Tag Archive: Crisis de representación

  1. Partidos, caudillos y clientelas: ¿vivimos una crisis de representación en Chile?

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Se trata de partidos que funcionan sobre la base de pequeñas máquinas de poder definidas por controladores, usualmente hombres, de Santiago y que poseen recursos económicos suficientes para pagar las cuentas de luz y agua y la gestión administrativa de las tiendas políticas. Sociodemográficamente, la militancia tiene una composición mayoritariamente masculina y de mayores de 50 años. Como se trata de estructuras que administran poder, ellas han tendido a cerrarse y no a abrirse para capturar nuevos segmentos de la sociedad.

    Durante mucho tiempo, los estudios respecto del sistema de partidos en Chile destacaron la estabilidad e institucionalización de estos. A mediados de los 90, Scott Mainwaring y Timothy Scully definían un índice de institucionalización que mostraba a Chile, Costa Rica, Uruguay, Colombia y Venezuela como los países con mayores niveles de institucionalización de la región. La institucionalización de los partidos –longevidad de los partidos, la volatilidad electoral, etc.– se asoció con estabilidad del sistema: a mayor institucionalización, mayor estabilidad.

    Pero la caída del sistema de partidos en Venezuela, cuatro años después de ese prominente estudio, llevó a los autores a cuestionarse tal diagnóstico. Se criticó la forma en que se medía “institucionalización”, pero también se problematizó la asociación causal entre institucionalización y estabilidad, dado que sistemas de partidos fuertemente institucionalizados podrían colapsar.

    Nuevos estudios comenzaron a explorar otras dimensiones del sistema de partidos. Además de observar si los partidos estaban institucionalizados –es decir, si perduraban–, se analizaron tres dimensiones adicionales: la raigambre social o el vínculo partidos-sociedad; los vínculos programáticos/no programáticos de las tiendas políticas con sus electores; y la estructura de financiamiento de los partidos.

    Para el caso de Chile, se concluyó ya a mediados de la década del 2000 que teníamos un sistema de partidos con fuerte institucionalización, pero con baja raigambre social, donde los partidos establecían vínculos no programáticos con sus electores y con una estructura de financiamiento que dependía totalmente de los grandes grupos empresariales.

    Si antes de 1973 los partidos efectivamente canalizaban demandas sociales hacia el Estado, hoy observan una desconexión con las organizaciones territoriales. Se produjo un proceso de progresiva “oligarquización”.

    Por diversas razones, se generó una adaptación de los partidos no vinculada con las circunstancias sociales sino más bien con la administración del aparato público y de los intereses empresariales.

    Tres dinámicas se observan en los partidos: a) pérdida del vínculo con organizaciones territoriales sociales (puesto de modo simple, los partidos dejaron de interesarse por tener presencia en organizaciones sociales –salvo contadísimas excepciones, como la CUT, el Colegio de Profesiones y algunas otras organizaciones gremiales–); b) organización de la estructura partidaria a partir no de pugnas programáticas sino que de caudillos que manejan la máquina interna o que tienen incidencia en las decisiones en forma personal (surgen el “gutismo”, “escalonismo”, “piñerismo”, “girardismo”, “allendismo”, “los coroneles” –no es la disputa de las ideas lo que ordena las lógicas poder, sino que individuos con nombre y apellido que tienen o quieren acceder al poder–), personalización que se reproduce a niveles regional y local; c) los partidos pierden capacidad de producir ideas (las fuentes de las definiciones programáticas progresivamente se dan fuera de los partidos y no al interior de ellos).

    La consecuencia se hace evidente: se trata de partidos que funcionan sobre la base de pequeñas máquinas de poder definidas por controladores, usualmente hombres, de Santiago y que poseen recursos económicos suficientes para pagar las cuentas de luz y agua y la gestión administrativa de las tiendas políticas. Sociodemográficamente, la militancia tiene una composición mayoritariamente masculina y de mayores de 50 años. Como se trata de estructuras que administran poder, ellas han tendido a cerrarse y no a abrirse para capturar nuevos segmentos de la sociedad.

    No es que los partidos estén en una crisis terminal, pues las cifras muestran que las instituciones políticas aún movilizan a sus clientelas. Lo que demuestran las cifras es precisamente aquello: los partidos sobreviven basados en el sostenimiento de una lógica de funcionamiento heredada y que, parece ser, no es capaz de abrirse a un nuevo entorno social. Así, los partidos representan a segmentos específicos de la sociedad. Movilizan a sus audiencias más leales. No se abren a cautivar nuevos segmentos de la sociedad.

    Esta lógica es lo que explica las resistencias de estas estructuras a adaptarse a las nuevas condiciones sociales. Pese a que la sociedad demanda mayor transparencia, participación democrática e inclusión de sectores históricamente discriminados, los partidos se resisten en su mayoría a incluir minorías indígenas, incorporar mujeres en posiciones de poder y realizar ejercicios de democracia efectiva para renovar cuadros de representación popular. Las pasadas elecciones primarias, que abarcaron solo al 27% de los municipios del país, son un reflejo de ello.

    No es que los partidos estén en una crisis terminal, pues las cifras muestran que las instituciones políticas aún movilizan a sus clientelas. Lo que demuestran las cifras es precisamente aquello: los partidos sobreviven basados en el sostenimiento de una lógica de funcionamiento heredada y que, parece ser, no es capaz de abrirse a un nuevo entorno social. Así, los partidos representan a segmentos específicos de la sociedad. Movilizan a sus audiencias más leales. No se abren a cautivar nuevos segmentos de la sociedad.

    La crisis de representación del sistema de partidos se refiere entonces a que los partidos políticos en Chile dejaron de ser un espejo de la sociedad en su conjunto, pasando a convertirse en un espejo de un grupo significativamente menor. Cambios institucionales, como el establecimiento del voto voluntario, incentivaron a que los partidos sigan haciendo lo que solían hacer, pues basta que ellos movilicen a su grupo más leal para mantenerse en el poder.

    ¿Existe solución para este problema de representación? Una opción es la solución endógena, esto es, que desde los propios partidos surjan iniciativas para reconectarse con el conjunto de la sociedad. La aprobación de leyes recientes en parte podría ser interpretada de este modo. Sin embargo, varias de las iniciativas aprobadas reforzarán la lógica de partidos que responden a ciertos “nichos”.

    Propuestas muy relevantes que cambiarían los incentivos de la política no fueron aprobadas. Por ejemplo, establecer el voto obligatorio; proveer transporte público gratuito el día de la elección (para reducir el acarreo); y permitir el voto por lista (para estimular el voto programático y no el nominal, como hoy ocurre).

    Un segundo camino es el cambio exógeno, esto es, que surjan nuevos movimientos políticos que desafíen el statu quo y que con una visión programática de largo plazo renueven el sistema político.

    La historia de Chile muestra que –en el largo plazo– los partidos en el poder han sido desafiados por fuerzas políticas que se organizan para disputar poder. Usualmente han sido los hijos de la élite quienes se han organizado para desbancar a sus padres. Muy probablemente tendremos que esperar que estos hijos e hijas se organicen para desafiar a sus padres.

    Ahora bien, si aquellas fuerzas no emergen de alguna parte (desde o fuera de las élites), muy probablemente observaremos una progresiva y lenta erosión del sistema de partidos tal cual lo conocemos hoy.

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  2. Veredicto Ciudadano: ¡Culpables!

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La opinión pública chilena ya está convencida de que los poderosos –políticos, empresarios, representantes del clero, y militares– han abusado persistentemente de su poder. De la confianza se pasó al escepticismo, del escepticismo a la impotencia, y de la impotencia a la rabia y el malestar.

    Mientras los tribunales de justicia realizan una paciente labor de investigación de casos por corrupción, colusión entre privados y abusos de poder en otras instituciones, la ciudadanía ya definió su veredicto: son todos culpables. Puede que aquello no sea totalmente cierto. Quizás, las sesudas investigaciones de fiscales y jueces determinarán que algunos de quienes pasan por el estrado no merecen un juicio. Sin embargo, como regla general, la ciudadanía hace bastante tiempo ya tomó una decisión: son culpables de abusar de su poder.

    Entonces, las reiteradas afirmaciones hechas por políticos y hombres de negocios respecto a dejar que las instituciones funcionen, esperar que la justicia haga su trabajo antes de emitir un juicio, o no condenar en la plaza pública a alguien sin darle una oportunidad para que pruebe su inocencia, son frases que no afectarán el juicio ciudadano.

    La opinión pública chilena ya está convencida que los poderosos –políticos, empresarios, representantes del clero, y militares– han abusado persistentemente de su poder. De la confianza se pasó al escepticismo, del escepticismo a la impotencia, y de la impotencia a la rabia y el malestar.

    El juicio ciudadano es claro: los empresarios aprovechan su privilegiado acceso al poder para sacar ventajas del sistema y obtener leyes favorables a sus intereses, los políticos se mantienen en el poder gracias a esta privilegiada relación con los hombres de negocios, los tomadores de decisión se reservan privilegios y modelan la legislación para mantener aquella privilegiada posición.

    Tampoco la ciudadanía cree en la justicia. La justicia –piensa la gente de la calle– opera muy bien para los pobres que terminan en la cárcel. Pero no funciona para los grupos privilegiados. No habrá cárcel para políticos, empresarios, curas o militares que abusaron de su posición de poder.

    Aunque los delitos denunciados en el último tiempo son muy diferentes, la sensación que queda en la ciudadanía es que el abuso es parte del sistema en que nos relacionamos. Aquí no hay espacio para matices. Por ejemplo, es muy diferente utilizar información privilegiada, coludirse o adulterar una boleta o entregar una factura por un servicio no prestado. Sin embargo, a la luz de la ciudadanía el denominador común de todas estas prácticas es el abuso de poder.

    Las respuestas políticas no alcanzan a comprender este malestar que se ha instalado en la sociedad. Las estrategias de empresarios o actores políticos es muy similar: primero se desmiente, luego se evita responderle a la prensa, luego buscan convertirse en víctimas de persecusiones de sus adversarios, a continuación se reconocen “errores”, y luego se apela a recursos judiciales para evitar el castigo.

    Tampoco la ciudadanía cree en la justicia. La justicia –piensa la gente de la calle– opera muy bien para los pobres que terminan en la cárcel. Pero no funciona para los grupos privilegiados. No habrá cárcel para políticos, empresarios, curas o militares que abusaron de su posición de poder.

     

    Los partidos políticos, en general, han optado por discursos cautos y extremadamente apegados al derecho, aludiendo a la necesidad de dejar que sean los tribunales los encargados de establecer la culpabilidad. No se comprende que la ciudadanía ya tomó su veredicto.

    Lo anterior genera una percepción de agobiante inmovilismo. Los partidos siguen haciendo lo que han acostumbrado hacer por décadas. Ningún partido tradicional se atreve a cambiar prácticas concretas en la forma de hacer política. Ningún partido tradicional organiza una efectiva campaña pro transparencia de sus procedimientos internos. Ningún partido tradicional apuesta por una renovación en serio de sus principales liderazgos. Ningún partido tradicional organiza nuevas estrategias para relacionarse con la ciudadanía. La oferta política sigue y probablemente seguirá siendo la misma.

    Pensar que la solución está en “esperar que los tribunales dicten una sentencia” es no comprender la profundidad del problema de representación que vivimos. Esta crisis de representación no se resolverá por la vía de la justicia porque el tema no es judicial sino que eminentemente político.

    Hace ya varios años que gran parte de la ciudadanía se desafectó de los partidos –no confía y no siente afinidad con ellos–. Por lo mismo, las instituciones políticas requieren de una nueva forma de relacionarse con esta ciudadanía desafectada.

    Lo preocupante de todo esto es que ninguna de estas discusiones se da en el marco de los Congresos de los partidos de muy reciente data. Allí se sigue discutiendo lo que saben discutir: pactos electorales, definición de candidaturas y –con suerte– la lealtad con el programa de gobierno.

    El sistema político chileno –por el momento– está condenado a convivir con una enorme masa de ciudadanía desafecta y una cada vez más pequeña masa de ciudadanía que seguirá concurriendo a votar en las elecciones. Si los partidos no cambian sus discursos y prácticas de relacionamiento con la ciudadanía, estarán condenados a gobernar para unos pocos y seguramente a sucumbir en el mediano plazo.

    En este escenario, existen tres opciones posibles: la regeneración de los partidos tradicionales, la emergencia de nuevos referentes o la emergencia de líderes carismáticos populistas que coparán el vacío de poder que se está generando. No hay mucha ciencia en esta repetida historia de auge y caída de los sistemas de partidos políticos, y no cabe duda que Chile experimenta los evidentes signos del declive de un sistema en fase de agotamiento.

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  3. Analistas buenos para mentir: ¿Crisis de representación en Chile?

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Decir que en Chile hay una crisis de representación terminal o que el modelo económico está cerca de derrumbarse es, derechamente, una mentira. No faltan los cientistas políticos y sociólogos que han augurado una crisis total de nuestra democracia. En esto los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad, pues dan cobertura a ideas sin sustento empírico, lo que genera una realidad absolutamente torcida. Es fácil encontrar informes de centros de estudio o fundaciones- algunas pagadas por SQM- que alimentan el presunto estado de crisis. Si bien este diagnóstico ayuda a recolectar recursos o armar comisiones que definen qué es bueno y qué es malo, está muy lejos de aproximarse seriamente a los hechos. 

    La reciente encuesta de la Universidad Diego Portales (UDP) constata algo evidente. Es cierto que en Chile existe una baja identificación con partidos y coaliciones. Sin embargo, a la hora de votar, más de la mitad lo haría por un candidato de la Nueva Mayoría o de la Alianza para distintos cargos de elección popular. ¿De qué “crisis” estamos hablando? Lo más llamativo es que estos resultados se dan en medio de una desaceleración económica, siendo el gobierno el principal culpable según los ciudadanos. Si se miran las cifras objetivas se constata que el 97% de los diputados fue electo en las dos listas tradicionales, porcentajes que varían al 90% en concejales, 94% en CORES y 85% en alcaldes. Los agoreros de la crisis sólo han mirado las percepciones, sin profundizar seriamente en otro tipo de evidencia.

    Respecto al modelo económico, más del 43% se siente “ganador”, cifra que nuevamente sorprende en un escenario de desaceleración. Esta tendencia varía según nivel socioeconómico, pero las diferencias no son tan abultadas. El segmento medio-alto se siente ganador en un 45.7%, los del sector medio en un 45.5% y los bajos en un 38.9%. Resultaría esperable que en un contexto económico favorable estas cifras aumenten muy sustantivamente. Por cierto, estos datos no dan para celebrar. Es obvio que el modelo necesita correcciones, pero en ningún caso un derrumbe para partir de cero.

    Al mismo tiempo, en cuanto a los apoyos a la democracia, la preferencia por este régimen político sobrepasa el 50%, aunque desde 2010 se ha producido cierto retroceso. Sin embargo, esto no ha ido de la mano con un incremento en los apoyos hacia un régimen autoritario. Si en 2013 la cifra era de 22.7%, en 2015 bajó a 16%. El cambio más relevante es el de los indiferentes frente al régimen político, que pasó de 14.7% en 2013 a 26.3% en 2015. Lo que sí se ha deteriorado muy significativamente es la satisfacción con la democracia, que es una dimensión distinta a los apoyos. Si en 2013 los satisfechos totalizaban un 48.2%, en 2015 esa cifra se desplomó a 14.3%. Tales resultados correlacionan con los niveles de aprobación presidencial y con la percepción económica. Por tanto, no necesariamente indican un déficit estructural de la democracia. Más bien, señalan problemas con su desempeño. Esto cobra sentido al observar las notas rojas que obtiene Bachelet en las trece áreas de gestión gubernamental. A esto se suma una percepción mayoritaria respecto a que los principales beneficiarios del gobierno de Bachelet es la clase alta (43.8%) y no la clase baja (20%).

    Finalmente, respecto a la Constitución un 45.1% se inclina por redactar un nuevo texto, mientras que el 41.6% no quiere una nueva Constitución o prefiere reformar la actual. Por tanto, es un error asumir que todos los chilenos quieren una nueva Constitución. Esta idea estaba instalada debido a la incorrecta formulación de las preguntas en algunas encuestas. En general, se consultaba respecto al mecanismo que debiese utilizarse para diseñar la nueva Constitución, sin preguntar previamente si la persona era o no partidaria de ese camino. Otros sondeos, en tanto, sólo ofrecen como alternativa si se está de acuerdo o no con una nueva Constitución, inflando artificialmente las opciones “sí”. En cambio, la encuesta de la UDP ofrece las alternativas de manera desagregada (reforma, nueva Constitución, mantener la actual).

    En consecuencia, los datos de la encuesta UDP no apoyan la tesis de una crisis terminal o de una decadencia del modelo económico. Las dos principales coaliciones siguen siendo mal evaluadas, pero- al parecer- son las únicas alternativas creíbles. Esto no quiere decir que en Chile se estén bloqueando los cambios. Gracias a la reforma electoral impulsada por el gobierno, es posible que el próximo congreso sea más variopinto y más representativo. Esto depende de los electores, y no de los autodenominados expertos.

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  4. Latinobarómetro: Brasil y Chile lideran desafección ciudadana con partidos políticos

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    El último informe del Latinobarómetro reveló una decepción de la gente con la política. Y se advierte que la crisis de representación se refleja en un proceso de atomización del sistema de partidos.

    Desafección por los partidos políticos

    Según el estudio de opinión, sólo un 24% de los chilenos declaró sentirse cercano a los partidos políticos. Esta cifra se ubicó un punto sobre el 23% de Brasil, país que quedó último en la tabla. Ambos porcentajes se encuentran por debajo del promedio regional que registró un 40%.

    “Esto no tiene que ver con izquierda o derecha o tal o cual partido, esto es una crisis de representación generalizada. La gente no se siente representada, por eso no va a votar, por eso no se siente respaldada por el Congreso”, señaló Marta Lagos, directora de Latinobarómetro.

    Por su lado el analista político de la UDP Mauricio Morales señaló que “Chile y Brasil tienen en común algunas cosas, están los mismos partidos más o menos siempre en el gobierno o en la oposición. A esto se le llama sistema de partidos hidropónicos: son muy estables, pero no tienen raíces”.

    Los intereses de los representantes

    Otro punto que evidenció la lejanía entre el poder político y la ciudadanía, fue la percepción de la población respecto de los intereses de los representates. A la pregunta “¿diría usted que Chile está gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio, o está gobernado para el bien de todo el pueblo?”, sólo un 20% indicó que sería en beneficio de la población en general.

    Esto ubica a Chile en el 15º puesto, sólo superado por Brasil, Paraguay y Costa Rica, y nueve puntos por debajo del promedio regional que registró un 29%.

    “Chile es un país con bastantes niveles de desconfianza con el poder, no es de ahora, es de hace bastante tiempo. Cuando se miran datos de la década del 60, se encuentran unos muy semejantes que los que uno ve ahora. Es muy poca la gente que va a contestar que el Estado es importante en su vida, y dentro del porcentaje que declara que el Estado sí es significativo, un gran porcentaje va a decir que es para mal, y el mundo político no ha sido capaz de absorber esto, y no es algo que se va a resolver de la noche a la mañana”, indicó Eugenio Guzmán, de la Escuela de Gobierno de la UDD.

    La imagen del Congreso

    Sumado a esto, el Latinobarómetro evidenció que los chilenos se sienten escasamente representados por el Congreso, registrando que sólo un 19% se sienten interpretados por el Poder Legislativo.

    Esta cifra sitúa a Chile en el 12º puesto, quedando otra vez debajo del promedio latinoamericano, que alcanzó 23 puntos porcentuales.

    “Esto tampoco es culpa de un tal caso Penta o un tal Peñailillo, esto es algo general. Esta es una crisis que va más allá de la contingencia. Y lo que sucede cuando existe estas crisis de representación,  es que la gente no le cree a nadie y empiezan a pensar en los candidatos que están por fuera. Y ahí surgen los populismos”, manifestó Lagos.

    Participación electoral

    “Es posible concluir que luego de 20 años, hoy en América Latina votan más ciudadanos, siendo Chile el país donde se ha registrado una mayor caída en la participación electoral del periodo”, dice el estudio.

    “En la última elección presidencial donde resultó electa Michelle Bachelet para un segundo mandato la participación fue un 34% menos que el promedio en los últimos 20 años”, se enfatiza.

    Y si bien se advierte que la participación “cae sin cesar desde 1993” y se acentúa tras el cambio de voto obligatorio por voluntario, Marta Lagos señala ese no debe entenderse como el único factor.

    “No hay que echarle la culpa al empedrado, no hay ningún país que tenga una caída tan grande como Chile. Aquí la crisis de representación es profunda y se viene arrastrando, y paso a paso, todos los días aumenta un poco más”, indicó.

    A su turno, Morales señaló que si bien el paso a un sistema voluntario aceleró la baja en la participación esto “ya se venía experimentando”.

    “Si en la elección municipal del año 2008 participaron alrededor del 58% de quienes tenían edad para votar, en 2012 esa cifra se reduce a 41%. Lo más graves no es la caída en los volúmenes de participación, sino la composición de esa participación. Esa participación es mucho más alta en las clases más altas”.

    Satisfacción con la democracia

    Pese a la baja valoración que evidenciaron los chilenos sobre los representantes y las instituciones políticas, la satisfacción con la democracia se mantuvo por sobre el promedio regional (37%), alcanzando un 43% de valorización.

    En tanto, respeto a la percepción sobre la probidad en el desarrollo de los comicios, un 67% de los chilenos señaló que las elecciones eran “limpias”, sólo siendo superados por Uruguay que alcanzó un 82%.

    “La gente valora que las elecciones sean limpias y transparentes, pero critica a los representantes. Parece que lo que quiere es cambiar caras, pero no las instituciones”, agregó Morales.

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