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  1. Las cifras de las violaciones en las cárceles

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    19059462_1343722325681883_2339736893803168818_nEn los últimos siete años, el Ministerio Público ha recibido 338 denuncias por delitos sexuales al interior de los penales en Chile. “Sábado” realizó el primer recuento de las violaciones y abusos que ocurren en estos recintos, y con ello evidenció los problemas estructurales de un sistema penitenciario que no garantiza justicia para los privados de libertad: solo uno de estos casos ha llegado a juicio oral, pese a que ocurren en espacios confinados y controlados por Gendarmería.

    Los brazos de Francisco son largos y muy delgados. Tan delgados que la chaqueta militar de color verde que usa no logra disimularlos. Su cabeza, tal como sus brazos, parece inclinarse hacia el suelo, casi colgando. Tiene la mirada perdida. Pero cada cierto tiempo, Francisco, agitado, observa hacia la puerta, como si alguien lo vigilara.

    Es cierto. Alguien, a él y a los otros 294 reos de la cárcel Alto Bonito de Puerto Montt, siempre los están vigilando.

    -Nos pueden escuchar -murmulla.

    Francisco no se llama Francisco. Su nombre ha sido cambiado, a petición de él. Lo que no cambia en su historia es esto: tiene 25 años. Es bajo, tiene la cabeza mal rapada y su pequeño cuerpo parece nadar en las ropas que usa. Hace cinco años que está recluido por una condena por robo. Vive en el módulo 90, donde están los pacientes psiquiátricos, ya que tiene un leve retraso mental. Pero hoy no está ahí, sino en una de las salas para visitas especiales que hay en la cárcel.

    Son los primeros días de abril y ya ha pasado un mes desde que denunció el hecho, gracias a la asesoría de Gloria Moneny, fundadora de Marco en Libertad, una ONG que vela por los derechos de los presos. El hecho, según su relato, fue así: una noche a mediados de febrero, cuando él y sus compañeros de celda ya estaban encerrados, un interno se acercó para intimidarlo.

    -Me decía: “Déjate hacer lo que te voy a hacerte”. Estaba paralizado.

    Le siguió el juego. El reo le echó champú en el cuerpo, agua y lo depiló por completo con una prestobarba. Sus compañeros de celda, dice Francisco, no pudieron hacer nada, ni gritar, ni reclamar. Justo tras la reja, según el relato de Francisco, estaba un gendarme vigilándolos.

    -Y dijo: “Miren cómo depilan a la loca”.

    El último paso vino después de las amenazas. Francisco, desnudo, y el otro reo listo para dar la orden.

    -Me gritó, me dijo: “Agáchate”. Luego me violó.

    Violencia sexual

    El caso de Francisco, ocurrido este año en Puerto Montt, no es aislado. Entre 2010 y 2017, según datos obtenidos vía Ley de Transparencia por “Sábado”, dentro de los recintos penitenciarios se han denunciado 177 casos de abuso sexual, 134 de violación y 27 otros delitos sexuales al Ministerio Público. Un total de 338.

    Pero, al ser consultada, Gendarmería emitió un documento en el que reconoce solo 26 denuncias. La institución dice no contar con un registro estadístico de este tipo de casos a nivel país, ni tampoco en cada una de sus cárceles. Acá una selección de tales denuncias.

    CP Puerto Montt

    17-04-2015

    Interno denuncia violación por parte de similar.

    “Se presentó ante personal de servicio el interno X, informando que en la noche fue abusado sexualmente bajo amenaza por otro interno, siendo derivado al hospital base de Puerto Montt, donde se informa fisura aguda”.

    CP Arica

    29-10-2014

    “Se recepcionó manuscrito del interno X, en el cual relató haber sido testigo de una supuesta violación en contra del interno Y. Debido a lo anterior se derivó al interno hasta la enfermería, donde se señaló en su informe había restos de fluidos, además de una lesión interglútea”.

    CP Valdivia

    09-09-2010

    “El interno X del módulo Nº 52 manifestó haber sido agredido sexualmente por parte de sus compañeros de celda. Cabe señalar que en un examen más exhaustivo se le diagnosticó evidencia de lo mismo”.

    Del total de denuncias recopiladas -entregadas por cada una de las fiscalías regionales del país-, la región con mayor número de casos al interior de sus cárceles es la Metropolitana, con 40 por ciento del total. Esta cifra es proporcional a los recluidos en la región: por cada 100 presos que hay en Chile, 36 están aquí.

    Dentro de la zona, la fiscalía que acumula más denuncias de este tipo es la Centro Norte: en los últimos siete años ha recibido 59 casos de violación y 51 de abuso sexual. Esta fiscalía tiene competencia en las denuncias emanadas desde los recintos penitenciarios con más población penal del país. Entre ellos, Santiago 1, Colina II y el CDP Santiago Sur, más conocido como ex Penitenciaría.

    En el informe de Gendarmería se lee:

    CDP Santiago Sur

    12-09-2015

    Violación a interno por parte de similar

    “El interno X, habitante de la calle Nº 04, manifestó que durante la mañana habría sido víctima de violación por parte de otro interno. En virtud de lo acontecido, fue conducido al Hospital Penal”.

    Amelia del Villar, investigadora del Observatorio de Violencia y Cárcel de la Universidad Diego Portales, ha trabajado dos años y medio en cárceles, en especial en la ex Penitenciaría. El abuso, explica, se da en todos los recintos. Su sistema se basa en eso: en una jerarquía que se categoriza en base al “prestigio delictual” que cada interno tiene. El perkin es el que no tiene “ficha” y que para poder vivir en la cárcel tiene que hacerse un espacio.

    -Y como yo no soy nadie y necesito pertenecer a un grupo, tengo que hacer lo que me digan otros. Lavarle la ropa al jefe, darle su comida, servirle. Ser un esclavo, básicamente. En esas circunstancias, yo creo, también se da la violencia sexual. Una vez le pregunté a un interno si eso era así, si siempre pasaba, y me dijo: “Si hay alguien nuevo, es chico, es pollo, no sabe pelear, y es perkin, se lo van a violar” -explica Del Villar.

    La fiscalía regional de Valparaíso es otra de las que más denuncias por abusos y violaciones ha recibido. Entre 2010 y 2017 se constataron 27: 20 por abuso y 7 por violación. De ellas, 70 por ciento ha ocurrido al interior del CP Valparaíso.

    En el informe de Gendarmería se puede leer una de estas denuncias:

    CP Valparaíso

    08-09-2011

    “Se presentó ante personal de servicio el interno X, señalando que mientras pernoctaba al interior de la Celda Nº 11, fue intimidado por internos quienes procedieron a reducirlo, obligándolo a practicarle sexo oral a uno de ellos, quien además lo mantenía bajo amenaza con un arma blanca en su cuello”.

    Galo Muñoz, estudiante de derecho y director de la corporación Nuevos Horizontes, estuvo recluido durante 15 años en el CP Valparaíso por una condena por robo. Las violaciones y los abusos, dice, ocurrían a menudo y en todas partes: baños, piezas, pasillos. Todo luego de que los mismos internos aprendieran el ritmo de la cárcel. Aprendieron, por ejemplo, que los gendarmes siempre vigilaban en dúos y que tenían turnos cada dos días. Aprendieron también a qué hora entraban, a qué hora se iban y a qué hora apagaban las cámaras.

    -No podís gritar si tenís un estoque en el cuello, ¿qué vai a hacer si el paco que tiene que estar cuidando no está? Da lo mismo que grites. Uno ve todo eso, pero no podís sapear. Lo que aquí afuera es un deber denunciar, adentro es casi condenarte a muerte -explica Muñoz.

    Y todo se da en espacios que parecen favorecer abusos de este tipo, dice. En su paso por el CP Valparaíso, Muñoz recuerda que para dormir debían turnarse, y aun así tenían que compartir cama entre tres personas.

    En el último informe realizado por la Corte de Apelaciones de Santiago, publicado en 2016, se detallaron “condiciones mínimas incompatibles con la dignidad humana” en todas las cárceles del país. Dependencias sucias, carentes de luz, con la basura amontonada en rincones, y que albergan a una gran cantidad de internos en espacios reducidos. El hacinamiento en las cárceles es sindicado como uno de los principales detonadores de los problemas; entre ellos, la violencia sexual. Según datos de Gendarmería actualmente hay 46 cárceles que rebasan el ciento por ciento de sus plazas disponibles y de estos recintos, seis presentan niveles críticos, por sobre el 200 por ciento de su capacidad.

    En 2014, el Instituto de Derechos Humanos (INDH) publicó un estudio de condiciones carcelarias en el que detalla otro de los puntos críticos en el sistema carcelario: la regulación de las visitas íntimas. Estas solo se pueden realizar mientras que el alcaide lo autorice, se acredite el parentesco conyugal o afectivo y si las condiciones del establecimiento lo permiten. Al menos 12 cárceles del país no tienen espacios para este tipo de visitas, que solo se pueden realizar una vez al mes y por no más de tres horas.

    El difícil camino de la denuncia

    Francisco -el interno del penal Alto Bonito de Puerto Montt- sabía que estar en la cárcel era una experiencia dura. Aunque desde los 3 años había pasado por distintas casas del Sename, luego de que su madre lo abandonara, nunca había vivido algo así: era el segundo episodio de abuso que había vivido dentro del penal en poco tiempo. Un mes después, ante la reiteración, decidió denunciar.

    “El cabo se opuso a que yo aga (sic) la denuncia. Yo tuve que cortarme los dos braso para poder aser la denuncia” (sic), consta en el texto con el que se ingresó finalmente el caso al Ministerio Público, el 4 de marzo de 2017.

    Fue la única forma, dice Francisco, de contar lo que le había pasado. El gendarme a cargo no lo dejaba salir del módulo para denunciar, así que tomó una gillette que tenía escondida y comenzó a cortarse. Primero las manos, luego el cuello y, finalmente, los antebrazos. Lo llevaron a la enfermería y recién en ese momento, a una semana de los hechos, pudo avisar a la guardia interna. Dos días más tarde un abogado de la defensoría penal constató las lesiones e ingresó la denuncia a la fiscalía de Puerto Montt.

    Mientras, dentro de la cárcel, dice Francisco, el gendarme que estaba mirando el abuso lo sacó del módulo y lo llevó a la celda contigua, donde estaba el reo que había abusado de él. Le ofreció plata para que retirara la denuncia: 800 pesos. Francisco se negó.

    -Yo quiero un juicio justo, quiero que le pongan años -dice.

    De las 338 denuncias que el Ministerio Público ha recibido por casos de violación y abuso sexual dentro de las cárceles en los últimos siete años, más del 70 por ciento de ellas quedó archivada o se decidió no perseverar en el procedimiento, algunas inclusive ni siquiera iniciaron una investigación. En la Fiscalía Centro Norte, por ejemplo, de las 110 denuncias entre 2010 y 2017, en 81 de ellas se decidió no perseverar o archivarlas. Solo tres llegaron a juicio abreviado y ninguna pasó a juicio oral.

    Pero en mayo y junio de 2008, Michael Flores, fiscal de Puente Alto y especialista en delitos sexuales, consiguió llegar hasta juicio oral en dos casos de violación ocurridos al interior del CDP Puente Alto. En el primero de ellos, durante la noche, la víctima fue amarrada por otros dos internos, quienes luego lo violaron y lo amenazaron de muerte con un cuchillo. En el segundo, la víctima fue reducida por tres internos y un cuarto lo violó. Los primeros victimarios fueron condenados a 12 años de prisión; en el segundo caso al violador se le impuso una pena de 10 años.

    Desde su oficina en la Fiscalía de Puente Alto, el fiscal Flores recuerda los casos. Dice que han sido de los más difíciles que ha tenido que investigar, eso a pesar de ser dentro de un recinto tan controlado como una cárcel: con cámaras en pasillos y patios, con gendarmes vigilando y en donde todos los testigos están empadronados.

    -Es un ambiente aislado, hostil, con poco acceso. La propia ética carcelaria hace que nadie colabore con esto. Nadie quiere tener el mote de sapo. Nadie quiere cooperar. Ni los propios gendarmes que están con estos presos porque ellos van a estar todos los días, por mucho tiempo, con estos presos. Opera todo en contra.

    Según datos obtenidos vía Transparencia, entre 2010 y 2017 la Fiscalía Metropolitana Sur ha recibido 24 denuncias por este tipo de casos. De ellas, ocho han estado a cargo de Flores.

    Una denuncia de este tipo sigue, en la experiencia del fiscal, el mismo camino que cualquier denuncia al interior de la cárcel. Como las galerías de los recintos están cerradas durante la noche, en la mañana, cuando ocurre el desencierro, la víctima baja y denuncia. El protocolo obliga a llevarlo a la enfermería del penal para hacerle un examen externo. Luego se contacta al fiscal de turno y la víctima se traslada al Servicio Médico Legal. Allí se analizan y fotografían las lesiones, se revisa la ropa interior y vestimentas, y también se levanta evidencia biológica, tanto en la cavidad anal como bucal.

    En una de las sentencias de los casos que investigó Flores, se lee que el perito a cargo de los exámenes dijo: “Concluye que el sujeto periciado presentaba lesiones explicables por relaciones recientes, y contusiones y erosiones en diversas partes del cuerpo, ocasionadas por puños, dedos y uñas de una tercera persona”.

    -Pero es muy difícil comprender lo que es un delito sexual en el papel o en las palabras. Estamos hablando de una víctima desgarrada, sangrando. Una víctima que no puede caminar. Es violentísimo -explica Flores.

    Según la información recabada por “Sábado” vía Ley de Acceso a la Información Pública, y entregada por el Ministerio Público, dentro de las 338 denuncias realizadas entre 2010 y 2017 desde los penales de todo el país, solo una de ellas llegó a juicio oral. Y con sentencia absolutoria.

    CCP Copiapó

    21-08-2010

    “Violación a interno

    En momentos que el interno X fue trasladado hasta la enfermería de la Unidad, por presentar una crisis nerviosa y vómitos, este da a conocer que habría sido violado por un interno siendo ayudado por otros internos, hecho que se habría consumado al interior de la celda de aislamiento en la que habitaban”.

    El 23 de agosto de 2010, Álvaro Córdova, entonces fiscal de Copiapó y hoy fiscal adjunto de Caldera, recibió la denuncia. Finalmente, y casi dos años luego de ocurrido el hecho, el 12 de junio de 2012 el Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Copiapó dictó sentencia definitiva absolutoria contra los internos involucrados.

    Los jueces, explica Córdova, se extrañaron al no encontrarse con lesiones obvias en la víctima. Pero, en la experiencia del fiscal, no necesariamente en todos los casos existen ese tipo de evidencias.

    -No en todas hay coito. Esta era otra cosa: una violación para someter al otro, algo que va por el lado de la tortura y la sumisión. Y cuando pasa que un caso así se devela en un universo tan cerrado y agresivo, es altamente probable que haya ocurrido, porque es infrecuente que se denuncie -dice el fiscal Córdova.

    Para el fiscal Flores, casi en todos estos casos lo que prima son los testimonios.

    -Al final, como en todo juicio de delito sexual, es un juicio de credibilidad. La víctima va a decir lo que ocurrió y el imputado lo va a negar.

    Según el fiscal de Puente Alto, hay otros dos factores que influyen en cómo avanza una denuncia de este tipo. El primero tiene que ver con la víctima, quien, usualmente, termina retractándose, para evitar más problemas. Para eso se blindan los relatos de los afectados: se toman declaraciones policiales, declaraciones de peritos y otros que permiten fortalecer el testimonio ante una eventual retractación. El segundo problema es la velocidad de la investigación que, en promedio y asociada a delitos intracarcelarios, dura un año.

    Por lo mismo, dice Flores, llegar a completar una investigación es casi imposible. De 10 denuncias que recibe de este tipo, solo una llega hasta el final.

    -Y la cifra negra debe ser de 70 por ciento. De 10 causas que se denuncian, deben haber 70 más que no. Las denuncias que hay hoy debe ser el 10 por ciento del total de delitos sexuales en las cárceles.

    Si, como dice el fiscal Flores, las 338 denuncias que hay hoy son solo el 10 por ciento del total de delitos, la cifra real de violaciones y abusos sería de 3.380 casos. Es decir, en un universo de 42.611 presos, el ocho por ciento de ellos ha sido víctima de delitos sexuales al interior de la cárcel.

    Marcela Rocha, especialista en delitos sexuales de la Fiscalía Centro Norte, ha visto 13 casos en los últimos siete años. Dentro de su zona de competencia está Santiago 1, la primera cárcel concesionada de la Región Metropolitana, donde, se asume, el problema sería menor.

    -Si hablamos de números, en los últimos cinco años la cantidad de delitos sexuales se mantiene. Ni siquiera con la llegada de una cárcel concesionada como Santiago 1 han disminuido. El número se mantiene.

    ¿Derecho a
    ser violado?

    Al contrario de otros países, en Chile no existe ningún protocolo especial para enfrentar el problema. En Estados Unidos, luego que el Observatorio de Derechos Humanos (Human Rights Watch) documentara este tipo de casos, se promulgó en 2004 el acta para eliminarlas. El Prison Rape Elimination Act (PREA) establece que los recintos penitenciarios deben contar con un protocolo de recolección de evidencias y exámenes médicos forenses específicos para estos casos, acceso de los reclusos a servicios confidenciales para denunciar y servicios médicos de emergencias y de salud mental, así como apoyo emocional externo.

    En Chile, ni siquiera el personal técnico que trabaja en las cárceles, como los psicólogos, tiene un protocolo de intervención para las violaciones y abusos dentro de la cárcel.

    Según las cifras publicadas por Gendarmería a través del portal Gobierno Transparente, hasta abril de este año trabajaban 596 psicólogos en la institución. Si actualmente las personas atendidas son 137.998 (sistema cerrado y semicerrado), significa que hay un psicólogo por cada 231 internos.

    Pero René Morales -psicólogo y miembro director de la Asociación de Directivos, Profesionales, Técnicos, Administrativos y Auxiliares de Gendarmería de Chile (Adiptgen)- explica que no todos los psicólogos atienden a los internos. Solo un porcentaje de ellos está destinado a quienes cumplen condenas en cárcel, otros trabajan con personas que cumplen penas alternativas y un número importante realiza labores administrativas.

    El otro obstáculo con el que se encuentran estos profesionales en caso de violación y abuso dentro de la cárcel, explica Morales, tiene directa relación con las mismas víctimas: muchas veces no quieren recibir atención.

    Un psicólogo que hoy trabaja en Gendarmería, y que pide reserva de su nombre, cuenta que en 2007 trató a un interno, un imputado de 52 años, que se vio involucrado en tráfico de drogas, pero que nunca antes había estado preso.

    -Él se había intentado suicidar tres veces en apenas tres semanas. Pero era llamativo que él tratara de colgarse, con los cordones de los zapatos, luego con la correa, y que no se matara. Lo que estaba buscando era tener un espacio para contar lo que le había pasado -dice el psicólogo.

    Los flashbacks y las pesadillas nocturnas se convirtieron en gritos, llanto, ataques de pánico. En dos semanas el interno había bajado ocho kilos. De a poco, en las sesiones fue contando más detalles hasta que lo reconoció. Había sido violado dos veces: la primera vez por tres personas; la segunda, por cinco, que, además, lo asfixiaban con una bolsa plástica.

    De los tres años que el interno estuvo condenado, pasó seis meses en tratamiento psicológico. Pero eso, dice el especialista, fue una excepción.

    En 2016, la ONG Leasur se constituyó como mecanismo de prevención de la tortura de la sociedad civil con el objetivo de ser observadores de cárcel. La instancia nace a partir de la falta de un organismo de estas características por parte del Estado, explica la directora, Alicia Alonso. Sin esta herramienta incluso se incumplen acuerdos internacionales de derechos humanos, como la Convención contra la Tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas y degradantes, adoptada por la ONU y firmada por Chile.

    El Instituto de Derechos Humanos ha sido crítico con el sistema penitenciario en Chile. Respecto de las violaciones y los abusos reportados en las cárceles, su director, Branislav Marelic, manifiesta que lo que existe es una situación de omisión por parte del Estado: no hay prevención, no hay capacitación, no hay conciencia de que estas situaciones ocurren. Es una situación estructural, explica, que ocasiona estas violaciones a los derechos humanos.

    -La condena es una pena de privación de libertad, no es una pena de indignidad. Pero muchas veces en la opinión pública, en el debate político, nos damos cuenta de que las personas que entran a la cárcel dejan de ser personas. No es una concepción social que se incentiva, pero que se tolera. O sea, más o menos que pase y no nos importa -dice Marelic y agrega-: El instituto no es la única entidad que tiene que actuar. Acá tiene que actuar Gendarmería, el Ministerio Público en hacer una investigación eficaz, los jueces de garantía en hacer visitas. Y el Ministerio de Justicia, que es el responsable político.

    Patricia Pérez, ex ministra de Justicia, cree que es imperativo instaurar una ley de ejecución de penas para velar por los derechos humanos básicos de los presos, pero, dice, hay una reflexión anterior.

    -Estamos usando la cárcel como una solución indiscriminada para todo tipo de delitos. Se crean nuevas figuras punitivas, sin pensar si esa solución es racional. La cárcel no soluciona problemas: genera más problemas. Esa es la reflexión que nos falta como sociedad. Estas medidas no pueden ser ni de un gobierno ni de otro. Tienen que ser medidas transversales porque el tema penitenciario es uno de los aspectos donde tal vez más se observa el rol fundamental del Estado, porque este tiene el monopolio del poder político. El Estado determina cómo se ejecuta la pena. Creo que Chile sigue estando al debe -dice Pérez.

    Al ser consultado por este tema y por la diferencia entre ambas cifras, las entregadas por ellos y las sistematizadas por el Ministerio Público, Gendarmería declinó hacer un pronunciamiento formal. El Ministerio de Justicia, del que depende Gendarmería, tampoco se quiso referir.

    Pero desde el Poder Judicial, Lya Cabello, fiscal judicial de la Corte Suprema, explica que hoy una de las principales tareas de los fiscales judiciales es ver el tema de las cárceles. Esa, dice, es la intención de la Fiscalía Judicial: asumir un rol en la supervigilancia de los recintos penitenciarios y de los derechos de los individuos recluidos en ellos.

    -Para que los sistemas judiciales funcionen tenemos que concebir a todas las personas como sujetos de derechos. Las normas deben aplicarse para todos y los privados de libertad no se encuentran al margen de ello. Cuando no se aplica la ley, es el sistema el que falla y eso es una omisión grave -explica Cabello.

    Después de leer nuevamente las únicas sentencias condenatorias que se han conseguido, luego de un juicio oral, en este tipo de casos, el fiscal Michael Flores hace un alto y vuelve a leer los alegatos de apertura que presentó ante el tribunal. Y, sin más, dice:

    -Los fiscales nos esforzamos porque se haga justicia y que los culpables obtengan la máxima condena. Pero a lo que yo no aspiro es que una persona quede privada de su dignidad dentro de la cárcel. Sea quién sea, sean asesinos, sean violadores, ¿pero tienen derecho a que sean violados? Esa es la pregunta. Yo creo que no. Tenemos personas que cometieron un error, pero, ¿tenemos derecho a mirar para otro lado porque son delincuentes? Yo creo que no.

    A cuatro meses del hecho, el caso de Francisco -quien habría sido abusado y violado dos veces en la cárcel de Puerto Montt- aún se encuentra en tramitación. No hay formalizados, ni tampoco sumarios. En medio de la desesperación, el domingo 16 de abril, Francisco volvió a cortarse en los brazos. Dos meses después de los abusos, lo trasladaron a una cárcel en la Región de Aysén. Allí pasa los últimos días que le quedan de la condena por robo. Saldrá en agosto.

    Quien supuestamente lo abusó y el gendarme que habría visto todo siguen en Alto Bonito.

    silencio y ética carcelaria

    “La propia ética carcelaria hace que nadie colabore con esto. Nadie quiere tener el mote de sapo. Nadie quiere cooperar”, dice el fiscal de Puente Alto y especialista en delitos sexuales Michael Flores sobre por qué ni siquiera los gendarmes cooperan en las investigaciones de estos casos.

    Ver en El Mercurio

     

  2. La Justificación de la violencia en Chile

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    Monica Gerber 014Mónica Gerber, académica de la Escuela de Sociología UDP,  participó en el programa Palabra que es Noticia de Radio Futuro sobre los resultados de estudio COES  sobre Justificación de la violencia en todas sus formas en Chile.

    “Encontramos que las personas que más perciben que son discriminadas en la justicia más justifican los linchamientos. Es decir, si la justicia no actúa, no me defiende a mi (a mi grupo), voy a acudir a la justicia privada, por fuera del marco de la ley”, señaló la académica.

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  3. Estudio COES sobre detenciones ciudadanas

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    Monica Gerber 014Mónica Gerber,  académica de la Escuela de Sociología UDP, participó en el programa La prueba de ADN sobre la investigación del Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social (COES) que señaló que el 76% de los chilenos justifica las detenciones ciudadanas y las golpizas a delincuentes.

    “Nosotros en el COES partimos de esta observación de que distintas situaciones de violencia que se dan cotidianamente en Chile, pasando desde el caso de toda la violencia contra la delincuencia, los linchamientos, los castigos penales, esta petición constante de castigos más severos, la violencia de género , las violencias en manifestaciones y la represión policial, etc. Nos interesaba entender en qué circunstancias las chilenas y chilenos justifican o aprueban este tipo de acciones violentas (…) Es posible tomar esto como indicadores. De todas formas nosotros invitamos a una interpretación cauta de los datos”, señaló la académica.

    Escuchar en ADN Radio Chile

  4. Discriminación y linchamientos

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    Monica Gerber 014Mónica Gerber, académica de la Escuela de Sociología UDP, participó en el programa Lo que queda del día de Radio cooperativa sobre los resultados del Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social, el cual reveló que el 76 por ciento de los chilenos justifica las detenciones ciudadanas y las golpizas a los delincuentes.

    “Entre las personas que perciben que a personas como ellos se les discrimina, que por ejemplo personas de su clase social son discriminadas por la justicia y por carabineros sí tienen una mayor tendencia a apoyar los linchamientos. En ciertos grupos se puede sentir que la justicia no funciona para todos de igual forma”, señaló la académica.

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  5. 76% de los chilenos justifica detenciones ciudadanas y golpizas a delincuentes

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    Monica Gerber 014Así lo indica una investigación del Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social que se conocerá hoy. Análisis muestra que en el país existen altos niveles de tolerancia a la violencia en distintas áreas.

    Cristián Espinoza, de 38 años, falleció este fin de semana tras una detención ciudadana en La Florida. Su muerte se originó luego que una mujer lo acusara de robarle su celular en un bus del Transantiago. El fiscal a cargo del caso dijo que la detención se ajustó a derecho, pero aún debe pronunciarse el Servicio Médico Legal sobre las razones del deceso de Espinoza.

    Al margen del resultado de esta investigación, el caso trajo de vuelta el debate en torno a las detenciones ciudadanas o golpizas. Según el estudio Conflicto social: los motivos de la justificación de la violencia en Chile, realizado por el Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social (Coes), un 76% de los chilenos justifica que “algunas personas persigan y golpeen a un ‘delincuente’ que acaba de cometer un asalto.

    El trabajo, que será dado a conocer hoy, es parte un investigación mayor denominada Estudio Longitudinal Social de Chile, que consiste en una entrevista anual a 3 mil chilenos durante una década. Estos son los primeros resultados y corresponden a 2016.

    ¿Qué factores pueden estar tras un porcentaje tan alto? Héctor Carvacho, profesor de psicología de la U. Católica e investigador del Coes, explica que “en Chile los niveles de inseguridad son muy altos y no tienen correlato con los niveles objetivos de seguridad, que en el contexto internacional es bastante bueno. Además, estamos pasando por una crisis de las instituciones que también favorece la aprobación de modos ‘alternativos’ de resolver los conflictos”, plantea.

    Las respuestas a esta pregunta, y todas las del estudio, se analizaron por género posición política y clase social subjetiva (aquella a la que declara pertenecer la gente). “El apoyo a los linchamientos es mayor entre personas de derecha (81%) y de centro (78%), así como entre personas de clase social subjetiva media (79%) y media-baja (76%)”, agrega la investigación, que afirma que la violencia no parece ser un fenómeno de izquierda o de derecha, ni de clase social baja o de clase social alta.

    Además de la alta justificación de la violencia que busca controlar la delincuencia, se suma que el 88% de las personas cree que los jueces deberían dar condenas más largas a quienes cometen asaltos (ver infografía).

    En sus conclusiones, el estudio plantea que “la aceptación del uso de la violencia depende de la situación, del nivel de agresión y del fin que esta violencia promueve”.

    Violencia laboral

    El análisis también revela que en el ámbito laboral y familiar hay tolerancia a la violencia. En el campo laboral, si bien un 49% de los entrevistados consideró muy o extremadamente violento que un empleador le grite a su empleado por un trabajo mal hecho, un 51% no lo consideró muy violento. Carvacho, dice que esta pregunta hay que considerarla en contexto histórico, ya que explica que los derechos laborales han sido logros alcanzados por los trabajadores a lo largo del Siglo XX, donde formas brutales de violencia fueron comunes.

    “Que hoy casi la mitad de la gente considere violento que un jefe le grite es probablemente un avance respecto a la cultura laboral que predominó durante el siglo pasado, pero también nos muestra que hay un largo camino por recorrer para que el rechazo a este tipo de expresiones de violencia sea generalizado”, señala el experto.

    A nivel familiar, un 38% de los encuestados dijo que era muy violento o extremadamente violento que una madre le pegue una palmada a un niño que rompió el vaso que tenía prohibido tocar. “Que aún haya quienes admitan esto como un método es una muestra que a pesar de que la sociedad alcance consensos sobre los límites de la violencia, en este caso hacia los menores, todavía hay mucho que hacer para que estos estándares sean interiorizados y defendidos por todos”, advierte Carvacho.

    El estudio plantea que en el contexto laboral y familiar se observa una importante tolerancia y naturalización de la violencia. “Esto podría estar relacionado con el hecho de que la violencia que tiene lugar en el ámbito familiar puede percibirse como más privada, donde las relaciones de poder entre los individuos están más socialmente aceptadas. Es decir, que la madre tiene derecho a darle una palmada a su hijo si lo considera oportuno, pues tiene poder sobre él. Sin embargo, el poder que surge de la relación jerárquica entre un empleador y un empleado no debe ir más allá de la relación profesional, por lo que un acto violento sería poco apropiado”, dice la investigación del Coes, en la que además participaron Mónica Gerber de la U. Diego Portales, y otros siete autores.

    Pero no todos fueron niveles altos de aprobación al uso de violencia. El estudio constató bajos niveles de aprobación del uso de violencia en el contexto de manifestaciones y de violencia aplicada contra la mujer, donde el porcentaje fue de 9%.

    Ver en La Tercera

  6. Javier Auyero presentó la Segunda Cátedra Norbert Lechner 2017

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    19145855_1344369228950526_2281120915620659369_nLa Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP organizó la Segunda Cátedra Norbert Lechner 2017 “Violencia, Estado y Marginalidad en América Latina”, presentada por Javier Auyero, profesor en el Departamento de Sociología de la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos.

    El académico presentó su investigación basada en la evidencia etnográfica recolectada durante más de 30 meses de trabajo de campo en un barrio vulnerable de Buenos Aires (Ingeniero Budge) y en la evidencia documental de casos judiciales que involucran a “Los Monos”, una poderosa banda dedicada al tráfico de drogas en Rosario, en la que el investigador analizó, entre otras fuentes, escuchas telefónicas entre los narcotraficantes y funcionarios de la fuerza policial argentina.

    “Durante las primeras décadas del siglo XX la mayoría de los países de América Latina han sido testigos de un significativo aumento de la violencia urbana, convirtiendo a América Latina en la única región en el mundo donde la violencia letal medida por tazas de homicidio sigue creciendo aún sin estar en guerra“, señaló Auyero, apuntando al comercio ilícito de drogas y a la frágil legitimidad del monopolio estatal de la violencia como factores determinantes.

    El investigador argentino enfatizó en la importancia que tiene identificar el contenido real de lo que se conoce como colusión policial criminalconexiones clandestinas entre las que se incluyen el flujo de bienes, información, representación y asesoramiento que circulan entre los participantes del tráfico de drogas ilícitas y los miembros de seguridad del Estado. “Las relaciones ilícitas entre miembros de la policía y miembros de bandas narco sirven a estos para lograr el cuasi monopolio en el uso de la fuerza sobre un territorio que es central para el comercio ilegal”, señaló el sociólogo.

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  7. ¿Cuáles son los pilares que sostienen la violencia urbana?

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    auyeroJavier Auyero, sociólogo experto en violencia e invitado a cátedra UDP, participó en el programa Palabras sacan Palabras de Radio Futuro sobre violencia urbana, desigualdad y delincuencia.

    “En términos de violencia urbana, que es un fenómeno generalizado en todos los países de América Latina, aparece como prioridad número uno de la ciudadanía. Hay explicaciones que se han intentado, unas tienen que ver con niveles de pobreza, con desigualdad, con el tráfico de drogas y con el monopolio de la fuerza de parte del estado”, comentó Auyero sobre los pilares que sostienen la violencia urbana.

    Además, el académico señaló que lo más determinante son los niveles de desigualdad: “Mayor nivel de desigualdad, son mayores los niveles de violencia urbana, con algunas excepciones. Por ejemplo, el caso de Venezuela, donde más allá de los juicios que uno puede tener sobre el gobierno actual, los niveles de desigualdad han disminuido, sin embargo la violencia ha aumentado. Lo mismo que en Argentina”.

    El sociólogo caracterizó este fenómeno señalando que “no es democrático. No afecta a todos por igual. Se concentra en zonas más pobres de las ciudades de América Latina por un sin número de motivos. Pero curiosamente quienes más hablan de la inseguridad y la violencia no son los más afectados. Quienes más hablan, los más preocupados y los que más se protegen contra la violencia son los menos afectados. Si uno ve donde están las tasas de homicidio, la manera en la que se mide la violencia de alguna manera más justa, más adecuada, estas se concentran en los espacios más bajos del espacio social”.

    “Las chances que uno tiene de morir por una puñalada o por un tiro son muchas más altas cuando uno más bajo esté en el espacio social”, finalizó Auyero.

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  8. Control de identidad preventivo a la clase política

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Si lo que quieren es facilitarle la tarea a la fiscalía para identificar a personas que han violado la ley, los parlamentarios deberían legislar para que el Ministerio Público tenga acceso a sus cuentas bancarias. Ese control preventivo por sospecha tendría un retorno mucho mayor en la tarea de identificar a personas que han delinquido que el discriminatorio control preventivo de identidad.

    Si aplicáramos la misma lógica que han usado las autoridades para defender la reforma que establecerá el control de identidad preventivo, deberíamos pedirle a los parlamentarios que se sometan a una revisión preventiva de sus cuentas bancarias por parte de la fiscalía. Después de todo, es más probable que un parlamentario haya cometido un delito al recibir financiamiento irregular para la política a que un ciudadano que aleatoriamente sea abordado por Carabineros tenga cuestiones pendientes con la justicia.

    Pese a querer diferenciarse del legado de los gobiernos anteriores, la administración de Bachelet ha sido incapaz de formular una política de seguridad pública distinta a las promovidas por administraciones pasadas. Ante la creciente percepción de inseguridad, el gobierno ha hecho propia la agenda conservadora que propone coartar las libertades individuales en aras de garantizar mayor seguridad. Un ejemplo de esa agenda es el control preventivo de identidad, que ha sido aprobado en el Senado y está en discusión en la Cámara. La iniciativa, promovida por el propio gobierno, ha sido fuertemente criticada por diversos expertos en Derechos Humanos y seguridad. Si los gobiernos a veces borran con el codo lo que escriben con una mano, impulsar una reforma que establece el control de identidad preventivo constituye la más contradictoria de las decisiones de la Presidenta Bachelet respecto a lo que ella prometió hacer cuando era candidata y respecto a las posiciones que ha defendido desde La Moneda.

    Es verdad que hay argumentos poderosos para exigirle al gobierno medidas efectivas contra la inseguridad. El combate a la delincuencia se ha consolidado como una de las prioridades de gobierno que la gente estima como más importante. Como el gobierno del Presidente Piñera falló en su promesa de cerrar la puerta giratoria a los delincuentes (sus críticos dijeron que los delincuentes habían robado la puerta giratoria), el gobierno de Bachelet ha visto la oportunidad de apropiarse de un tema que tradicionalmente favorecía a la derecha.

    Pero no hay evidencia que demuestre que el control preventivo de identidad ayude a disminuir la delincuencia. Sí sabemos que ese tipo de medidas terminan siendo discriminatorias contra las personas de menores ingresos -especialmente hombres jóvenes- que tienden a ser considerados sospechosos de delinquir. De ahí que resulta paradojal que un gobierno de izquierda haya decidido hacer propia una política que es internacionalmente sindicada como discriminatoria contra los jóvenes de bajos ingresos.

    Algunos de sus defensores en el Congreso argumentan que el control preventivo de identidad logrará reducir la cifra de sobre 60 mil órdenes de detención pendientes que existen en el país. Argumentando que “el que nada hace, nada teme”; los legisladores han dicho que el costo que pagarán los ciudadanos respetuosos de la ley al someterse a un control de identidad es mínimo comparado con el beneficio que se producirá al aprehender a personas que han violado la ley.

    Como hay una persona con orden de detención pendiente por cada 300 chilenos, el argumento parece razonable. Pero esa misma lógica permite argumentar a favor de que la fiscalía tenga acceso a las cuentas bancarias de todos los parlamentarios. Después de todo, como uno de cada quince parlamentarios está implicado en investigaciones de financiamiento irregular de la política, la probabilidad de encontrar a alguien que haya cometido delito es más alta que cuando se realiza control preventivo a ciudadanos en la calle. Además, como el que nada hace, nada teme, todos los parlamentarios deberían abrir sus cuentas bancarias con la misma disposición a colaborar que los ciudadanos deberán tener al mostrar sus documentos de identidad cuando sean requeridos. Es verdad que el acceso a las cuentas bancarias es una invasión mayor a la privacidad que mostrar un carné de identidad, pero la probabilidad de que haya un parlamentario involucrado en actos de financiamiento irregular de la política -y el daño promedio que esos actos implican para el fisco- es también mayor al que implica el control de identidad preventivo.

    El gobierno está en deuda en su capacidad para combatir la delincuencia y dar garantías de seguridad a la población. Pero el control preventivo de identidad no va a producir los efectos que la opinión pública demanda. Como el gobierno ha insistido en su postura, le corresponde a la Cámara de Diputados introducir algo de sentido común en el proceso legislativo. Si lo que quieren es facilitarle la tarea a la fiscalía para identificar a personas que han violado la ley, los parlamentarios deberían legislar para que el Ministerio Público tenga acceso a sus cuentas bancarias. Ese control preventivo por sospecha tendría un retorno mucho mayor en la tarea de identificar a personas que han delinquido que el discriminatorio control preventivo de identidad.

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