El director del Magíster en Historia de América Latina y académico de la Escuela de Historia, Cristián Castro, fue invitado a Inglaterra a participar en el workshop Brazilian Regionalism in a Global Context, organizado por la Universidad de Birmingham. Esta actividad es el resultado del trabajo en conjunto entre la Universidad de Birmingham y la Universidad de Illinois at Urbana-Champaign a través del convenio Birmingham-Illinois Partnership for Discovery, Engagement and Education (BRIDGE), y con el apoyo del Birmingham Research Institute for History and Cultures (BRIHC).
¿De qué trató esta conferencia?
El workshop Brazilian Regionalism in a Global Context es parte de un proyecto interdisciplinario destinado a promover una comprensión comparada del regionalismo en Brasil. La instancia busca crear una red internacional y multidisciplinaria de académicos que investiguen los distintos aspectos sociales, culturales y económicos del regionalismo y cómo estos se cruzan con temas más amplios como el nacionalismo y la historia global. El proyecto examina los mecanismos que apoyan el regionalismo como la construcción de narrativas históricas locales y el folclore; la creación de análisis estadísticos o económicos regionalizados; o la proyección de regiones dentro de las relaciones internacionales.
¿Cómo ha sido tu aproximación al tema de Brasil, y de qué trató tu presentación?
Mi tesis doctoral fue un estudio comparativo entre Sao Paulo y Chicago a través de una análisis comparativo de la prensa negra. Así es que el estado de Sao Paulo, como espacio geo-histórico, lo vengo trabajando hace rato.
En cuanto a lo más específico de mi presentación, este workshop me ofreció la oportunidad de testear ciertas ideas sobre las dinámicas internas en Brasil, y cómo Sao Paulo se constituyó como el principal polo de desarrollo económico del país. Lógicamente relacionando esto sus co-relatos políticos y culturales.
En mi presentación mapeo los orígenes del proyecto de fundación de la Universidad de Sao Paulo. La implicancias simbólicas y concretas de la inciativa. Es doblemente interesante cuando uno se percata de lo “nueva” que es en relación a otras universidad del continente, y lo exitosa de su relativamente corta historia. De hecho tan exitosa, que si uno hoy en día ve los rankings de las mejores universidades de América Latina, lo más probable es que la Universidad de Sao Paulo sea la número uno. Ha sido exitosa para las dinámicas internas de la negociación del poder dentro de Brasil, pero también en relación a sus pares internacionales.
¿Por qué es interesante estudiar ese hecho en particular?
En términos macro, a mi me interesa estudiar el carácter transnacional de la producción de conocimiento en general, y de las ciencias sociales en particular. Lo que para el caso de la historia de la USP también aplica, y varias en varias dimensiones. Durante los años 20s y 30s, la intelligentsia paulista ligada a los diarios se preocupa de hacer la pega relativamente bien. Entonces mandan a una suerte de misión de personas a visitar universidades de Estados Unidos y Europa, y desde esa experiencia planifican qué podían hacer en Sao Paulo; qué podría ser útil, y a quién se puede contratar.
¿Cómo fue el trabajo de tu investigación?
Fue un proyecto Fondecyt que involucró viajes a Francia, Estados Unidos y Brasil. Francia porque existía una importante cantidad de académicos franceses que fueron contratados por la Universidad de Sao Paulo, en lo que ellos denominan la misión francesa; estuve también en Chicago porque hubo la contratación de un sociólogo, Donald Pierson, que se formó en la Universidad de Chicago, y que con su contratación también se importó una forma de investigar y producir conocimiento. En particular en el caso de los estudios urbanos. Y lógicamente en Sao Paulo.
Cristián Castro, director del Magíster en Historia de América Látina UDP, publicó “The transnational imagined community of the black press of Sao Paulo and Chicago, 1900-1940s” en la Revista do Estudos Historicos (Río de Janeiro) el 2 de febrero de este año.
¿Cual es el tema del artículo?
El artículo estudia la construcción de lo que denomino modernidad negra en las Américas durante la primera mitad del siglo XX desde la perspectiva de la prensa negra o prensa publicada para y por afrodescendientes. En términos teóricos, propongo la existencia de una comunidad imaginada transnacional en la prensa negra de Chicago y Sao Paulo en este periodo, y la ligo con procesos históricos más amplios, ligados al desarrollo del capitalismo urbano de inicios del XX. Por lo tanto, en cierta forma también es la historia de dos ciudades, de dos migraciones negras masivas, dos comunidades que se insertan en la ciudad y que generan espacios de sociabilidad que les permiten negociar mejores condiciones de vida y reconocimiento como sujetos históricos respetables.
¿Por qué estudiaste los casos en Brasil y Estados Unidos?
Existe una larga tradición de estudios comparados entre Estados Unidos y Brasil, desde Tannenbaum, pasando por Degler, Skidmore, entre muchos otros. Pero mi puerta de entrada fue el trabajo de Kim Butler. Ella comparó la asociatividad negra en Bahía con la de São Paulo. Lo que encuentra Butler es que la asociatividad negra en Bahía estaba más ligada a lo religioso. En cambio, en la gran ciudad (São Paulo), teniendo la comunidad negra la necesidad de negociar en el espacio público con otros grupos étnicos, utiliza la herramienta liberal decimonónica por excelencia, la prensa, y desde ahí imagina y construye relato. Es en ese encuentro con esos ´otros´ que la comunidad negra construye conciencia racial.
Habitar en la ciudad te fuerza a negociar con estos otros grupos étnicos que son parte del espacio público en ese momento. De ahí que en los archivos de Sao Paulo encuentres prensa italiana, y de muchos otros grupos étnicos. Estos grupos entienden que la prensa es una herramienta importante, y los afrodescendientes, por lo tanto, son parte de ese crisol urbano.
Por eso tú te refieres en el artículo que la élite negra de Sao Paulo por una necesidad de representarse introduce esta figura del “nuevo hombre negro” como parte de una nueva construcción necesaria en comparación a la evolución del negro esclavo al negro civil
Esta élite tiene la idea de que tienen la obligación de educar, y se sienten, en cierta forma, poseedores del privilegio de enseñarles a las masas que van llegando a la ciudad cómo debe comportarse un negro moderno. Dejar atrás el pasado bárbaro asociado a la esclavitud, y el modernizarse. Hay un foco en la forma de comportarse, en la forma de vestirse, de actuar, etc.
En relación a la metodología, ¿cuál es el aporte de la historia transnacional en la investigación histórica?
La historia transnacional te permite romper con ciertos parroquialismos historiográficos. Romper con los excepcionalísimos historiográficos. Eso me parece clave. En un medio que está tan focalizado en la historia de Chile, resulta sano ampliar la mirada. Propongo hacer una historia transnacional que se focalice en los circuitos y flujos de ideas, personas o fuerzas sociales. En cierto sentido, es un enfoque que busca desarticular las pretensiones de grandeza de la historia nacional, aspirando a mirar hacia historias más conectadas con el resto del mundo moderno, o afro-moderno, como en este caso.
En sus primeros días en la Casa Blanca, el nuevo Mandatario, Donald Trump, está cumpliendo promesas de campaña que parecen encaminadas a que Estados Unidos suspenda su larga vocación imperialista. Se trata de un camino casi imposible en el mundo actual, pero, como señalan historiadores, la ambivalencia es de larga data: desde sus inicios como nación, el país se ha debatido entre limitarse a sus fronteras o liderar el mundo.
En septiembre de 1987, en los diarios The New York Times y Washington Post apareció un inserto con una carta abierta al “pueblo americano” sobre la política exterior de Estados Unidos en la que, básicamente, se planteaba que los países del mundo a quien ellos apoyaban en conflictos militares debían retribuirlos: “¿Por qué estas naciones no le están pagando a Estados Unidos por las vidas humanas y los billones de dólares que estamos perdiendo al proteger sus intereses? No dejemos que se rían de nuestro país nunca más”, decía el autor de la misiva, Donald Trump. Hay quienes creen que aquel fue el primer acto de campaña del hoy Presidente estadounidense. Fue hace casi treinta años, pero ahora instalado en la Casa Blanca, Trump sigue pensando lo mismo: no quiere subsidiar al mundo.
Es más que eso: todo apunta a que Trump pretende que Estados Unidos le dé la espalda al mundo. Tras una campaña basada en frases como “Hagamos América grande otra vez” y “América primero”, desde que el nuevo Mandatario tomó el poder ha avanzado en esa dirección: el lunes firmó el decreto para retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), un tratado comercial que los unía a otras 11 naciones del Pacífico, y el miércoles ordenó la construcción inmediata del tan controvertido muro en la frontera con México. No han sido estas acciones, sin embargo, lo que ha llevado a que se imponga una idea: desde su campaña presidencial, aparecía con claridad que el Presidente Trump intentará que Estados Unidos regrese a una política exterior aislacionista.
Quizás optar por un aislacionismo a secas sea literalmente imposible para un país del peso internacional de Estados Unidos, pero como señalaba el analista norteamericano Thomas Wright en un artículo en Politico.com, del pensamiento de Trump se desprende que espera sacar a su país del centro mundial: “Trump cree que Estados Unidos obtiene malos réditos del orden liberal que ayudó a crear y que ha liderado desde la Segunda Guerra Mundial”, decía. Y añadía: “Está profundamente descontento con las alianzas militares del país y siente que Estados Unidos está comprometido en todo el mundo y que en la economía global está en desventaja. Y es proclive a los líderes fuertes autoritarios. Trump busca nada menos que poner fin al orden liberal dirigido por Estados Unidos y liberarlo de sus compromisos internacionales”.
La ambivalencia histórica
Wright aludía a un orden mundial organizado después de la Segunda Guerra Mundial, pero desde mucho antes Estados Unidos ha enfrentado un dilema histórico: prácticamente desde sus inicios como nación independiente, los estadounidenses han oscilado entre dos posibles caminos en su relación con el mundo: el aislacionismo o el imperialismo. Parece una dicotomía simplista, incluso conceptualmente, pero el tema es innegable: “Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial contemporáneo como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él. Se ha transformado en una superpotencia, repudiando cualquier intención de conducir una política de poder”, declaraba hace dos años el influyente Henry Kissinger.
“Estados Unidos siempre ha tenido una visión ambivalente”, asegura Fernando Wilson, profesor especializado en la historia estadounidense de la Facultad de Artes Liberales de la UAI. “Es vital recordar que de la gran inmigración del siglo XIX empiezan a surgir muchas comunidades dentro del país. Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las dos costas son, en general, el Estados Unidos globalizado. Sobre todo la costa este, que tiene una mirada integrativa, globalizante muy potente. Pero al mismo tiempo, el Midwest tiene una visión bastante tradicionalista y autorreferencial, y aislacionista. Y ahí se genera una pugna”, añade.
Al poco tiempo de su independencia, en 1783, Estados Unidos inició relaciones muy de igual a igual con Europa, pero cuando Francia emprendió su revolución se retiró de escena. Según cuenta Kissinger en el libro “Orden mundial” (2014), ese movimiento va a tener una expansión en el Discurso de Despedida que dio George Washington en 1796, en el que aconsejó al país que se “apartara de alianzas permanentes con cualquier parte del mundo foráneo” y, en cambio, “confiara prudentemente en alianzas temporales para emergencias extraordinarias”. Según Kissinger, lo que planteó Washington definió una ruta: consolidarse en el plano interno. “Esta estrategia prevaleció durante un siglo y permitió que Estados Unidos lograra lo que ningún otro país estaba en posición de concebir: se transformó en una gran potencia y una nación de alcance continental mediante la simple acumulación de poder interno, con una política exterior enfocada casi por completo en la meta negativa de mantener a raya los progresos extranjeros tanto como fuera posible”.
El historiador chileno Fernando Purcell, especializado en la relación de Estados Unidos con el mundo, y que hoy estudia en la Universidad de California, cree que dicho país tuvo un afán internacionalista desde sus orígenes. Pero, como Kissinger, señala que solo a fines del siglo XIX se desató la expansión global: “El imperialismo se manifiesta con nitidez más bien en 1898, tras la guerra con España que le da el control momentáneo de Cuba, una suerte de protectorado en Puerto Rico y convierte a las islas Filipinas en colonias, lo que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial”, dice. Y añade: “A Estados Unidos le ha acomodado un rol preponderante e idealmente hegemónico en la política, el comercio y la cultura. Sin embargo, las formas para alcanzar dicha hegemonía han marcado grandes diferencias en términos de cómo su sociedad lo valora. El país se siente más cómodo con el imperialismo informal, basado en el éxito del comercio o la seducción de la cultura de masas, que con formas de intervención coercitiva para lograr esa hegemonía”, añade.
El siglo XX
En 1927, el ingeniero Charles Lindberg fue el primer hombre que cruzó el océano Atlántico arriba de un avión. Viajó solo y sin escalas desde Nueva York a París. Se transformó en una figura pública, en un héroe nacional que, una década después, mostró una faceta inesperada: apoyó a Hitler y recorrió Estados Unidos como vocero del aislacionismo, pidiendo que su país no entrara en la Segunda Guerra Mundial. Muchos han creído ver en Lindberg un antecedente de Donald Trump, más allá de que el aviador no llegó a disputar siquiera una candidatura presidencial. Pero lo cierto es que Lindberg fue el fruto de una época en que la pugna entre las aspiraciones imperialistas y las aislacionistas tuvieron fuertes fricciones. Acaso el siglo XX ha sido la lucha de ambas visiones.
“No tenemos fines egoístas que servir. No deseamos la conquista ni el dominio. No buscamos indemnizaciones ni compensación material por los sacrificios que haremos gratuitamente. No somos sino uno de los defensores de los derechos de la humanidad”, le dijo el Presidente Woodrow Wilson al Senado en 1917, pidiéndole autorización para entrar en la Primera Guerra Mundial. Lo movía la creencia en que la democracia americana era un valor intransable y, a la vez, la idea de que Estados Unidos debía defenderla en cualquier parte del mundo. De alguna manera, la visión de Wilson provenía de los avances imperialistas de los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt, ambos convencidos de un destino de contornos mesiánicos de su país. Pero Wilson encontró fuertes resistencias entre los aislacionistas: fue a la guerra, pero una vez terminada el Congreso le rechazó el ingreso a la Sociedad de las Naciones, que él mismo había impulsado.
“¿Significa esto que Estados Unidos se aisló del mundo? No. Por el contrario”, dice Fernando Purcell, enfrentando la idea clásica de que los estadounidenses se cerraron al mundo en los 20 y 30. Y añade: “Fue en esos años, sin participar en la Liga de las Naciones, que Estados Unidos experimentó el proceso histórico más significativo para la consolidación de su imperio económico: repletó de consulados y agentes comerciales el mundo entero para conocer de primera fuente los gustos y necesidades de todo el mundo, lo que fue explotado comercialmente. Entonces los supuestos años de aislacionismo de Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial en materia multilateral internacional no fueron tales en materia económica”.
El mundo encadenado
Acaso el problema sea reducir el tema a aislacionismo o imperialismo, cree Fernando Wilson. “Hay un error en creer que la conducción de política exterior de Estados Unidos tiene un solo objetivo. Hay comunidades en disputa y, al mismo tiempo, estructuras burocráticas que operan haciendo un balance”, dice. Y añade: “Los estadounidenses actúan más que nada desde una perspectiva reactiva, frente a la defensa de intereses locales de carácter inmediato. Intervienen en la Segunda Guerra Mundial porque Alemania era una potencia industrial que podría ser una amenaza. Con Alemania, además, tuvieron una disputa por un liderazgo mundial que era incompatible con la visión de libertad norteamericana. Y actuaron en Europa durante la Guerra Fría para evitar que el conflicto llegara a sus tierras”.
Por lo demás, el poderío internacional de Estados Unidos no solo está amparado en asuntos económicos o militares. “Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”, asegura Cristián Castro, director del Magíster en Historia en América Latina del Instituto en Ciencias Sociales de la UDP. “Por ejemplo, Barack Obama encarna el fin de un proceso de derechos civiles en la narrativa de Estados Unidos, pero que no solo tiene una dimensión nacional, sino que también ha sido exportado al resto del mundo. Ahora último, han exportado la validez de los derechos de las minorías étnicas. Y, de alguna forma, Donald Trump viene a romper la idea del progreso liberal yunkie tan valorado simbólicamente en el mundo”.
Sin embargo, Castro sospecha que el discurso nacionalista e aislacionista de Donald Trump va a chocar con la realidad: “Trump está funcionando con la idea de volver a pensar en los problemas domésticos y fortalecer la industria nacional, pero eso va a tener un límite: van a tener que vender esos productos al mundo. Es discurso cortoplacista, pues a la larga Estados Unidos está amarrado a las economías del mundo y desde la Segunda Guerra Mundial es el líder en esa área. Es complicado que se revierta ese proceso en el mundo actual”. Y a ello, Purcell agrega: “Que Trump priorice lo nacional discursivamente se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global. Es muy cuestionable que el retractarse de pactos como el TTP pueda ser una estrategia adecuada para mantener su peso global o que la industria automotriz sea competitiva con los mayores costos de mano de obra en Estados Unidos, pero estas son estrategias que no buscan aislar al país necesariamente, sino protegerlo de la amenaza de otras naciones”.
Para Fernando Wilson, si lo de Trump es aislacionismo, es uno “burdo, tosco, violento y no meditado”. Y, agrega, no lo ha ejercido dialogando con las diferentes almas de las comunidades estadounidenses. Según él, Bill Clinton operó con una estrategia ambivalente de sustracción militar y ampliación económica: “Gran parte del financiamiento del boom económico de sus 8 años está directamente amarrado al retiro norteamericano de ultramar: el cierre de bases en Filipinas, la reducción del compromiso con la OTAN, etc. Es cierto, él participó de una globalización comercial, pero al mismo tiempo se retiró”, dice, y añade: “Lo de Trump es de una tosquedad extrema. Y es lamentable que pretenda alejarse del mundo porque una sociedad como la estadounidense, que se presenta a sí misma como el gran experimento liberal exitoso, más que la Revolución Francesa, tiene en el buen sentido del término una vocación universalista. Desde la perspectiva de la invitación, no de la imposición”.
”Que Trump priorice lo nacional se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global”.
FERNANDO PURCELL, HISTORIADOR.
”Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”. CRISTIÁN CASTRO, HISTORIADOR.
”Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las costas tienen una mirada globalizante muy potente. Pero en el Midwest la visión es bastante tradicionalista y aislacionista. Se genera una pugna”.
FERNANDO WILSON, HISTORIADOR.
”Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él”. HENRY KISSINGER, ASESOR INTERNACIONAL.
El 2014 la Universidad Diego Portales adquirió los archivos de La Nación. Esta colección corresponde a volúmenes empastados del diario desde su primer número publicado en el año 1917, hasta el último número editado en papel, en el 2010.
En este contexto, la Escuela de Historia UDP, ha realizado diversos proyectos de investigación. Cristián Castro, director del Magíster en Historia de América Latina, relata acerca del proyecto Fondart del cual es investigador responsable.
¿En qué consiste el proyecto?
Este fondo de cultura lo que busca es relevar los 100 años de La Nación. Producto de que la UDP compró los archivos de La Nación el 2014, este proyecto viene en cierta forma a cerrar una inquietud que tiene la Escuela de Historia, desde el año pasado, donde se creó un semilla, proyecto interno, para explorar los archivos, y se está terminando de hacer ahora, en diciembre/enero. El Fondart lo que hace, es la segunda etapa de este proyecto. La encabezo como editor general de los cuatro tomos, pero hay un grupo de profesores de la Escuela, que lo que van a hacer básicamente es desarrollar su perspectiva historiográfica y aplicarla a un análisis de La Nación en sus 100 años, bajo una mirada crítica. Tenemos una mirada desde género, otra de la historia cultural, desde el poder y los pueblos originarios, etc. Son cuatro profesores, Claudio Barrientos, Hillary Hiner, Santiago Aránguiz y Marcelo Mardones.
¿Cuál es el papel de cada académico?
¿Cuáles son los objetivos del proyecto?
Este proyecto tiene como principal objetivo, el tratar de cristalizar una mirada historiográfica de la Escuela, en donde coexisten distintas miradas relativamente novedosas de la historiografía reciente y que, a partir de un archivo en común, va a buscar analizar esta fuente primaria a través del prisma de la Escuela.
¿Cómo se realizará la metodología de trabajo?
Trabajamos en términos de los distintos tomos y se coedita con los encargados. Cada uno de ellos va a tener un grupo de personas a cargo de las secciones de cada volumen, entonces, por ejemplo, Hillary Hiner ya conversó y lo tenemos planteado en el proyecto, con un par de colegas para empezar a ordenar qué se va a discutir y cómo se va a presentar esa discusión. La idea de cada volumen es tratar de hacer dos cosas: presentar la fuente y una crítica historiográfica de esa fuente. Es bastante ambicioso el proyecto y va a involucrar el trabajo no solo de los coeditores y del editor general, sino que también de un grupo asociado a cada volumen.
¿Qué aporte entregará al medio?
Lo que queremos hacer nosotros es un estudio sistemático de la prensa oficial, en esta caso La Nación, pero entendiendo que es un diario que no nació siempre así, que tuvo una primera etapa más de pensamiento político liberal, cuando es fundado por Eliodoro Yáñez, y después con Ibáñez del Campo, va a ser cooptado desde el Estado. Queremos contar esa historia desde distintas miradas, contar los 100 años de La Nación. También buscamos abrir en un futuro las fuentes para la comunidad académica en general, no solo los profesores UDP.
El pasado jueves 17 de noviembre de 2016, se realizó el Seminario ICSO “Dos grandes migraciones en las Américas”, presentado por Cristián Castro, académico de la Escuela de Historia e investigador ICSO.
La investigación se enfoca dos grandes migraciones negras en las Américas, buscando explorar similitudes y diferencias que poseen ambos contextos.
En el caso de EE.UU, la primera y más conocida fue la Gran Migración Negra Americana. Este éxodo movilizó a la comunidad afro-descendiente de los estados del sur hacia las ciudades industrializadas del norte como Chicago, Detroit y Nueva York.
Por otra parte, en el caso de Brasil, la llegada de afro-descendientes desde el interior y el noreste de la nación a Sao Paulo.
Estas reubicaciones dieron como resultado el cambio demográfico masivo, y fueron, utilizando la perspectiva de larga duración, provocados por la abolición de la esclavitud en ambas naciones. Por lo tanto, deben entender como parte de un proceso histórico más amplio en la construcción de nuevas relaciones sociales y raciales en las Américas. Lugares como Chicago y Sao Paulo deben ser vistos como espacios de transformación cultural y social.
Estos migrantes influyeron y modificaron la vida económica, social y política de la ciudad y viceversa, esta los cambió a ellos. El capítulo sigue la premisa de Charles Tilly sobre los beneficios de la escritura de la historia urbana.
Carlos Aguirre, académico del Departamento de Historia de la Universidad de Oregon, Estados Unidos, presentó la Segunda Cátedra Norbert Lechner 2016 “Archivos, Memoria y Poder en la Historia Latinoamericana”. El académico ha escrito extensamente sobre esclavitud y abolición, la historia del crimen y castigo, prisioneros políticos, intelectuales y poder, e historia de los archivos. Actualmente está trabajando en un libro sobre Intelectuales y Nacionalismo Militar en Perú (1968-1975).
¿Qué diferencias hay entre hacer historia Latinoamericana, desde Latinoamérica y desde la academia Norteamericana?
Creo que uno de los problemas que había en Estados Unidos, es que los estudiantes latinoamericanos tenían una formación teórica mucho más sólida, conocían bien las tradiciones historiográficas y en Estados Unidos estaba algo limitado, eso me chocó mucho. Nosotros desde el Bachillerato ya conocíamos de ello. A veces, nos leíamos los manuales de Cardoso, queríamos siempre poner el marco teórico, en cambio, en Estados Unidos siguen siendo mucho más pragmáticos, al grano. El otro elemento yo diría que son los recursos y en eso también todavía hay una gran diferencia. Como estudiante peruano, no necesariamente se tiene acceso a los recursos historiográficos. Por otro lado, en Estados Unidos si el estudiante tiene interés, consigue todo. Por último, creo que otra de las diferencias es que nosotros en América Latina estamos obligados a leer a los Brading, a los Van Young, a los Stern, a las Mallon, y más allá, a los europeos; y ellos no siempre nos leen, no hay esa reciprocidad, y me refiero a autores latinoamericanos que merecerían ser discutidos. Uno puede pasar por el Doctorado en América Latina en una Universidad en EE.UU. y jamás haber leído a Flores Galindo, o a Mariátegui.
Podrías nombrar cuatro o cinco libros que te marcaron, alguna de esas grandes influencias en tu carrera.
Yo empezaría por E.P. Thompson, con un libro enorme, inspirador, “La formación de la clase obrera”, hoy sabemos con limitaciones, pero en su momento representó una historia popular, creativa y además teóricamente informada pero no dogmática, eso es lo que más me gustó a mí. Otro fue el libro de James Scott, “Las armas de los débiles”. Justo estaba tratando de armar mi modelo historiográfico para mi primer libro. Luego pondría el libro de Flores Galindo, “Aristocracia y Plebe”. Había comenzado a interesarme más en estos temas y en ese libro aparecen esclavos, bandidos y cárceles y no es casual que yo haya terminado escribiendo sobre esos tres temas. Es un libro que está escrito muy bien, con mucha pasión, me sirvió como modelo e inspiración. El trabajo de Flores Galindo es muy importante en varios sentidos. En el ámbito de la temática, en la relación entre la historia y la política y también en el aspecto teórico. El libro de Stuart Schwartz, que fue mi asesor, sobre plantaciones azucareras, Sugar Plantations in the Formation of Brazilian Society que yo lo leí junto al de Rebecca Scott, Slave Emancipation in Cuba, esos dos libros me sirvieron mucho. Los temas de la esclavitud antes de ellos me sonaban muy pegados a los modelos estructurales. Para América Latina, esos libros marcaron un momento importante, para girar la mirada hacia la gente, los esclavos. Hay unos trabajos de David Garland, no es historiador, pero cuando yo empecé a trabajar sobre las cárceles, el modelo era Foucault, lo que no ayudaba mucho porque él no trabajaba con archivos. El año 90′ sale el libro de Garland, incluye el modelo de Foucault, el de Norbert Elias, la Escuela de Frankfort. Adopta una postura nada dogmática. Él dice que en cada Escuela, en cada postura, hay que recoger lo más valioso, eso me ayudó mucho para no encasillarme en un modelo.
Y finalmente, sobre la relación entre intelectuales y el poder ¿Cómo podemos hacer una historia intelectual desde América Latina sin reproducir ciertas lógicas tradicionales de entender la sub-disciplina?
A mí lo que me interesa es la historia de los intelectuales como grupo social, cuál es el perfil sociológico de ellos en determinadas condiciones. Desde América Latina hay un planteamiento que tiene que ver con el rol de los intelectuales, que lo han desempeñado de manera muy diferente al rol que tenían en Estados Unidos. A mí me interesa no enfocarme en las grandes personalidades, si no en redes, grupos, académicos y no académicos. Creo que una cosa que nos hace falta estudiar, es a los intelectuales provincianos, un poco al margen de la política centralista. En el caso peruano, hay muchísimos, pero tenemos problemas de fuentes, no hay archivos.
Entrevista realizada por Cristián Castro, director del Magíster en Historia de América Latina UDP.
Ver Cátedra Norbert Lechner “Archivos, Memoria y Poder en la Historia Latinoamericana”, presentada por Carlos Aguirre.
Charles Walker, académico asociado al Magíster en Historia de América Latina de la Universidad Diego Portales, y Director del Hemispheric Institute on the Americas en la Universidad de California, Davis; lanzó en Chile la versión en español de su libro La Rebelión de Tupac Amaru.
En su obra, Charles Walker sumerge a los lectores en las guerrillas y las campañas militares, la guerra de propaganda y los brutales actos de venganza que tuvieron lugar durante la rebelión. Walker enfatiza la importancia de Micaela Bastidas –su estratega clave– y replantea el papel de la Iglesia Católica en el fracaso del levantamiento. The Tupac Amaru Rebellion analiza por qué una revuelta que comenzó como una alianza entre diversos grupos étnicos contra los europeos usurpadores derivó en una despiadada guerra de castas y dejó un legado que es visible hasta el día de hoy en la política sudamericana.
Al respecto, el Director del Magíster en Historia de América Latina, Cristián Castro, señaló que “para el programa es muy importante poder contar con profesores asociados que sean referentes en sus respectivas áreas de investigación. En el caso de Charles Walker no solo es Director del Instituto de Estudios Hemisferios de UC Davis, un lugar muy activo en la producción intelectual sobre la historia de América Latina, sino también desde otras disciplinas afines. Y por otro lado, Charles Walker está entre los latinoamericanistas más reconocidos y acaba de lanzar en Chile su último libro sobre la Rebelión de Tupac Amaru; un trabajo que representa la mejor versión de la historia social de América Latina emanada desde la academia norteamericana. Su investigación sobre América Latina, y en particular sobre los movimientos indígenas, permite iluminar sobre otros movimientos en el continente, lo que está en sintonía con los intereses del Magíster”
Cabe destacar que el profesor Charles Walker es profesor títular de Historia del departamento de historia y director del Hemispheric Institute on the Americas en la Universidad de California, Davis. Enseña cursos sobre diversos aspectos de América Latina así como sobre desastres naturales, comisiones de la verdad, movimientos sociales y, próximamente, uno sobre deportes e imperios. Sus libros incluyen: The Tupac Amaru Rebellion (Harvard University Press, 2014); Shaky Colonialism: The 1746 Earthquake-Tsunami in Lima, Peru and its Long Aftermath (Duke University Press, 2008), traducido al español como: Colonialismo en ruinas. Lima frente al terremoto y tsunami de 1746 (IEP & IFEA, 2012); Smoldering Ashes: Cuzco and the Transition from Colony to Republic, 1780-1840 (Duke University Press, 1999), traducido ese mismo año por el CBC como: De Túpac Amaru a Gamarra: Cuzco y la creación del Perú republicano, 1780-1840 (tres ediciones, la última de 2013 incluye un nuevo prólogo). Ha sido co-editor de diversas compilaciones y dossiers en Perú, España y Chile. Una compilación de sus ensayos apareció en español en 2009 con el título de Diálogos con el Perú (Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos), y ha traducido y escrito la introducción, junto con Carlos Aguirre y Willie Hiatt, de In Search of an Inca (Cambridge University Press, 2010), la versión en inglés de Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes, de Alberto Flores Galindo. Actualmente, se encuentra dando los toques finales a The Lima Reader (Duke University Press) con Carlos Aguirre, mientras con Willie Hiatt viene trabajando The Cuzco Reader, a la vez que avanza un nuevo proyecto sobre violencia en el Perú contemporáneo.