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  1. Más candidatos que propuestas

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Ante el desprestigio del concepto de un programa de gobierno y la ausencia de ideas concretas sobre cómo retomar el sendero del crecimiento y de mayor justicia social ahora que se acabó el boom de los commodities, la campaña presidencial de 2017 tendrá muchos más rostros que ideas.

    La proliferación de candidatos presidenciales para la contienda de 2017 refleja tanto la creciente personalización de la política como la dificultad de conciliar las demandas de la ciudadanía con las bajas expectativas sobre crecimiento económico. Dado el poco margen para hacer promesas ambiciosas, los candidatos se diferenciarán a partir de sus atributos personales.

    En los últimos años, la política chilena ha avanzado por el mismo camino hacia la profundización del voto personal que han experimentado muchas otras democracias en el mundo. Porque las diferencias ideológicas se han matizado (nadie seriamente propone un modelo de desarrollo alternativo al capitalismo, aunque muchos ganen elecciones haciendo campaña contra los aspectos negativos del modelo), las diferencias entre distintas propuestas tienen más que ver con quién será el piloto que administre el modelo neoliberal que con hojas de ruta distintas. De ahí que en la mayoría de los países desarrollados, las elecciones se centren más en los liderazgos personales que en las ideologías de los partidos que postulan a los candidatos. Desde Estados Unidos hasta Europa occidental, las diferencias ideológicas se han reducido y se resaltan en cambio los atributos personales de distintos candidatos.  Aunque algunos candidatos aún buscan diferenciarse con promesas extremas, el solo hecho que esas promesas sean impracticables e irrealizables confirma que la gente está escogiendo líderes nacionales por sus atributos personales más que por el contenido de sus programas.

    En América Latina, el fin del ciclo alto de los commodities ha llevado a todo los candidatos a cambiar el foco desde la distribución de la riqueza a la generación de nueva riqueza. Incluso en Chile, cuya elección presidencial de 2013 se centró más en la distribución de la riqueza que en formas de asegurar más generación de riqueza, el nuevo aire dominante en la arena electoral comienza a centrarse en la generación de riqueza que en cómo distribuirla. Pero para un país cuyo modelo de desarrollo en las últimas tres décadas se basó en la exportación de recursos naturales, resulta complejo plantear modelos de desarrollo capitalistas alternativos en un contexto adverso para el crecimiento rentista. Por otro lado, como los chilenos no quieren un modelo alternativo, sino aspiran a que el modelo funcione igual para todos, el rango de alternativas es bastante reducido.

    Con todo, en Chile hay un gran acuerdo respecto a que no podemos seguir dependiendo del crecimiento impulsado por la importación de recursos naturales, pero no hay suficiente desarrollo de ideas que muestren un camino alternativo de desarrollo. Aunque algunos postulan invertir en capital humano, desarrollar clústers tecnológicos o incluso promover la integración regional para hacer frente a la nueva realidad mundial, aún no hay hojas de ruta acabadas que puedan ser sometidas al escrutinio público de cara a la presidencial de 2017.

    La ausencia de propuestas concretas no parece ser un gran problema precisamente debido a la obsesión que produjo el programa de gobierno de Bachelet en 2013. Como el programa se convirtió en un fetiche para la Nueva Mayoría, ahora nadie parece muy interesado en redactar un programa nuevo. Pero el programa de Bachelet era mucho más una declaración de intención sobre dónde ella quería llegar más que una hoja de ruta sobre cómo llegaríamos ahí. Con todo, dado el uso panfletario que se le dio, el concepto de programa de gobierno ha quedado altamente desprestigiado en el país. En vez de entenderse como un plano para construir una casa —que inevitablemente deberá ser revisado para ajustarlo a las realidades cambiantes del terreno y del presupuesto—, el programa de gobierno de Bachelet fue visto como una camisa de fuerza que ha terminado por ayudar a hundir a esta administración.

    Todo esto llevará a la contienda presidencial de 2017 a convertirse en una entre liderazgos personalistas que prometan llevar al país a buen puerto sin especificar cómo lo harán. La presencia de dos ex Presidentes —cuyo principal argumento es que ya gobernaron bien y, por lo tanto, volverán a hacerlo bien— ayuda a centrar el foco en los atributos personales más que en las propuestas de campaña. La larga lista de desafiantes que ya se ha formado también dificulta la discusión de ideas por sobre los atributos personales. En un país donde la clase política aparece muy desprestigiada y en un mundo donde los atributos personales pesan cada vez más en la decisión de los votantes, debiéramos prepararnos para que la próxima campaña presidencial sea más personalista de lo que ya han sido los comicios recientes. Además, ante el desprestigio del concepto de un programa de gobierno y la ausencia de ideas concretas sobre cómo retomar el sendero del crecimiento y de mayor justicia social ahora que se acabó el boom de los commodities, la campaña presidencial de 2017 tendrá muchos más rostros que ideas.

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  2. Cuando es demasiado bueno para ser cierto…

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Al igual que el fraude de AC Inversions debiera recordarnos que cuando las cosas parecen demasiado buenas como para ser ciertas, hay que dudar de su factibilidad, la lección de este gobierno que llegó al poder realizando tantas promesas nos debe recordar que cuando los candidatos prometen demasiado, la gente después tendrá más decepciones que alegrías.

    El escándalo desatado la semana pasada por el fraude de tipo estafa piramidal que perpetró la empresa AC Inversions contra cientos de personas que depositaron su confianza en la promesa de altos retornos a su inversión se asemeja a la sensación que hoy tienen muchos chilenos que creyeron en las promesas que hizo Michelle Bachelet en su campaña presidencial de 2013. Porque cuando la limosna es mucha, hasta el santo desconfía, muchos chilenos equivocadamente creyeron que Bachelet podría transformar radicalmente el modelo económico y llevar a cabo todas las reformas fundacionales que prometió en campaña.

    La estafa realizada por AC Inversions suena burda e inverosímil. Cualquier persona con capacidad de hacer búsquedas por Internet debió rápidamente darse cuenta de que se trataba de una estafa de tipo piramidal. El propio nombre de la empresa debiera llevar a sospechas. La palabra inversión tiene dos acepciones —una asociada con invertir tiempo o dinero en algo, y la otra asociada con dar vuelta el orden de las cosas—. La primera acepción se traduce al inglés como investment. Aunque una búsqueda en Google hubiera llevado a sospechar de una empresa que ni siquiera entiende el inglés, siempre hay incautos que se dejan llevar por las promesas de dinero fácil. Es cierto que pudiera haber responsabilidades de las entidades regulatorias respectivas que no ayudaron a descubrir el fraude más temprano —para evitar que aumentara el número de incautos—, pero la responsabilidad última es personal. Aquellos que han perdido dinero deberán asumir que su búsqueda de ganancias excesivas —lucro— los llevó a arriesgar demasiado en busca de algo que parecía demasiado bueno para ser cierto. Culpar al marco regulatorio por no frenar este tipo de estafas es como culpar al marco regulatorio por chocar a 200 kilómetros por hora. No es responsabilidad del gobierno forzar a las empresas que hagan autos que solo puedan acelerar hasta el máximo de la velocidad permitida. La responsabilidad de ser cuidadoso recae en cada conductor.

    Pero resulta imposible no sacar lecciones políticas del engaño que realizaron los dueños de AC Inversions a sus ilusos clientes. En cada campaña electoral, hay candidatos que prometen mucho más de lo que parece posible lograr en un periodo de cuatro años. Prometen que ellos harán lo que nunca se hizo antes o que ellos lograrán solucionar todos los problemas que gobiernos anteriores fueron incapaces de solucionar, usan la estrategia de embaucar a clientes que buscan retornos más altos de los que ofrece el mercado. En 2013, Michelle Bachelet prometió que lo cambiaría todo. Desde la decisión de cambiar el nombre de su coalición hasta el compromiso con una nueva constitución, Bachelet prometió retornos mucho más altos de los que habíamos tenido en los gobiernos anteriores. La entonces candidata habló de que en su gobierno haría “reformas, no reformitas”. En la promesa de educación gratuita y el  compromiso con terminar con la selección, el lucro y el copago, Bachelet usó una estrategia de prometer mucho más de lo que cualquier gobierno sería capaz de cumplir.

    Una vez en el poder, como suele ocurrir con las estafas de tipo piramidal, el gobierno decidió doblar la apuesta en vez de reconocer que había prometido más de lo que podía cumplir. La reforma tributaria dejó en claro que el gobierno no tenía una hoja de ruta clara para cumplir sus promesas. Los cálculos que hicieron para justificar que el aumento de tributos sería suficiente para financiar la reforma no cuadraban.  Peor aún, la reforma se hizo mal y hubo que corregirla.

    Con la promesa de una nueva constitución, Bachelet hizo la misma promesa excesiva. Ni su gobierno iba a tener los votos para iniciar un proceso constituyente ni había consenso en el oficialismo sobre cuál camino seguir para impulsar una nueva constitución. Pero Bachelet insistió en que ella “cortaría el queque” y tomaría la decisión sobre cómo íbamos a tener una nueva constitución.

    Hoy, a dos años de iniciado el gobierno, queda claro que las principales promesas de campaña de Bachelet eran irrealizables y que muchos chilenos votaron por la Nueva Mayoría creyendo que podrían tener retornos mucho más altos al votar por Bachelet que lo que ofrece el mercado de las elecciones. Ahora que se ha destapado el engaño, que este gobierno ha terminado siendo menos transformador que sus predecesores y que los chilenos ven que sus expectativas de desarrollo y más justicia social se han desvanecido, muchos se sienten engañados —y así lo reflejan las encuestas de aprobación presidencial—. Al igual que el fraude de AC Inversions debiera recordarnos que cuando las cosas parecen demasiado buenas como para ser ciertas, hay que dudar de su factibilidad, la lección de este gobierno que llegó al poder realizando tantas promesas nos debe recordar que cuando los candidatos prometen demasiado, la gente después tendrá más decepciones que alegrías.

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