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  1. Chile bajo la maldición del cobre y el extractivismo

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Lamentablemente, los síntomas que observamos hoy nos acercan mucho más a la decadencia del subdesarrollo que a la gloria de un país que se desarrolla con ciertos niveles de justicia, equidad y calidad de vida. Quizás recordaremos al cobre más como una maldición que como una bendición que nos impulsó al desarrollo.

    Hace casi dos décadas, la politóloga Terry Karl escribió un relevante libro llamado La Paradoja de la Plenitud (The Paradox of Plenty, 1997). En este libro intenta explicar por qué había países que, habiendo descubierto un recurso natural muy valorado por el mundo, quedaban condenados al subdesarrollo. Venezuela, Nigeria, Irán e Indonesia descubrieron en su momento petróleo en sus territorios, pero ello no significó la fortuna sino que, muy por el contrario, provocó todo un calvario.

    La paradoja de la plenitud indica que países ricos en un recurso natural parecen estar condenados a no sacar ventajas de aquella fortuna. No obstante, la autora muestra cómo algunas sociedades lograron escapar de esa desventura. Es el caso de Noruega que, partiendo de un inicio muy similar a los países mencionados, pudo alcanzar niveles de desarrollo extraordinarios.

    No es que los noruegos fuesen “culturalmente” diferentes de otros actores. Karl explica en forma muy convincente las diferentes trayectorias alcanzadas por países cuyo punto de inicio es similar; países que son beneficiados por la apreciación de un determinado recurso natural (en este caso petróleo); y países que siguen trayectorias radicalmente diferentes: unos de desarrollo y gloria, y otros de subdesarrollo y decadencia política.

    En Chile enfrentamos por segunda vez el mismo dilema histórico y parece ser que no hemos podido salir de la maldición que nos anticipaba Karl y que nos coloca mucho más cerca de Venezuela que de Noruega.

    Los escándalos de corrupción política, de colusión, y las protestas del mundo científico por la falta de interés político por el desarrollo de las ciencias son consistentes con un modelo extractivista-rentista. Es duro reconocerlo, pero el cortoplacismo domina las decisiones principales de políticos, empresarios, líderes y agentes del Estado. Muy pocos son capaces de levantar la vista y observar nuestra sociedad en una o dos generaciones más. Lo anterior merece una explicación.

    Señalo que es segunda vez, pues en nuestro modelo histórico extractivista ya tuvimos un primer momento de gloria a fines del siglo XIX con el descubrimiento del salitre y la expansión Europea que necesitaba de este preciado bien natural. Vivimos una circunstancia particularmente propicia para avanzar en el desarrollo, pero toda la riqueza generada no modificó ni las condiciones estructurales de la sociedad –alta concentración de la riqueza y de propiedad en poquísimas manos–, ni tampoco permitió una mínima redistribución a partir del fortalecimiento del Estado. La crisis del salitre de inicios del siglo XX desnudó las brutales carencias y precariedades de una sociedad meramente extractivista.

    A comienzos del siglo XXI nos encontramos con un segundo momento de gloria extractivista, esta vez derivado del cobre, que ahora era demandado por la expansión de China. La diferencia con el primer momento es que nos encuentra en un mejor momento social –con menores niveles de pobreza y mayores coberturas estatales de derechos básicos–. Sin embargo, esta segunda oportunidad histórica no se ha traducido en la redefinición del modelo de desarrollo rentista-extractivista. Si se acabara la demanda por cobre, no contaríamos con ningún reemplazo –salvo otros recursos naturales que se exportan a menor escala–. Dicho en simple, Chile carece de una estrategia de desarrollo que anticipe la ausencia de cobre.

    La pregunta es ¿por qué? ¿Por qué nadie todavía anticipa aquel probable y cada día más próximo escenario? ¿Por qué no se pensó en agregarles valor a las exportaciones? ¿Por qué no se han anticipado los escenarios globales a 20 o 30 años plazo? ¿Por qué no existen apuestas de innovación en nuestro país?

    La explicación nos devuelve a la aguda reflexión de Terry Karl sobre aquellos países monoproductores de materias primas que no logran desarrollarse. ¿Qué vemos en aquellas sociedades? Vemos actores políticos que responden a demandas sectoriales de corto plazo; vemos empresarios que buscan un enriquecimiento acelerado y personal; observamos el desarrollo de vínculos clientelares entre el sector privado y público, unos para enriquecerse todavía más y otros para continuar en el poder; vemos la total ausencia de inversión en ciencia y tecnología –inversión que no permite lucirse en el corto plazo, pues usualmente implica apuestas de mediano y largo plazo–.

    De este modo, las informaciones que recibimos a diario por estos días son todas muy coherentes entre sí. Los grandes empresarios se han dedicado a maximizar sus utilidades de corto plazo (colusión), sin preocuparse de crear valor agregado o invertir en ciencia y tecnología para transformar sus negocios. Ellos han incidido en la política con el objetivo de pagar menos impuestos, aumentar sus ganancias y reducir los costos de inversión. Los actores políticos, en tanto, se han centrado principalmente en agendas de corto plazo que les permiten ganar elecciones. La discusión sobre el modelo de desarrollo está prácticamente ausente de los debates cotidianos.

    ¿Y la inversión en ciencia y tecnología? Bueno, hemos visto en semanas recientes bochornosas situaciones atingentes a la poca relevancia que se le presta al desarrollo de las ciencias. En términos comparativos, la inversión que Chile realiza en este campo es ínfima –0,4% del PIB en Chile, mientras el promedio de países de la OECD es de 2,4%–. Los países que han alcanzado altos niveles de desarrollo establecieron políticas públicas relacionadas con impulsar una economía del conocimiento, acompañada de fuertes inversiones privadas en el campo científico. No es posible desarrollarse sin una estrategia de colaboración entre el mundo público y privado, incluyendo a empresarios, agentes del Estado, actores sociales y universidades.

    Otro indicador de la pobreza de nuestras estrategias se refiere a las políticas de becas para estudios de postgrado. En la época de “vacas gordas” se estimuló acertadamente este tipo de becas. Muchos chilenos salieron a la búsqueda de conocimiento. Sin embargo, tal esfuerzo no fue acompañado por programas efectivos de reinserción, generando académicos con altos niveles de conocimiento pero que enfrentan serios problemas a la hora de reinsertarse en universidades que presentan fuertes restricciones a la hora de expandir sus plantas académicas.

    Así, los escándalos de corrupción política, de colusión, y las protestas del mundo científico por la falta de interés político por el desarrollo de las ciencias son consistentes con un modelo extractivista-rentista. Es duro reconocerlo, pero el cortoplacismo domina las decisiones principales de políticos, empresarios, líderes y agentes del Estado. Muy pocos son capaces de levantar la vista y observar nuestra sociedad en una o dos generaciones más.

    Lamentablemente, los síntomas que observamos hoy nos acercan mucho más a la decadencia del subdesarrollo que a la gloria de un país que se desarrolla con ciertos niveles de justicia, equidad y calidad de vida. Quizás recordaremos al cobre más como una maldición que como una bendición que nos impulsó al desarrollo.

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  2. Impúdicos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Por más rechazo que produzca, la actitud de Pizarro también constituye evidencia de la maduración de la democracia chilena. Los chilenos saben que sus legisladores no son virtuosos.

    Después de haber estado bajo cuestionamiento debido a las revelaciones sobre financiamiento ilegal de campañas, la clase política chilena parece haber perdido el pudor. Ya que el electorado tiene la convicción de que todos los partidos están involucrados en algún tipo de irregularidad, los políticos están haciendo la pérdida y aceptando que su comportamiento siempre será causa de sospecha. Por ello, como lo ejemplificó a la perfección el senador Jorge Pizarro en su defensa de por qué se fue al mundial de rugby después del terremoto, muchos políticos se comportan con la despreocupación del condenado que sabe que una falta más no agravará la categórica sentencia que ya existe en su contra.

    Después de haber experimentado por años un gradual declive en su valoración positiva, los escándalos Caval, Penta y SQM han constituido un golpe de gracia que dejará a la clase política en una posición de permanente cuestionamiento por parte de una opinión pública que ya no espera que sus líderes políticos sean virtuosos.

    Es saludable que la sociedad sepa que ganar una elección popular no otorga superioridad moral ni es garantía de probidad. Cuando la gente sabe que los políticos están sometidos a las mismas tentaciones que todos, la democracia se inocula de la irrupción de mesías refundadores que prometen soluciones milagrosas. No hay mejor remedio contra el populismo y el autoritarismo personalista que la convicción generalizada de que los políticos son tan imperfectos como el resto de los ciudadanos y que, por lo tanto, es mejor institucionalizar trabas y limitaciones al poder discrecional. La confianza excesiva depositada en la capacidad de una persona para cambiarlo todo —como lo que pasó con Bachelet en 2013— desaparece cuando la gente cree que todos los políticos son susceptibles a privilegiar sus intereses personales por sobre la búsqueda del bien común. Por eso, aunque la democracia chilena sea ahora más triste y tenga menos candidatos a santos, es también más resistente al populismo que históricamente ha amenazado a América Latina.

    Esta nueva realidad —que la gente espera poco de sus políticos— no está exenta de problemas. Como participantes en un reality de televisión que, al poco andar, pierden la vergüenza y se comportan como si nadie estuviera mirando, los políticos chilenos han perdido el pudor. Las respuestas y explicaciones que ha dado el senador Pizarro a las críticas recibidas por haber viajado al mundial de rugby días después de que un terremoto golpeara duramente a la región que él representa reflejan esa pérdida de pudor. Pizarro ha dicho que su viaje no fue a un concierto musical, sino a algo mucho más importante. Pudiera ser que para Pizarro, el rugby sea menos frívolo que un concierto, pero es inaceptable plantear que los hobbies son más importantes que las obligaciones profesionales. Un futbolista fanático de los automóviles no se puede ausentar de la liga de su país sólo porque tiene un hobby. Un profesor no se puede ausentar de sus clases para asistir a un evento deportivo alegando que es su pasión. El trabajo de Pizarro no consiste sólo en legislar. También debe acompañar a sus representados cuando pasan por un mal momento. Como presidente del PDC, Pizarro también representa al partido más importante del oficialismo. Su ausencia del país, cuando muchos camaradas sufrían, no puede ser entendida como otra cosa que una frivolidad.

    Felizmente, hay soluciones de diseño institucional que ayudan a evitar que políticos no virtuosos cometan desatinos. Los referendos revocatorios para senadores a mitad de sus períodos de ocho años harían que ellos piensen mejor antes de privilegiar sus hobbies por sobre lo que importa a sus electores. Como Pizarro tendrá que enfrentar a sus votantes recién en 2021, le importa poco ofenderlos. Si en cambio existiera la posibilidad de un referendo revocatorio en 2017, Pizarro lo pensaría dos veces antes de irse de vacaciones después de un terremoto.

    Limitar la reelección de los legisladores, en cambio, solo incentivará más comportamientos como el de Pizarro. Los legisladores en su último periodo no tendrán para qué preocuparse de lo que piensen sus electores. Además de irse a pasear por el mundo, esos legisladores en su último periodo se dedicarán a usar sus cargos para buscar su siguiente trabajo. Dejar contentos a futuros empleadores será más importante que satisfacer las necesidades de sus distritos.

    Por más rechazo que produzca, la actitud de Pizarro también constituye evidencia de la maduración de la democracia chilena. Los chilenos saben que sus legisladores no son virtuosos. Ya nadie deposita en los políticos el tipo de fe ciega que alimenta el populismo. Los políticos no pueden atribuirse superioridad moral por haberse opuesto a la dictadura o por una supuesta vocación de servicio público. Ahora que sabemos que vivimos en un reino de impudicia, en vez de lamentarnos, corresponde diseñar instituciones que establezcan mecanismos de control e incentivos para que los impúdicos trabajen por el bien de sus electores.

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