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  1. Chile: Guerra, política, delirio y olvido

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    18402645_1312949285425854_7822601637552705426_nLos últimos acontecimientos de la política nacional recuerdan la reflexión de una brillante columna de Ariel Dorfman, publicada por el Diario El País (2013). En ella, el escritor señalaba lo delirante que le parecía la competencia electoral entre Matthei y Bachelet, las hijas de los generales que se vuelven enemigos en la guerra interna y; Marco Enríquez, el hijo del mártir revolucionario derrotado en esa misma guerra. El destino parecía estar cobrando una suerte de justicia divina en la escena teatral de la conquista del poder.

    Ahora, que sabemos de los escándalos de Caval, Penta y SQM; de los financiamientos irregulares de las campañas políticas de candidatos de todo el espectro político; de la corrupción de las FF.AA en democracia y; de las inversiones del Partido Socialista con los dineros que le retribuyó el Estado chileno en compensación por los bienes confiscados en dictadura, es imposible no recordar la escena trágica de Allende, cuyo sacrificio fue definido por él mismo como el ejemplo moral ante la traición de las Fuerzas Armadas. Con la misma lucidez que Dorfman, Moulian (2008) señala el martirio de Allende como un límite ético de la política. Cuando los golpistas civiles y militares pensaron que Allende negociaría un exilio conveniente y que sería muy fácil sacarlo a empujones de La Moneda, éste decide pagar con su vida la lealtad del pueblo. En ese acto y tal como lo mostró la película de Littín (2014); muere el hombre, pero sobrevive el Presidente para para dar testimonio de lo que se puede y no se puede negociar en política.

    Es esta misma relación entre guerra y política lo que permite reflexionar a Chile como un país todavía más delirante; un país que peleó una guerra larga que nunca tuvo dos ejércitos en igualdad de condiciones; un país en el que amigos y enemigos quieren repartirse el botín de la guerra, sin importar que los muertos no estén enterrados y, aunque el dinero salga de las arcas de los vencedores, quienes se enriquecieron gracias a ella. Chile es la imagen delirante de los vencidos defendiendo la victoria económica de sus opresores; de sus hijos, haciendo negocios con quienes traicionaron y delataron a sus padres y abuelos o; financiado sus campañas con el mismo dinero mal habido de la guerra sucia; el país de los nietos levantando un pre candidato de izquierda que es hijo de un cómplice civil de los crímenes guerra.

    El problema no es que los vencidos no hayan podido y después no hayan querido terminar con el capitalismo. El problema es que un país que no entierra ni honra a sus muertos, los olvida. Y no sólo eso; forja el olvido en el poder del dinero del botín. Un país que pierde los límites éticos de la guerra y la política profana el panteón de sus mártires y lo que es todavía más triste: convierte el sacrificio de la vida de sus héroes públicos y anónimos en un sacrificio inútil y vacío de significado.

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  2. De santo a rehabilitado

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Para la opinión pública, todos son culpables hasta que se compruebe lo contrario. Una severa crisis de confianza en las instituciones recorre las conversaciones entre los chilenos. La idea que existe abuso de poder no es nueva. Lo nuevo es que hoy los tribunales comienzan a ventilar delitos, malas prácticas y vínculos indecorosos.

    Toda relación entre negocios y política es sospechosa. Incluso aquellos vínculos legales son condenados.

    Enríquez-Ominami entró también  en la categoría de estos sospechosos.

    Primero se informó  de reuniones sostenidas por el ex candidato con Patricio Contesse. ME-O lo reconoció, pero informó que ni él, ni su productora, ni el PRO, ni ningún dirigente de esa tienda tenía facturas o boletas de SQM.  Luego,  se  revelaron intercambios entre el ex secretario general del PRO y ex mano derecha, Cristián Warner, y SQM. Esta vez Enríquez-Ominami indicó que no podía hacerse cargo de declaraciones de terceros y donde se menciona a su persona. Dijo no conocer a Ponce Lerou y que tampoco se ha enriquecido ilícitamente.

    El problema es doble.

    Por una parte, pasó a engrosar la lista de candidaturas tocadas por estas investigaciones en las que su círculo más cercano se ve cuestionado.

    En esta dimensión, le corresponderá a la Fiscalía determinar si en aquellos aportes se cometieron delitos.

    Pero, más importante, lo que está detrás es el cuestionamiento radical a la forma en que se ha financiado la política. Para una expectativa ciudadana que espera personas libres de todo vínculo ”espurio”, aceptar que ” no somos santos”  hoy es un problema político.

    ¿Preferirá el electorado el 2017 a un ”santo” que nunca tuvo vínculos  con el dinero?¿O bien se inclinará por un ”rehabilitado”que reconoce sus pecados?  Enríquez-Ominami ha comenzado a dejar de ser un santo. Veremos si la sociedad lo acepta en su condición de rehabilitado.

     

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