Tag Archive: Coalición

  1. Último día, todos se enojan

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Sin un candidato presidencial popular que haga conveniente la idea de mantener con vida a la NM, los partidos crecientemente se culparán mutuamente del fiasco y buscarán diferenciarse para volver a cautivar a sus bases electorales.

    A unos días de que el Congreso se vaya de inmerecidas vacaciones, los ánimos al interior de la Nueva Mayoría están especialmente caldeados. Las rencillas entre el PDC y el PC han escalado al punto que incluso superan a las críticas de la oposición al oficialismo. Como madre que no quiere que los hijos se peleen pero que no sabe qué hacer para evitarlo, la Presidenta Bachelet observa cómo la coalición que ella fundó se hunde, pero no por los torpedos de la oposición, sino por los conflictos que ella no ha sabido dirimir.

    Desde que volvió a Chile triunfalmente en marzo de 2013, Michelle Bachelet estaba determinada a tomar una hoja de ruta distinta a la que exitosamente privilegiaron los cuatro gobiernos de la Concertación (incluida su primera administración). De hecho, tan fundacional era su aire que una de las primeras cosas que hizo la entonces ex Presidenta después de volver al país fue dar por muerta a la Concertación y anunciar el nacimiento de la Nueva Mayoría. Su rápido cambio de posición respecto a la gratuidad en la educación superior (en sus primeras declaraciones dijo estar en contra para luego tomar la bandera de la gratuidad como tema central de su campaña) demostró que Bachelet estaba decidida a dejar atrás las políticas graduales y pragmáticas de la Concertación para remplazarlas con la improvisación y el dogmatismo, sellos distintivos de la Nueva Mayoría.

    Como la candidata Bachelet gozaba de una enorme popularidad y aparecía como carta segura para las presidenciales, los partidos que se identificaban con más fuerza con la gradualidad y el pragmatismo de la Concertación celebraron el nacimiento de la nueva coalición y entusiastamente suscribieron el programa de reformas fundacionales que —aunque pocos leyeron— Bachelet impulsó con entusiasmo en campaña. La candidata que prometió “reformas y no reformitas”, y que aseguró que sería ella la que cortaría el queque cuando surgieran diferencias al interior de su coalición, alineó a todos los partidos detrás de su, entonces, popular figura.

    Como los partidos están siempre más interesados en ganar elecciones que en defender principios, desde el PDC hasta el PC se alinearon disciplinadamente detrás de la candidata que les permitiría volver a gozar de los beneficios de ejercer el poder. Las discrepancias que entonces evidentemente existían respecto a las promesas y compromisos del programa fueron puestas de lado ante la innegable evidencia de que todos los partidos se beneficiarían del caudal de popularidad que emanaba de la imbatible candidata. Incluso lideres razonables del PDC que ahora levantan la voz advirtiendo sobre los riesgos de cumplir las promesas del programa, entonces guardaron silencio. El propio Andrés Velasco, principal responsable del exitoso primer cuatrienio de Bachelet, terminó haciendo campaña y llamando a votar por la candidata de la NM (a sabiendas de lo que decía el programa y de lo que quería hacer Bachelet).

    Pero como en cualquier cuento de hadas, cuando se acabó el encanto y la imagen de Bachelet dejó de representar un caudal de votos, la realidad terminó por imponerse. Los partidos ahora huyen de la figura de una Presidenta que ha perdido liderazgo y titubea entre impulsar sus ambiciosas promesas y sus proyectos fundacionales o hacerse cargo de la realidad mucho menos auspiciosa que enfrenta el país. Algunos podrían decir que, igual que en el cuento de hadas del traje nuevo del emperador, el caso Caval dejó en evidencia que la emperadora estaba desnuda y que la Nueva Mayoría no tenía raíces ni columna vertebral.

    Ante la cruda realidad, ya no tiene sentido pretender adherencia al programa ni fingir simpatía por los otros miembros de la coalición que se subieron al carro de la victoria de Bachelet que ya se quedó sin gasolina. De ahí que las peleas al interior de la NM se multipliquen y la virulencia de los ataques vaya en aumento. Cuando no hay ni misión común ni candidato popular que pueda generar nuevamente el hechizo con la ciudadanía que llevó a Bachelet a la presidencia, no hay razón para evitar que se hunda el barco. Lo más natural es aplicar la lógica del sálvese quien pueda. Los partidos de la NM están actuando en consecuencia con la misma lógica oportunista que los llevó a alinearse detrás del liderazgo de Bachelet y a suscribir las ambiciosas pero ambiguas promesas del Programa de Gobierno de la NM. Ahora que Bachelet es un sol que se esconde, cada partido busca lo que más le conviene para su futuro.

    Sin un candidato presidencial popular que haga conveniente la idea de mantener con vida a la NM, los partidos crecientemente se culparán mutuamente del fiasco y buscarán diferenciarse para volver a cautivar a sus bases electorales que se compraron la idea de una nueva coalición que expandiría derechos a granel y ahora ven que el barco está, sin capitán, a la deriva. El último día, cuando ya no hay futuro en común, todos se enojan con todos antes de dejar el barco.

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  2. La derecha: El valor de una marca

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El desafío de RN, UDI y los otros miembros de la coalición de derecha es convencer al electorado de las bondades de votar por el sector, de la superioridad de sus ideas y propuestas, de lo atractivo de sus políticas públicas y de las ventajas de la hoja de ruta que propone al país.

    Pese a ser la coalición que más se identifica con los principios del capitalismo, Chile Vamos (la derecha) repetidamente ignora recetas básicas para el éxito de los emprendimientos en los sistemas capitalistas. Ya que para ganar elecciones hay que conquistar a una mayoría del electorado, pero también hay que diferenciarse de las otras opciones políticas, la derecha debiera enfocarse en construir una propuesta que, desde una base ideológica clara y moderadamente conservadora, ofrezca una plataforma inclusiva, compasiva, poniendo énfasis en las oportunidades y el emparejamiento de la cancha, con una razonable mezcla de derechos y responsabilidades. Como han demostrado Google, Amazon, Uber y muchos otros emprendimientos, cuando las ideas y las propuestas están claras y son atractivas, lo que menos importa es el nombre.

    Desde que retornó la democracia con las elecciones de 1989, la coalición de derecha ha tenido una enorme estabilidad en su composición. UDI y RN han sido los cimientos sobre los que se ha construido la coalición de derecha más duradera en la historia del país. Pese a la estabilidad en su composición -varios de sus principales líderes hoy son los mismos que la lideraban en 1989- la coalición de derecha ha cambiado de nombre casi en cada elección presidencial (Democracia y Progreso, Unión por Chile, Alianza por Chile, Alianza, Coalición por el Cambio y Alianza). Como una empresa que no quiere construir reputación o que simplemente no valora la reputación que tiene, la coalición de derecha ha cambiado de nombre con demasiada facilidad. Ese afán por tratar de reinventarse continuamente constituye una pésima señal para un electorado que ya desconfía de los partidos y de sus líderes. Si un candidato se presenta a una elección en una coalición con fecha de expiración, difícilmente él o su coalición podrán ganarse la confianza del electorado. Si un consumidor que está pensando comprar una vivienda o un automóvil sabe que la empresa que está vendiendo dejará de existir en uno o dos años, el comprador lo pensará muy bien antes de concretar la compra. Si la empresa ofrece una garantía de cinco años, pero todo indica que antes de un año desaparecerá, el comprador probablemente rechazará el seguro de garantía -y posiblemente incluso preferirá hacer negocios con otra empresa que tenga más trayectoria y mejores posibilidades de sobrevivir-. Sólo aquellas empresas con un horizonte de tiempo largo se preocupan de construir una buena reputación.

    En la política, la reputación funciona de la misma forma. Porque tienen expectativas de seguir existiendo por muchos años, los partidos se esmeran en mantener y mejorar su reputación. Como es costoso informarse sobre las fortalezas y debilidades de cada candidato, los electores a menudo usan la militancia partidista como atajo de información. Si no saben lo que piensa y propone un candidato a alcalde, los electores pueden adivinar las posturas simplemente al mirar la militancia de cada candidato.

    La obsesión por cambiar continuamente de nombre demuestra que los dos partidos líderes del sector no entienden la importancia de crear valor en torno a una marca. Como ante tanto cambio de nombres, la gente simplemente habla de “la derecha”, el esfuerzo por definirse a partir de un nuevo nombre también es inútil. Pero dado el tiempo y la energía que los partidos de derecha han puesto a la discusión sobre cómo se debería llamar la coalición que los agrupe, parece inevitable concluir que esa coalición equivocadamente cree que su problema está en el nombre. Pero ese es un ejercicio inútil. Independientemente del nombre que ocupen, la gente la seguirá identificando como la coalición de derecha.

    El desafío de RN, UDI y los otros miembros de la coalición de derecha es convencer al electorado de las bondades de votar por el sector, de la superioridad de sus ideas y propuestas, de lo atractivo de sus políticas públicas y de las ventajas de la hoja de ruta que propone al país.

    Cuando la gente se compre las ideas de la derecha, se identifique con sus valores, se motive con sus ideales de país, se inspire en la visión de mundo que defiende el sector y crea que para que exista una sociedad de derechos debe también existir una sociedad de responsabilidades, entonces el nombre que tenga la coalición que reúna a los candidatos de derecha será una mera trivialidad. Pero si siguen preocupados exclusivamente del envoltorio, entonces la derecha sólo hará más evidente que el proyecto que ofrecen al país carece de contenido y que la hoja de ruta del sector no llega a ninguna parte o, peor aún, que ni siquiera existe un plan de navegación común entre todos los partidos y grupos que hoy se sienten parte de ese sector.

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  3. La Concertación no ha muerto

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía.

    Los intentos por revivir a la Concertación que hoy proliferan en sectores de la centro-izquierda confirman tanto el fracaso de la Nueva Mayoría como la ausencia de ideas y propuestas de futuro en la coalición que exitosamente lideró la transición a la democracia pero que parece no tener ni las respuestas a la demandas de una sociedad que ya se acostumbró a la democracia ni los líderes que puedan guiar la construcción del Chile que esa sociedad anhela.

    Después de que el ex Presidente Ricardo Lagos entrara al ruedo político lanzando una candidatura presidencial en su personal estilo (“algunos, varios, me han dicho: oiga, vuelva usted para que al menos ponga orden”), se han propagado las voces de nostálgicos de la Concertación que han salido a defender los principios, valores y estrategias de la coalición que gobernó a Chile entre 1990 y 2010.  El más reciente en unirse a ese coro ha sido el senador y presunto candidato presidencial PDC Ignacio Walker. Con la moderación que le caracteriza, que a ratos raya en timidez y ambigüedad, Walker dijo “nunca hubo un certificado de defunción de la Concertación y nunca hubo un certificado de nacimiento de la Nueva Mayoría. Este es un proceso. Y en muchos sentidos la Concertación no ha muerto”.

    Los intentos por reposicionar a la Concertación son comprensibles, toda vez que el gobierno de la Nueva Mayoría, liderado por Michelle Bachelet, hace aguas por todos lados. Pero el repentino interés por aseverar que la Concertación no ha muerto denota también oportunismo y algo de cobardía. En 2013, cuando Bachelet regresó para asumir la candidatura presidencial, la entonces popular líder unilateralmente sepultó a la Concertación, decretando el cambio de nombre de la coalición. Bachelet bautizó a la Nueva Mayoría. Ninguno de los que ahora declara su añoranza por la Concertación alzó la voz para expresar una objeción. Como en las bodas, el que quería mantener viva a la Concertación debía hablar entonces o callar para siempre.

    Si la Concertación era algo que debía defenderse, los partidarios de esa coalición estuvieron conspicuamente ausentes en 2013. Contrario a lo que asegura el senador Walker, sí hubo un certificado de defunción de la Concertación y una celebración de nacimiento de la Nueva Mayoría. Como presidente del PDC, Walker concurrió con su firma al acto que creó a la NM cuando todos los líderes de los partidos miembros, con sonrisas en sus rostros, proclamaron la candidatura de Michelle Bachelet y de los candidatos al parlamento de la Nueva Mayoría.

    Pero aun haciendo la vista gorda ante el nulo intento por salvar a la Concertación en 2013, los esfuerzos por desenterrar ahora a la coalición que lideró exitosamente al país por el sendero del desarrollo y la consolidación democrática por 20 años denotan solo la falta de respuestas que tienen los nostálgicos delAncien Régime para los desafíos del Chile de hoy.

    Gracias a la Concertación, Chile es hoy incuestionablemente democrático, más desarrollado y menos desigual. Pero no significa que los chilenos quieran que retorne la Concertación. Las encuestas muestran que la gente quiere diálogo, moderación, pragmatismo y gradualidad (atributos que la Concertación personificó). Pero es un error creer que los chilenos quieren también que los mismos líderes que guiaron la transición a fines de los 80 vuelvan al poder en 2017, 30 años después.

    El país hoy enfrenta desafíos muy distintos a los monumentales problemas que existían a comienzos de los 90. El desarrollo económico y los avances tecnológicos han cambiado radicalmente a la sociedad. Debido a que la Concertación fue exitosa, los chilenos ahora aspiran a mucho más.  La compleja coyuntura económica por la que atraviesa el país ha alimentado la ansiedad y los temores a perder parte de lo logrado.

    Pero precisamente porque el país ha avanzado tanto, los chilenos se han acostumbrado a mirar hacia adelante. Los chilenos no van a buscar en respuestas de ayer las herramientas para enfrentar exitosamente los desafíos de hoy. Por eso, por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía. Si la centro-izquierda aspira a mantener el poder más allá de 2017 —y considerando que la Alianza ofrecerá la opción de volver a lo que fue el gobierno de Piñera entre 2010 y 2014—, la clave será poder combinar las herramientas exitosas y ganadoras de la Concertación con un mensaje de renovación, cambio y futuro. La Nueva Mayoría bien pudiera estar desahuciada, pero para volver al poder, la centro-izquierda deberá construir algo nuevo y no intentar ahora desenterrar una coalición que todos los partidos, con demasiada facilidad e incluso cierta satisfacción, apresuradamente sepultaron en 2013.

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