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  1. Chile: ¿Un país inmune al populismo?

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    Cristóbal Rovira, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP

    Cristóbal Rovira, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP

    Quienes plantean que Michelle Bachelet ha desarrollado una retórica populista están equivocados: sus discursos tienen un marcado tono pluralista. Pero nada impide que en la próxima elección actores con vínculos con la clase económica o política terminen elaborando un discurso populista con el objetivo de conectar con el malestar ciudadano.

    Populismo. Esta palabra se ha vuelto recurrente en el debate público en Chile. Diversos comentaristas han argumentado que la agenda y las políticas públicas del gobierno actual tienen marcadas tendencias populistas, mientras que otros opinan que el debate constitucional y una potencial reforma mediante una asamblea constituyente pavimentan el camino para el surgimiento del populismo. Asimismo, hay quienes plantean que los escándalos de corrupción que han afectado a la clase política y empresarial representan un caldo de cultivo para la irrupción de liderazgos populistas en las próximas elecciones presidenciales.

    Llama la atención la desconexión del debate local con la discusión internacional en torno al fenómeno del populismo. De hecho, el populismo es hoy en día un fenómeno global que en el mundo desarrollado se plasma sobre todo en líderes y partidos de la derecha radical. Desde el Frente Nacional en Francia a Viktor Orbán en Hungría, y Donald Trump en Estados Unidos, los populismos de derecha representan un verdadero desafío a la democracia. A su vez, la así llamada Gran Recesión ha gatillado la irrupción de populismos de izquierda, como Syriza en Grecia y Podemos en España. La creciente relevancia del populismo a nivel global ha motivado una amplia discusión académica, en torno a cómo definir al populismo de manera tal que su definición sea lo suficientemente precisa para reconocer el fenómeno en distintos lugares del mundo y, a su vez, facilite su análisis de manera empírica.

    ¿A qué conclusión ha llegado este debate? En términos generales, el populismo es definido como una ideología o discurso político que se caracteriza por plantear no sólo que la sociedad está escindida entre una elite corrupta y un pueblo soberano, sino que también que la voluntad popular debe ser respetada a como dé lugar. En consecuencia, el populismo opera con una retórica moral (el pueblo es “bueno” y la elite es “mala”). Esto dificulta la posibilidad de lograr acuerdos y construye una noción de democracia que tiene escaso respeto por entidades autónomas que no son controladas ni elegidas de forma directa por el pueblo (por ejemplo, bancos centrales, instituciones judiciales u organismos internacionales).

    Existen dos opuestos conceptuales al populismo: el elitismo y el pluralismo. Al igual que el populismo, el elitismo se sustenta en la distinción entre la elite y el pueblo pero invierte la moralidad de dichos términos: la elite es íntegra y superior, mientras que el pueblo es ignorante y peligroso. Basta pensar en el elitismo inherente al pensamiento tecnocrático, el cual presume que los problemas son muy complejos como para que sean comprendidos y resueltos por la ciudadanía. Por el contrario, el pluralismo no plantea que la sociedad esté escindida entre una elite y un pueblo, sino que define a la sociedad como una suma de individuos y grupos que tienen diversas ideas e intereses, o sea ve la diversidad como una virtud y tiene gran escepticismo frente a la idea de que se pueda hablar de un pueblo con una voluntad popular en singular. Al fin y al cabo, existen variadas voluntades individuales y grupales, de modo que sólo a través del diálogo y la negociación es posible establecer acuerdos que se acerquen al sentir común de una sociedad.

    En base a esta concepción del populismo, y sus dos opuestos conceptuales, es posible analizar de manera empírica si los discursos que elaboran líderes políticos pueden ser catalogados como populistas o no. Para hacer esto de manera fidedigna es preciso recurrir a la así llamada metodología de graduación holística (ver nota metodológica). En el marco del núcleo de investigación financiado por la Iniciativa Científica Milenio (ICM), hemos empleado esta metodología para medir el nivel de populismo presente en los discursos de presidentes en Chile y América Latina, así como también en los candidatos presidenciales de la actual campaña en Estados Unidos.

    Para todos los presidentes considerados hemos analizado cuatro discursos del mismo tipo. En primer lugar, un discurso durante la campaña presidencial y, por lo tanto, antes de que hayan llegado al poder. En segundo lugar, un discurso de “corte de cinta”, vale decir, cuando inauguran alguna obra frente a una audiencia local. En tercer lugar, un discurso internacional y, en consecuencia, frente a una audiencia que está compuesta mayoritariamente por personas de otros países. Por último, un discurso famoso, el cual alude a una ocasión que marca un hito importante en la política del país (por ejemplo, para el gobierno actual de Michelle Bachelet seleccionamos su discurso en cadena nacional del día 1 de abril del año 2014 en donde anuncia la reforma tributaria).

    Tal como se puede observar en el gráfico, es posible encontrar un patrón bastante claro respecto a cuáles presidentes de América Latina pueden ser considerados como populistas. Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Hugo Chávez en Venezuela son los tres casos que marcan altos niveles de discurso populista. No en vano, la literatura académica ha catalogado a estos presidentes como expositores de una izquierda radical, la cual se caracteriza por atacar a las elites establecidas en el poder y en movilizar al pueblo para demandar e implementar significativos cambios institucionales.

    El gráfico también revela que los exponentes de la izquierda moderada prácticamente no hacen uso del discurso populista: tanto Dilma Rousseff y Lula da Silva en Brasil, como José Mujica y Tabaré Vázquez en Uruguay hacen escaso uso de la retórica populista en sus discursos. De alguna manera esto es bastante esperable, puesto que dichos gobiernos se han distinguido por hacer reformas graduales y en tratar de buscar acuerdos con diversos sectores sociales. A su vez, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe en Colombia (dos presidentes con una agenda de derecha) no hacen uso alguno del discurso populista.

    ¿Y qué sucede en Chile? En el caso de nuestro país, hemos evaluado los discursos de los últimos cuatro presidentes y la evidencia es concluyente: prácticamente no hay elementos de populismo en el discurso de ninguno de ellos. Quienes plantean que Michelle Bachelet ha ido desarrollando una retórica populista están equivocados: sus discursos tienen un marcado tono pluralista. Por ejemplo, en la cadena nacional donde ella anuncia la reforma tributaria, se postula que “necesitamos que la discusión esté guiada por el interés común y la visión de país, con una mirada de desarrollo y marcada por las necesidades de nuestra patria”. Se le pueden hacer variadas críticas a este gobierno, pero la evidencia empírica muestra que es incorrecto catalogarlo de populista.

    A nuestro juicio, la pregunta más relevante es otra. ¿Se posicionarán candidatos con un discurso populista en las próximas elecciones presidenciales en Chile? Todo indica que ni Sebastián Piñera ni Ricardo Lagos (los más probables candidatos del establishment político criollo) desarrollarán una retórica populista. No es casualidad que diversos actores empresariales y políticos hayan indicado que una competencia entre ambos candidatos le da estabilidad al país. Ahora bien, los escándalos de corrupción del último tiempo marcan un contexto propicio para que otros candidatos hagan uso de la ideología populista para criticar a la clase política y empresarial. Roxana Miranda ya hizo esto en las últimas elecciones presidenciales, pero su estrategia rindió pocos frutos. Nada impide que otros candidatos sin vínculos con el establishment traten de levantar una campaña centrada en el populismo.

    También es posible pensar en otra opción: que actores que forman parte del establishment decidan desmarcarse y armar una propuesta electoral populista. Por ejemplo, los senadores Manuel José Ossandón y Alejandro Navarro han dado entrevistas que apuntan en esa dirección. Aunque parezca curioso, nada impide que actores con importantes vínculos con la clase económica y/o política terminen elaborando discursos de este tipo con el objetivo de conectar con el malestar ciudadano y movilizar así a un segmento del electorado con agendas tanto de derecha como de izquierda.

    No hay mejor ejemplo de ello que las mediciones que hemos efectuado de la campaña presidencial en Estados Unidos. Como se puede observar en el gráfico, al menos dos candidatos con claros vínculos con el establishment han elaborado una retórica con elementos populistas: por un lado, el multimillonario Donald Trump con una agenda de derecha en contra tanto de los inmigrantes como de la elite establecida en el poder y, por otro lado, el senador Bernie Sanders con una agenda de izquierda en contra del capital financiero y la influencia del dinero en la política.

    Así, por ejemplo, Trump señaló lo siguiente en una columna de opinión publicada en The Wall Street Journal en abril de este año: “El único antídoto contra décadas de gobiernos dañinos por un puñado de elites es una infusión de voluntad popular. Sobre cada problema importante que afecta a nuestro país el pueblo está en lo correcto y la elite gobernante está equivocada”. Por su parte, en su discurso en Nuevo Hampshire del día 10 de febrero de este año, Sanders planteó: “Esta noche nosotros notificamos al establishment económico y político de este país que el pueblo americano no seguirá aceptando un sistema corrupto de financiamiento de la política, el cual está socavando la democracia de los Estados Unidos, y no aceptaremos una economía fraudulenta en donde gente sencilla trabaja más horas por salarios más bajos, mientras que prácticamente todos los nuevos ingresos y riqueza se van para el uno por ciento más rico”.

    Dado el contexto actual en Chile, no deberíamos sorprendernos frente a la irrupción de candidatos populistas en la próxima campaña presidencial. El malestar frente a la corrupción y la falta de renovación del establishment político le da mayor atractivo al discurso populista. Nada indica entonces que Chile sea inmune al populismo. La historia indica que los liderazgos populistas cobran fuerza cuando la ciudadanía no se siente representada y la confianza institucional está por los suelos. Su potencial éxito electoral no dependerá sólo de ellos, sino que, sobre todo, de cómo reaccionarán las elites establecidas en el poder.

    Leer reportaje en Qué Pasa

  2. Los de arriba y los de abajo

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    A veces, una declaración espontánea refleja con prístina claridad los dilemas que enfrenta la sociedad. Refiriéndose al procedimiento para establecer una nueva Constitución, José Miguel Insulza sostuvo en un foro universitario que “(…) realmente creo que un buen proyecto o una buena propuesta, con alternativas y  todo, podría haber sido puesta a disposición de las fuerzas políticas, y de ahí hacia abajo.”

    Así es. Un importante segmento de la élite política y económica de este país sinceramente cree que es posible construir una democracia desde arriba. Bastaría una buena propuesta de un grupo selecto de iluminados para conseguir el objetivo de contar con reglas del juego adecuadas para una República.  ¿Podría ser de otra forma? Piensan ellos. Así se construyó Chile.

    Primero fueron los hacendados, luego le correspondió a esa intelectualidad que emergió desde la riqueza de la minería. Un selecto grupo de políticos, empresarios e intelectuales (bien intencionados, piensan ellos) que dieron orden y estabilidad a la patria. Repitamos la historia de 1833, de 1925 o de 1989.

    Se trata de un modelo elitista que se refuerza una y otra vez. ¿Cómo es posible que la gente común participe de la elaboración de algo tan complejo como un texto constitucional?

    ¿Cómo es posible que menores de edad puedan opinar si ni siquiera saben donde están parados?

    ¿Por qué no mejor ahorrarse esto de la participación y escribir un texto y someterlo a un plebiscito?

    Se argumenta que este proceso desde arriba sería mejor pensado, más eficiente, y aseguraría orden y estabilidad a un proceso plagado de incertidumbres. Abrir la democracia a la consulta ciudadana—piensan sus detractores—provoca serias limitaciones porque poca gente participará; lo harán aquellos más organizados y sus ideas probablemente serán tomadas poco en cuenta. Pero, lo más importante, en ese proceso no estarían los actores relevantes, aquellos que importan.

    Insulza agregaba con su usual sentido realista: “dejémonos de cuentos: o sea, van a participar -yo espero que participe mucha gente-, pero van a ser más los míos que van a participar que los otros, y eso ya le quita precisamente el consenso que dice que estamos buscando”.  Es decir, al abrir la democracia, muy probablemente se expresarían las fuerzas sociales y políticas de la centro-izquierda. El consenso, en cambio, habría que buscarlo en otro lado, en la élite, porque es allí donde ocurre la política. La negociación debe ocurrir en las cumbres del poder, y una vez que eso ocurra, debe bajar hacia el pueblo.

    La otra posición favorece una decisión desde abajo. Esto porque si las reglas las colocan los de arriba, se produciría una repartición de poder favorable a quienes lo detentan. Entonces, le corresponde a la ciudadanía determinar el tipo de reglas que desea tener. Pero como la realidad política e institucional imposibilita aquella opción, la Presidenta de la República buscó provocar mecanismos de participación para abrir el juego democrático.

    Se impulsa un mecanismo de participación no vinculante buscando señalar que en este proceso la gente tiene algo que decir. La propuesta del gobierno, en este sentido, va en contra de más de 200 años de vida republicana. Rompe la tradición de, primero, negociar en las cumbres, e ir hacia abajo, como precisamente lo sostuvo Insulza.

    Ahora bien, como la propuesta es contra-intuitiva, genera malestar en las élites económicas y políticas. Incomoda que la gente se pronuncie sobre temas vedados como la propiedad, los derechos colectivos, el reconocimiento de pueblos indígenas, los derechos sociales o las formas de gobierno. ¿Por qué o para qué generar una expectativa de participación si nunca lo hemos permitido?

    Probablemente Insulza tenga razón en su crudo diagnóstico sobre el resultado.Probablemente las élites terminarán negociando algo en los pasillos del Congreso Nacional. Es lo que debiésemos esperar entre 2017 y 2018.

    Sin embargo, si este proceso de participación ciudadana alcanza cierto momentum, para quienes negocien la nueva Constitución resultará cada vez más difícil encerrarse en una cocina y negociar las reglas que ellos desean. La participación ciudadana incidente, podría traducirse en una presión social por sentarse en aquella cocina.

    En un contexto de crisis de representatividad y de mayor observación ciudadana ¿se atreverán los congresistas de 2018 a señalar que serán ellos solos—en una comisión bicameral—los encargados de escribir un nuevo texto?

    ¿O tendrán que abrirse a considerar una fórmula mixta o un llamado a plebiscito o de una asamblea?  La decisión que tomen los de arriba dependerá de cuán organizados lleguen a estar los de abajo para presionar por sentarse en aquella mesa. Los de arriba vs. los de abajo se llama esta película.  

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  3. El odio contra la elite

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La gente quiere un líder que sea capaz de expulsar a los mercaderes y vendedores que se han tomado el templo y que purifique tanto la política como la clase empresarial.

    Los reiterados casos de colusión de grandes empresas y la percepción generalizada de que la clase política está más preocupada de mantener sus granjerías y privilegios que de representar a los chilenos comunes y corrientes, amenazan con convertirse en la plataforma de campaña que pavimente el camino al éxito a liderazgos populistas en las próximas elecciones presidenciales. Ya que provenir de la elite o aparecer demasiado cercano a ella representará, para la opinión pública, evidencia incontrarrestable de ser parte de los que se benefician de la colusión y el abuso, o al menos de los que no hacen nada para evitarlos, la gente premiará candidatos que se levanten contra la elite y que prometan terminar con la impunidad que parece existir para los que se coluden y abusan.

    Equivocadamente, algunos analistas creen que los chilenos, molestos con todos los casos de colusión y abuso, están dispuestos a apoyar a candidatos antisistema que prometan usar una retroexcavadora para derribar el modelo social y económico que se comenzó a construir en Chile en dictadura y que ha sido mejorado, profundizado y ampliado desde el retorno de la democracia. Para aquellos nostálgicos de la revolución y apocalípticos profetas del fin del modelo, el malestar acumulado por los casos de financiamiento irregular de campañas y las repetidas evidencias de colusión en los mercados, que no funcionan libremente y que son capturados por carteles que abusan de los consumidores, ha hecho que los chilenos estén más que determinados a poner fin al modelo social de mercado que existe en el país.

    Pero estar descontento respecto a cómo funciona el barco, a la forma en que se distribuyen las oportunidades y los beneficios y a que las reglas no aplican igual para todos, no significa que la gente quiera que se hunda el barco. Además de que no hay otro barco al que cambiarse, la idea de quemar la nave que nos ha permitido llegar lejos no es sensata. Los que quieren incendiar el barco dicen que entre todos podemos construir un barco nuevo que sea mejor que el actual. Pero esa propuesta tampoco parece demasiado atractiva para la gente que ya se ve superada por sus problemas cotidianos, sus expectativas, sueños y temores. La gente sabe que no hay otra opción que hacer que este mismo barco funcione mejor.

    Por eso, la salida obvia y natural será buscar a líderes que sean capaces -o al menos prometan- limpiar el barco de piratas y bucaneros que se han dedicado a saquear, desde las cómodas cabinas que comparten con la elite de primera clase, a los esforzados chilenos que viajan en segunda y tercera clase. Esos chilenos aspiran a ser beneficiarios de las comodidades y oportunidades que existen en el barco pero que han sido monopolizadas por una clase empresarial y política que se reparte los beneficios entre ellos y que, además, permite que sus hijos también participen del abuso que cotidianamente cometen los bucaneros.

    Desde antes que estallaran los escándalos Penta, SQM y Caval; la percepción generalizada de la gente era que el sistema no funcionaba con las mismas reglas para todos. Mientras a la gente sin apellidos ni conexiones se los trataba con el máximo rigor de la ley, a los miembros de la elite política y empresarial se les trataba con guante blanco. Ese descontento alimentó la enorme popularidad de Michelle Bachelet, que llegó al poder por segunda vez prometiendo terminar con el abuso. Pero a dos años de iniciado su gobierno, los casos de abuso se siguen multiplicando y Bachelet aparece más preocupada de proteger a su hijo -que ha venido a convertirse en el niño símbolo del abuso y trato preferencial- que de defender a los chilenos que cotidianamente son abusados por empresarios que se coluden y por políticos que se preocupan de remojar sus barbas en las regalías y privilegios del poder que de defender a los que depositaron en ellos sus esperanzas por cambio y mejoras.

    Contrario a lo que muchos apocalípticos piensan, Chile no está al borde de un estallido popular ni el país arriesga hundirse en una tormenta de disconformidad social causada por los casos de financiamiento irregular de la política, corrupción y colusión. Aunque profundamente molestos, los chilenos saben que no hay otro barco al que cambiarse ni están con ganas de seguir a los profetas revolucionarios que prometen que entre todos podremos construir un nuevo barco. La gente quiere líderes que sean capaces de alzarse y limpiar este barco -el único que conocen y que saben que funciona y produce riqueza-.

    La gente quiere un líder que sea capaz de expulsar a los mercaderes y vendedores que se han tomado el templo y que purifique tanto la política como la clase empresarial. Algunos dirán que el terreno está fértil para la aparición de un liderazgo populista. Pero el populismo no es la causa del problema, es el resultado inevitable de una elite complaciente e irresponsable, incapaz de materializar la promesa de igualdad de oportunidades y meritocracia.

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  4. Walker tiene razón

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Ignacio Walker ha sido duramente criticado por sus comentarios sobre el rol de los intelectuales en política. Ha sostenido que algunos “no tienen idea de política”, y que otros miran la situación del país desde un pedestal. Walker tiene buenas razones para pensar de esta manera. A pesar del bullying del que ha sido objeto en las redes sociales, en esta columna apoyo decididamente sus aseveraciones.

    En primer lugar, hay que distinguir entre académicos especialistas en una determinada área, y columnistas. Sobre estos últimos, los argumentos de Walker, incluso, se quedan cortos. Muchos de ellos provienen de fundaciones o institutos financiados por partidos o, en algunos casos, por empresas. Abunda el columnista panfletario que, en la mayoría de los casos, discute con algún libro de manual como base, o con un programa de gobierno en la mano, sin distinguirse en lo más mínimo de un fanático. El ejemplo más evidente de esto es el debate- a estas alturas saldado- sobre la supuesta crisis terminal del sistema político y del modelo económico de Chile, lo que justificaría el avance hacia apuestas refundacionales. La evidencia es más que contundente, e invalida cualquier hipótesis seria para catalogar a Chile en una situación terminal. Comparto la impotencia del senador Walker frente a esto. Demasiada opinión, poco análisis y desmesurada cobertura medial.  Contra eso ha debido batallar el sector más moderado y razonable de la Nueva Mayoría para detener el frenesí refundacional e irresponsable de parte importante de la elite intelectual que apoya (o apoyó) al gobierno. Afortunadamente, la Presidenta- poco a poco- ha entendido que ese no es el camino correcto. De hecho, la ruta hacia la Nueva Constitución estará demarcada por las decisiones del Congreso.

    En segundo lugar, Walker apunta hacia quienes hablan, opinan y dan consejos en el área política sin contar con la expertise suficiente. Esto también tiene sentido, tanto así que ningún miembro chileno de la Comisión Engel es experto en partidos o elecciones.  Por experto me refiero a aquellos académicos que sistemáticamente publican sobre este tipo de temas en revistas indexadas de nivel internacional. No clasifico como expertos a quienes “auto-publican” textos en las instituciones donde trabajan, o quienes lo hacen en revistas de prestigio pero con escasa periodicidad. Si consideráramos como experto a este segundo grupo, habría un número no menor de mis alumnos que entraría fácilmente en esta categoría dado que su producción académica es superior a la de varios miembros de la comisión. El propio Engel no ha tenido una producción prolífica en asuntos políticos, aunque sí- y de manera notable- en temas económicos. Cuando se analizaron los efectos del voto voluntario sobre la participación electoral,  Engel argumentó que el ingreso comunal no incidía sobre en las variaciones de la participación. Un análisis más detallado de la información concluyó justamente lo contrario.

    En tercer lugar, Walker también tiene razón respecto al pedestal desde el que hablan muchos académicos. No es fácil soportar al intelectual de escritorio que jamás ha visitado una sede partidaria, y que por el sólo hecho de investigar sobre el tema se siente con la facultad para determinar qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Además, este tipo de personajes le hace mal a sus propios dirigidos. En la ciencia política es muy común encontrarse con egresados que presentan serios problemas de adaptación al mundo laboral. Las razones que esgrimen están, precisamente, en el proceso formativo.  Sus profesores enseñan a partir de libros, pero con nula experiencia en el mundo real. De hecho, las propuestas que estos docentes realizan para corregir problemas públicos son de tal desconexión con la realidad, que caen rápidamente en el archivador.

    Por todo esto, entonces, no es pueril la diferencia entre el experto y el “vendedor de humo”. El primero, contribuye. El segundo, obstaculiza, genera conflictos donde no los hay, promueve reformas inviables y, a la larga, se transforma en un agente patógeno del sistema político.

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  5. 2ª Cátedra Norbert Lechner: Análisis de las “Clases sociales en el Siglo XXI”

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    [youtube]https://youtu.be/rZizRDELQr8[/youtube]

    El académico Mike Savage, abordó las diversas perspectivas sociológicas que surgen entre los vínculos y las necesidades de la clase trabajadora, la clase media y las elites socioeconómicas.

    En el marco de la segunda Cátedra Norbert Lechner, organizada por la Facultad de Ciencias Sociales y Historia de la Universidad Diego Portales, el sociólogo y académico del London School of Economics, Mike Savage, presentó la conferencia “Clases Sociales en el Siglo XXI”, donde realizó un análisis al nuevo escenario al que se enfrentan las sociedades contemporáneas ante las nuevas formas de estratificación socioeconómica.

    Durante la charla, Savage discutió las perspectivas sociológicas convencionales, enfocándose en el vínculo de las necesidades de la clase media, y las de clase obrera o trabajadora; esto con el propósito de entregar mayor atención a los niveles superiores de la estructura de clases.

    Para el anterior desarrollo, utilizó datos del estudio “Great British Class Survey”, que en 2013 reveló la existencia de 7 clases sociales al interior de la sociedad británica, ampliando de esta manera el tradicional sistema de clasificación que sólo contemplaba a las clases altas, medias y trabajadora.

    El estudio planteó que en la actual sociedad británica, surgieron nuevos estratos dominados por la llamada elite, la clase media establecida y los nuevos trabajadores pudientes. El descenso de la pirámide continúa con la clase media técnica y los trabajadores emergentes de servicios; para cerrar la base piramidal con la clase obrera tradicional  y el precariado.

    Al respecto, el académico del London School of Economics y co-autor del estudio, Mike Savage, indicó que “a Gran Bretaña siempre se le ha considerado como una sociedad dividida en clases sociales, donde la clase trabajadora era el agente clave de la sociedad. Por ejemplo, desde finales del Siglo XVIII la sociedad británica se caracterizó por la importancia de la clase trabajadora, quienes fueron los encargados de guiar hacia adelante los cambios democráticos del país”.

    Sin embargo –precisó el investigador inglés– “esto ya no caracteriza a la sociedad inglesa, por lo tanto, debemos repensar los estratos sociales pero ojalá tomando en cuenta la imagen de que la clase trabajadora fue fundamental para forjar el actual sistema”.

    El estudio –que incluyó a un total de 160 mil encuestados del Reino Unido– determinó la existencia de nuevos lenguajes al interior de la sociedad británica. Por ejemplo: el vocablo “Chavs”, hace referencia a un niño perteneciente a la clase obrera; “Posh” tiene que ver con una forma informal de señalar a una persona de clase alta o de la elite; mientras que “Hipsters”, dice relación con jóvenes de clase media que tienen cierto dominio de las nuevas tecnologías.

    La publicación concluyó además que “el capital económico es cada vez más importante, excluyendo en cierta medida al capital cultural y social. Porque en realidad son los ahorros y el capital económico lo que está tomando cierta preponderancia en la actualidad, lo que finalmente genera el cambio de poder y de recursos hacia las clases más alta o acomodadas de la sociedad británica actual”.

  6. El humo de la elite

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    mauricio morales

     

     

     

     

     

     

     

    Mauricio Morales

    El gobierno aún no terminaba de reponerse luego del balde de agua fría que trajo la CEP, y le cayó Adimark con cifras más deprimentes. ¿Por qué se ha deteriorado la aprobación al gobierno?, ¿qué se está haciendo mal?, ¿es sólo la desaceleración lo que explica este resultado? Claramente no. Y ni siquiera es un problema de diseño comunicacional como lo quieren disfrazar algunos. Es un problema de fondo. Mientras la elite se polariza, la ciudadanía muestra evidentes características de moderación. La responsabilidad, en gran parte, recae en un grupo de autodenominados intelectuales que vio en las marchas y en la efervescencia social el caldo de cultivo para declarar un nuevo ciclo político en Chile y un gobierno con aspiraciones refundacionales, incluida una Asamblea Constituyente.

    No es casualidad que un instructivo reciente del gobierno haya llamado a “des-reformizar” la agenda. Era obvio. Muy tempranamente los tomadores de decisiones “compraron” un argumento falaz de este mundo intelectual. Primero, que en Chile la gente estaba ávida de participación. Segundo, que las movilizaciones habían cambiado todo el escenario político. Tercero, que Chile avanzaba rápidamente hacia un nuevo ciclo refundacional. Cuarto, que la gente reclamaba por más libertades y no necesariamente por mayor orden. Esto, dicho en términos coloquiales, fue venta de humo. No hay evidencia empírica alguna que apoye estas declaraciones de principio. El problema es que el gobierno “compró”, y ahora no sabe cómo salir del embrollo.

    Es falso que la gente quisiera participar más. Y no me refiero sólo a la arena electoral, donde varios agoreros señalaron que la participación aumentaría con el voto voluntario; incluso anunciaron una participación electoral histórica. Es cierto que fue histórica, pero hacia abajo. En la segunda vuelta de 2013 apenas participó cerca del 42%. Luego, no hay indicios de una mayor participación no electoral posterior al ciclo de marchas y protestas. Al comparar 2010 y 2013 (considerando que 2011 y 2012 fueron años de mayor protesta), la desafección con partidos era, según la encuesta UDP, de 74% en 2010 y 73% en 2013. La desafección con coaliciones pasó de 68% a 65%, y la tasa de no identificados en el eje izquierda-derecha varió de 44% a 38%. ¿Cambió Chile? Si en 2010 un 5% declaraba haber firmado una petición a las autoridades, en 2013 esa cifra fue de 6,1%. El porcentaje de personas que expresaba su opinión a través de las redes sociales pasó del 7,7% al 10,7%, mientras que la porción de encuestados que declaró participar de manifestaciones en la vía pública pasó de 4,7% en 2010 a 10,7% en 2013. Esto último es obvio. Hay mayor declaración de participación en manifestaciones porque hubo más jornadas de protesta. La pregunta sigue en pie: ¿cambió Chile?

    Respecto a las movilizaciones, los datos del Observatorio Social de América Latina (CLACSO) permiten sostener la tesis del comportamiento cíclico del movimiento estudiantil. El problema es que este ciclo estuvo fuertemente determinado por los períodos de vacaciones. La protesta descendió en julio y septiembre, para prácticamente desaparecer desde diciembre hasta abril del año siguiente. Lo grave es que varios vieron en estas movilizaciones el fin de un ciclo y el inicio de una mal concebida democracia participativa. La elite cayó en la trampa. Era fácil caer en ella. Los intelectuales, cometiendo un evidente error de sesgo, se dedicaron a observar marchas. El resultado era el esperable. De tanto observar marchas, nos terminamos convenciendo que las marchas lo explicaban todo. ¿Se observaron eventos de “no marcha”?, ¿se consideró la opinión y las expectativas de quienes no marchaban? Claramente no. Y ahí está el dilema. La elite se polarizó en función de un solo eje. Las consecuencias están a la vista. Este discurso iluminado hoy choca con la verdadera realidad. La economía se desaceleró, el desempleo va al alza, los precios de los alimentos probablemente también suban. El fanatismo inicial se enfrenta a la cruda realidad de la gente común y corriente.

    Por último, está la tensión entre orden y libertad. La ciudadanía, según la encuesta UDP de 2013, prefiere (casi en un 60%) un gobierno que garantice el orden, a un gobierno que garantice las libertades individuales. La elite congresista, en tanto, y en un estudio aplicado a 136 diputados y 28 senadores (de la legislatura 2010-2013 y 2014-2018), opina muy distinto. La preferencia por un gobierno que garantice el orden sólo alcanza un 13,4%. Probablemente, acá está uno de los principales núcleos de incongruencia entre ciudadanos y políticos. Mientras los ciudadanos aspiran a la estabilidad y el orden para progresar en su vida, la elite política e intelectual (que ya progresó y que tiene su educación asegurada) va por otro camino.

    El gobierno debe tomar prontamente una decisión. Si en 2005/2006 Bachelet decidió abortar lo que sería el plan de un “gobierno ciudadano”, en esta oportunidad lo recomendable es escuchar y saber entender al ciudadano de a pie. La elite intelectual-vecina geográfica de la elite política y económica- insiste en pensar que los intereses de los pobres y la clase media son los mismos que los del ABC1. La presidenta haría bien en analizar quiénes votaron por ella, qué es la clase media, cuáles son sus aspiraciones, y luego de eso dar el necesario golpe de timón.

    Revisar columna original aquí.