En medio de las críticas contra Jorge Baradit por su exitoso “Historia secreta de Chile” -80 mil copias vendidas- por parte de un grupo de académicos, una interrogante quedó en el aire: ¿por qué historiadores profesionales no han sido capaces de llegar a las masas que conquistó este escritor? ¿Escriben mal? Muchos creen que la exigencia de publicar en revistas indexadas los ha llevado a darles la espalda a lectores no especializados.
Cuando se vendió la copia un millón 500 mil de la novela “Adiós al séptimo de línea”, el Presidente Eduardo Frei Montalva recibió en La Moneda a su autor, Jorge Inostrosa. Fue la forma de celebrar un éxito inédito. Y que aún no se extinguía. Originalmente transmitida como radioteatro en 1948, en 1955 Inostrosa llevó la historia al libro y empezó a ser publicada por tomos por la editorial Zig-Zag: los chilenos se encandilaron con ese relato épico de la Guerra del Pacífico, que aunque ocupaba personajes ficticios, narraba con increíble acuciosidad y viveza el conflicto. Según José Manuel Zañartu, uno de los editores de la novela, era tanta la demanda del público que al autor se le arrendó una oficina, donde le dictó el resto de los cinco volúmenes a una secretaria. “Terminó casándose con ella”, recuerda Zañartu. Pasó algo más: aunque no hay cifras oficiales, la serie vendió varios millones de copias, los más optimistas hablan de cinco. Un récord difícilmente igualable.
Hombre de radio, periodista y novelista, también Inostrosa tenía algo de historiador. No solo llegó a tomar “chupilca del diablo”, ese combinado de aguardiente con pólvora que bebieron los soldados chilenos antes de tomarse el Morro de Arica, también investigaba descubriendo detalles inéditos de campañas y batallas. Y aunque las críticas a su estilo nunca cesan, hay quienes creen que parte de ese entusiasmo narrativo les hace falta a los historiadores chilenos. Quizá necesitan un remezón para volver a pensar en el gran público, ese que conquistó Francisco Encina con los 20 tomos de su “Historia de Chile” en los años 50. Acaso el remezón ya llegó y vino desde los extramuros de la disciplina: en menos de un año, el escritor de ciencia ficción y fantasía Jorge Baradit vendió más de 80 mil copias del libro “Historia secreta de Chile”.
Más allá del fenómeno de Baradit, que en julio lanza “Historia secreta de Chile 2”, el ranking de libros más vendidos también ha sido tomado por otro libro de carácter histórico: “Un veterano de tres guerras”, de Guillermo Parvex, que lleva 62 semanas entre los 10 títulos más comprados. El foco sobre la disciplina este año toma un cariz especial, pues en agosto se entrega el Premio Nacional de Historia. Una de las postulantes mira el fenómeno con una sonrisa: “Me ha llenado de alegría ver en este último tiempo libros de historia entre los más leídos. Es una gran noticia. Y un foco de alerta para nosotros, los historiadores académicos”, dice la vicerrectora de Investigación de la Universidad Católica, Sol Serrano, a quien dicha universidad presentará al galardón.
La cultura indexada
El caso de Baradit ha sido especialmente revelador. Su libro está compuesto por una serie de episodios poco conocidos de nuestra historia, narrados como si se tratara de verdaderas intrigas. Como a Inostrosa, no le falta ni entusiasmo ni desmesura. Pero en los últimos días, un grupo de historiadores profesionales ha estado acusándolo de apropiarse de investigaciones de otros, simplificar hechos y despreciar al gremio. En el aire han quedado algunas preguntas: ¿por qué no fueron capaces ellos de conquistar el público de Baradit? ¿Para quién están escribiendo?

Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Las respuestas son múltiples, pero muchos historiadores coinciden en que están escribiendo -y también investigando, claro- para la academia. Según Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales, se está perdiendo cualquier atisbo literario. “Incluso, quienes dicen escribir ensayos más que monografías, a menudo lo hacen en una prosa tullida y sin ninguna apuesta en términos de composición formal”, sostiene. Y agrega: “Quienes todavía escriben libros, en la inmensa mayoría de los casos, no tienen en mente a un público lector ilustrado, sino a sus pares, y eso explica que sean leídos por muy poca gente y que, a la vez, les cueste tanto conseguir alguna editorial dispuesta a publicarlos”.
Vicuña es parte de un grupo de historiadores que ha conseguido superar el lenguaje técnico de la disciplina y prueba de ello son sus libros “Un juez en los infiernos”, sobre Benjamín Vicuña Mackenna, o “Fuera de campo”, una serie de perfiles sobre escritores e intelectuales. Aunque un poco más duros, títulos como “Mundo y fin de mundo” (2005) o “La revolución inconclusa” (2013), de Joaquín Fermandois, también tienen en el horizonte cruzar las aulas. “He tratado de llegar a la opinión pública, pero manteniendo el rigor de la disciplina”, dice. Y agrega: “Pero hoy escribimos para un público reducido, para cierta clase política que lee, estudiantes universitarios. Para un público ilustrado. Lo principal de la producción está dirigida a otros historiadores”.
Como Fermandois, Cristián Gazmuri también es profesor de la Universidad Católica. Autor de títulos como “Adiós maestro”, sobre Jaime Castillo Velasco, y editor de la serie “Historia de la vida privada en Chile”, ha elaborado una suerte de mapa: “Hay un grupo de historiadores que escribe para un público reducido, un universo intelectual y político de izquierda. Estoy pensando en Gabriel Salazar y otros, que pareciera que piensan en difícil, por decirlo de alguna forma. Hay otro sector, en el que yo me incluiría, que escribe para un público culto. Y que trata de ser medianamente objetivo. Por ejemplo, se critica bastante a Pinochet, pero también a Allende. Después está el ámbito donde está Baradit, que escribe para un grueso público menos culto, al que le interesa la historia como anécdota”, sostiene.
Todos ellos coinciden en lo que la historiadora Ana María Stuven considera uno de los problemas centrales para la desconexión entre el público y la investigación: el paper que todo académico debe publicar en revistas indexadas, siguiendo una serie de normas técnicas, que no solo van desde citar adecuadamente, sino que también estructuran la narrativa de los textos. Desde hace alrededor de una década, sumar artículos indexados es la manera de abultar el currículum. “La presión que se está ejerciendo sobre los académicos de publicar en revistas especializadas, que obligan a que hagamos un trabajo muy minucioso y muy especializado, tiene como efecto que finalmente tengamos muy poca repercusión. Este afán de tener que publicar en revistas indexadas, en momentos en que además hay poca lectura, termina en que el trabajo de investigación histórica se pierda”, asegura Stuven.
“No es que uno escriba para revistas especializadas, sino que hay una presión institucional. Eso termina haciendo una especie de distorsión de nuestra verdadera vocación social, que es otra”, añade Julio Pinto, quien este año será postulado por la Universidad de Santiago al Premio Nacional de Historia. “La forma en que escribimos los historiadores a veces no es la más indicada para llegar a todo público, pero lo que uno espera es que lo que uno recupera o investiga trascienda los círculos de los especialistas o estudiantes. Una disciplina como la historia o como cualquier ciencia social, se justifica en cuanto le aporta conocimiento y criterios de evaluación a la sociedad en la cual se inserta”, agrega Pinto.
El pulso de las editoriales
Coautor junto a Gabriel Salazar de “Historia contemporánea de Chile”, de cinco tomos, Pinto también es autor de “Luis Emilio Recabarren, una biografía histórica”, y tiene un contrapunto: “No comparto esta visión de que los historiadores estamos en un gueto y no nos preocupa lo que pasa afuera”, dice, y cuenta que el lunes pasado fue convocado por el sindicato de un laboratorio de Santiago para que les hiciera una clase sobre el sindicalismo en Chile. “Y hay muchos colegas que han participado en experiencias similares. Además, como miembro del consejo editorial de LOM Ediciones, puedo decir que hay un público interesado en la historia”, cuenta.
De hecho, LOM es una de las editoriales que tiene una línea permanente de publicaciones de historia. Por su parte, los grandes grupos editoriales no le hacen el quite, pero tienen filtros. Josefina Alemparte, editora de Planeta, explica: “Lo que buscamos es siempre un tono más divulgativo. Bajar del mundo académico al público general”, dice, y menciona como ejemplo dos títulos del 2015: “Chile 100 días en la historia del país”, de Bárbara Silva y Josefina Cabrera, y “Cerca de la revolución”, de Cristián Pérez. Mientras que Melanie Jösch, editora de Penguin Random House, sostiene que en la tradición de escribir historia anglosajona está el modelo que les interesa: “Más allá de que sea académico o no, la idea es que esté escrito de una manera muy amplia y que todo el mundo pueda gozar leyéndola. Como si fuera una novela. Y creo que en Chile, Salazar y Alfredo Jocelyn-Holt, a quienes publicamos, tienen ese talento. De hecho, tienen muchísimos lectores”.
Historia o ciencia social
El oleaje historiográfico golpeó las puertas de las masas antes del bicentenario: Ediciones B, por ejemplo, publicó la compilación “Historias del siglo XIX chileno” y “Bernardo”, una biografía de O’Higgins, de Alfredo Sepúlveda, quien luego lanzó “¡Independencia!”, libro que se promocionó como el “lado b” del proceso de independencia chileno. Paralelamente, Stuven y Fermandois fueron los editores de dos volúmenes de “Historia de las Mujeres en Chile”, que publicó Taurus. Todos ellos tuvieron su público, aunque ni cercano a “Historia secreta de Chile”, de Baradit. Según Cristián Gazmuri, los grandes hits de la historiografía chilena se cuentan con los dedos de una mano: los 20 tomos de “Historia de Chile desde la prehistoria hasta 1891”, de Encina, y el posterior resumen en cuatro volúmenes que hizo Leopoldo Castedo; la “Historia del pueblo chileno”, de Sergio Villalobos, y la “Historia de Chile”, de Gonzalo Vial, además de títulos de Gabriel Salazar.
Aquellos autores, cree la historiadora Patricia Arancibia Clavel, supieron hacer comprensibles para el público general hechos del pasado. “Existe la falsa creencia de que mientras más ‘ladrillesco’ es un relato, más serio es su contenido, lo que no se condice con la realidad. Barros Arana, Encina, Góngora, Vial, Villalobos, Salazar, por nombrar a grandes consagrados de nuestra historiografía, no escribieron ni para sí mismos ni para el reducido número de sus pares, sino que para un público siempre ávido de aprender y que -independiente de las distintas interpretaciones- ha valorado su naturalidad y claridad a la hora de narrar”, sostiene.
Para Sol Serrano, autora de, entre otros, “¿Qué hacer con Dios en la República?” (2008), el pasado de una nación tiene “habitación fundamental en la historiografia”. “Y aquí tenemos un problema. La disciplina, al ser parte también de las ciencias sociales, ha transformado su lenguaje y con ello, su estructura y con ello, su sentido. Soy de las que defienden a morir la historia como parte de las humanidades, porque defiendo su sentido de construir aquello que podemos llamar ‘conciencia histórica’, ‘pensamiento crítico’ y que personalmente cada vez lo llamo con más amor ‘virtud cívica’. Y su lenguaje es la narrativa”, asegura Serrano.
La instancia propuso la pérdida del cargo para los parlamentarios que voten en asuntos vinculados a sus intereses directos o familiares. Algunos consejeros se refirieron a un eventual conflicto de interés.
Durante 45 días trabajó el Consejo Asesor Presidencial contra el Conflicto de Interés, el Tráfico de Influencias y la Corrupción, para elaborar una propuesta que sirviera de base a la agenda de probidad que impulsa la Mandataria Michelle Bachelet.
En el informe que emitió la comisión presidida por el ingeniero Eduardo Engel, el acápite de “Reforzamiento del sistema de incompatibilidades dentro de la función pública” contempla, en sus propuestas, que “la función parlamentaria será de dedicación exclusiva”. Sus integrantes volvieron ayer a enfatizar la importancia de que el Gobierno impulse la iniciativa, luego de conocerse que el actual ministro secretario general de la Presidencia, Jorge Insunza, prestó asesorías a Antofagasta Minerals -del grupo Luksic- mientras era presidente de la comisión de Minería de la Cámara Baja, en 2014.
El viernes, “El Mercurio” dio cuenta de que Virtus Consultores, sociedad en la que participa Insunza junto a su esposa, realizó informes a la minera hasta octubre de ese año.
“Propusimos que exista dedicación exclusiva al cargo de parlamentario, o sea, incompatibilidad con el ejercicio de cualquier otra actividad. El parlamentario puede no tener ninguna actividad, pero sí poseer bienes que le signifiquen que en su actuación puede tener conflicto de interés”, explica la presidenta del Colegio de Abogados, Olga Feliú. Además, remarca que “el sentido de la comisión Engel fue que se propongan medidas para que no se produzcan situaciones de esta naturaleza. Se hace más evidente aún la necesidad de legislar sobre la materia”.
Para la economista Andrea Repetto se trata de “una de las medidas más relevantes que propusimos”. “Es habitual que parlamentarios sean socios de estudios de abogados o estén en fundaciones. Debiesen congelar su participación en todas estas otras funciones mientras sean parlamentarios”, dice.
El cientista político Claudio Fuentes plantea que entre “todos los parlamentarios debería existir ese compromiso de exclusividad de no hacer actividades en el ámbito privado”.
Conflictos de interés
En 2014, Insunza rechazó una indicación que mantuvo a las mineras el derecho de aprovechamiento de las aguas halladas en sus labores.
“Si fuese así, y al mismo tiempo asesoraba a una minera, hay evidente conflicto de interés. La legislación hoy no sanciona eso, y eso tenemos que transformarlo”, afirmó Fuentes. Por su parte, Feliú precisó que en estos casos “tratándose de asesorías a empresas mineras, y si el parlamentario pertenece a una comisión de Minería, naturalmente que habría conflicto de interés, y eso significa que debería abstenerse”.
A raíz de estos antecedentes es que los consejeros enfatizan la importancia de que Insunza explique las asesorías que prestó.
“En el tema del ministro los datos tienen que aclararse. Hoy existen dos patrones sobre la mesa: lo que es legal y lo que a la gente le parece que es razonable o no. Esa es una discusión que requiere explicaciones bien convincentes y bien claras”, manifiesta Rosanna Costa, integrante de la comisión y subdirectora de Libertad y Desarrollo.
“Todas las situaciones que se presten a una interrogante de la opinión pública de que pueda haber conflicto de interés, todas estas cosas deben aclararse”, señala Feliú.
Al respecto, Fuentes afirma que “el Gobierno requiere resolver todo lo que tenga que ver con su actividad como parlamentario y gestor de intereses. Eso está generando ruido, requiere una explicación rápida para avanzar en la reforma de probidad. Si se comprueba que las empresas se beneficiaron de su actuación, no sería conveniente que siguiera”.
Repetto precisó que Bachelet “dijo que conducirá este proceso. Por cierto, eso incluye a los ministros del área política y espero que se aproveche bien la oportunidad que esta crisis de confianza ha abierto”.
Vínculos familiares
Otro de los antecedentes que se hicieron públicos fue que el ex diputado votó a favor de un aumento extraordinario de capital a Codelco mientras su hermana asesoraba a esa empresa.
En términos generales, Repetto dice que “debiese haber mucho mayor rigor a la hora de inhabilitarse de votar en temas en los que tienen o han tenido conflicto de interés”.
“Es habitual que sean socios de estudios de abogados o que participen en fundaciones. Debiesen congelar su participación en todas estas otras funciones mientras sean parlamentarios. Ello es importante para evitar conflictos de interés”.
ANDREA REPETTO
ECONOMISTA
“Tratándose de asesorías a empresas mineras, y si el parlamentario pertenece a una comisión de minería, naturalmente que habría conflicto de interés, y eso significa que debería abstenerse”.
OLGA FELIÚ
PRESIDENTA DEL COLEGIO DE ABOGADOS
“Requiere una explicación rápida para avanzar en la reforma de probidad. Si se comprueba que las empresas se beneficiaron a partir de su actuación, no sería conveniente que siguiera”.
CLAUDIO FUENTES
CIENTISTA POLÍTICO
“Hoy hay dos patrones que están sobre la mesa: lo que es legal y lo que a la gente le parece que es razonable o no y esa discusión requiere explicaciones bien convincentes y claras”.
ROSANNA COSTA
SUBDIRECTORA DE LIBERTAD Y DESARROLLO
Señor Director:
Cristián Warnken sostiene (jueves 30) una visión decadentista de nuestra historia. Indica que lo que estaría pasando en Chile es la pérdida de una supuesta “reserva moral y política”. Las élites políticas estarían hoy traicionando valores muy acendrados en todas las clases sociales tales como la austeridad y la probidad. Nuestra élite dirigente habría caído presa de la usura y la desmesura producto de la holgura económica de décadas recientes.
El argumento parece poco convincente. Bastaría con revisar trabajos como los de Samuel y Arturo Valenzuela para darse cuenta que tanto en el siglo XIX como en el XX las élites políticas solían echar mano a técnicas ni austeras ni probas para acceder y mantenerse en el poder. El clientelismo, la compra de votos, el acarreo y el fraude fueron parte de la escena cotidiana de la vida republicana. Otros historiadores han documentado convincentemente sobre la forma en que el empresariado acumuló riquezas en el norte, centro y sur del país sin demasiada consideración ética. La historia desmiente la veracidad de la tesis de la decadencia. Más bien lo que hace es confirmar que nuestro presente no es muy distinto de nuestro pasado.
Terry Karl, en un excelente trabajo (The Paradox of Plenty), intentó explicar por qué algunas naciones enfrentadas a un momento de abundancia eran capaces de crear instrumentos para mantenerla y redistribuirla (Noruega, por ejemplo), mientras otras fracasaban (Venezuela). Su explicación, lejos de asociarse con la “cultura” de un país se vincula más bien con la configuración virtuosa de instituciones y actores políticos capaces de tomar acertadas decisiones en momentos críticos. Seguramente aquello es lo que enfrentamos hoy: un momento crítico que requiere de decisiones correctas.
Claudio Fuentes S.
Universidad Diego Portales
Mención a Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Entre los 16 integrantes de la comisión figuran una ex ministra, una ex senadora, centros de estudios, un miembro de una institución querellante en el caso Penta y uno de los denunciantes del caso Karadima.
Con una bandera chilena como telón de fondo, dos pantallas LED y más de 150 invitados —entre ellos, los ex jefes de Estado Ricardo Lagos y Sebastián Piñera—, la Presidenta Michelle Bachelet dio a conocer ayer al “Consejo Asesor Presidencial contra los conflictos de interés, el tráfico de influencias y la corrupción”.
Eran casi las 20:00 horas cuando la Mandataria ingresó al Patio de los Cañones junto a catorce de los 16 miembros del Consejo. En el escenario la esperaban sus ministros políticos, y entre los invitados destacaban representantes de diversos sectores de la sociedad, como de iglesias, empresarios, centros de estudios, los presidentes de todos los partidos políticos y ONGs, entre otros.
La ceremonia comenzó con un saludo enviado por los ex presidentes Patricio Aylwin y Eduardo Frei, quien se encuentra fuera de Santiago. Luego fue el turno de la propia Mandataria, que en los 16 minutos que duró su discurso entregó su propuesta para hacer frente a la difícil situación que se ha generado en el marco de la relación entre la política y los negocios; entre esos, los casos Penta y Caval.
“Esta es una situación grave, a la que todos juntos tenemos que poner freno”, expresó la Jefa de Estado, quien fijó las directrices para la comisión, las que apuntan a combatir el tráfico de influencias, conflictos de interés y la corrupción.
Bachelet destacó que el escenario actual requiere una solución institucional, que se debe actuar con celeridad, sin cálculos políticos, y afirmó que lo que está en juego es la democracia, el mercado y el rol del Estado.
La Presidenta además sostuvo que “hemos visto cómo algunos usan el poder de su dinero para influir en las decisiones de la democracia; es decir, para influir en las decisiones que nos afectan a todos. Y hemos visto también cómo algunos usan la influencia que otorgan los cargos democráticos y públicos; es decir, los cargos que están para servir a todos los ciudadanos y ciudadanas, para obtener ventajas personales”.
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Patricio Navia
En una biografía no autorizada brillantemente escrita —en tono mercurial, objetivo y desapasionado—, Víctor Herrero presenta la vida de Agustín Edwards Eastman (AEE). Las 620 páginas revisan el origen de la dinastía y se explayan en detalles de la vida del patriarca, contando de paso la importancia de los Edwards en la historia del país en los últimos 150 años. La forma en que AEE defendió el sistema capitalista y apoyó la implementación del modelo neoliberal, aun a costa de sacrificar la propia influencia de El Mercurio, hacen de esta biografía una brillante pieza que confirmará a los detractores de Edwards su responsabilidad en la caída de Allende y en la longevidad de la dictadura, y recordará también a los apologistas del modelo la importancia de AEE en la construcción del Chile actual.
Víctor Herrero, periodista de la PUC con un posgrado en Columbia, tiene una amplia experiencia en medios en Chile y Estados Unidos —fue mi editor en La Tercera por varios años y, además de haber trabajado en varios proyectos juntos, me dio la oportunidad de comentar un borrador de la biografía antes de ser publicada—. Habiendo crecido en el exilio y dadas sus posturas de izquierda, uno podría equivocadamente esperar que su texto fuera acusatorio. Pero Herrero muestra una admirable obsesión por la objetividad y los datos factuales, investigando al personaje, contando hechos y especulando sobre posibles razones para explicar las decisiones de AEE.
Siguiendo un estricto orden histórico, Herrero cuenta la historia de la dinastía de los Agustín Edwards y la llegada de AEE al control de El Mercurio. En esta sección destaca su énfasis en explicarnos el rol de Edwards Ross (bisabuelo de AEE) en la guerra civil de 1891, las aspiraciones presidenciales de Edwards Mac-Clure (abuelo de AEE) y los eventos que marcaron la niñez de AEE. La narrativa está tan bien lograda que el lector siente a la vez molestia y simpatía por este heredero de un poderoso imperio.
El libro luego analiza el poco conocido rol de Edwards en la campaña presidencial de 1964, cuando El Mercurio trabajó codo a codo con intereses estadounidenses para apoyar a Frei Montalva. En la sección que revisa el más conocido rol de Edwards en la elección de 1970, Herrero entrega detalles inéditos sobre la combinación de involucramiento político y empresarial con extravagantes gustos y hobby de escultor de AEE. La sección sobre el papel de AEE en la oposición a Allende y en su apoyo a la dictadura alcanza momentos notables. Comprometido con la defensa del modelo, preocupado por el destino de sus empresas e inmerso en conflictos familiares y en sus propias dudas vocacionales, Edwards fue uno de los principales defensores del capitalismo en Chile.
Herrero dedica brillantes páginas a evaluar las decisiones que tomó Edwards que terminaron debilitando a su imperio pero que ayudaron a defender el capitalismo y, después de 1973, a fortalecer a la dictadura. Aunque Herrero entrega evidencia para sostener que Edwards fue responsable de llevar a El Mercurio y a la riqueza familiar a un incuestionable downsizing, la misma evidencia permite tres lecturas alternativas a por qué El Mercurio terminó siendo una víctima más de la dictadura.
Una lectura alternativa es que AEE durante toda su vida debió combinar sus obligaciones de heredero con su vocación de periodista (frustrada por ser el dueño del imperio mediático) y sus gustos burgueses. Una segunda lectura, más auspiciosa, es que en su defensa del modelo capitalista, AEE estuvo dispuesto a sacrificarlo todo. Aunque salió de Chile en la época de Allende, Edwards puso en juego mucho más que muchos otros empresarios que también se veían amenazados por la revolución con empanadas y vino tinto.
Una tercera lectura, que yo prefiero, es que Edwards abrazó un modelo neoliberal competitivo que, bien implementado, imposibilita la existencia de dinastías familiares. Cuando el capitalismo funciona bien, los más poderosos no heredan su posición. Se la ganan. Consciente o inconscientemente, Edwards apoyó la implementación de un modelo que protegía el capital pero que amenazaba la posición dominante que su familia había tenido por generaciones.
El libro termina con una bien lograda sección sobre Edwards después de 1990 (incluidos brillantes pasajes sobre las escapadas de Edwards a mirar protestas en un Santiago desconocido para él en los 80 y las negociaciones realizadas durante el secuestro de su hijo Cristián).
Tanto los detractores de Edwards como sus admiradores encontrarán una cuidadosa, detallada y objetiva biografía de un hombre complejo, polémico, a menudo incomprendido y profundamente marcado por las mismas inclinaciones, tentaciones y dudas que enfrentamos todos. El hecho de que Herrero haya construido una biografía tan brillantemente lograda de Doonie Edwards, corona el lugar que Agustín Edwards Eastman se ganó en la historia reciente de Chile.
Revisa columna original en El Líbero