Tag Archive: Conducción Política

  1. El gobierno de la crisis permanente

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Para los optimistas, la petición de renuncia al director del SII, Michel Jorratt, evidencia la consolidación del cambio de timón que dio la Presidenta Bachelet con el cambio de gabinete del 11 de mayo. Para los pesimistas, la forma en que Jorratt finalmente dejó su cargo sólo confirma la desprolijidad en la conducción política que ha caracterizado a la segunda administración de la Presidenta Michelle Bachelet. Lamentablemente, si los problemas se originan en la forma en que la Presidenta toma sus decisiones y soluciona las inevitables tensiones que aparecen al interior del gabinete, entonces, por más que se hayan sumado al gabinete personas con reconocida capacidad de gestión y manejo político, los errores no forzados de La Moneda harán que el gobierno siga tropezando con las mismas piedras.

    Aunque el primer gabinete de Bachelet ya estaba agotado a fines de 2014, con la infantil excusa de que ella no hacía cambios de gabinete porque le molestaba que la pautearan desde los medios, Bachelet insistió con mantener a ministros que no habían dado el ancho. La inmovilidad que produjo en su gobierno el escándalo Caval y la incapacidad que tuvo su equipo para anticipar que el escándalo Penta que se extendería también a SQM, terminaron por llevar al gobierno desde la euforia por haber aprobado la reforma electoral y la reforma que eventualmente terminará con el copago, el lucro y la selección en la educación secundaria; a una sensación de depresión por la caída de Bachelet en las encuestas y por el daño que los negocios especulativos inmobiliarios de Caval provocaron a la credibilidad del gobierno y de la Nueva Mayoría.

    Finalmente, la Presidenta terminó cediendo y aceptó remover de su cargo al ministro del Interior Rodrigo Peñailillo, su brazo derecho y el ministro que —además de ser el responsable de la mala reacción del gobierno ante los escándalos Caval y SQM— estaba más directamente involucrado en este escándalo que desnudó el financiamiento irregular de la política en periodos de pre-campaña. Pero la forma en que Bachelet anunció el cambio de gabinete —en entrevista en televisión y autoimponiéndose un plazo de 72 horas que no cumplió— generó expectativas infundadas sobre la magnitud del ajuste (Bachelet, después de todo, anunció que le había pedido la renuncia a todos los ministros).

    Aunque el cambio de gabinete fue opacado por la desprolija manera en que Bachelet finalmente dio el golpe de timón, ya que la plaza vio con tan buenos ojos la salida de los ministros de Hacienda e Interior, en los primeros días reinó la algarabía en la elite que creía que la Nueva Mayoría sería remplazada por el retorno del orden restaurador de la Concertación. Pero con los días, han surgido evidencias de que el cambio de gabinete no ha sepultado las confusiones sobre cuál es la hoja de ruta que motiva al gobierno. Las discrepancias que comenzaron a surgir entre los nuevos ministros, especialmente respecto a la continuidad de Jorratt en el SII, apuntaron a que la llegada de los nuevos rostros no había solucionado el problema estructural del gobierno, la forma en que la Presidenta Bachelet toma y comunica sus decisiones. Mientras unos ministros parecían anticipar la salida de Jorratt, otros se apuraban en confirmar al director del SII. Finalmente, ocho días después del cambio de gabinete, el gobierno le pidió la salida a Jorratt.

    Los optimistas pueden apuntar a que la desprolijidad en la forma en que se separó a Jorratt de su cargo es un último estertor del viejo orden que fue remplazado el 11 de mayo. Pero hay buenas razones para creer que la desprolijidad es condición inherente en la forma de gobernar de Bachelet. La revelación hecha por La Tercera sobre la asesoría a la empresa Caval que en 2012 realizó a Ana Lya Uriarte, la jefa de gabinete de Bachelet, y que el gobierno había considerado innecesario transparentar, alimentan sospechas de que el gobierno está ocultando información sobre la relación entre Caval, el trabajo de precampaña de Bachelet y los equipos que ahora trabajan con la Presidenta. En la misma línea, la demora en nombrar a un nuevo contralor de la República, el inevitable ajuste en subsecretarios e intendentes que normalmente se da después de un cambio de gabinete, y la especificación sobre cuáles serán las nuevas prioridades legislativas del gobierno apuntan a que la desprolijidad sobrevivió al cambio de gabinete.

    En las semanas que vienen, a medida que el nuevo equipo vaya tomando el control del manejo político cotidiano, veremos hasta qué grado el cambio de gabinete logrará también mejorar la coordinación en el gobierno. Si la dupla Burgos-Valdés se empodera y toma el control de las decisiones, se disiparán las dudas. Pero si se mantiene el estilo secretista de la Presidenta y continúa su renuencia a dirimir rápidamente los conflictos que surgen al interior del gabinete, se mantendrá la percepción de que el gobierno vive en una crisis permanente.

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  2. ¿Quién lleva la batuta?

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    patricio navia

     

     

     

     

     

     

     

    Patricio Navia

    La saludable desconfianza que reina en la población respecto al desempeño de sus autoridades no es un problema. El problema en Chile hoy es la falta de conducción política. Es común que las democracias modernas tropiecen cuando las condiciones económicas empeoran y cuando los escándalos ponen a la clase política contra la pared. La incapacidad para volver a ponerse en pie, en cambio, es propia solo de los gobiernos que se ven superados por las circunstancias. Chile no está pasando por una crisis institucional o democrática. Nuestro país solo atraviesa por una crisis política causada por un gobierno que carece de conducción.

    En las democracias saludables, la gente confía más en las instituciones que en las personas. Porque todas las personas son susceptibles a cometer errores involuntarios, incurrir en malas prácticas o, incluso, violar la ley, las democracias deben tener mecanismos adecuados para sancionar. Ya que no todos los seres humanos son virtuosos, la oportunidad a menudo termina haciendo al ladrón. De ahí que deban existir instituciones que disuadan las malas prácticas y castiguen ejemplarmente a los que violan la ley.

    El hecho que el cóctel de escándalos (Penta, SQM y Caval) sea mayor que ningún otro en la historia de nuestra democracia se puede deber a que nunca antes tuvimos estas malas prácticas de forma tan extendida o bien a que ahora hay más instituciones que fiscalizan mejor y persiguen delitos que se hayan cometido. Parece evidente que la segunda opción es la correcta. No hay razón para creer que los políticos del pasado eran más virtuosos que los de hoy. Pero sí hay mucha evidencia de que nuestras instituciones funcionan mejor hoy que en el pasado.

    Esta no es la primera vez que la política chilena se encuentra en un pantano. Es cierto que las mismas prácticas de financiamiento de la política que antes eran comunes hoy resultan inaceptables para una población que tiene acceso a más información y que se encuentra más vigilante. Después de todo, una de las consecuencias de que la clase media haya crecido es que ya no se pueden hacer acuerdos entre cuatro paredes sin tomar en cuenta a una sociedad civil cada vez más vociferante y activa. Cuando la sociedad se desarrolla y los beneficios del crecimiento y del progreso alcanzan a más personas, los clubes exclusivos de los mismos de siempre ya no sirven como el mecanismo para solucionar conflictos y salir de las crisis.

    Hoy, el país no está paralizado por los escándalos Penta, SQM y Caval. La clase política está paralizada. Esa parálisis es resultado de un diseño institucional excesivamente presidencialista. En Chile, el Presidente tiene tanto poder que cuando el Presidente se paraliza, toda la clase política —y eventualmente hasta la economía del país— también se terminan paralizando. Por eso, la discusión actual sobre la conveniencia de un acuerdo político que permita superar la crisis carece de un elemento clave. Ningún acuerdo, independientemente de sus méritos, tiene posibilidad de materializarse si no es piloteado desde La Moneda. Los méritos y debilidades del acuerdo del que tanto se habla en estos días poco importan si no hay evidencia de que la Presidenta de la República está dispuesta a poner su capital político y sus atribuciones institucionales para lograr su concreción.

    El 9 de octubre de 2013, la entonces candidata Michelle Bachelet dijo que, respecto al mecanismo para una nueva Constitución, “tengo que zanjar cuál va a ir en el programa de gobierno. Yo voy a cortar el queque”. Entonces, Bachelet sabía que tenía el poder y pensaba ejercerlo. Hoy, existen fundadas dudas sobre el control efectivo que tiene la Presidenta sobre sus poderes y atribuciones institucionales y abundan los rumores —alimentados por la propia actitud de Bachelet— sobre la disposición de la Presidenta a usar sus poderes institucionales para salir de la turbulencia que aflige hoy a la clase política.

    En dictadura, uno de los cantos favoritos de los opositores al gobierno de Pinochet partía con un “¡A ver, a ver! ¿Quién lleva la batuta?” El canto reflejaba más una intención de controlar el poder que la evidencia de que la hoja de ruta de la transición a la democracia se estaba dibujando con las protestas en las calles. Como ahora ya es incuestionable, la transición chilena se cocinó en acuerdos de elites. Hoy, a 30 años de las marchas que popularizan el canto que insultaba al dictador, corresponde hacerse la misma pregunta, pero de forma más reflexiva y sin afán de ofender a nadie. Después de todo, las dudas sobre quién manda hoy en Chile son las que alimentan esa percepción de preocupación —e incluso fin de ciclo— que hace que muchos confundan la innegable crisis política con una inexistente crisis de las instituciones o del sistema democrático. Afortunadamente, es cosa de que la Presidenta tome las riendas para que se comience a superar la crisis política. La solución podrá ser buena o mala, pero la inacción actual terminará solo cuando Bachelet se anime a cortar el queque.

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