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  1. La Concertación ha muerto, ¡viva la Concertación!

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    Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El lento ocaso del conglomerado oficialista no debiese implicar el fin de aquella forma de hacer política –morirá la Concertación, pero no morirán los pactos–. Al no existir ninguna fuerza política que supere con suerte el 25% de los votos en el Congreso, no hay otra posibilidad que buscar pactos para gobernar. La tesis del camino propio queda descartada, toda vez que no existe ninguna fuerza política que, en un horizonte futuro próximo, pueda convertirse en partido mayoritario, ni en la derecha, el centro o la izquierda. Quizás muera la Concertación, pero lo que no morirán son los pactos políticos para administrar el poder.

    Para entender la importancia del anuncio democratacristiano, debemos retrotraernos unas décadas. A mediados de los 80, se dio un significativo y todavía vigente debate sobre el objetivo de lo que después conocimos como la Concertación. Angel Flisfisch (1985) definió el dilema que enfrentaban las fuerzas opositoras a Pinochet como uno entre formar un pacto o avanzar hacia un proyecto –el dilema pacto/proyecto–.

    En ese entonces, algunos sectores políticos sostenían que la única posibilidad de terminar con la dictadura era mediante un pacto que autorregulara las demandas de los partidos y que generara un acuerdo entre fuerzas que se reconocían como diferentes. Se trataría de un pacto táctico, instrumental, basado en objetivos compartidos, aunque no idénticos.  Otros sectores, en cambio, favorecían la idea de un “proyecto político”, esto es, la generación de una voluntad general que buscaba producir transformaciones graduales aunque sustantivas del sistema político, social y económico del país.

    Así, desde su origen, los concertacionistas enfrentaron repetidamente una tensión entre estas dos formas de concebir al conglomerado –como pacto o como proyecto–. Esta cuestión no es menor, por cuanto plantea un asunto todavía más sustantivo respecto de la gobernabilidad política del país: ¿es posible garantizar un marco de gobernabilidad democrática sin el concurso del centro y de la izquierda? ¿Qué mecanismos garantizan la resolución de conflictos dentro de cualquier coalición?

    Ante todo, debemos tener en cuenta que en el germen de la Concertación existían tres imperativos.

    Primero, se requería reconocer que los proyectos excluyentes de izquierdas y del centro político habían fracasado estrepitosamente. El “Camino Propio” de la DC y la “Vía Chilena al Socialismo” de la Unidad Popular respondían a una forma de concebir la política desde una lógica de enemigos frente a los cuales no era posible realizar concesiones. Recordemos que en ese entonces no se transaría un programa “ni por un millón de votos”. Recordemos que otros querían “avanzar sin transar”. Y, desde la vereda de enfrente, se señalaba: “No hay mejor comunista que un comunista muerto” o “junten rabia, chilenos”. La Concertación se transformaría en la antítesis de aquella forma de concebir la política, por cuanto la falta de acuerdos podría gatillar tal nivel de polarización que terminaría en un golpe de Estado.

    El segundo imperativo es que la Concertación se estableció como el acuerdo político más viable para terminar con la dictadura. El camino de la desobediencia civil y de la vía armada quedó definitivamente descartado después del atentado fallido en contra del general Pinochet en septiembre de 1986. El único camino fue vencer a la dictadura jugando en la cancha y bajo las reglas que el propio Pinochet impuso. El pacto de centroizquierda nació para terminar con la dictadura y lo consiguió.

    El tercer imperativo fue que la Concertación se planteó como la única opción de gobernabilidad democrática. La derecha política conservadora y liberal estaba tan íntimamente ligada a la dictadura, que apoyó a Pinochet en su intento por mantenerse en el poder por 8 años. Luego, justificaría las violaciones a los derechos humanos, defendería el legado del régimen y se abanderaría con el propio dictador. En ese contexto, para el centro y la izquierda resultaba inviable la opción de considerar a las fuerzas políticas de derecha como “democráticas”. Se estructuró, de este modo, la línea de división o clivaje dictadura-democracia que porfiadamente nos acompaña hasta nuestros días (baste observar la relevancia del debate sobre “Punta Peuco”).

    Así, el peso histórico que recaía en la Concertación era triple: no repetir los errores de un pasado, conseguir una conquista electoral en contra del dictador y garantizar la gobernabilidad democrática futura.

    Tan potente era el alcance de dicha coalición, que algunos intelectuales llegaron incluso a concebirla como un proyecto de gran alcance y que se materializaba en lo que se denominó el partido transversal –ese grupo de actores que adquirieron una complicidad colectiva para defenderla–. Sin embargo, la coalición siempre reunió a un conjunto de actores que provenían de culturas políticas muy diferenciadas. A la hora de definir los programas, se excluían temas espinudos (aborto, por ejemplo) y se negociaban cupos o espacios de poder cuidadosamente. El partido transversal gobernaba las diferencias, pero ello nunca permeó las lógicas internas partidistas y de ahí que siempre terminaba subsumida en negociaciones entre el centro y la izquierda.

    Ahora bien, si el objetivo concertacionista de gobernar las diferencias sigue siendo pertinente, ¿por qué vemos que esta alianza crítica entre el centro y la izquierda se diluye?

    Varias cuestiones han cambiado y que podrían explicar este resultado: 1) el deterioro electoral de la Democracia Cristiana que, de ser el partido dominante de la coalición, se transformó, en poco más de dos décadas, en una fuerza equivalente o menor a la suma de los partidos de izquierda; 2) el reemplazo del sistema binominal que eliminó el incentivo de competir en una misma lista parlamentaria para asegurar cupos en el Congreso; 3) la inclusión del PC en el conglomerado, que acentuaría el carácter instrumental del pacto; y 4) el progresivo retiro político de los históricos concertacionistas y la ausencia de un reemplazo generacional que sustente los mismos imperativos que la organizaron.

    Pero el lento ocaso del conglomerado no debiese implicar el fin de aquella forma de hacer política –morirá la Concertación, pero no morirán los pactos–. Al no existir ninguna fuerza política que supere con suerte el 25% de los votos en el Congreso, no hay otra posibilidad que buscar pactos para gobernar. La tesis del camino propio queda descartada, toda vez que no existe ninguna fuerza política que, en un horizonte futuro próximo, pueda convertirse en partido mayoritario, ni en la derecha, el centro o la izquierda.  Los partidos políticos en Chile están condenados a pactar, a negociar, a sentarse a la mesa y estructurar gobiernos de coalición. Quizás muera la Concertación, pero lo que no morirán son los pactos políticos para administrar el poder.

    Si pactar es condición necesaria para alcanzar el poder, la pregunta relevante se relaciona con el tipo de configuración que adquirirán las coaliciones en el futuro, y las opciones no son muchas. El centro político podría llegar a pactar con la derecha, siempre y cuando aquella derecha se desligue del legado de Pinochet. Programáticamente RN, Evópoli, Amplitud y la DC no están tan lejos, por lo que no sería extraño observar un acercamiento que, de hecho, en años pasados ya se ha producido. Pero el centro político podría seguir pactando con la izquierda moderada, toda vez que se mantengan ciertas orientaciones programáticas básicas y exista una historia común. El eje histórico DC-PS podría recurrir a los componentes progresistas de la Democracia Cristiana y al pragmatismo socialdemócrata del socialismo.

    Un tercer arreglo, menos probable hasta hoy, es la conjunción política futura de la izquierda concertacionista (PPD, PS, PC) con cualquier actor de izquierda, incluyendo al Frente Amplio.

    Esta última coalición todavía es una promesa, por cuanto su caudal electoral es mínimo, pero, si llegase a constituirse en una fuerza más relevante en los próximos 10 a 20 años, podría hipotéticamente darse este escenario. Lo anterior, obviamente, colocaría al Frente Amplio en la difícil posición de pactar con fuerzas políticas moderadas, lo que hasta el día de hoy constituye una suerte de sacrilegio para muchos de ellos. Principistas y pragmáticos debatirán arduamente sobre la oportunidad para negociar con las fuerzas políticas moderadas. Esperemos acumular fuerzas, dirán algunos, abramos espacios de diálogo y compromiso programático, dirán otros.

    El asunto central y clave de esta historia dice relación con la forma de concebir la política en Chile: como fuente de compromiso y acuerdo o como campo de confrontación y exclusión. La estructura multipartidista y la ausencia de partidos mayoritarios, fuerza una lógica de compromisos dentro de la Nueva Mayoría, al interior de Chile Vamos e incluso dentro del protofenómeno del Frente Amplio. Sin compromisos, no se generan mayorías políticas; sin mayorías electorales, no se conquista el poder; y sin llegar al poder, no se avanza en las ideas de cambio social que cada coalición aspira a representar.

    Esta es la paradójica situación del momento actual: a la muerte de la Concertación, le seguirá una larga vida hacia otros modos de concertarse. La representación en sistemas multipartidistas no admite muchas más opciones: o buscas el compromiso y el acuerdo para asegurar aquellas mayorías para gobernar o, simplemente, tensionas el sistema y pereces. Y el sistema político ha experimentado, no uno, sino varios momentos críticos de confrontación radical de proyectos políticos excluyentes. De ahí que una cuestión fundamental a debatir se refiere a la forma en que los partidos y actores del proceso político resuelven o evitan resolver sus conflictos.

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  2. Los señores políticos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Si bien su trayectoria es de un demócrata y su legado de gobierno es loable, Ricardo Lagos parece inconscientemente estar usando la misma estrategia autoritaria que en su momento usó Pinochet y que el propio Lagos ayudó a derrotar.

    La desafortunada forma en que Ricardo Lagos se refirió a los líderes de los partidos de la Nueva Mayoría lo acerca al estilo autoritario que perfeccionó el ex dictador Pinochet. Al intentar presentarse como alguien que no es político, Lagos le pidió a “los señores políticos” que se pusieran de acuerdo en algo que él mismo debió exigir, primarias abiertas para la selección del candidato presidencial de la centro-izquierda.

    Al referirse al mecanismo que usará la Nueva Mayoría para escoger a su candidato, Lagos se dio una larga vuelta para evitar pedir primarias abiertas y competitivas. Es más, diferenciándose de los políticos de la Nueva Mayoría, pidió que “los señores políticos se entiendan rápido y definan el proceso que hay que seguir”. Aunque hizo referencia a las primarias para escoger candidato presidencial que realizó la Concertación en 1993 —en las que él participó—, Lagos no se molestó en pedir primarias. Solo se limitó a decir que “mientras menos estemos discutiendo cómo se elige, mejor”.

    La declaración de Lagos resulta especialmente extraña toda vez que la única razón por la que se duda de que la Nueva Mayoría vaya a realizar primarias para escoger a su candidato es porque el propio Lagos se ha negado a comprometerse a participar en ellas. Otros presidenciables de la coalición —el senador independiente (pro Radical) Alejandro Guillier y la senadora socialista Isabel Allende— han declarado públicamente su disponibilidad para participar en primarias. El único presidenciable que no lo ha hecho es el propio Lagos.

    Pero lo más perturbador de la declaración de Lagos es su intento por diferenciarse de los políticos. Siendo el principal líder de la izquierda chilena por 30 años, Lagos es un político de profesión. Es más, su trayectoria política ha sido tan destacada y sus contribuciones a la consolidación democrática tan innegables que Lagos es el prototipo de lo que es ser un buen político. Su sexenio tuvo más luces que sombras. El legado de su gobierno fue excepcional. Si bien ahora la calle parece recordar con encono el Transantiago, el fallido tren al sur, los casos de corrupción asociados al escándalo MOP-Gate y la introducción del Crédito con Aval del Estado (CAE) para la educación superior, es injusto olvidar el fin de la censura, el Plan Auge, la responsabilidad fiscal, las reformas constitucionales, los acuerdos de libre comercio y la valiente oposición de Lagos a la guerra de Bush en Irak.

    Pero esa tensión que se genera al recordar las sombras más que las luces del sexenio de Lagos hace inevitable la comparación entre el legado del ex Presidente democrático al del ex dictador Augusto Pinochet. Si bien la dictadura implementó reformas notables que hasta hoy constituyen la base de nuestro modelo económico, las sombras del legado autoritario son recordadas con más fuerza. Precisamente porque una sociedad democrática y libre valora los derechos humanos por sobre cualquier cosa, el deleznable legado de violaciones a los derechos humanos ensombrece las valiosas reformas económicas adoptadas en dictadura. Con el legado de Lagos ocurre algo similar. Las valiosas reformas adoptadas por su gobierno son opacadas por los escándalos de corrupción y, fundamentalmente, por la legitimización del modelo del lucro oculto en la educación superior. De poco sirve intentar explicar el contexto o destacar que el CAE permitió el acceso de decenas de miles de estudiantes a la educación superior. Desde la perspectiva de hoy, el modelo del CAE es algo impresentable.

    Para el plebiscito de 1988, Ricardo Lagos hizo historia al atreverse a hablarle directamente al dictador por la televisión. Apuntándole con el dedo, Lagos le recordó las promesas incumplidas y defendió los valores democráticos. Treinta años después, al usar el “los señores políticos”, término preferido del dictador para hablar mal de la política, Lagos inconscientemente se ha puesto en el mismo lugar que entonces ocupaba Pinochet: representante del pasado y un obstáculo a los esfuerzos por construir un nuevo país. Hoy, son otros los que apuntan con el dedo a Lagos y le señalan sus errores y sus promesas incumplidas.

    A diferencia de Pinochet, Lagos es un demócrata. Pero al igual que Pinochet, al buscar ser candidato, Lagos deja en evidencia que pertenece a otra era. Su hablar autoritario, sus constantes referencias a lo que él hizo, lo asemejan a Pinochet. Mientras el dictador nos recordaba que él nos salvó del marxismo, Lagos nos recuerda que gracias a él hoy tenemos democracia. Igual que la mayoría en 1988, los chilenos hoy están más interesados en los desafíos del presente que en agradecer por servicios prestados en el pasado.

    Si bien su trayectoria es de un demócrata y su legado de gobierno es loable, Ricardo Lagos parece inconscientemente estar usando la misma estrategia autoritaria que en su momento usó Pinochet y que el propio Lagos ayudó a derrotar.

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  3. A falta de Pinochet, a pelearse con los medios de la dictadura

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Como ahora Bachelet pasa por un momento complejo de desaprobación y la situación económica parece ir de mal en peor, La Moneda recurrió a la única estrategia que conoce cuando está entre la espada y la pared, revivir la memoria del dictador. Pero esta vez lo hizo a través de uno de los medios que más activamente defendieron a la dictadura.

    La querella de la Presidenta Bachelet contra la revista Qué Pasa puede ser entendida también como el uso de la bala de plata que tiene la Nueva Mayoría cuando ya nada más funciona. Cada vez que se encuentra en problemas por errores no forzados o cuando está acorralada por heridas auto-infligidas, la Concertación busca pelearse con el fantasma de Pinochet. Como la figura del dictador ya no concita el mismo temor o interés, Bachelet ha optado por pelearse contra uno de los medios que defendió más activamente a la dictadura.

    Desde que se formó para oponerse a Pinochet antes del plebiscito de 1988, la Concertación (Nueva Mayoría desde 2013), cada vez que ve amenazada su unidad y está en cuestionamiento su supervivencia, vuelve a sus orígenes. Porque su momento de mayor gloria fue cuando se alzó como alternativa a la dictadura militar, la Concertación siempre intenta recrear el campo de batalla de su mítica victoria fundacional.

    En los 90, y hasta la muerte de Pinochet en 2006, la presencia amenazante del envejecido dictador constituyó un elemento de unidad al interior de la Concertación. Los intereses personales y las diferencias ideológicas siempre fueron supeditados a ese bien superior que era facilitar la transición y la consolidación democrática. Ya sea porque temían una regresión autoritaria o por los límites de los enclaves autoritarios de la dictadura, los gobiernos de la Concertación siempre usaron la figura de Pinochet como un elemento disuasivo para frenar rebeliones y acallar disensos.

    Pero a medida que la democracia se fue consolidando, el fantasma de Pinochet se hizo menos amenazante. Las numerosas reformas constitucionales —en especial las de 2005— hicieron desaparecer los enclaves autoritarios. La muerte de Pinochet a fines de 2006 hizo desaparecer la presencia física de la figura que lograba producir unidad en el conglomerado de centro-izquierda. Cuando las diferencias entre los liberales que apoyaban el modelo económico de libre mercado y los estatistas que añoraban un Estado productor se hacían evidentes, el gobierno cada vez tenía más dificultades para generar unidad a partir de la invocación de la figura de Pinochet.

    Pero como resulta más fácil intentar revivir muertos que cambiar de estrategia, la Concertación buscó nuevos símbolos que pudieran mantener viva la imagen del dictador. Para algunos, la Constitución de 1980 era la mejor evidencia que, aunque Pinochet ya había muerto, su legado seguía muy presente. Para otros, la insuficiente justicia a las violaciones a los derechos humanos se convirtió en una forma atractiva para reconstruir, al menos en parte, la unidad que otrora había producido la presencia amenazante del dictador.

    En 2009, por ejemplo, la candidatura presidencial de Eduardo Frei Ruiz-Tagle usó esa estrategia al intentar convertir al ex Presidente Frei Montalva en una víctima de la dictadura. Aunque siempre hubo evidencia de irregularidades y dudas sobre las circunstancias de la muerte de Frei Montalva, Frei Ruiz-Tagle nunca se preocupó de intentar indagarlas durante su sexenio como Presidente. Pero cuando la muerte de Frei Montalva se convirtió en una oportunidad para obtener beneficios electorales de la polarización en torno a la dictadura que siempre le resultan favorables, la Concertación demostró un repentino celo por querer aclarar la presunta participación de la dictadura en la muerte del primer presidente PDC.

    En el gobierno de la Nueva Mayoría, el principal argumento usado a favor de una nueva constitución es la ilegitimidad de origen del texto actual. Con el argumento falaz de que una democracia no puede construirse a partir de una constitución originada en dictadura, el gobierno de Bachelet promueve un proceso constituyente sin contar con la autorización del Congreso para hacerlo.

    En esta querella, los argumentos presentados por el equipo de la ciudadana Bachelet aluden, entre otras cosas, al papel que jugó en dictadura el semanario Qué Pasa, y la prensa en general. Sin considerar que los dueños del semanario hoy no son los mismos que en dictadura, la querella de Bachelet parece interesada en demostrar un comportamiento históricamente sesgado en contra de la izquierda por parte de ese medio.

    La estrategia resulta conocida. La Concertación/Nueva Mayoría siempre vuelve a sus orígenes cuando enfrenta dificultades. Como la bandera que más unidad interna produce es la oposición a la dictadura, la Concertación la enarbola cada vez que se siente sin hoja de ruta común y norte compartido. Como ahora Bachelet pasa por un momento complejo de desaprobación y la situación económica parece ir de mal en peor, La Moneda recurrió a la única estrategia que conoce cuando está entre la espada y la pared, revivir la memoria del dictador. Pero esta vez lo hizo a través de uno de los medios que más activamente defendieron a la dictadura.

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  4. Hillary Hiner, académica de la Escuela de Historia, detalla el proyecto “Una historia inconclusa: Violencia de género y políticas públicas en Chile, 1990 – 2010”

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    hilaryy-hinner-150x150La académica de la Escuela de Historia, Hillary Hiner, se encuentra en la etapa final de su proyecto Fondecyt titulado “Una historia inconclusa: Violencia de género y políticas públicas en Chile, 1990 – 2010”.  Esta es una investigación de carácter nacional, que abarcó la realización de 162 entrevistas entre Arica y Puerto Montt. A continuación la académica detalla los objetivos de su trabajo y la relevancia que este posee para la investigación.

    ¿En qué consiste este proyecto?

    Es un proyecto bien grande por varias razones. La primera razón es porque llevo un tiempo trabajando violencia de género y decidí ampliar esta definición para incluir distintos tipos de violencia de género. En ese sentido estoy mirando por ejemplo, la violencia que vivieron las mujeres durante la dictadura, en particular todo lo que tiene que ver con ser ex presa política, mujeres que pasaron por experiencias de represión autoritaria y los programas de políticas públicas orientados hacia ellas. Por otro lado, todo lo que tiene que ver con la violencia íntima de pareja, o algunas otras violencias también como la transfóbica o étnica. Es un proyecto bien amplio, donde revisamos prensa, archivos judiciales y estatales. Lo interesante del proyecto radica en ir y hacer entrevistas ahí mismo.

     

    ¿Qué objetivos posee la investigación?

    Por un lado, un objetivo es tratar de cifrar un poco qué es lo que ofrece el Estado, cuáles son las violencias que han sido incorporadas a políticas públicas estatales. Evidentemente en la violencia íntima de pareja es donde hay más políticas públicas, pero es una violencia que se limita a la construcción de la familia heterosexual. En el fondo tampoco hay muchos programas para mujeres lesbianas que viven violencia en pareja. Entonces, uno de los objetivos del proyecto tiene que ver con estudiar, pensar, criticar y proponer respecto a las políticas públicas. Otro objetivo tiene concordancia con pensar la relación entre la organización y los movimientos sociales. Entrevistamos por ejemplo a muchas mujeres feministas y también que han participado en grupos de derechos humanos o grupos de sobrevivientes de violencia, como el caso de ex presas políticas y ahí creo que está claro que en Chile el Estado generalmente no se mueve hasta el punto donde efectivamente exista un buen movimiento social que impulse cambios. Nos concentramos principalmente en los gobiernos de la Concertación en términos de ir pensando cuáles han sido las lógicas de ellos, donde en muchos casos hubo promesas en particular con la vuelta a la democracia, pero que en la realidad ha sido muy complicado que se lleven a cabo.

    ¿En qué etapa del proyecto estás actualmente?

    Estoy realizando la escritura y las últimas sistematizaciones. Ya terminamos todas las entrevistas en diciembre de 2015, la revisión de prensa la terminamos en el año 2014. Estamos terminando también los archivos judiciales que ha sido más complicado. Estamos avanzando según el calendario que propusimos, ha sido un trabajo bastante colectivo. Tengo la suerte, como historiadora feminista, de tener un equipo feminista trabajando conmigo como ayudantes.

    ¿Cuál es la importancia para la investigación?

    Es importante que se haga más investigación histórica feminista. La verdad es que sí hay una cierta historiografía de género en Chile entre los años 90′ en adelante, pero lo que noto en esa producción en general es una tendencia solamente a trabajar un tipo de historia más descriptiva. Creo que este proyecto trata de pensar la violencia de género de una manera mucho más compleja y en ese sentido hay un aporte, además de la metodología que ocupamos, o de tratar de incluir a nuestras entrevistadas en este proyecto. En este ámbito tengo por ejemplo una carta de consentimiento, donde antes de publicar cualquier cosa yo mando un manuscrito a las personas que pueden leer y yo recibo comentarios, la idea es tener un intercambio.
  5. La retroexcavadora no arranca las raíces del modelo

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Aunque el pesimismo de Büchi sobre la dirección en la que va el país sea justificado, las bases del modelo que él ayudó a fundar y que la Concertación ayudó a crecer son mucho más profundas como para que las destruya una retroexcavadora operada por un gobierno poco hábil, crecientemente impopular y al que rápidamente se le acaba el tiempo.

    El reciente anuncio de Hernán Büchi de que se irá del país debido a la creciente incerteza jurídica dice tanto sobre lo que ha ocurrido en el país en estos dos años como sobre lo que parte de la derecha anticipa va a ocurrir en la elección presidencial de 2017. Como algunos en la derecha dudan de la profundidad de las raíces del modelo de libre mercado, temen que un gobierno pueda arrancar con una simple retroexcavadora las raíces de la economía de mercado. Afortunadamente, los chilenos quieren terminar con el abuso y la corrupción, no con el modelo que se basa en la feroz competencia en una cancha pareja donde todos tengan iguales oportunidades.

    Ante la polémica que generó una entrevista a Hernán Büchi en la revista Capital, el propio Büchi salió a explicar las razones de por qué le duele Chile. Si bien es comprensible que un connotado hombre de derecha vea con malos ojos lo que está pasando en el país desde que la Nueva Mayoría llegó al poder en marzo de 2014, pareciera ser que el ex ministro de Hacienda olvida un elemento esencial en toda democracia. Los gobiernos son finitos y las políticas que impulsan —por más fundacionales que busquen ser— pueden ser modificadas por futuros gobiernos.

    Varias de las políticas que dan pie para que Büchi hable de falta de certezas jurídicas dependen de la voluntad del próximo gobierno para sobrevivir. La reforma tributaria de 2014, ya modificada en 2015, probablemente será sometida a nuevas modificaciones cuando entre en régimen. Es más, si hay una certeza jurídica en cada democracia desarrollada es que los resultados de las elecciones tienen impacto en los regímenes tributarios. Cuando gana la izquierda, a menudo aumentan los tributos para financiar el gasto social. Pero cuando gana la derecha, a menudo los tributos disminuyen para promover el emprendimiento y el crecimiento económico.

    El futuro de la reforma educacional de 2014, que terminará gradualmente con el lucro, el copago y la selección en la educación básica y secundaria dependerá también de la voluntad del próximo gobierno. Si aumentan las objeciones a la dirección que toma la reforma, el próximo gobierno podrá cambiar la dirección. La reforma que establece la gratuidad en la educación superior tiene una base aún más débil, en tanto ni siquiera hay una ley que la regule. El proceso constituyente que impulsa el gobierno no pasa de ser, para los efectos legales, una consulta no vinculante que alimentará una propuesta de cambio constitucional que hará el gobierno más impopular desde el retorno de la democracia justo antes de irse.

    De ahí que el pesimismo de Büchi parece injustificado cuando se toma en cuenta que este gobierno ya está en la segunda mitad de su periodo. En menos de un año, ya tendremos candidatos presidenciales haciendo activamente campaña para las primarias de sus respectivas coaliciones. En dos años, el nuevo gobierno estará impulsando su propia agenda de reformas.

    Pero tal vez el pesimismo de Büchi responde a la expectativa de que el próximo gobierno seguirá por el mismo camino que ha tomado la administración de Bachelet. El ex ministro parece tener pocas esperanzas de que las elecciones de 2017 resulten en un giro del electorado hacia un gobierno más comprometido con el modelo del libre mercado y la competencia. Aunque las encuestas muestran que el candidato favorito para ganar las elecciones de 2017 es el ex Presidente Piñera (y su rival más probable es el ex Presidente Lagos, otro amigo del mercado), Büchi parece menos convencido del posible retorno de la derecha al poder o de la capacidad de un gobierno de derecha para profundizar el modelo y emparejar la cancha de tal forma de evitar que los estatistas retrógrados —o algunos capitalistas abusadores o coludidos— lo destruyan.

    Afortunadamente, las bases del modelo son más profundas que lo que se necesita para desmantelarlas con una retroexcavadora. Es cierto que Chile pasó por una fiesta refundacional que se inició con la victoria de Bachelet en 2013 y continuó con reformas bien intencionadas, pero apresuradas y mal diseñadas. Pero hoy ya sentimos la resaca de una fiesta que devino en nulo crecimiento y creciente desempleo. Con el fin del boom de los commodities, nos encontramos con un desafío que nos obliga a repensar las prioridades del gasto público. Los chilenos quieren que la riqueza se reparta mejor y haya menos abuso, pero no quieren matar la gallina de los huevos de oro para repartirse la carne. Ahora que la gallina se asustó y ha dejado de poner huevos, los chilenos se comienzan a decepcionar de los cantos de sirena refundacionales.

    Aunque el pesimismo de Büchi sobre la dirección en la que va el país sea justificado, las bases del modelo que él ayudó a fundar y que la Concertación ayudó a crecer son mucho más profundas como para que las destruya una retroexcavadora operada por un gobierno poco hábil, crecientemente impopular y al que rápidamente se le acaba el tiempo.

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  6. Último día, todos se enojan

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Sin un candidato presidencial popular que haga conveniente la idea de mantener con vida a la NM, los partidos crecientemente se culparán mutuamente del fiasco y buscarán diferenciarse para volver a cautivar a sus bases electorales.

    A unos días de que el Congreso se vaya de inmerecidas vacaciones, los ánimos al interior de la Nueva Mayoría están especialmente caldeados. Las rencillas entre el PDC y el PC han escalado al punto que incluso superan a las críticas de la oposición al oficialismo. Como madre que no quiere que los hijos se peleen pero que no sabe qué hacer para evitarlo, la Presidenta Bachelet observa cómo la coalición que ella fundó se hunde, pero no por los torpedos de la oposición, sino por los conflictos que ella no ha sabido dirimir.

    Desde que volvió a Chile triunfalmente en marzo de 2013, Michelle Bachelet estaba determinada a tomar una hoja de ruta distinta a la que exitosamente privilegiaron los cuatro gobiernos de la Concertación (incluida su primera administración). De hecho, tan fundacional era su aire que una de las primeras cosas que hizo la entonces ex Presidenta después de volver al país fue dar por muerta a la Concertación y anunciar el nacimiento de la Nueva Mayoría. Su rápido cambio de posición respecto a la gratuidad en la educación superior (en sus primeras declaraciones dijo estar en contra para luego tomar la bandera de la gratuidad como tema central de su campaña) demostró que Bachelet estaba decidida a dejar atrás las políticas graduales y pragmáticas de la Concertación para remplazarlas con la improvisación y el dogmatismo, sellos distintivos de la Nueva Mayoría.

    Como la candidata Bachelet gozaba de una enorme popularidad y aparecía como carta segura para las presidenciales, los partidos que se identificaban con más fuerza con la gradualidad y el pragmatismo de la Concertación celebraron el nacimiento de la nueva coalición y entusiastamente suscribieron el programa de reformas fundacionales que —aunque pocos leyeron— Bachelet impulsó con entusiasmo en campaña. La candidata que prometió “reformas y no reformitas”, y que aseguró que sería ella la que cortaría el queque cuando surgieran diferencias al interior de su coalición, alineó a todos los partidos detrás de su, entonces, popular figura.

    Como los partidos están siempre más interesados en ganar elecciones que en defender principios, desde el PDC hasta el PC se alinearon disciplinadamente detrás de la candidata que les permitiría volver a gozar de los beneficios de ejercer el poder. Las discrepancias que entonces evidentemente existían respecto a las promesas y compromisos del programa fueron puestas de lado ante la innegable evidencia de que todos los partidos se beneficiarían del caudal de popularidad que emanaba de la imbatible candidata. Incluso lideres razonables del PDC que ahora levantan la voz advirtiendo sobre los riesgos de cumplir las promesas del programa, entonces guardaron silencio. El propio Andrés Velasco, principal responsable del exitoso primer cuatrienio de Bachelet, terminó haciendo campaña y llamando a votar por la candidata de la NM (a sabiendas de lo que decía el programa y de lo que quería hacer Bachelet).

    Pero como en cualquier cuento de hadas, cuando se acabó el encanto y la imagen de Bachelet dejó de representar un caudal de votos, la realidad terminó por imponerse. Los partidos ahora huyen de la figura de una Presidenta que ha perdido liderazgo y titubea entre impulsar sus ambiciosas promesas y sus proyectos fundacionales o hacerse cargo de la realidad mucho menos auspiciosa que enfrenta el país. Algunos podrían decir que, igual que en el cuento de hadas del traje nuevo del emperador, el caso Caval dejó en evidencia que la emperadora estaba desnuda y que la Nueva Mayoría no tenía raíces ni columna vertebral.

    Ante la cruda realidad, ya no tiene sentido pretender adherencia al programa ni fingir simpatía por los otros miembros de la coalición que se subieron al carro de la victoria de Bachelet que ya se quedó sin gasolina. De ahí que las peleas al interior de la NM se multipliquen y la virulencia de los ataques vaya en aumento. Cuando no hay ni misión común ni candidato popular que pueda generar nuevamente el hechizo con la ciudadanía que llevó a Bachelet a la presidencia, no hay razón para evitar que se hunda el barco. Lo más natural es aplicar la lógica del sálvese quien pueda. Los partidos de la NM están actuando en consecuencia con la misma lógica oportunista que los llevó a alinearse detrás del liderazgo de Bachelet y a suscribir las ambiciosas pero ambiguas promesas del Programa de Gobierno de la NM. Ahora que Bachelet es un sol que se esconde, cada partido busca lo que más le conviene para su futuro.

    Sin un candidato presidencial popular que haga conveniente la idea de mantener con vida a la NM, los partidos crecientemente se culparán mutuamente del fiasco y buscarán diferenciarse para volver a cautivar a sus bases electorales que se compraron la idea de una nueva coalición que expandiría derechos a granel y ahora ven que el barco está, sin capitán, a la deriva. El último día, cuando ya no hay futuro en común, todos se enojan con todos antes de dejar el barco.

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  7. La Concertación no ha muerto

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía.

    Los intentos por revivir a la Concertación que hoy proliferan en sectores de la centro-izquierda confirman tanto el fracaso de la Nueva Mayoría como la ausencia de ideas y propuestas de futuro en la coalición que exitosamente lideró la transición a la democracia pero que parece no tener ni las respuestas a la demandas de una sociedad que ya se acostumbró a la democracia ni los líderes que puedan guiar la construcción del Chile que esa sociedad anhela.

    Después de que el ex Presidente Ricardo Lagos entrara al ruedo político lanzando una candidatura presidencial en su personal estilo (“algunos, varios, me han dicho: oiga, vuelva usted para que al menos ponga orden”), se han propagado las voces de nostálgicos de la Concertación que han salido a defender los principios, valores y estrategias de la coalición que gobernó a Chile entre 1990 y 2010.  El más reciente en unirse a ese coro ha sido el senador y presunto candidato presidencial PDC Ignacio Walker. Con la moderación que le caracteriza, que a ratos raya en timidez y ambigüedad, Walker dijo “nunca hubo un certificado de defunción de la Concertación y nunca hubo un certificado de nacimiento de la Nueva Mayoría. Este es un proceso. Y en muchos sentidos la Concertación no ha muerto”.

    Los intentos por reposicionar a la Concertación son comprensibles, toda vez que el gobierno de la Nueva Mayoría, liderado por Michelle Bachelet, hace aguas por todos lados. Pero el repentino interés por aseverar que la Concertación no ha muerto denota también oportunismo y algo de cobardía. En 2013, cuando Bachelet regresó para asumir la candidatura presidencial, la entonces popular líder unilateralmente sepultó a la Concertación, decretando el cambio de nombre de la coalición. Bachelet bautizó a la Nueva Mayoría. Ninguno de los que ahora declara su añoranza por la Concertación alzó la voz para expresar una objeción. Como en las bodas, el que quería mantener viva a la Concertación debía hablar entonces o callar para siempre.

    Si la Concertación era algo que debía defenderse, los partidarios de esa coalición estuvieron conspicuamente ausentes en 2013. Contrario a lo que asegura el senador Walker, sí hubo un certificado de defunción de la Concertación y una celebración de nacimiento de la Nueva Mayoría. Como presidente del PDC, Walker concurrió con su firma al acto que creó a la NM cuando todos los líderes de los partidos miembros, con sonrisas en sus rostros, proclamaron la candidatura de Michelle Bachelet y de los candidatos al parlamento de la Nueva Mayoría.

    Pero aun haciendo la vista gorda ante el nulo intento por salvar a la Concertación en 2013, los esfuerzos por desenterrar ahora a la coalición que lideró exitosamente al país por el sendero del desarrollo y la consolidación democrática por 20 años denotan solo la falta de respuestas que tienen los nostálgicos delAncien Régime para los desafíos del Chile de hoy.

    Gracias a la Concertación, Chile es hoy incuestionablemente democrático, más desarrollado y menos desigual. Pero no significa que los chilenos quieran que retorne la Concertación. Las encuestas muestran que la gente quiere diálogo, moderación, pragmatismo y gradualidad (atributos que la Concertación personificó). Pero es un error creer que los chilenos quieren también que los mismos líderes que guiaron la transición a fines de los 80 vuelvan al poder en 2017, 30 años después.

    El país hoy enfrenta desafíos muy distintos a los monumentales problemas que existían a comienzos de los 90. El desarrollo económico y los avances tecnológicos han cambiado radicalmente a la sociedad. Debido a que la Concertación fue exitosa, los chilenos ahora aspiran a mucho más.  La compleja coyuntura económica por la que atraviesa el país ha alimentado la ansiedad y los temores a perder parte de lo logrado.

    Pero precisamente porque el país ha avanzado tanto, los chilenos se han acostumbrado a mirar hacia adelante. Los chilenos no van a buscar en respuestas de ayer las herramientas para enfrentar exitosamente los desafíos de hoy. Por eso, por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía. Si la centro-izquierda aspira a mantener el poder más allá de 2017 —y considerando que la Alianza ofrecerá la opción de volver a lo que fue el gobierno de Piñera entre 2010 y 2014—, la clave será poder combinar las herramientas exitosas y ganadoras de la Concertación con un mensaje de renovación, cambio y futuro. La Nueva Mayoría bien pudiera estar desahuciada, pero para volver al poder, la centro-izquierda deberá construir algo nuevo y no intentar ahora desenterrar una coalición que todos los partidos, con demasiada facilidad e incluso cierta satisfacción, apresuradamente sepultaron en 2013.

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  8. Sin Michelle no hay equipo

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Son inconducentes las preocupaciones sobre la capacidad para guiar adecuadamente al país de la dupla compuesta por el ministro del Interior Jorge Burgos y el titular de Hacienda Rodrigo Valdés. Mientras el barco del gobierno no esté firmemente guiado por la Presidenta Bachelet, ningún intento de uno o más ministros por tomar la dirección correcta será productivo. Dado que nuestro sistema institucional es fuertemente presidencial, resulta inútil poner la esperanza en que uno o más ministros podrán tomar el control. Si la Presidenta no marca rumbo, el país seguirá a la deriva, por más que dos o todos los ministros hagan fuerza juntos para retomar una hoja de ruta razonable que nos permita salir de la crisis.

    Desde que, a partir de la aparición del escándalo Caval, la Presidenta comenzó a mostrar un comportamiento defensivo, e incluso errático, la arena política ha centrado su atención en la capacidad de los ministros que lideran su gabinete para tomar el liderazgo que la Presidenta no ha querido, o no ha podido, asumir. Después de varios meses de presión para lograr la salida del titular de Hacienda Alberto Arenas, los actores económicos celebraron la llegada del nuevo ministro Rodrigo Valdés. Su reconocida experticia tecnocrática y su cercanía con el mundo empresarial permitían anticipar que las relaciones rápidamente se recompondrían. Pero lamentable, los resultados de la gestión Valdés, a 100 días de haber asumido el cargo, son solo mixtos y apenas dan unas pocas razones para estar optimistas. El ministro ha logrado instalar la idea de que se debe hacer una reforma a la reforma tributaria. Pero el margen que tiene Valdés hoy para operar es tan reducido —por el complejo ambiente macroeconómico internacional y por las constantes aserruchadas de piso que sufre en el gabinete y en su coalición— que difícilmente va a ser capaz de generar las confianzas necesarias para que la inversión vuelva al país y Chile pueda retomar el sendero del crecimiento.

    De igual forma, la llegada de Jorge Burgos a Interior hizo que muchos respiraran aliviados, pensando que eso bastaba para que la dinámica de reformas profundas que había caracterizado el primer año de gobierno fuera remplazada por una lógica más gradualista y consensuada, propia de los gobiernos de la Concertación. Pero a cien días de haber asumido el poder, la gestión de Burgos ha estado marcada más por la frustración. La visita del ex Presidente Lagos a La Moneda, para hablar fuerte y claro, asociando su figura a la idea del orden, solo confirmó que Burgos tiene más llegada con la vieja guardia concertacionista que con la Presidenta Bachelet y su cerrado círculo del segundo piso. Si hay algo claro hoy en el gobierno es que Burgos no ejerce la autoridad que muchos creyeron que el nuevo titular de Interior llegaría a desplegar.

    Por todo esto, no resulta sorprendente que la dupla Burgos-Valdés haya sido incapaz de dar ese golpe de timón que esperaban todos aquellos nostálgicos de la era concertacionista. La dupla tampoco ha sido capaz de tranquilizar a aquellos que, sabiendo que los años dorados del concertacionismo ya no volverán más, aspiran a que haya un gobierno que sepa dirigir al país por la senda de los cambios profundos, pero graduales y consensuados. Tanto los nostálgicos del pasado como los que aspiran a un futuro de más desarrollo consensuado se sienten decepcionados porque la dupla Burgos-Valdés simplemente no dio el ancho. Por la otra vereda, los que aspiran a sacar a la retroexcavadora del fango en que se atascó por el apresuramiento y la irreflexión oficialista de 2014, también están insatisfechos, sabiendo que Burgos y Valdés tienen suficiente fuerza para evitar los esfuerzos por echar a andar la retroexcavadora.

    Esta suerte de empate, entre una dupla que no logró su objetivo pero que logró frenar el avance hacia la refundación nacional que se impuso en 2014, tiene al país inmovilizado —y a muchos creyendo que estamos a la deriva cuando en realidad solo estamos dando círculos sin avanzar en ninguna dirección—. Por eso, da lo mismo si la dupla Burgos-Valdés se quiebra definitivamente o se logra re-articular. Esa dupla ya no sirvió para sacar al país del estancamiento. No fue por la incapacidad o falta de voluntad de los ministros. El problema está en nuestro sistema altamente presidencial.

    En Chile, si el Presidente no empuja en una dirección, el país no se mueve. Cuando los presidentes tienen la visión y determinación para avanzar, el país puede moverse en la dirección correcta (o retroceder). Pero cuando los presidentes no se deciden por alguna de las opciones que tienen a su disposición, el país se estanca o da vuelta en círculos. A menos que la Presidenta tome ahora una decisión que se ha negado a tomar en los últimos meses y opte por una de las opciones —la búsqueda de consensos o la refundación—, ninguna dupla o equipo de ministros podrá sacar al país del estancamiento en el que actualmente se encuentra.

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  9. La histeria de las reformas políticas

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    El Senado acaba de aprobar en primer trámite constitucional la pérdida del escaño para aquellos senadores, diputados, alcaldes, CORES y concejales que hayan violado las normas sobre transparencia, límite y control de gasto electoral. Lo extraño de todo esto es que aún no conocemos cuáles serán efectivamente esas normas de transparencia. Se dejó para más adelante la idea de incluir al Presidente de la República en este sistema de sanciones. Al parecer, la fuerza del presidencialismo chileno no conoce límites. Puede ser que un CORE electo en la circunscripción provincial de Capitán Prat donde votan poco más de 1720 personas sea sancionado, mientras que un Presidente siga en su cargo a pesar de haber violado la norma.

    El CORE más votado en Capitán Prat obtuvo 407 votos. Su gasto declarado ante el Servel fue de 2.013.110 pesos, el más alto para dicha zona. El segundo CORE electo en esa circunscripción obtuvo 386 votos y gastó 575 mil pesos. El límite de gasto establecido por el Servel para Capitán Prat fue de 17.994.230. Con estos datos, entonces, el CORE que más gastó ocupó sólo el 11.2% del límite de gasto. La primera pregunta es obvia: ¿será necesario establecer límites de gasto tan altos? Una medida prioritaria, antes de estar discutiendo sobre la pérdida de escaño, es definir de manera muy clara los nuevos límites de gasto electoral. Según la ley 19.884, para la elección de CORES el límite de gasto se calcula tomando como base 700 UF (17,5 millones aproximadamente) para luego aumentar ese límite en función del número de electores. ¿No será más fácil definir esos montos considerando sólo el volumen de electores o, incluso, de votantes en cada división electoral?

    Desafortunadamente, y dado el desorden legislativo producto de la histeria colectiva en torno a la crisis de los partidos, se está legislando de manera apresurada. En un afán casi enfermizo por “mayor transparencia”, los partidos están contra la espada y la pared. Algunos exigen re-inscribir a toda la militancia, hacer público ese padrón, y otros más osados quieren imponer el principio de “una persona, un voto”. Ninguna de estas medidas generará por sí solas mejores partidos. De hecho, cada partido tiene su propio sistema electoral donde los cargos pueden ser electos de manera indirecta. Dado que los sistemas electorales producen distorsiones, difícilmente todos los partidos podrían respetar ese principio de “una persona, un voto”. Luego, la re-inscripción de los militantes es una medida absolutamente innecesaria. Bastaría con que el Servel lleve un registro sistemático y creíble. Muchos señalan que los partidos que no cumplan con estas exigencias no tendrán acceso a recursos públicos. Esto es, por decir lo menos, incorrecto. Los partidos se juegan la vida en las elecciones. Son los ciudadanos los que evalúan periódicamente a ese partido, no los reformistas que se creen depositarios de una superioridad moral para decretar qué es bueno y qué es malo para los partidos.

    Finalmente, la idea de mayor democracia interna no tiene asidero empírico. Hay partidos cerrados exitosos y partidos abiertos que también lo son. ¿Desde cuándo la democracia interna es un requisito para el éxito?, ¿qué pasa si un partido llega a consenso para nominar una directiva nacional?, ¿se va a sancionar a ese partido por lograr acuerdos? Luego, para otros la democracia interna se asocia con primarias. ¿Quién podría sostener seriamente que las primarias son el “mejor” mecanismo para seleccionar candidatos? En un reciente artículo escrito con Carlos Cantillana y Gonzalo Contreras del Observatorio Político-Electoral de la UDP demostramos que las primarias que hizo la Concertación en 2012 para elegir a sus candidatos a alcalde no se tradujo en mayor participación para la siguiente elección local y que sólo mejoró marginalmente la elegibilidad de los ganadores.

    Mucho cuidado entonces. Antes de promover reformas pro-transparencia sería bueno conocer en detalle las normas que rigen la competencia partidista y promover cambios que vayan en la dirección correcta y no en detrimento de los partidos que, alicaídos y todo, mantienen el monopolio de la representación.

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  10. Nueva Mayoría: de familia disfuncional, a familia de trincheras

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    La lucha entre autocomplacientes y autoflagelantes de la Concertación es un juego de niños al lado de la pelea entre moderados o gradualistas, y exaltados o refundacionales en la Nueva Mayoría. Lo curioso es que esta confrontación no se explica necesariamente por el PC, que poco a poco ha cultivado cierta relación de respeto con el PDC luego de las desubicadas declaraciones del embajador Contreras. La tensión más fuerte está entre el PDC y parte importante de un partido inorgánico como el PPD, y el ala más recalcitrante del PS que busca, a toda costa, imprimir más presión sobre un gobierno saturado de reformas y con evidentes problemas para mejorar el desempeño económico del país. Insistir con una Asamblea Constituyente a estas alturas, es echar bencina a un bosque en llamas. Lo más razonable -claramente- es que esa Nueva Constitución sea elaborada por el próximo congreso electo con un sistema electoral distinto. Chile es reconocido por respetar sus instituciones que, buenas o malas, funcionan.

    La exaltación de la izquierda no encuentra límites aún. Cuando Bachelet ganó la presidencial, no fueron pocos los que afirmaron -sin ninguna evidencia empírica por cierto- que Chile avanzaba hacia un “nuevo ciclo”. En un artículo que publiqué en Qué Pasa en marzo de 2014 sostuve que no había antecedentes serios para afirmar algo así. Era errado el diagnóstico de la politización, polarización y refundación. Es más, la reciente encuesta de la consultora Subjetiva arroja resultados más lapidarios. Una de sus preguntas dice: “Si imagináramos que Chile fuese una casa. Según su opinión, ¿qué deberíamos hacer con ella?” Los datos son irrefutables, pues sólo el 25% apoya la opción “derribarla y construirla de nuevo” (es decir, la retoexcavadora), mientras el resto de los encuestados (casi el 75%) se inclina por “repararla sólo donde se necesite” o “ampliarla y hacerla crecer”.

    Por tanto, el error de origen del gobierno fue confundir un fuerte dolor de estómago con un cáncer gástrico. Al hacer un tratamiento para el cáncer gástrico y no para el dolor de estómago, en lugar de morigerar el malestar, lo profundizó. Las promesas desmedidas -en las que todo los partidos de la NM son responsables- y la falta de visión para sopesar los efectos de la desaceleración, dejaron casi en ridículo a los intelectuales que defendieron la tesis del cáncer gástrico y a los técnicos que avalaron promesas imposibles de cumplir en un ambiente económico adverso del que no tuvieron noticias hasta que se gatilló la crisis. Es decir, nula capacidad para anticiparse.

    Los errores imperdonables de intelectuales y técnicos nos tienen -como país- en una situación extraordinariamente compleja. Probablemente, los líderes de izquierda de la NM pensaron que el 62% de Bachelet en la segunda vuelta era sinónimo de un apoyo avasallador al programa. Sin embargo, los votos que obtuvo Bachelet en esa segunda vuelta equivalieron al 25% de toda la población en edad de votar. Frente a esa idea maximalista del poder total, lo único que funcionó como oposición interna a la fiebre reformista fueron los “matices” de Ignacio Walker y la cocina de Zaldívar, quienes se ganaron el encono de sus socios de pacto.

    Hoy es muy difícil que un Presidente con el 25% de aprobación logre disciplinar a sus congresistas. Comprensiblemente, cada diputado o senador diseñará una estrategia propia que le garantice la reelección en un par de años. No es buen negocio aparecer junto a un gobierno aún aturdido por la desaceleración, los escándalos y la fractura interna entre moderados y refundacionales. Por tanto, es muy probable que sigamos asistiendo a eventos de indisciplina, los que serán más evidentes al finalizar el gobierno y tener a la vista las próximas elecciones. La NM ha pasado de ser la antigua familia disfuncional, a una familia de trincheras. Sin embargo, por ahora se ve muy difícil que se produzca una fractura formal. Ni el PDC ni el PC se van a salir de la coalición al menos hasta después de la municipal. Ahí deben coordinarse para nominar un candidato a alcalde. Además, los costos por salirse son altísimos. Abandonar un gobierno implica que todos los militantes deban dejar sus cargos.

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  11. El Chile desencantado

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    Fernando Rosenblatt, académico Ciencia Política UDP

    Fernando Rosenblatt, académico Ciencia Política UDP

    El conflicto sigue y sigue. Mientras transcurre la Copa América, hay universidades privadas ocupadas o con carreras en paro. Además, hay más de 2000 establecimientos de secundaria donde no hay clases y en las últimas semanas hubo varias marchas. Como a esta altura usted ya sabrá, hace años que el movimiento estudiantil chileno aboga por un nuevo modelo educativo y ha planteado otro conjunto de demandas que trascienden lo estrictamente educativo. También hay otros movimientos sociales que reclaman por diversos temas, como el de los pescadores artesanales que se oponen a la Ley de Pesca. Los distintos movimientos coordinan sus demandas y se apoyan mutuamente en sus respectivas movilizaciones. El escenario, entonces, sigue siendo el de un país intensamente movilizado.

    Los analistas debaten sobre la naturaleza de esta coyuntura que vive el país desde las movilizaciones estudiantiles de 2011. Algunos, por ejemplo, debaten si la naturaleza de la desafección es sistémica o no. Hay mucho escrito, con aportes bien interesantes. En una columna anterior abordé lo paradójico de esta coyuntura en el contexto de un país que ha sido relativamente exitoso. En esta ocasión pongo el foco sobre otro punto: se rompió el encanto, la ilusión de la posibilidad de trascender lo político.

    Se corrió el velo que durante algunas décadas hizo creer a la ciudadanía (y a la clase política) que era posible perseguir la política pública óptima y que las ideas políticas carecían de justificación o entorpecían la obtención de dicho resultado. Usted dirá que esto no es nuevo y que lo mismo sucedió en otros lados, que el fin de las ideologías y todo ese cuento. Pero Chile fue el caso más acabado de ese intento en América Latina. Esa idea fue impulsada por los ideólogos de la dictadura pero, en un contexto democrático, fue también aceptada durante los gobiernos de la Concertación.

    El desencanto es, en una de sus acepciones, desengaño.Terminó el encanto y con él, el letargo de lo político. Una parte considerable de la sociedad se manifiesta en desafección y movilización. Y así, se dejó de aceptar que la política la manejan algunos, que a su vez insisten que se limitan a la administración y a la gestión, confiando ciegamente en el Excel y desdeñando por completo el debate y la deliberación de ideas sobre el contenido y organización de esa planilla.

    Hace algunas semanas, en un seminario organizado por el Instituto de Investigación en Ciencias Socialesde la Universidad Diego Portales, aprendí de colegas historiadores que este país, muy tempranamente, estuvo obsesionado con el saber científico incluso en la validación cientificista en la construcción de la nación. Alguna vez me había llamado la atención el título de este libro: La Raza Chilena, publicado en 1918. Esta es una simple ilustración de la trayectoria histórica que tiene en Chile la idea cientificista de lo público. Esto no supone una valoración sobre esta inclinación. Claro que es un mérito diseñar, implementar y evaluar políticas públicas con rigor, siguiendo la razón y la evidencia. Pero así como el conocimiento científico puede ser muy saludable para la política pública, hay extremos que son sencillamente ridículos. El problema, entonces, aparece cuando se lleva al extremo al que se llegó durante la dictadura; extremo que supone que es posible evitar por completo lo político; considerando por ejemplo que la elección de una dirección en política pública puede ser aséptica. Entiéndase bien: el problema es cuando se cree que la ciencia puede sustituir plenamente a lo político. Una vez quebrado ese consenso, ya no fue posible legitimar el ejercicio del gobierno sobre la base de “nosotros sabemos”. Entonces la voz se alza, legitimando el principio de ciudadanía política.

    Un destacado sociólogo y politólogo chileno, Manuel Antonio Garretón, sugiere hablar de repolitización para interpretar el proceso que Chile vive hoy. Lo comparto plenamente. Chile hoy se reencontró con lo político. Chile tuvo a lo largo de su historia momentos de alta politización. No todo empezó (o terminó) con Allende. Ya en los años 30 Chile tuvo el primer Frente Popular electo democráticamente de América Latina. Tuvo también un partido Nazi que llegó al Congreso. Tuvo una República Socialista que duró algunos días pero marcó al movimiento obrero. Y eso por poner algún ejemplo. Es decir, la coyuntura de hoy, de alta politización, tiene profundas raíces en el pasado.

    En esta coyuntura, los estudiantes son el ejemplo más acabado del proceso que se vive en estos años; son una nueva generación que creció en democracia y que fue abandonada por sus padres políticos porque no hubo una formación de nuevos líderes políticos. En esa orfandad, desprovistos de ataduras con el pasado (como el temor a la regresión autoritaria), sumado a determinadas circunstancias coyunturales (como la acumulación de endeudados por créditos para pagar los estudios), fueron el motor este proceso de repolitización. Pero también sucedió en otras arenas y no sólo entre los jóvenes. Y claro, los políticos y sus organizaciones partidarias se vienen mostrando incapaces de canalizar el proceso porque por muchos años abandonaron a sus hijos (y no pasaron la posta) y se convencieron del cuento de la posibilidad de la muerte de lo político. Pero Chile se desencantó; salió de un letargo.

    ¿El resultado? Imposible de saber. Pero los últimos han sido años fascinantes, como lo es la historia política de este país, plagada de instancias de discusiones profundamente programáticas. La coyuntura de hoy es un nuevo ciclo de politización, de involucramiento político y de discusión de asuntos fundamentales de una porción de la sociedad. Eso es esencialmente sano para la democracia. El único riesgo es que se reproduzca en el tiempo esta incapacidad manifiesta de canalizar y resolver las demandas. Como dicen los expertos en movimientos sociales, el riesgo para la salud democrática aparece si el repertorio de acción en el ciclo de movilización se radicaliza, negando la posibilidad de algún tipo de acuerdo, ya sea por la vía de la negociación, de procesos constituyentes deliberativos, o cualquier forma de fin del ciclo de conflicto intenso.

    Para la política uruguaya, Chile deja dos lecciones. Por un lado, primero, la importancia de mantener y regenerar la discusión de ideas; de fundamentar políticamente la dirección de las políticas públicas —lo que no contradice en absoluto que su diseño e implementación sean rigurosos y basados en evidencia. Segundo, los partidos deben mantener el contacto fluido con sus adherentes y con nuevas generaciones, pero también con la ciudadanía en general. Cuando se pierde esa conexión se pierde la empatía y la capacidad de canalizar demandas. Y, por más exitoso que sea el derrotero del país, los conflictos, las demandas no tienen fin y por algún lado y de alguna forma van a hacerse sentir.

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  12. Quiénes ganan y pierden con el nuevo diseño del gabinete

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Tres días han pasado desde que se conoció la nueva conformación del gabinete.  Conocidos los ajustes, cuatro analistas políticos y académicos, Max Colodro, Gonzalo Müller, Mauricio Morales y Eugenio Guzmán, desmenuzan los nuevos equilibrios  y el cuadro que hoy forman los 23 ministros. Dicen que más allá de los triunfos personales evidentes -como el desembarco de Jorge Burgos en Interior o de Rodrigo Valdés en Hacienda- las designaciones dejaron heridos y victoriosos dentro de las colectividades y en los círculos de asesores de La Moneda.

    Hay plena coincidencia en que el nombramiento de Burgos dejó a la DC, particularmente al ex presidente Ignacio Walker y a la corriente interna de los príncipes, como los ganadores indiscutidos del ajuste ministerial. La señal política que implica instalar a un “moderado” como jefe de gabinete, dicen, es que triunfan definitivamente los matices por sobre la retroexcavadora.

    Además del triunfo de la lógica del diálogo por sobre la imposición de las mayorías que implicaba la retroexcavadora, el PPD es sindicado por los analistas como uno de los partidos más perjudicados por la salida de un militante emblemático como Rodrigo Peñailillo. Mencionan al timonel Jaime Quintana como uno de los más visibles perdedores.

    En la misma línea, con la baja de cinco a tres ministros, el Partido Socialista también queda en el bando de los derrotados. Tanto el actual timonel, Osvaldo Andrade, como la futura presidenta, Isabel Allende, son mencionados como perdedores. Explican que Andrade no logró instalar al subsecretario Mahmud Aleuy como ministro, y que Allende no tuvo la fuerza suficiente para evitar la baja en la representación.

    No hay claridad sobre en qué pie quedó el Partido Comunista. Porque si bien su representación ministerial subió con la designación de Marcos Barraza en Desarrollo Social, los expertos dicen que hay dos costos que el partido tendrá que asumir. Primero, que se reabra el flanco de conflicto que supone la administración comunista en la Universidad Arcis, y segundo, que tendrán que aceptar que la designación de Barraza es una compensación por sello moderado que tiene el nuevo gabinete.

    Pero también explican que la ministra Ximena Rincón queda en una posición contradictoria, porque gana y  a la vez pierde. Pierde porque abandona el círculo de influencia que significa pertenecer al comité político, pero triunfa porque a diferencia de Elizalde y Peñailillo, logra ser reubicada en Trabajo y quedar a cargo de una reforma emblemática.


    Sube Aleuy y Partido Comunista abre nuevo flanco

    El subsecretario del Interior, Mahmud Aleuy, es uno de quienes sacan cuentas alegres, dice Guzmán. Explica que el trabajo que ha realizado Aleuy durante los gobiernos de la Concertación en materia de análisis electoral, no solo lo permiten identificarse con la historia del conglomerado, sino que es un activo para la labor que deberá realizar con el ministro Jorge Burgos.

    A nivel de partidos, dice que la colectividad ganadora fue la Democracia Cristiana. Según Guzmán, la maniobra de instalar a Burgos como jefe de gabinete es una señal potente, tal como fue la designación de Edmundo Pérez Yoma en la primera administración de Bachelet. Pero advierte que hay que esperar para ver cómo Burgos llevará adelante la agenda de reformas sin generar conflictos al interior de su propio partido.

    En el ala de los perdedores ubica a la senadora y futura presidenta de los socialistas, Isabel Allende. La razón detrás de esto, dice, es que ella asumió un discurso de apoyo irrestricto a Bachelet y que a pesar de permitirle ganar en las internas, no le permitió siquiera mantener la presencia que tenía el PS en el gabinete.

    Entre los derrotados está el ministro de Desarrollo Social, Marcos Barraza y el PC. “El nombramiento es muy raro”, dice. Esto, porque el vínculo de Barraza con la Universidad Arcis abre un nuevo foco de conflicto para el partido. Pero advierte que la pérdida no es completa, porque a pesar de los problemas que generará la designación de Barraza, es un hecho que los comunistas aumentaron su representación en un 100%.


    El doble triunfo de Eyzaguirre en Educación y Hacienda

    Para Colodro, el ganador indiscutido fue el ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre. Esto, porque logra mantenerse a cargo de las emblemáticas de las reformas de la Nueva Mayoría y porque “puso a un hombre de su extrema confianza como ministro de Hacienda”, en referencia al también PPD, Rodrigo Valdés.

    Los otros ganadores son Ana Lya Uriarte, según Colodro, por ser una de las artífices del nuevo diseño. Enrique Correa lo suma “porque quedó la sensación de que su relación profesional con Díaz e Insunza supone un vínculo de influencia”.

    Gana el ex presidente de la DC, Ignacio Walker, porque su lógica de los matices triunfa sin apelación.

    Explica Colodro que “el número uno de los perdedores es Quintana y la retroexcavadora”. Esto porque triunfan los matices por sobre la mayoría sin diálogo y porque cae a un emblemático para la gestión de Quintana como fue el ex ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo.

    Quien también pierde es el PC. Esto, porque “el contenido de las reformas se modera” y se reinstala la lógica de la Concertación, a la que ellos siempre fueron contrarios.

    En la misma línea, dice que pierde la bancada juvenil, representada por los diputados Vallejo, Cariola, Jackson y Boric. “Es de las grandes derrotadas”, dice, ya que ellos son rostro del impulso a las reformas sin matices.


    Undurraga gana pese a vínculo con Penta

    El director del Observatorio Electoral de la UDP, Mauricio Morales, es el único de los expertos en mencionar al titular de Obras Públicas como uno de los ganadores. “Undurraga estuvo a punto de caer, pero la DC salió a blindarlo muy tempranamente. Los ‘príncipes’ se la jugaron por Undurraga, que al final se mantuvo en el gabinete”, dice.

    Pero también es el único que incluye al líder del PRO y ex candidato presidencial, Marco Enríquez-Ominami, como uno de los triunfadores. Esto según Morales, se explica porque que “la Presidenta no puso a ningún presidenciable en el gabinete, por lo que repite la situación de 2009 donde la Concertación terminó apoyando a Frei”.

    El tercer ganador es el ex ministro y director de Imaginacción, Enrique Correa, quien “logra imponer a dos de sus preferidos en el gabinete”, dice el analista.

    Por el lado de los perjudicados menciona a dos personas: la ministra Ximena Rincón y el presidente del PS, Osvaldo Andrade. “Andrade sale para atrás, pues no logra poner a Aleuy como ministro del Interior”.

    Explica que la situación de Rincón es diferente, porque aunque su salida del comité político es una derrota evidente, al quedar al mando de la reforma laboral tiene la posibilidad de transformar en el futuro, la pérdida en un triunfo. En caso de lograr sacar adelante la reforma, dice que podría transformase incluso en una carta presidencial para la DC.


    Walker logra imponer la tesis de los matices en La Moneda

    “El gran ganador es Ignacio Walker, porque finalmente es su tesis de los errores del Gobierno la que se impone. Luego de que él fue el gran perdedor del primer gabinete, hoy tiene a Jorge Burgos. Hay un premio a la constancia, a apostar a la disidencia y al matiz”. Así describe Gonzalo Müller lo que a su juicio es el indiscutido triunfo del ex presidente de la DC.

    En el grupo de los ganadores también ubica a Ana Lya Uriarte, jefa de gabinete del Presidenta Michelle Bachelet. Esto, no solo por el rol que tuvo en la conformación del nuevo equipo de ministros, sino porque apuesta a que Uriarte “sí va a tener sintonía con Jorge Burgos en el eje de poder. Porque el equipo político concentra todo su poder en Jorge Burgos y por otro lado en ella”, dice Müller.

    Para el analista, más que perdedores con nombre y apellido, los grandes perjudicados son dos partidos políticos. Por un lado el PPD y por otro el PS.

    Explica Müller que en el caso del PPD, la colectividad salió del eje del poder y que la designación de Insunza no es suficiente para contrarrestar la pérdida de Peñailillo. Agrega que “el ministro PPD que llega a Hacienda es un ministro no partidista, no pertenece a lotes ni tiene vida partidaria. Él no le va a reportar a Quintana, a Girardi o a nadie”.

    Por el lado de los socialistas, explica que el PS “es un partido que no puede exigir mucho, porque ha apostado a la lealtad y a la incondicionalidad”.

  13. La paradoja de la estabilidad

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    fernando rosenblandt

     

     

     

     

     

     

     

    Fernando Rosenblatt

    ¿Por qué un país como Chile, con un gran progreso en indicadores de desarrollo socioeconómico convive con altos niveles de protesta y un creciente distanciamiento y apatía hacia los partidos? A continuación se realiza un análisis, basado en los argumentos esgrimidos por distintos cientistas sociales, sobre el estado de la democracia en el Chile de los últimos años. Un conjunto de interpretaciones destacan los diferentes legados sociales, económicos y políticos del régimen autoritario. El repaso que sigue es arbitrario, en el sentido que propone una línea que pone el foco sobre un aspecto del derrotero de Chile.

    El régimen dictatorial de Pinochet se extendió desde 1973 hasta 1990. Uno de los hitos que marcó el proceso de la transición fue el convencimiento en la oposición acerca de la imposibilidad de derrotar al dictador por la vía de la movilización violenta. Los intentos que hubo fueron brutalmente aplastados. Ya sobre mediados de los ochenta se dio inicio a una lenta estructuración de una coalición política de fuerzas de oposición. El resultado se conoció luego como Concertación de Partidos por el No y luego Por la Democracia. En esos años de construcción de la coalición, fue ganando terreno el convencimiento que una vez recuperada, lo más importante era resguardar el orden democrático. La competencia política posterior estuvo fundamentalmente estructurada en torno al eje dictadura-democracia y es innegable que la presencia del dictador y la salida controlada desde el régimen autoritario minaron el margen de maniobra de la Concertación.

    Pero también, por decisión propia y por temor al conflicto, se cortó el vínculo con las bases sociales de los movimientos políticos. Veinte años en el gobierno engendraron en la Concertación una cúpula cada vez más aislada. La elite política en general quedó poco oxigenada, además, porque el sistema electoral era escasamente competitivo en los niveles nacionales. El sistema electoral binominal fue pensado a medida desde el régimen de Pinochet, esencialmente para proteger su legado pero también resultó funcional a la otra parte del binomio, la Concertación. Aquellos diputados y senadores que llegaron “a tiempo” (en las primeras dos elecciones) tuvieron una versión muy generosa de las ventajas del incumbente (político que busca la reelección). Asimismo, la ausencia de discusión sustantiva respecto del modelo económico también comenzó a erosionar la identificación programática con los partidos.

    Pero mientras la política se dedicaba a la estabilidad, la sociedad chilena comenzó a cambiar exponencialmente. Los chilenos y chilenas salieron del aislamiento al que habían sido sometidos por Pinochet. El verdadero “milagro” chileno se cristalizó en democracia. Desde mediados de los años noventa, la sociedad chilena comenzó a cambiar de modo vertiginoso; un grupo importante de chilenos ya habían incorporado su nuevo status de clase media y otros tantos que, quedando en las puertas, viven con mucha incertidumbre—por el peso excesivo del mercado en aspectos centrales de sus vidas (especialmente educación). La sociedad comenzó a sentir cada vez más su segmentación; un país de primer mundo, bien pequeño, y un país mucho más grande que ciertamente no accede a bienes y servicios (especialmente públicos) de primer mundo. Y esa sociedad comenzó a recelar cada vez más de una clase política que ya había dado mucho pero que, como algunos políticos han reconocido, quedaron atrapados en la administración del gobierno. En diversas entrevistas y de distinta forma, los líderes políticos de la Concertación han señalado que en un momento se terminó la épica de la lucha contra la dictadura, del “dedo de Lagos”.

    En el caso de la conocida movilización estudiantil, cuando ya fueron miles los provenientes de hogares sin antecedentes de escolarización universitaria, endeudados por miles de dólares, con títulos de universidades en muchos casos de dudosa reputación (con consecuencias en la inserción laboral) y por tanto hubo suficiente masa crítica, el movimiento estalló. Y cantaban “el pueblo unido avanza sin partidos”. Las demandas no fueron sólo sectoriales sino que incluían cuestiones más generales como el cambio constitucional. La movilización estudiantil fue la más emblemática, pero también hubo fuertes protestas regionales en el sur y en el norte del país. Y como si fuera poco, la sucesión de terribles desastres naturales desnudaron aún más, y de modo violento, el fenómeno estructural de la segmentación de la sociedad, la desigualdad que el país no ha podido enfrentar en 25 años de democracia.

    A los bajos niveles de identificación, de confianza y de participación en partidos, hay que sumar el destape de numerosos (y escandalosos) casos de corrupción. Al creciente distanciamiento y apatía de la sociedad hacia los partidos, hay que sumarle ahora el embate de los escándalos como los casos Penta, Caval y SQM. El financiamiento de la política, las relaciones entre el empresariado y la política, el lobby, el tráfico de influencias, todo ello explotó en los últimos meses. Entonces, hay algunas señales que pueden oficiar de antecedente de una crisis del sistema de partidos que exceda la falta de afecto ciudadano. Además, en el contexto de un sistema electoral binominal que teóricamente impone un alto costo de salida, igualmente aumentaron las defecciones hacia nuevas organizaciones.

    Los partidos siguen allí. Sucede que son cada vez menos los que se identifican. No parece haber activísimo partidario en niveles significativos. Siguen allí por gracia de unas reglas de juego con escasos niveles de incertidumbre (poco competitivas) y porque no sucedió ninguna crisis severa desde la transición en 1989. Chile vino creciendo y no sufrió las crisis económicas que varios países de la región experimentaron a inicios y finales de los noventa. El sistema de partidos chilenos aún no fue puesto a prueba. Las señales son de alerta, y en intensidad creciente. Siguen estructurando el voto y llegando a diario a la opinión pública con sendas apariciones en radio y TV. Es verdad que esto no es Costa Rica, otra democracia consolidada que está sufriendo, porque allí las noticias políticas ocupan 30 segundos del noticiero de mayor rating. Aquí la política sigue presente, pero cada vez aumenta más el tiempo que se dedica a difundir noticias que la presentan bien pobre.

    Los políticos están preocupados. Han acelerado reformas políticas para abrir el sistema, no sólo en lo electoral sino, por ejemplo, en el acceso a la información pública. Habrá que esperar por el escenario que se pueda configurar tras la puesta en marcha del nuevo sistema electoral pero ciertamente ahí no está la llave de la recuperación del encanto de la ciudadanía. Han quedado encerrados en La Moneda, en los ministerios, en reuniones de cúpulas sin bases y sin conexiones permanentes (por ejemplo desde los partidos) más allá de los hilos tejidos desde el Estado.

    La representación democrática en Chile atraviesa una hora compleja. Un escenario posible es un nuevo realineamiento de grupos y partidos políticos en nuevos tipos de coalición (más o menos estable). Eso sucedió en Uruguay, en Costa Rica, y en muchos países más. Estas transformaciones son propias de una sociedad que se encuentra en constante cambio. Pero otro resultado posible es la pulverización y la dificultad de consolidación de un nuevo esquema político claro y estable. A poco más de tres décadas de la redemocratización en América Latina, lamentablemente este segundo escenario no ha sido infrecuente (Argentina hoy). Las instituciones de la democracia chilena están viviendo una coyuntura difícil, una donde se ponen de manifiesto los costos no esperados de la estabilidad.

    Ver columna en el sitio de En Perspectiva.