y quien ha realizado estudios acerca del perdón colectivo en Chile.
La confianza también es un elemento clave al momento de aceptar las disculpas y Chile tiene bajas tasas de confianza, lo que les pone la pista pesada a los arrepentidos: “Esta carencia disminuye el impacto de las disculpas. Puede ser percibido como manipulación”, agrega Manzi, quien también es director de MIDE UC.
A eso se suma que en Chile la cultura del perdón colectivo, por los años de dictadura, ha sido compleja. Manzi recuerda que en 1999, cuando participó en la Mesa de Diálogo se habló de verdad, de justicia, de reparación, pero poco de perdón. “En Chile hubo una negación de los que estuvieron asociados a los hechos. Todos decían que eran víctimas y eso hizo que el perdón no tuviera espacio, porque para que exista tiene que haber un convencimiento personal de que se cometió un acto impropio. Algo que no existía en esa época”, asegura.
Por su parte, Tony Mifsud, sacerdote jesuita y parte del grupo del Centro de Ética y Reflexión Social de la Universidad Alberto Hurtado, dice que no basta con pedir perdón. La Iglesia Católica siempre ha hecho hincapié en la penitencia, es decir, que además del arrepentimiento también debe haber un propósito de enmienda. La clave, dice Mifsud, está en los gestos, en mostrar cambios, algo que, según él, se ha perdido: antes si en un ministerio se descubría cohecho, el ministro, aún cuando no era culpable, renunciaba, porque era responsable políticamente. Ahora eso ya no ocurre. “Si el perdón va a ser barato, es decir, sólo la palabra y quedar donde mismo, la desconfianza empeorará y aumentará la falta de credibilidad. Al país no le conviene avanzar hacia allá”, asegura. “En la sociedad chilena se necesita reinstalar la capacidad de responder por los propios actos y omisiones. Y asumir las consecuencias prácticas de ello”, dice por otra parte Eva Hamamé, doctora en filosofía de la Universidad Diego Portales y co-investigadora junto al fallecido Humberto Giannini de un proyecto Fondecyt sobre el perdón.
Y así como nos cuesta perdonar a las figuras públicas, en la esfera privada somos más compasivos. “Las muestras de perdón tienen niveles medios altos, pero siempre moderado por distintas razones, como por ejemplo, el tipo de ofensa, las características de la relación o la personalidad”, dice Mónica Guzmán, académica de la Universidad Católica del Norte, quien ha estudiado el perdón en la pareja chilena. Explica, por ejemplo, que la infidelidad, por sobre el engaño y la mentira es lo que más cuesta perdonar. La personalidad, dice, también influye: los más empáticas y menos neuróticos y los más seguros de sí mismo tienden a perdonar más fácilmente. Pero cuando hay un conflicto y no hay disculpas de por medio, tendemos a evitar a la pareja. Nos cuesta acercarnos o volver a confiar. Eso sí, aclara Guzmán, son muy pocos los que optan por la venganza.
Lo bueno de perdonar
Un grupo de investigadores de Hope College en Estados Unidos, le pidió a distintas personas que pensaran en alguien que les había hecho daño: eso los hizo sudar más y les subió la presión. Worthington explica que como éste, hay varios estudios similares que muestran que el rencor puede crear trastornos relacionados con el estrés, problemas cardiovasculares y en el sistema inmunológico. Además, puede contribuir a la depresión, ansiedad, trastornos obsesivo compulsivo o de ira y transformarse hasta en un problema de salud pública. “Perdonar reduce el estrés innecesario que se genera cuando le damos vuelta una y otra vez a las malas experiencias que no pueden ser cambiadas, además de impactar positivamente en los sistemas cardiovascular, nervioso y endocrino”, dice Frederic Luskin. Este investigador creó un sistema para enseñar a perdonar y ha recorrido el mundo enseñándolo. Hoy dirige el Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, y uno de los resultados más conmovedores fue con madres víctimas de la violencia que por décadas experimentó Irlanda del Norte. El programa se ofreció durante una semana y tras un seguimiento de seis meses, las mujeres mostraron un 50 por ciento menos de estrés, un 40 por ciento menos de depresión y un 23 por ciento menos de ira.
El sicólogo de la Universidad de Wisconsin Madison y uno de los pioneros en el estudio del perdón, Robert Enright, también diseñó un método, esta vez de 20 pasos, para aprender a perdonar. Lo probó con un grupo de hombres que estaban heridos porque sus mujeres se habían practicado un aborto. Tras 12 sesiones de 90 minutos, los participantes lograron reducir sus niveles de ansiedad, ira y dolor. “La terapia del perdón es más eficaz que muchos otros tipos de terapia cuando el problema que presenta es el tratamiento injusto de los demás”, dice Enright.
La mitología del perdón
Pero por más beneficios que tenga, nos cuesta perdonar. Según los investigadores hay una serie de conceptos mal entendidos en torno al perdón que lo hacen más difícil. Por ejemplo, creer que al perdonar hay que retomar la relación con la persona que nos hirió como si no hubiera pasado nada. Loren Toussaint, sicólogo estadounidense que llevó a cabo un proyecto con gente de Sierra Leona, explica que “perdonar no significa que tenga que ser amigo de quien me hirió”. Worthington agrega que la reconciliación se trata de restaurar la confianza en la relación y que eso requiere una conducta de honestidad de a dos. El perdón, en cambio, es una experiencia individual, es decir, que para hacerlo ni siquiera es necesario que nos pidan disculpas.
Otro mito es que disculparse es sinónimo de olvidar. Ni el que perdona, ni el que pide perdón deberían hacerlo, explican los expertos. “Perdonar nunca es olvidar, sino más bien recordar el daño producido al otro, dolerse profundamente y arrepentirse”, explica la investigadora de la Universidad Diego Portales, Eva Hamamé. Perdonar tampoco es muestra de debilidad. Enright agrega que “el perdón, como la bondad, es una virtud moral en el que la persona tratada injustamente ofrece misericordia”. Y otra cosa muy importante es que así como no debilita a la persona, tampoco debería limitar la búsqueda de justicia y reparación. Worthington pone su propio caso como ejemplo. En 1996, a finales de año, un hombre entró a la casa de su madre y la mató con una barra de hierro. Hasta ahora nadie ha sido condenado por el hecho. “Yo perdoné a la persona que lo hizo. No se trata de no buscar justicia porque eso debilita la sociedad. La justicia es algo de la sociedad, mientras que el perdón era algo mío”, dice.
El mito más grande de todos, sin embargo, es que hay cosas imperdonables. Según los expertos, al menos, todo se puede perdonar, pero también dicen que este acto tiene sus propios tiempos y ritmos. Así es que no nos apuren.