El lento ocaso del conglomerado oficialista no debiese implicar el fin de aquella forma de hacer política –morirá la Concertación, pero no morirán los pactos–. Al no existir ninguna fuerza política que supere con suerte el 25% de los votos en el Congreso, no hay otra posibilidad que buscar pactos para gobernar. La tesis del camino propio queda descartada, toda vez que no existe ninguna fuerza política que, en un horizonte futuro próximo, pueda convertirse en partido mayoritario, ni en la derecha, el centro o la izquierda. Quizás muera la Concertación, pero lo que no morirán son los pactos políticos para administrar el poder.
Para entender la importancia del anuncio democratacristiano, debemos retrotraernos unas décadas. A mediados de los 80, se dio un significativo y todavía vigente debate sobre el objetivo de lo que después conocimos como la Concertación. Angel Flisfisch (1985) definió el dilema que enfrentaban las fuerzas opositoras a Pinochet como uno entre formar un pacto o avanzar hacia un proyecto –el dilema pacto/proyecto–.
En ese entonces, algunos sectores políticos sostenían que la única posibilidad de terminar con la dictadura era mediante un pacto que autorregulara las demandas de los partidos y que generara un acuerdo entre fuerzas que se reconocían como diferentes. Se trataría de un pacto táctico, instrumental, basado en objetivos compartidos, aunque no idénticos. Otros sectores, en cambio, favorecían la idea de un “proyecto político”, esto es, la generación de una voluntad general que buscaba producir transformaciones graduales aunque sustantivas del sistema político, social y económico del país.
Así, desde su origen, los concertacionistas enfrentaron repetidamente una tensión entre estas dos formas de concebir al conglomerado –como pacto o como proyecto–. Esta cuestión no es menor, por cuanto plantea un asunto todavía más sustantivo respecto de la gobernabilidad política del país: ¿es posible garantizar un marco de gobernabilidad democrática sin el concurso del centro y de la izquierda? ¿Qué mecanismos garantizan la resolución de conflictos dentro de cualquier coalición?
Ante todo, debemos tener en cuenta que en el germen de la Concertación existían tres imperativos.
Primero, se requería reconocer que los proyectos excluyentes de izquierdas y del centro político habían fracasado estrepitosamente. El “Camino Propio” de la DC y la “Vía Chilena al Socialismo” de la Unidad Popular respondían a una forma de concebir la política desde una lógica de enemigos frente a los cuales no era posible realizar concesiones. Recordemos que en ese entonces no se transaría un programa “ni por un millón de votos”. Recordemos que otros querían “avanzar sin transar”. Y, desde la vereda de enfrente, se señalaba: “No hay mejor comunista que un comunista muerto” o “junten rabia, chilenos”. La Concertación se transformaría en la antítesis de aquella forma de concebir la política, por cuanto la falta de acuerdos podría gatillar tal nivel de polarización que terminaría en un golpe de Estado.
El segundo imperativo es que la Concertación se estableció como el acuerdo político más viable para terminar con la dictadura. El camino de la desobediencia civil y de la vía armada quedó definitivamente descartado después del atentado fallido en contra del general Pinochet en septiembre de 1986. El único camino fue vencer a la dictadura jugando en la cancha y bajo las reglas que el propio Pinochet impuso. El pacto de centroizquierda nació para terminar con la dictadura y lo consiguió.
El tercer imperativo fue que la Concertación se planteó como la única opción de gobernabilidad democrática. La derecha política conservadora y liberal estaba tan íntimamente ligada a la dictadura, que apoyó a Pinochet en su intento por mantenerse en el poder por 8 años. Luego, justificaría las violaciones a los derechos humanos, defendería el legado del régimen y se abanderaría con el propio dictador. En ese contexto, para el centro y la izquierda resultaba inviable la opción de considerar a las fuerzas políticas de derecha como “democráticas”. Se estructuró, de este modo, la línea de división o clivaje dictadura-democracia que porfiadamente nos acompaña hasta nuestros días (baste observar la relevancia del debate sobre “Punta Peuco”).
Así, el peso histórico que recaía en la Concertación era triple: no repetir los errores de un pasado, conseguir una conquista electoral en contra del dictador y garantizar la gobernabilidad democrática futura.
Tan potente era el alcance de dicha coalición, que algunos intelectuales llegaron incluso a concebirla como un proyecto de gran alcance y que se materializaba en lo que se denominó el partido transversal –ese grupo de actores que adquirieron una complicidad colectiva para defenderla–. Sin embargo, la coalición siempre reunió a un conjunto de actores que provenían de culturas políticas muy diferenciadas. A la hora de definir los programas, se excluían temas espinudos (aborto, por ejemplo) y se negociaban cupos o espacios de poder cuidadosamente. El partido transversal gobernaba las diferencias, pero ello nunca permeó las lógicas internas partidistas y de ahí que siempre terminaba subsumida en negociaciones entre el centro y la izquierda.
Ahora bien, si el objetivo concertacionista de gobernar las diferencias sigue siendo pertinente, ¿por qué vemos que esta alianza crítica entre el centro y la izquierda se diluye?
Varias cuestiones han cambiado y que podrían explicar este resultado: 1) el deterioro electoral de la Democracia Cristiana que, de ser el partido dominante de la coalición, se transformó, en poco más de dos décadas, en una fuerza equivalente o menor a la suma de los partidos de izquierda; 2) el reemplazo del sistema binominal que eliminó el incentivo de competir en una misma lista parlamentaria para asegurar cupos en el Congreso; 3) la inclusión del PC en el conglomerado, que acentuaría el carácter instrumental del pacto; y 4) el progresivo retiro político de los históricos concertacionistas y la ausencia de un reemplazo generacional que sustente los mismos imperativos que la organizaron.
Pero el lento ocaso del conglomerado no debiese implicar el fin de aquella forma de hacer política –morirá la Concertación, pero no morirán los pactos–. Al no existir ninguna fuerza política que supere con suerte el 25% de los votos en el Congreso, no hay otra posibilidad que buscar pactos para gobernar. La tesis del camino propio queda descartada, toda vez que no existe ninguna fuerza política que, en un horizonte futuro próximo, pueda convertirse en partido mayoritario, ni en la derecha, el centro o la izquierda. Los partidos políticos en Chile están condenados a pactar, a negociar, a sentarse a la mesa y estructurar gobiernos de coalición. Quizás muera la Concertación, pero lo que no morirán son los pactos políticos para administrar el poder.
Si pactar es condición necesaria para alcanzar el poder, la pregunta relevante se relaciona con el tipo de configuración que adquirirán las coaliciones en el futuro, y las opciones no son muchas. El centro político podría llegar a pactar con la derecha, siempre y cuando aquella derecha se desligue del legado de Pinochet. Programáticamente RN, Evópoli, Amplitud y la DC no están tan lejos, por lo que no sería extraño observar un acercamiento que, de hecho, en años pasados ya se ha producido. Pero el centro político podría seguir pactando con la izquierda moderada, toda vez que se mantengan ciertas orientaciones programáticas básicas y exista una historia común. El eje histórico DC-PS podría recurrir a los componentes progresistas de la Democracia Cristiana y al pragmatismo socialdemócrata del socialismo.
Un tercer arreglo, menos probable hasta hoy, es la conjunción política futura de la izquierda concertacionista (PPD, PS, PC) con cualquier actor de izquierda, incluyendo al Frente Amplio.
Esta última coalición todavía es una promesa, por cuanto su caudal electoral es mínimo, pero, si llegase a constituirse en una fuerza más relevante en los próximos 10 a 20 años, podría hipotéticamente darse este escenario. Lo anterior, obviamente, colocaría al Frente Amplio en la difícil posición de pactar con fuerzas políticas moderadas, lo que hasta el día de hoy constituye una suerte de sacrilegio para muchos de ellos. Principistas y pragmáticos debatirán arduamente sobre la oportunidad para negociar con las fuerzas políticas moderadas. Esperemos acumular fuerzas, dirán algunos, abramos espacios de diálogo y compromiso programático, dirán otros.
El asunto central y clave de esta historia dice relación con la forma de concebir la política en Chile: como fuente de compromiso y acuerdo o como campo de confrontación y exclusión. La estructura multipartidista y la ausencia de partidos mayoritarios, fuerza una lógica de compromisos dentro de la Nueva Mayoría, al interior de Chile Vamos e incluso dentro del protofenómeno del Frente Amplio. Sin compromisos, no se generan mayorías políticas; sin mayorías electorales, no se conquista el poder; y sin llegar al poder, no se avanza en las ideas de cambio social que cada coalición aspira a representar.
Esta es la paradójica situación del momento actual: a la muerte de la Concertación, le seguirá una larga vida hacia otros modos de concertarse. La representación en sistemas multipartidistas no admite muchas más opciones: o buscas el compromiso y el acuerdo para asegurar aquellas mayorías para gobernar o, simplemente, tensionas el sistema y pereces. Y el sistema político ha experimentado, no uno, sino varios momentos críticos de confrontación radical de proyectos políticos excluyentes. De ahí que una cuestión fundamental a debatir se refiere a la forma en que los partidos y actores del proceso político resuelven o evitan resolver sus conflictos.
Pese a que Carolina Goic quiere desmarcarse de los conceptos de izquierda y derecha, desde la militancia y la ciencia política aseguran que el partido tiene bien definida su posición ideológica, más allá de que a los actores políticos no les guste utilizar el concepto.
Es frecuente escuchar en la retórica de nuestros representantes políticos, a la hora de criticar una reforma, por ejemplo, acusar que las ideas están ideologizadas. El pasado martes, la candidata presidencial de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, aseguraba en El Mercurio que “los ideologismos, tanto de izquierda como de derecha, están agotados”.
La Real Academia define la palabra ideología como el “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o un movimiento político”. La congresista y timonel de la DC propone recuperar el camino del “diálogo y el reencuentro”, pero no transparenta un posicionamiento claro, más allá de los eslóganes que coinciden con sus ideas en la campaña.
Esto es criticado por históricos de la DC, como el ex senador Mariano Ruiz-Esquide, quien sostiene que el centro político no es el lugar en que se ha movido la DC en los últimos años, sino que es la centroizquierda, una determinación tomada por la Junta Nacional del partido. “Ella dice que no estamos ni en la izquierda ni en la derecha, que no es el tiempo. ¿Entonces cuál es el tiempo? ¿El centro? Porque en la Junta lo que se habló permanentemente es que estamos en la centroizquierda y que seguimos en la Nueva Mayoría, bajo eso se votó. Si después me vienen a decir que estamos en el centro, ya pasaron también los tiempos en que el partido era ni fu ni fa”, expresa.
Ruiz-Esquide además espera que durante las próximas semanas no se tergiverse lo decidido por la Junta Nacional, algo que ve hoy de parte de algunos militantes del partido.
Desde fuera, el cientista político de la Universidad Diego Portales, Claudio Fuentes, explica que esta retórica de los actores políticos se debe a que estamos en un tiempo donde la ciudadanía rechaza a las instituciones, por lo que la ideología se considera algo negativo. En consecuencia, Goic busca desmarcarse de esto.
Por otra parte, Fuentes señala que desprender a la DC del concepto de ideología es algo imposible técnicamente: “Es una falacia, porque cualquier iniciativa política, cualquier desafío de política pública, implica ciertos niveles de ideologización, porque detrás de cualquier decisión hay ciertos marcos de comprensión de cómo funciona la política, el Estado, la sociedad. Esos principios delimitan lo que es la ideología”, aseveró el especialista.
Por su parte, el diputado DC Jorge Sabag dice que su candidata acierta. El congresista critica que este Gobierno ha tenido mucho “sesgo ideológico”, asegurando que su partido está libre de esto. “Una cosa es doctrina, ideas políticas, y otra es una ideología, que es una simplificación de la realidad, una reducción a categorías básicas, como suele hacerse. Por ejemplo, el Partido Comunista descalifica a la oposición venezolana porque dicen que es fascista. Eso es una reducción”, señaló.
La DC se fundamenta en el humanismo cristiano. El partido ha evidenciado la influencia eclesiástica históricamente, sobre todo al momento de proyectos valóricos, como lo fue en su momento la ley de divorcio o como es actualmente el aborto, donde la colectividad ha sido una barrera ideológica a los cambios de nuestra sociedad. En materia económica, en tanto, nunca ha rechazado el neoliberalismo y se ha limitado a que este sistema contenga algo de justicia social.
En el presente, intentan desmarcarse del resto de los partidos de la Nueva Mayoría que tienen un perfil más “progresista”, lo que mantiene al conglomerado en una serie de disyuntivas debido a cómo esto ha dirigido las decisiones políticas de la DC.
La decisión de la DC de entrar directo a la primera vuelta presidencial llevó a plantear la idea de que la Nueva Mayoría llegó a su fin. Acá, distintas figuras y analistas políticos responden a la pregunta si el actual escenario es comparable con el de fines de los ’60, la llamada época de los “tres tercios”.
Un fantasma recorre la política chilena las últimas semanas: el fantasma de los “tres tercios”. O mejor dicho, el retorno de las tres fuerzas predominantes entre 1958 y 1973: la izquierda, el centro -encarnado por la Democracia Cristiana- y la derecha. Esto, ya que al liderazgo indiscutido del ex presidente Sebastián Piñera en Chile Vamos se sumaron el portazo del Partido Socialista a Ricardo Lagos, la decisión de la DC de llegar con Carolina Goic a primera vuelta y el fuerte ascenso que registró Beatriz Sánchez en la encuesta Adimark.
Ante este movimiento de piezas en el panorama político chileno, ya hay voces que se aventuran a ratificar la tesis de los tercios. Desde el Partido Socialista, su vicepresidente e histórico dirigente Camilo Escalona declaró la semana pasada a revista Caras que la DC llegando sola a primera vuelta “es un cambio cuyas consecuencias son imprevisibles, porque significa modificar y alterar el conjunto de la cultura política con la cual se ha restablecido la democracia desde la campaña del No hasta ahora. Se volvería a los tres tercios. Eso no es poco”.
Por otro lado, el analista y académico de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Diego Portales (UDP), Claudio Fuentes, declaró el martes 2 a Emol que observaba una “vuelta al tradicional debate de los tres tercios en la política chilena, con una derecha más conservadora, con un centro político que puede estar siendo disputado por Guillier y Carolina Goic, y con una izquierda que va a estar representada por Beatriz Sánchez”.
“La decisión de la DC no nos retrotrae a los tres tercios”, declara enfáticamente Antoine Maillet, doctor en Ciencia Política y profesor del Instituto de Asuntos Públicos (INAP) de la Universidad de Chile.
En el análisis de Maillet, el camino propio de la DC “no tiene vuelta atrás, al parecer”, pero ocurre en un momento de fragmentación política que va más allá de sólo tres sectores. Junto con señalar que dicho fenómeno es producto del nuevo sistema electoral, el académico chileno-francés asegura también que el escenario es positivo, ya que es “una representación más próxima a la realidad de Chile”.
Pero el cambio en el sistema electoral binominal no sería el único factor de fragmentación política. “Hoy las diferencias políticas se transan más difícilmente que hace unos años o décadas atrás”, explica Antoine Maillet, poniendo como ejemplo las elecciones primarias de Estados Unidos, cuando los votantes de Sanders dudaron si apoyar o no a la también demócrata Hillary Clinton. “Ahora en Francia se anticipa que es difícil que los votantes de los candidatos eliminados voten por Macron o Le Pen. La DC busca su camino propio intentando competir también contra las nuevas fuerzas”, añade.
Tomando en cuenta las candidaturas que considera más sólidas, Maillet resalta al menos cuatro candidatos “que para mi presentan propuestas distintas. Si a eso le sumamos los candidatos satélite, como Parisi -en un sentido más populista- e incluso Ossandón, no hay un escenario alineado en tres tercios. Conceptualmente es una categoría histórica de Chile, interesante, pero no es lo que está ocurriendo hoy”, cierra.
Según el creador de la encuesta GFK Adimark, Roberto Méndez, el apoyo a la periodista y precandidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, se encuentra principalmente en los jóvenes del estrato medio y alto. Es allí donde la postulante respaldada por Revolución Democrática y Movimiento Autonomista creció explosivamente de un 2% a un 11% de menciones espontáneas.
¿Involucra su irrupción en las encuestas el ingreso de una nueva masa electoral de izquierda que configure los tres tercios? El historiador y profesor de la Universidad Finis Terrae, Luis Thielemann, cree que no y además repasa la idea de que ese orden es el permanente en el último siglo.
“Claudio Fuentes ha hablado del ‘tradicional’ modelo de los tres tercios. Si tú te fijas, los tres tercios fueron una década, entre el ‘58 y el ‘73, y en realidad sólo dos elecciones son estrictamente así, porque la del ‘64 es fundamentalmente en torno a dos polos. En la historia de Chile es más frecuente la bipolaridad política, un polo conservador y otro liberal progresista”, asevera.
Pero el historiador también apunta a la composición profunda de las fuerzas políticas. En su análisis, hitos como la fundación de la CUT en 1953 y la revuelta de 1957 contra Ibáñez del Campo que fue conocida como “La batalla de Santiago” generaron en los sectores populares “una autonomía que les permitió crear un polo de izquierda, algo que no existía antes del ‘58”, rompiendo así con ese antagonismo de sólo dos fuerzas.
Esto, apuntando a que el anterior Frente Popular fue fundamentalmente una alianza del centro y la izquierda. “Lo que hay que entender al hablar de tercios, alianzas o polos es que son grupos sociales que se representan políticamente, no sólo partidos”, dice Thielemann. Y, en su mirada, la nueva diversidad de partidos y movimientos políticos no ha significado el acercamiento de más personas a la política.
“Este quiebre de la DC con la Nueva Mayoría es un intento por repartir la torta en más manos, pero eso no quiere decir que vuelvan los tres tercios. Es la misma política de la transición pero dividida en más trozos, y cuando se ve la encuesta Adimark de ayer, Beatriz Sánchez crece a costa de Guillier. Lo que nadie comenta de la encuesta es que los votantes de Sánchez son de sectores medios y altos”, señala el historiador, añadiendo que “ese 80% de Puente Alto que no vota no ingresa a votar por Sánchez ni por la DC hasta el momento”.
Aún está por verse si la abstención se mantiene o sube respecto a las últimas presidenciales. Para el analista Antoine Maillet, un factor a favor de mayor participación es que la elección no tiene una opción tan nítidamente ganadora como el 2013 con Michelle Bachelet.”Si Carolina Goic va efectivamente a primera vuelta el Frente Amplio, tiene una posibilidad de pasar a segunda”, pronostica, apuntando que “todo va a depender de cuánto se estrechen los números de apoyo” de la senadora DC, de Alejandro Guillier y de Beatriz Sánchez en los próximos meses.
Parte de la élite de la Democracia Cristiana quiere entregarse tempranamente a Ricardo Lagos. Es un error. Hacerlo y al mismo tiempo esperar que emerjan nuevos liderazgos en el partido es un contrasentido.
El PDC está a la espera de la próxima encuesta CEP. Ahí se verá si Walker sube su evaluación, si Burgos se mantiene en los top ten o si Carolina Goic explota como nuevo liderazgo. Mientras, parte de la élite DC quiere entregarse tempranamente a Lagos. Esto es incomprensible. Esperar que emerja un nuevo liderazgo en el partido, y al mismo tiempo respaldar a Lagos, es un contrasentido. Los ciudadanos premian a los líderes que asumen riesgos y castigan a los que juegan pensando más en el error del rival que en los méritos propios.
Daré cuatro argumentos de por qué es un error del PDC apoyar hoy a Lagos, más aún luego que defendió la tesis de que Chile vive una crisis institucional. El primero: la debilidad de Lagos como candidato presidencial. El ranking de evaluación de políticos de Cadem muestra que, en julio, Lagos ocupaba el lugar 11, y era superado por Orrego, Burgos y Mariana Aylwin. Si bien el ranking no es sinónimo de intención de voto, informa sobre los niveles de rechazo de un candidato. En 2009, por ejemplo, la encuesta CEP de mayo ubicó a Frei en el lugar 8 del ranking, retrocediendo al puesto 13 en la medición de octubre. Piñera siempre se mantuvo dentro de los top 10, aunque entre el séptimo y octavo lugar. Al parecer, estar top tenentrega ventaja a la hora de convertir las evaluaciones en votos. De acuerdo a esa métrica, Lagos no es hoy un candidato fuerte.
Lo segundo tiene que ver con el perfil de Lagos. Cuando dejó la presidencia lo hizo con altos niveles de aprobación, que según la encuesta UDP de 2005 estaba determinado por el nivel socioeconómico de la gente: en el ABC1 obtenía cerca del 80%, bajando en los estratos más pobres. La vocación programática del PDC va por el carril opuesto. Sus bases de apoyo están en quienes se muestran más renuentes a la figura de Lagos. Es difícil que un ABC1 se sienta perjudicado por el Transantiago, a diferencia de grupos de clase media y los más pobres. Por tanto, sería incongruente que el PDC respalde a un candidato cuyo recuerdo no es bueno para las bases DC. Además, Lagos intervino directamente para sacar de la carrera presidencial de 2005 a Soledad Alvear a favor de Michelle Bachelet. Más grave que lo de MEO en 2009, quien al menos quiso competir dentro del pacto, es que un presidente haya operado para liquidar a uno de los liderazgos más pujantes del partido.
Mi tercer punto es sobre la negativa de Lagos a competir en primarias: el PDC tiene un trauma por los resultados de 1999 y 2013. Pero ese trauma se debe superar.
En 2013, Orrego no fue el candidato favorito de sus propios camaradas. Las cifras son elocuentes: tuvo mejor votación en las comunas donde el PDC era débil. En Vitacura y Las Condes bordeó el 20%, duplicando su promedio nacional. En zonas fuertes DC Orrego sucumbió incluso ante Velasco. La lección es clara: el candidato presidencial del PDC debe tener a disposición no sólo la militancia, también a los representantes del partido. Si Lagos está seguro de ganar, que lo haga en una primaria de centroizquierda, incluyendo a MEO. Si no está dispuesto, el PDC competirá con su candidato, enrostrándole a Lagos su nula disposición a competir. Entonces, Lagos 2017 se parecerá más a Frei 2009, que no quiso primarias, que a Lagos 1999, que sí aceptó el mecanismo.
Mi cuarto argumento es sobre la lectura que desde la izquierda se ha hecho sobre las preferencias políticas de los chilenos. El gobierno de Bachelet ha sido muy mal asesorado. Basado en una encuesta del PNUD se concluyó que los chilenos estaban más politizados y polarizados. Pero las cifras estaban sobreestimadas, porque el terreno se realizó en plena campaña presidencial y es normal que entonces haya más politización y polarización. Sin embargo, se hizo caso omiso de aquello y se imaginó un Chile montado en una retroexcavadora. Pero se demostró lo contrario: los chilenos siguen siendo moderados y, en términos de demanda por mayor participación y “empoderamiento”, la evidencia del proceso constituyente es contundente: sólo el 0,6% de la población participó de los cabildos ciudadanos. Es acá donde el PDC debe aparecer con propuestas que difícilmente serán defendidas por Lagos. El candidato del PDC debe ser puente de comunicación entre los chilenos, el ferrocarril del empleo y el MOP de la reconstrucción nacional.
Durante el primer año en el poder, los partidos de la Nueva Mayoría lograron pasar una serie de proyectos de ley que ensalzaron a la coalición como la más poderosa desde la vuelta a la democracia. Nunca hubo un gobierno que tuviese tantos votos en el Congreso, y que pudiese legislar sin el visto bueno de la oposición.
Hoy la situación es radicalmente distinta. Muchos sugieren que la exitosa coalición se derrumba en cámara lenta. Dicen que la voluntad de los partidos para coalicionar en la elección de 2013 ya no existe. Indican que la tortuosa relación entre los dos partidos extremos -la Democracia Cristiana y el Partido Comunista- es la principal culpable. Sobran razones para pensarlo.
Hace algún tiempo, el líder fáctico de la DC, Gutenberg Martínez, advirtió que la Nueva Mayoría no era más que un acuerdo político-programático con fecha de caducidad, generando el primer oleaje de rumores. Hace una semana, el presidente del PC, Guillermo Teillier, amenazó con abandonar la coalición e incluso salir a la calle a protestar si el gobierno renunciaba al programa.
Manejar la relación política entre ambos partidos ha probado ser una tarea compleja. La líder de la coalición, Michelle Bachelet, ha tenido que dar y quitar para mantener a ambos partidos en la coalición. En el primer año, la Presidenta privilegió al PC, implementando una agenda progresista. Pero hace poco dio un vuelco hacia la DC, moderando las reformas y adoptando una perspectiva “realista”.
Este complejo vaivén es lo que sugiere el eventual quiebre. Es difícil pensar que el poder se pueda distribuir pendularmente, entre la DC y el PC, de forma estable. No sólo es ineficiente gobernar de forma progresista un año y de forma moderada el próximo, sino que es un método de gobierno ineficaz si se pretende lograr metas a largo plazo.
Ahora bien, aunque los rumores de quiebre de la Nueva Mayoría son fundados, también hay razones para pensar que la coalición podría seguir adelante. La interacción entre el sistema electoral y el sistema de partidos mantiene los incentivos para formar coaliciones. Incluso, lo más probable es que en las próximas elecciones existan más partidos y más coaliciones que nunca antes.
Ergo, la pregunta relevante es: ¿cuál será la distribución de los partidos en coaliciones a la izquierda del centro? Hay al menos tres escenarios plausibles. El primero es que la Nueva Mayoría se mantenga intacta y repita la alineación titular de 2013. El segundo escenario es que la DC compita por sí sola en el centro, y el tercer escenario es que el PC se desprenda hacia la izquierda.
Entre estos tres escenarios, la opción de mantener la alineación titular de la Nueva Mayoría es la más probable. Caballo que gana repite. Al fin y al cabo, los partidos han logrado pasar reformas importantes, y los problemas parecen ser solucionables. Las disputas entre las cabecillas tienen más forma de bluffs para ganar tiempo y espacio para fijar la agenda de la coalición.
Pero el escenario de la DC en el centro también tiene sentido. Principalmente porque significaría volver a su lugar natural. Dado que el partido fue fundado en el centro, sería una decisión que las elites podrían fácilmente explicar a los militantes. Además, tendría sentido que los partidos más progresistas de la actual coalición operaran desde su propio nicho.
El tercer escenario es que el PC siga su propio camino. Tiene sentido, pues con el nuevo sistema electoral ya no tendrán la misma dificultad para acceder al Congreso. Podrán fácilmente mantener a sus seis diputados sin la necesidad de tener que transar sus principios ideológicos. Asimismo, la DC junto a los socialistas podrán retomar el pacto que los hizo la coalición más exitosa de los noventas en la región.
En definitiva, si bien los rumores de un quiebre en la Nueva Mayoría tienen fundamentos, en ningún caso sería un quiebre total. En el peor escenario uno de los partidos extremos abandona el buque. Incluso, si cualquiera de los dos lo hace, la Nueva Mayoría tendría más coherencia de la que tiene hoy. Es decir, se transformaría en una verdadera coalición progresista, o volvería a sus raíces.
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP.
La elección interna de la DC en 2013, entre Ignacio Walker y Aldo Cornejo, arrojó una participación cercana a los 23 mil 500 militantes. La primaria presidencial entre Ximena Rincón y Claudio Orrego convocó a casi 57 mil ciudadanos. En ambas existía cierto grado de incertidumbre respecto a la distancia entre el primero y el segundo. Esto no sucede con la elección interna que enfrentará la DC este domingo.
Todo indica que la lista oficialista encabezada por Jorge Pizarro ganará por amplio margen. A diferencia de la interna del PS, en la DC la elección causa escaso entusiasmo, y el gran desafío consiste en llevar a votar al mayor número de militantes posible. La tarea es difícil y sólo resta esperar que no se produzca ninguna clase de bochorno dada una eventual escuálida participación.
En el pasado, la elección interna de la DC era casi una primaria presidencial. Ser presidente del partido más grande daba ventaja a la hora de definir el candidato. Hoy la situación es muy distinta. Los años dorados de la DC no son más que un buen recuerdo. En 1992, por ejemplo, el partido llegó a gobernar a más de la mitad de los chilenos con sus 146 alcaldes. La DC obtenía un tercio de la votación y los identificados con el partido de acuerdo a las encuestas del CEP bordeaban el 35%. A eso hay que sumar una masa de concejales que casi llegaba a los 500, y una bancada de diputados que en 1993 era de 37. Si en 1992 la colectividad obtenía más de un millón 800 mil votos, en 2012 obtuvo poco más de 800 mil. A nivel de liderazgos, dentro de los 10 políticos mejor evaluados en las encuestas del CEP, la DC llegó a tener siete en la década de los ’90. Hoy sólo tiene uno: la ministra Rincón.
A pesar de este panorama, el partido que entrega Ignacio Walker está en mejores condiciones a como lo recibió. En la elección de diputados de 2009, la tienda política obtuvo poco más de 940 mil votos, mientras que en 2013 -y a pesar que el voto era voluntario- sobrepasó los 967 mil. Adicionalmente, aumentó su bancada de diputados de 19 a 21. En los comicios locales pasó algo similar. Si en 2008 los alcaldes de la colectividad gobernaban al 16% de los chilenos, en 2012 la cifra bordeó el 18%. En la elección de concejales 2012, en tanto, si bien se produjo una caída de 140 mil votos respecto a 2008, el porcentaje se mantuvo casi sin variación. Todo esto lleva a pensar en una buena evaluación para la gestión de Walker. Aunque su insistencia en los “matices” con el gobierno le costó más de un conflicto dentro de la DC, se negó a la sumisión frente a la izquierda. Cuando las marchas y protestas parecían dirigir los destinos del país, Walker puso la pausa y la mesura.
Las tareas para el próximo presidente del partido serán complejas. En primer lugar, deberá lidiar frente al cambio de gabinete que hará la Presidenta una vez que amaine la tormenta producida por los sucesivos escándalos. En segundo lugar, tendrá como tarea organizar las elecciones municipales de 2016, definiendo si la colectividad opta por una o dos listas de concejales. Si es lo segundo, habrá que determinar con qué partido armar el pacto. Está claro que a la DC le conviene la competencia en dos listas.
Al fracturar a la izquierda, el partido hace rendir más eficientemente sus votos, tanto así que si en 2012 hubiese competido en una sola lista, habría perdido cerca de 50 concejales. En tercer lugar, el próximo presidente del partido tendrá como tarea establecer el mecanismo de definición del candidato presidencial si es que emergen figuras relevantes. Por ahora, destacan la ministra Rincón (top ten en el CEP) y el propio Walker. Habrá que determinar si el mecanismo de selección del candidato es por aclamación o si se opta por las primarias. Sea como sea, la DC debe levantar una figura presidencial frente a la izquierda. De lo contrario, nuevamente será simple comparsa dentro del gobierno (si es que se gana la presidencial de 2017). Finalmente, el nuevo presidente debiese impulsar un congreso estratégico, restándole protagonismo a los congresos programáticos, que implican un desgaste innecesario y que poco efecto tienen en la ciudadanía.
En el marco de la discusión sobre la reforma que sustituye el sistema electoral binominal por uno proporcional e inclusivo, surge la necesidad de reflexionar en profundidad sobre los posibles mecanismos de representación política para los pueblos indígenas en Chile. Para esto, se propone el seminario “Pueblos Originarios y Representación Política”, el cual se perfila como un espacio en que los mundos académico y legislativo presenten y analicen las distintas propuestas sobre esta temática.
Este seminario es organizado por el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas, ICIIS, el Centro de Estudios Públicos, CEP, y la Fundación Chile 21. Además, cuenta con el patrocinio del Senado de la República y la Cámara de Diputados.
El evento se desarrollará el lunes 19 de enero, a partir de las 16:30 horas, en el Salón Los Presidentes del ex Congreso Nacional, ubicado en calle Morandé 441.
Expositores:
-Hugo Gutiérrez, diputado PC.
-Pedro Browne, diputado Amplitud.
-Fuad Chahín, diputado Democracia Cristiana.
-Salvador Millaleo, Fundación Chile 21.
-Ximena Soto, Universidad Diego Portales
-Ignacio Astete Nahuelcoy, coodinador nacional Wallmapuwen.
-Marcela Ríos, PNUD.
-Isabel Aninat, CEP
Columna publicada el 19 de junio de 2014 en La Tercera
Aunque es muy temprano para especular sobre la futura carrera presidencial, los mismos aspirantes ya están jugando sus fichas.Mientras la Alianza confía en el liderazgo de sus dos senadores por la Región Metropolitana, en la Nueva Mayoría la competencia, muy probablemente, será entre representantes de sus partidos y candidatos independientes. Entre ellos, Andrés Velasco.
La única posibilidad de que Velasco asome como un serio aspirante a La Moneda es aliándose con algún partido de la Nueva Mayoría. El camino de la independencia y del desprestigio hacia los partidos,afortunadamente para Chile, es la ruta equivocada. Si Enríquez-Ominami se está acercando a la Nueva Mayoría, no hay razón para que Velasco tome un camino distinto.
A pesar del cambio al sistema electoral, el hecho de pertenecer a una de las dos grandes coaliciones es una enorme ventaja. Por ahora, esa ventaja corre por el lado de la Nueva Mayoría.
En la dinámica de tira y afloja en que se encuentra el PDC con los partidos de izquierda, hay suficiente espacio para generar una candidatura crítica de la derecha, pero también sospechosa de los partidos de izquierda.Además, ese representante debe contar con un atributo central para el PDC: moderación en los cambios institucionales, y particular vocación por los pobres y la clase media. Velasco cuenta con una información adicional. Sabe que el PDC jamás respaldará la candidatura de Enríquez-Ominami y que, de someterse a una primaria, redoblará sus esfuerzos para triunfar con otro candidato, incluido el mismo Velasco.
Naturalmente, esto no es excluyente con la posibilidad de que el PDC levante un candidato propio. Esto dependerá de cuán decidida esté Ximena Rincón. Por ahora, es la única representante del partido que goza de cierta popularidad.
¿Cuál es el problema de Velasco? Los resultados de la primaria mostraron que su apoyo bordeó el 50% en comunas como Vitacura, Las Condes, Lo Barnechea, y el 30% en La Reina, Providencia y Ñuñoa. En los sectores urbanos populares su rendimiento fue significativamente más bajo. No alcanzó los dos dígitos en La Pintana, Lo Espejo, San Ramón, Lo Prado, entre otras. ¿Qué de “popular” tiene Velasco? Muy poco. ¿Cuál es la base de apoyo del PDC? Precisamente donde Velasco es débil: segmentos urbanos pobres y comunas rurales. Desde un punto de vista estratégico, entonces, la dupla Velasco-PDC resulta prácticamente imbatible. Incluso enfrentando a Enríquez-Ominami en una primaria, Velasco contaría con la primera opción. Entre ambos candidatos, además, atraerían el voto joven, haciendo de esta competencia una verdadera reivindicación de la participación electoral y de la renovación de liderazgos.
¿De qué depende la consagración de la dupla Velasco-PDC? No depende de Velasco, quien feliz recibiría el apoyo del PDC. Esta nueva coalición, en realidad, depende de cuán dispuesto esté el PDC a renunciar nuevamente a favor de un candidato de izquierda, y de cuán hábil sea Rincón para evitar que sus camaradas se rindan a favor de Velasco. Lo cierto, eso sí, es que cualquiera sea el resultado, la renovación política de Chile ya será una hecho. Paradójicamente, Enríquez-Ominami, Velasco o Rincón cumplirán el gran sueño de Parisi: jubilar a parte de la clase política chilena que ha sido protagonista de los últimos 25 años.