Tag Archive: Constitución de 1980

  1. La trombosis de la Nueva Constitución

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La lentitud del gobierno para decidir cuál va a ser el proceso constituyente por el que quiere producir una nueva carta fundamental que remplace a la Constitución de 1980 amenaza con convertirse en un coágulo que produzca una trombosis letal en la credibilidad del gobierno ante sus bases fundacionales de izquierda y los sectores moderados y de oposición —incluidos los actores económicos— que todavía miran con desconfianza el cambio de giro anunciado por el gobierno a través del slogan de realismo sin renuncia.

    Las promesas de campaña a menudo terminan persiguiendo a los presidentes con la misma intensidad con que ellos las repitieron cuando buscaban votos. Pese a tener asegurada su victoria, Michelle Bachelet realizó muchos compromisos como candidata. En tanto la razón para su popularidad radicaba en la enorme credibilidad que ella había cultivado en su primer periodo en el poder, sus compromisos de campaña implicaban un riesgo alto para el éxito de su gobierno. Si bien el programa de gobierno tenía un número excesivo de promesas, dos de los compromisos más importantes que realizó la candidata Bachelet fueron la gratuidad universal de la educación superior y la nueva constitución.

    A partir del realismo sin renuncia, el gobierno ha diluido su promesa de gratuidad universal para después de 2017. Esto equivale a que Sebastián Piñera hubiera relativizado su promesa de 1 millón de empleos para después de terminado su mandato o que el mejor censo de la historia se viniera a materializar recién después de 2020. A diferencia de aquellas políticas en las que se produce acuerdo transversal para su implementación —como la reforma procesal penal—, la promesa de gratuidad en la educación es absolutamente contingente al color del gobierno de turno. Si Bachelet no cumple esa promesa en su cuatrienio, nada garantiza que el próximo gobierno vaya a continuar con esa polémica y controversial política pública. Con todo, la aceptación de que la gratuidad universal no será una realidad bajo el gobierno de Bachelet ha puesto el foco en la promesa de una nueva constitución como prueba definitiva de la capacidad de la Presidenta para cumplir sus compromisos.

    Así como había discrepancias en la Nueva Mayoría respecto a la conveniencia de garantizar educación gratuita universal, hubo mucho debate sobre la utilidad y factibilidad de impulsar una nueva constitución. Producto de esas discrepancias, el programa de gobierno de Bachelet fue especialmente ambiguo sobre el proceso a través del cual lograría promulgar una nueva constitución. Las repetidas referencias de Bachelet al proceso constituyente —especialmente desde que lo ratificara la noche que anunció las medidas anticorrupción, opacándolas con las dudas sobre cómo se impulsaría la nueva constitución—, han profundizado la vaguedad respecto a cómo avanzará Bachelet en lograr remplazar a la Constitución de 1980. Como la Presidenta no ha especificado el proceso —más allá de las pintorescas referencias a cabildos y proceso participativos (pero no resolutivos)—, todos se han sentido con derecho a expresar sus preferencias sobre cómo avanzar. Esta vaguedad ha llevado a que algunos en la Nueva Mayoría insistan en una Asamblea Constituyente, otros hablen de plebiscitos y no pocos simplemente —abrazando la estrategia de realismo sin renuncia— se animen a sugerir un paquete de reformas constitucionales (como el promulgado por el Presidente Lagos en 2005).

    Esta indefinición ha provocado una especie de coágulo conceptual que no ha permitido que el debate constitucional fluya libremente al interior de la Nueva Mayoría. Como nadie sabe qué empezará a pasar en septiembre —si llega a ocurrir algo—, todos proponen sus propios caminos para ayudar a que Bachelet logre salir de la camisa de fuerza en la que ella misma, voluntariamente, se metió en la campaña de 2013 y a la que se amarró con más fuerza hace solo unos meses. Como todo coágulo que crece demasiado, el riesgo es que esta indefinición termine produciendo un infarto que ponga en riesgo la estabilidad de la propia Nueva Mayoría.

    Como la coalición de gobierno ha sido incapaz de sincerar sus diferencias internas sobre cómo avanzar para cumplir esa emblemática promesa de Bachelet (el tema ha sido explícitamente excluido del próximo cónclave de la coalición), la reiteración de la promesa de que en cinco semanas se iniciará el proceso constituyente resulta incomprensible. Si ni siquiera están de acuerdo al interior del gobierno en cuál va a ser la hoja de ruta, cuál es el destino al que se aspira llegar y cuál es la carta Gantt, difícilmente los partidos de la Nueva Mayoría podrán ejercer el liderazgo que se necesita para llevar un proceso constituyente a feliz término.

    Lamentablemente, al igual que muchos pacientes que tienen embolias, el gobierno ha optado por ignorar los síntomas y, por lo tanto, arriesga ser víctima de una trombosis cuando lo alcance la fecha límite para el inicio de un proceso constituyente para el que claramente no está preparado.

    Ver columna en El Líbero

  2. Taller Constitución de 1980: Su rol refundacional en lo político, lo social y lo económico

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    440_UDP_NUCLEO-TEORIA-AFICHE-ORIG-TRA-663x1024El Núcleo de Teoría Social, en conjunto con la Facultad de derecho UDP invitan al taller de discusión de algunos resultados preliminares del trabajo semestral realizado en la Práctica Electiva “Refundar el territorio de lo social. Una etnografía de la constitución chilena de 1980″ por los estudiantes UDP Felipe Miranda, Gabriel Gallego, Jorge Fernández y Javier Leiva, además de la tesis de pregrado en sociología llevada a cabo por Andrea Montero. Fundamentalmente, se trata de un grupo de trabajo en torno a las prácticas de formación constitucional, especialmente centrado las definiciones de lo social que legó la Comisión Ortúzar a la Constitución de 1980 y cuya génesis puede explorarse en sus actas y en el registro histórico-periodístico que han preservado distintos archivos de documentación nacional. Para discutir este trabajo, nos acompañarán Juan Ormeño, Claudio Fuentes, Manuel Gárate y Eduardo Jara.

    La actividad se realizará el miércoles 8 de julio de 14:00 a 17:00 hrs., en la sala B-51 de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicada en Vergara 324.

    Ver: www.teoriasocial.udp.cl/taller_2015/

  3. La UC y la mala memoria

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    claudio fuentes

     

     

     

     

     

     

    Claudio Fuentes

    El profesor Gonzalo Rojas me acusa de sesgado y prejuicioso al evaluar el actuar de la Universidad Católica de Chile. Su principal argumento es que omití el proceso de la reforma universitaria impulsada en la misma casa de Estudios por el ex rector Fernando Castillo Velasco. Pero lo que al parecer el profesor Rojas no advierte, es que la evidencia que él mismo presenta le da mayor consistencia a mi argumento, como intentaré demostrarlo a continuación.

    Sostuve en una columna anterior que difícilmente podríamos decir que esta o cualquier universidad moldea las mentes de sus académicos o estudiantes. Señalé también que el movimiento reformista de los 60 (del que formó parte el arquitecto Castillo) y el movimiento democratizador de la década de los 80, demuestran con nitidez que “existe una viva comunidad que tiene puntos de vista muy diferentes”. En ningún momento traté de obviar o esconder el aporte de la reforma universitaria de la década de los 60 y, de hecho, explícitamente la valoré.

    A continuación argumenté que existen dos proyectos emblemáticos desarrollados en la PUC (esto es, patrocinados o apoyados por la rectoría) y que marcaron al país en forma muy significativa: el proyecto de formación de los “Chicago boys” y el proyecto que permitió el establecimiento de la Constitución de la dictadura militar. Uno redefinió el modelo de relaciones económicas y otro el de relaciones político-institucionales. Rojas comete un error al pensar que el proyecto con la Universidad de Chicago solo funcionó en el año 1956. De hecho, se trató de un convenio en la que varias camadas de estudiantes se formaron y retornaron al país durante la década de los 60. Efectivamente cometí un error al incorporar a Hernán Büchi en la lista (¡asumo la falta!), pero todo el resto de los mencionados fueron formados en la PUC a través de este programa, realizaron sus estudios de postgrado en Chicago y retornaron al país.

    La trayectoria de Sergio de Castro es emblemática y ayuda a explicar a qué me refiero cuando sugiero que se trató de un proyecto ideológico patrocinado por la PUC. Luego de realizar sus estudios en Chicago, De Castro retornó a su alma máter, la Escuela de Economía de la PUC. Asumió cargos directivos y emprendió una profunda reforma al programa de estudios de dicha carrera con el consentimiento de la rectoría. Pero, además, De Castro participó activamente de la vida política nacional, asesorando la campaña de Jorge Alessandri en 1970, liderando el famoso proyecto de “El Ladrillo” y, luego, integrándose al Gobierno de Pinochet (ver Patricia Arancibia y Francisco Balart, Sergio de Castro: el arquitecto del modelo económico chileno, 2007).

    Pero el profesor Rojas sugiere que debí incluir el proyecto de reforma universitaria liderado por Castillo Velasco. En mi análisis anterior consideré incorrecto su mención, pues no cumplía con una de las condiciones que esbocé. Si bien la reforma universitaria fue un proyecto ideológico (primera condición), no tuvo un impacto permanente ni en aquella universidad ni en el resto del país (segunda condición).

    Pero ¿por qué fracasó ese intento? Seguramente el profesor Rojas se enteró y vivenció lo sucedido en la PUC desde 1973 en adelante. Con la llegada de los militares al poder, la PUC fue intervenida a través de la designación de un rector delegado (un ex militar). Y a partir de allí la historia es conocida: más de 150 profesores fueron exonerados; a cerca de 200 profesores se les rebajaron sus jornadas docentes; se cerraron escuelas; desaparecieron 28 personas asociadas a dicha casa de Estudios; y se prohibieron las elecciones democráticas de la FEUC. El rector delegado apoyó directamente al movimiento gremialista, designando entre sus presidentes a Arturo Fontaine (1974), Cristián Larroulet (1975), Miguel Allamand (1976), Juan Antonio Coloma (1977), y Andrés Chadwick (1978), entre varios otros. Las posturas disidentes fueron silenciadas, y no fue sino hasta mediados de los 80 cuando se recuperaron espacios de pluralismo entre profesores y estudiantes.

    En los años de dictadura, la PUC, como institución, favoreció proyectos ideológicos afines a los intereses de los militares: la creación de un nuevo modelo económico y el establecimiento de una nueva Constitución. Evidentemente el profesor Rojas no requirió de misivas de la rectoría para que lo convencieran de las bondades de apoyar al régimen militar o su Constitución, toda vez que él formaba parte de los convencidos de dicho proyecto. En cuanto proyecto, no se requirió forzar a estudiantes o profesores a firmar cartas de adhesión, pues el asunto fue precisamente que en aquellas coyunturas históricas se atrajo a quienes favorecían tales ideas y se excluyó a quienes pensaban distinto.

    Debe recordar, el profesor Rojas, que luego de asumir el ex almirante Swett como rector delegado, reestructuró el Consejo Superior eliminando a todos sus representantes docentes, administrativos y estudiantes. Bien lo señala el cardenal Raúl Silva Henríquez al constatar que el rector “creó un nuevo Consejo Superior y un Comité Directivo en los cuales fueron incorporados principalmente integrantes del movimiento gremialista: de los seis profesores que antes participaban en el Consejo Superior, el rector dejó solo a uno en sus nuevos órganos directivos: el abogado Jaime Guzmán, precisamente fundador y figura principalísima del gremialismo” (Memorias, págs. 40-41).

    Entonces, a la derrota del proyecto de Castillo Velasco le siguió la imposición de un proyecto ideológico conducido por la rectoría y apoyado desde la cúspide de la estructura jerárquica de la universidad por el gremialismo. Fue tan fuerte la arremetida de la contrarreforma que ni siquiera el entonces Gran Canciller Silva Henríquez pudo detener este proceso. Para resolver el conflicto suscitado, la autoridad eclesiástica nombró a un Pro Gran Canciller, el padre Jorge Medina.

    En el único punto donde parecemos coincidir con el profesor Rojas es en la posibilidad de que en una universidad puedan desplegarse proyectos ideológicos bajo determinadas circunstancias. Pero parece ser que Rojas evita asignarle ese carácter al proyecto ensayado por el gremialismo en la PUC de Pinochet. No obstante, una somera revisión de los hechos demuestra la evidente intervención militar, la exclusión de sectores disidentes y el predominio de aquella fuerza (anti)política. El gremialismo nacido y formado en la Facultad de Derecho de la PUC plasmó en la Constitución de 1980 el proyecto más duradero de la historia política reciente de este país.

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