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  1. La repetida advertencia del PDC sobre el camino propio

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Un partido que se vaya por fuera de las grandes coaliciones necesitará un candidato presidencial atractivo para evitar desaparecer. Amenazar con el camino propio si no tienes candidato presidencial equivale con amenazar con irte de la casa y después pedirle a tu mamá que te lave la ropa y te alimente.

    Igual como ha ocurrido antes de cada elección presidencial desde 1999, cuando se acerca la temporada electoral, el Partido Demócrata Cristiano (PDC) comienza a lanzar amenazas a sus socios de coalición poniendo condiciones para sentarse a una mesa de negociación que sólo busca formalizar una inaceptable colusión de los partidos. Pero como las amenazas dejan de funcionar cuando se repiten demasiado, el acto de poner la pistola sobre la mesa deja de ser intimidante y se convierte en una molesta rutina. Como el principal requisito para emprender el camino propio es tener un candidato presidencial atractivo, todo el mundo sabe que la pistola que hoy pone el PDC sobre la mesa no tiene balas.

    Una de las principales colusiones que existen en Chile hoy es la que beneficia a los partidos políticos. En vez de promover la competencia, los partidos han formado carteles –coaliciones- que se reparten el mercado de votos con acuerdos igual de impresentables que los que usaban las empresas papeleras. En vez de realizar primarias para escoger a los candidatos de cada coalición en cada comuna y distrito, los partidos aplican el principio de “el que tiene, mantiene”, asegurando así el tamaño de mercado de cada agrupación. Pero, a diferencia de las papeleras, que hacían esas prácticas a escondidas -disfrazando los mensajes como partes de boda y botando las computadoras al canal San Carlos- los negociadores de los partidos se mandan mensajes por los medios y defienden sus estrategias de colusión en la televisión.

    Pese a que en el país existe una ley que regula las primarias para escoger a los candidatos a los cargos de elección popular, los partidos prefieren las negociaciones entre sus jerarcas para elegir candidatos. Esto, porque las elecciones pudieran producir resultados adversos para los partidos. Un partido que controla 30 comunas no quisiera que, producto de primarias abiertas y competitivas, en la elección de octubre de 2016 sólo pueda presentar candidatos en 15 comunas. Por ejemplo, el PDC, que en 2012 logró mantener la comuna de Maipú, una de las más pobladas del país, se resiste a aceptar que la Nueva Mayoría realice primarias para escoger al abanderado de la coalición en Maipú. Como si tuviera un derecho preferente a mantener la comuna, el PDC defiende la colusión partidista.

    Esa práctica la usan todos los partidos, desde la UDI al PC. Aunque dicen que no tienen problemas para aceptar primarias, la letra chica que defienden en los acuerdos de primarias hace que éstas se conviertan en irrelevantes. Igual que grandes empresas que se dividen las cuotas de mercado en los supermercados pero permiten competencia en los kioscos de las ciudades con menos de 10 mil habitantes, los partidos quieren acuerdos de primarias que las hagan, para todos los efectos prácticos, triviales e irrelevantes.

    Porque fue el primero en mover pieza ahora, sólo semanas después que estallara el escándalo de la colusión, la advertencia del PDC contra la competencia abierta es especialmente impresentable. Pero, además, resulta poco creíble, dada la débil posición de negociación que tiene el PDC. La amenaza del camino propio implicaría que el partido se presentara con su propio candidato presidencial en 2017. Aunque el nuevo sistema electoral favorece la multiplicación de listas y hace más difícil que se mantengan las grandes coaliciones, el hecho que la contienda legislativa se realice el mismo día que la elección presidencial genera incentivos para mantener las grandes coaliciones. Después de todo, los candidatos presidenciales populares arrastran votos para sus coaliciones. Un partido que se vaya por fuera de las grandes coaliciones necesitará un candidato presidencial atractivo para evitar desaparecer. Amenazar con el camino propio si no tienes candidato presidencial equivale con amenazar con irte de la casa y después pedirle a tu mamá que te lave la ropa y te alimente.

    En política, los partidos también son esclavos de costumbres. Aunque la sociedad está harta del abuso de los más poderosos y los escándalos recientes han convertido a la colusión en una de las formas más rechazadas de abuso, los partidos siguen en un mundo aislado de la calle y, ante la cercanía de la próxima temporada electoral, quieren usar las mismas prácticas de colusión para repartirse el país. En vez de tomar la bandera del sentido común y aceptar que su posición centrista y moderada es un activo para cualquier candidato presidencial que sí tenga apoyo popular, el PDC aparece como el niño malcriado que quiere ser el centro de una ruidosa fiesta que ya tiene hastiados a los vecinos. Cuando los chilenos piden más competencia en todos los mercados, el principal partido en Chile en los últimos 50 años ha optado por usar una amenaza no creíble ante sus socios para que todos juntos defiendan las banderas de la colusión.

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  2. Están ahí

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    cuadradoContrario a lo que sugiere el lugar común, la mayoría de los chilenos sí se sienten identificados políticamente. Así se concluye de la última encuesta UDP, donde se indaga en la identidad política de los ciudadanos.

    Desde hace un tiempo que la ciudadanía ha ido perdiendo su identificación con los partidos políticos existentes. Si bien es cierto que este fenómeno es bastante global, los datos para Chile muestran una tendencia inusualmente pronunciada. Tal y como reflejan las encuestas anuales de la Universidad Diego Portales (UDP), hacia el año 2005 aproximadamente la mitad de la población sentía que los partidos o coaliciones políticas no los representaban, mientras que hoy en día esta cifra es cercana al ochenta por ciento de la ciudadanía.

    Debido a este tipo de datos y también producto de los recientes escándalos que han sacudido al país, se ha ido instalando la idea de una incipiente crisis de representación democrática en Chile. Sin embargo, los datos de la última encuesta de la UDP (2015) relativizan este argumento y muestran que en la actualidad los niveles de desafección respecto a las dos principales coaliciones políticas no son mayoritarias. Empleando una innovación metodológica en la encuesta, que permite distinguir a seguidores “duros”, “simpatizantes” y “anti”, se registra que sólo un 13% de los chilenos rechazan sistemáticamente a las dos coaliciones políticas tradicionales. Este reducido grupo de personas no votaría —bajo ninguna circunstancia— por candidatos de dichas alianzas partidistas a ningún cargo de elección popular y, por lo tanto, adhieren a la idea de “que se vayan todos”. Mientras preguntas convencionales arrojan que más de dos tercios del electorado no se sienten representados por ninguna de las coaliciones tradicionales, en realidad gran parte de este grupo “sin representación” estaría dispuesto a votar por candidatos del establishment político.

    La definición de identidades políticas que proponemos no considera la pregunta sobre simpatía por determinada coalición política o partido político, sino que indaga en la intención de voto en tres escenarios electorales: alcaldía, Cámara de Diputados y Cámara de Senadores. Nuestro criterio para caracterizar a los encuestados en diferentes identidades políticas (“duros”, “simpatizantes” y “anti”) es bastante exigente porque requiere verificar sus respuestas en tres preguntas sobre intención de voto.

    A partir de las respuestas a estas preguntas, todo indica que al día de hoy el malestar existente en contra de la clase política no se está traduciendo en una intención de voto que favorezca a candidatos de corte populista. Ahora bien, también es cierto que hasta ahora no se han posicionado en la esfera pública líderes antisistema de forma exitosa y que todavía faltan 24 meses para las elecciones presidenciales. La inclusión de estas preguntas en futuras encuestas nos ayudaría a saber si se abre un espacio o no para que irrumpan candidatos populistas en Chile. Más allá de esto, a continuación presentamos el peso relativo y características de los siete grupos que nos permite identificar la última encuesta UDP.

    LOS “QUE SE VAYAN TODOS” (13%)

    Se trata de quienes rechazan sistemáticamente la posibilidad de votar por algún candidato de las principales coaliciones para algún cargo de elección popular. En otras palabras, son quienes definitivamente no votarían por candidatos ni de la Alianza por Chile ni de la Nueva Mayoría para alcalde, diputado y senador.

    Este grupo resulta ser particularmente peligroso para la estabilidad del sistema democrático, ya que su descontento se traduce en potencial apoyo a candidatos de corte populista. Se trata de personas que tienden a carecer de posición política (78% dice no sentirse representado en el eje izquierda/derecha), son más proclives a indicar a la corrupción como el principal problema del país y favorecen que se debe hacer una nueva Constitución (60%). Asimismo, tienden a ser indiferentes respecto a si el tipo de gobierno existente es democrático o no y los menores de 45 años están sobrerrepresentados en este grupo.

    Ningún candidato presidencial les convence (25% no votaría por ninguno), pero tanto Franco Parisi como Leonardo Farkas obtienen mayores apoyos en comparación con otros grupos.

    LOS DUROS DE LA NUEVA MAYORÍA (8%)

    Son los electores más leales a la Nueva Mayoría. Se trata de quienes definitivamente sí votarían por candidatos de la Nueva Mayoría para alcalde, diputado y senador. Este segmento está sobrerrepresentado entre los mayores de 45 de años así como también entre las personas de clase media y clase media baja (49% dice ganar entre 150 mil y 500 mil pesos mensuales).

    Son mayoritariamente de izquierda (48%) y están a favor de una nueva Constitución (48%) o al menos de una reforma constitucional (39%). Quienes están en este grupo tienden a ser optimistas respecto al futuro económico del país y prefieren como candidato presidencial tanto a Ricardo Lagos (18%) como a Marco Enríquez-Ominami (15%).

    LOS SIMPATIZANTES DE LA NUEVA MAYORÍA (23%)

    Son los que consideran a la Nueva Mayoría como el “mal menor”. Se trata de quienes probablemente sí votarían por candidatos de la Nueva Mayoría para alcalde, diputado y senador. Este segmento está sobrerrepresentado entre quienes pertenecen a la clase media y media-alta (la mitad dice ganar entre 200 mil y 1 millón de pesos mensuales).

    Tienden a identificarse como de centro (18%) e izquierda (23%), pero sobre todo se sienten como ganadores del desarrollo económico del país (52%). Son más sensibles a la desigualdad y la educación como problemas relevantes para el país. Tienden a ser optimistas respecto al futuro económico del país y prefieren un gobierno democrático a cualquier otra forma de gobierno (61%).

    Entre ellos, Marco Enríquez-Ominami y Sebastián Piñera son los candidatos presidenciales preferidos (ambos con 12% en este segmento), aunque seguidos muy de cerca por Ricardo Lagos (10%).

    LOS ANTI-NUEVA MAYORÍA (22%)

    Son los que rechazan sistemáticamente a los representantes de la Nueva Mayoría, es decir, no votarían por candidatos de la Nueva Mayoría bajo ninguna circunstancia. Este segmento representa el espejo de los dos grupos anteriores. Quienes se definen de derecha duplican su proporción respecto al total de la población (15%), aunque la mayoría no se identifica con ninguna ideología (66%). Apoyan mayoritariamente una nueva Constitución (51%) y no apoyan a la democracia tanto como otros grupos (44%).

    Se perciben sobre todo como perdedores del desarrollo económico (55%) y son más sensibles a la educación y a la corrupción como problemas relevantes del país. Entre estos individuos, Parisi duplica su apoyo nacional (4%), pero Sebastián Piñera aparece como el favorito del grupo (20%).

    LOS DUROS DE LA ALIANZA (5%)

    Es el electorado más leal de la Alianza. Se trata de quienes indican que definitivamente sí votarían disciplinadamente por candidatos de la Alianza por Chile para alcalde, diputado y senador.

    En este grupo el segmento socioeconómico ABC1 pesa cuatro veces más que en el promedio de la encuesta y las personas mayores de 65 años están sobrerrepresentadas. Son individuos que tienden a percibirse como perdedores del desarrollo económico del país (57%).

    Entre ellos se duplican tanto quienes consideran que a veces un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático (29%) como quienes creen que se debe mantener la Constitución actual (18%).

    A su vez, son pesimistas respecto al futuro económico del país y su candidato presidencial predilecto es Sebastián Piñera (49%).

    LOS SIMPATIZANTES DE LA ALIANZA (19%)

    Son quienes consideran a la Alianza como el “mal menor”. Se trata de aquellas personas que señalan que probablemente sí votarían por candidatos de la Alianza por Chile para alcalde, diputado y senador. Este grupo de la población está sobrerrepresentado en la clase media-alta (39% declara ganar entre 300 mil y 1 millón de pesos mensuales), entre ellos aumenta casi en tres veces quienes se consideran de derecha (19%) y casi la mitad se perciben como ganadores del desarrollo económico del país (49%).

    Una mayoría de este grupo es de la opinión que se debe reformar la Constitución actual (41%), aunque también aumentan entre ellos quienes creen que debe mantenerse la actual carta magna (10%). Tienden a ser pesimistas respecto al futuro económico del país y su candidato presidencial predilecto es Sebastián Piñera (24%).

    LOS ANTI-ALIANZA (26%)

    Son quienes rechazan sistemáticamente a la Alianza. Se trata de personas que definitivamente no votarían por candidatos de la Alianza por Chile para alcalde, diputado y senador. Acá están sobrerrepresentados los individuos de clase baja, quienes se definen más bien de izquierda, y quienes consideran que el problema central del país es tanto la corrupción como las pensiones. Son de la opinión mayoritaria que se debe hacer una nueva Constitución (58%), y prefieren un gobierno democrático a cualquier otra forma de gobierno (58%).

    Quienes están en este grupo tienden a ser optimistas respecto al futuro económico del país, y sus candidatos presidenciales preferidos son tanto Marco Enríquez-Ominami (14%) como Ricardo Lagos (8%), aunque la mayoría no sabe o no contesta (31%).

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  3. Nueva Mayoría: fecha de caducidad

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    Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

    Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

    Durante el primer año en el poder, los partidos de la Nueva Mayoría lograron pasar una serie de proyectos de ley que ensalzaron a la coalición como la más poderosa desde la vuelta a la democracia. Nunca hubo un gobierno que tuviese tantos votos en el Congreso, y que pudiese legislar sin el visto bueno de la oposición.
    Hoy la situación es radicalmente distinta. Muchos sugieren que la exitosa coalición se derrumba en cámara lenta. Dicen que la voluntad de los partidos para coalicionar en la elección de 2013 ya no existe. Indican que la tortuosa relación entre los dos partidos extremos -la Democracia Cristiana y el Partido Comunista- es la principal culpable. Sobran razones para pensarlo.

    Hace algún tiempo, el líder fáctico de la DC, Gutenberg Martínez, advirtió que la Nueva Mayoría no era más que un acuerdo político-programático con fecha de caducidad, generando el primer oleaje de rumores. Hace una semana, el presidente del PC, Guillermo Teillier, amenazó con abandonar la coalición e incluso salir a la calle a protestar si el gobierno renunciaba al programa.

    Manejar la relación política entre ambos partidos ha probado ser una tarea compleja. La líder de la coalición, Michelle Bachelet, ha tenido que dar y quitar para mantener a ambos partidos en la coalición. En el primer año, la Presidenta privilegió al PC, implementando una agenda progresista. Pero hace poco dio un vuelco hacia la DC, moderando las reformas y adoptando una perspectiva “realista”.

    Este complejo vaivén es lo que sugiere el eventual quiebre. Es difícil pensar que el poder se pueda distribuir pendularmente, entre la DC y el PC, de forma estable. No sólo es ineficiente gobernar de forma progresista un año y de forma moderada el próximo, sino que es un método de gobierno ineficaz si se pretende lograr metas a largo plazo.

    Ahora bien, aunque los rumores de quiebre de la Nueva Mayoría son fundados, también hay razones para pensar que la coalición podría seguir adelante. La interacción entre el sistema electoral y el sistema de partidos mantiene los incentivos para formar coaliciones. Incluso, lo más probable es que en las próximas elecciones existan más partidos y más coaliciones que nunca antes.

    Ergo, la pregunta relevante es: ¿cuál será la distribución de los partidos en coaliciones a la izquierda del centro? Hay al menos tres escenarios plausibles. El primero es que la Nueva Mayoría se mantenga intacta y repita la alineación titular de 2013. El segundo escenario es que la DC compita por sí sola en el centro, y el tercer escenario es que el PC se desprenda hacia la izquierda.

    Entre estos tres escenarios, la opción de mantener la alineación titular de la Nueva Mayoría es la más probable. Caballo que gana repite. Al fin y al cabo, los partidos han logrado pasar reformas importantes, y los problemas parecen ser solucionables. Las disputas entre las cabecillas tienen más forma de bluffs para ganar tiempo y espacio para fijar la agenda de la coalición.

    Pero el escenario de la DC en el centro también tiene sentido. Principalmente porque significaría volver a su lugar natural. Dado que el partido fue fundado en el centro, sería una decisión que las elites podrían fácilmente explicar a los militantes. Además, tendría sentido que los partidos más progresistas de la actual coalición operaran desde su propio nicho.

    El tercer escenario es que el PC siga su propio camino. Tiene sentido, pues con el nuevo sistema electoral ya no tendrán la misma dificultad para acceder al Congreso. Podrán fácilmente mantener a sus seis diputados sin la necesidad de tener que transar sus principios ideológicos. Asimismo, la DC junto a los socialistas podrán retomar el pacto que los hizo la coalición más exitosa de los noventas en la región.

    En definitiva, si bien los rumores de un quiebre en la Nueva Mayoría tienen fundamentos, en ningún caso sería un quiebre total. En el peor escenario uno de los partidos extremos abandona el buque. Incluso, si cualquiera de los dos lo hace, la Nueva Mayoría tendría más coherencia de la que tiene hoy. Es decir, se transformaría en una verdadera coalición progresista, o volvería a sus raíces.

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