Fernando García Naddaf, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP
Fernando García Naddaf, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP, participó en el programa Vía Pública del Canal 24 Horas sobre la relación de Donald Trump con la prensa y las portadas falsas de la revista Time.
“Lo que hace Donald Trump en definitiva es como la última versión de un estilo de ser presidente que viene de Estados Unidos ya desde la época de Nixon, hay ciertos patrones. El hecho de personalizar la presidencia de la república, la campaña permanente -antes pensábamos simplemente que tú hacías campaña sólo en la época electoral, ahora estás durante toda la época de gobierno en campaña, de hecho trump ya se está preparando para la reelección-, y el otro elemento es el going public, es decir , usar los medios de comunicaciones como un medio para mover las relaciones de poder a su favor”.
En sus primeros días en la Casa Blanca, el nuevo Mandatario, Donald Trump, está cumpliendo promesas de campaña que parecen encaminadas a que Estados Unidos suspenda su larga vocación imperialista. Se trata de un camino casi imposible en el mundo actual, pero, como señalan historiadores, la ambivalencia es de larga data: desde sus inicios como nación, el país se ha debatido entre limitarse a sus fronteras o liderar el mundo.
En septiembre de 1987, en los diarios The New York Times y Washington Post apareció un inserto con una carta abierta al “pueblo americano” sobre la política exterior de Estados Unidos en la que, básicamente, se planteaba que los países del mundo a quien ellos apoyaban en conflictos militares debían retribuirlos: “¿Por qué estas naciones no le están pagando a Estados Unidos por las vidas humanas y los billones de dólares que estamos perdiendo al proteger sus intereses? No dejemos que se rían de nuestro país nunca más”, decía el autor de la misiva, Donald Trump. Hay quienes creen que aquel fue el primer acto de campaña del hoy Presidente estadounidense. Fue hace casi treinta años, pero ahora instalado en la Casa Blanca, Trump sigue pensando lo mismo: no quiere subsidiar al mundo.
Es más que eso: todo apunta a que Trump pretende que Estados Unidos le dé la espalda al mundo. Tras una campaña basada en frases como “Hagamos América grande otra vez” y “América primero”, desde que el nuevo Mandatario tomó el poder ha avanzado en esa dirección: el lunes firmó el decreto para retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), un tratado comercial que los unía a otras 11 naciones del Pacífico, y el miércoles ordenó la construcción inmediata del tan controvertido muro en la frontera con México. No han sido estas acciones, sin embargo, lo que ha llevado a que se imponga una idea: desde su campaña presidencial, aparecía con claridad que el Presidente Trump intentará que Estados Unidos regrese a una política exterior aislacionista.
Quizás optar por un aislacionismo a secas sea literalmente imposible para un país del peso internacional de Estados Unidos, pero como señalaba el analista norteamericano Thomas Wright en un artículo en Politico.com, del pensamiento de Trump se desprende que espera sacar a su país del centro mundial: “Trump cree que Estados Unidos obtiene malos réditos del orden liberal que ayudó a crear y que ha liderado desde la Segunda Guerra Mundial”, decía. Y añadía: “Está profundamente descontento con las alianzas militares del país y siente que Estados Unidos está comprometido en todo el mundo y que en la economía global está en desventaja. Y es proclive a los líderes fuertes autoritarios. Trump busca nada menos que poner fin al orden liberal dirigido por Estados Unidos y liberarlo de sus compromisos internacionales”.
La ambivalencia histórica
Wright aludía a un orden mundial organizado después de la Segunda Guerra Mundial, pero desde mucho antes Estados Unidos ha enfrentado un dilema histórico: prácticamente desde sus inicios como nación independiente, los estadounidenses han oscilado entre dos posibles caminos en su relación con el mundo: el aislacionismo o el imperialismo. Parece una dicotomía simplista, incluso conceptualmente, pero el tema es innegable: “Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial contemporáneo como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él. Se ha transformado en una superpotencia, repudiando cualquier intención de conducir una política de poder”, declaraba hace dos años el influyente Henry Kissinger.
“Estados Unidos siempre ha tenido una visión ambivalente”, asegura Fernando Wilson, profesor especializado en la historia estadounidense de la Facultad de Artes Liberales de la UAI. “Es vital recordar que de la gran inmigración del siglo XIX empiezan a surgir muchas comunidades dentro del país. Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las dos costas son, en general, el Estados Unidos globalizado. Sobre todo la costa este, que tiene una mirada integrativa, globalizante muy potente. Pero al mismo tiempo, el Midwest tiene una visión bastante tradicionalista y autorreferencial, y aislacionista. Y ahí se genera una pugna”, añade.
Al poco tiempo de su independencia, en 1783, Estados Unidos inició relaciones muy de igual a igual con Europa, pero cuando Francia emprendió su revolución se retiró de escena. Según cuenta Kissinger en el libro “Orden mundial” (2014), ese movimiento va a tener una expansión en el Discurso de Despedida que dio George Washington en 1796, en el que aconsejó al país que se “apartara de alianzas permanentes con cualquier parte del mundo foráneo” y, en cambio, “confiara prudentemente en alianzas temporales para emergencias extraordinarias”. Según Kissinger, lo que planteó Washington definió una ruta: consolidarse en el plano interno. “Esta estrategia prevaleció durante un siglo y permitió que Estados Unidos lograra lo que ningún otro país estaba en posición de concebir: se transformó en una gran potencia y una nación de alcance continental mediante la simple acumulación de poder interno, con una política exterior enfocada casi por completo en la meta negativa de mantener a raya los progresos extranjeros tanto como fuera posible”.
El historiador chileno Fernando Purcell, especializado en la relación de Estados Unidos con el mundo, y que hoy estudia en la Universidad de California, cree que dicho país tuvo un afán internacionalista desde sus orígenes. Pero, como Kissinger, señala que solo a fines del siglo XIX se desató la expansión global: “El imperialismo se manifiesta con nitidez más bien en 1898, tras la guerra con España que le da el control momentáneo de Cuba, una suerte de protectorado en Puerto Rico y convierte a las islas Filipinas en colonias, lo que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial”, dice. Y añade: “A Estados Unidos le ha acomodado un rol preponderante e idealmente hegemónico en la política, el comercio y la cultura. Sin embargo, las formas para alcanzar dicha hegemonía han marcado grandes diferencias en términos de cómo su sociedad lo valora. El país se siente más cómodo con el imperialismo informal, basado en el éxito del comercio o la seducción de la cultura de masas, que con formas de intervención coercitiva para lograr esa hegemonía”, añade.
El siglo XX
En 1927, el ingeniero Charles Lindberg fue el primer hombre que cruzó el océano Atlántico arriba de un avión. Viajó solo y sin escalas desde Nueva York a París. Se transformó en una figura pública, en un héroe nacional que, una década después, mostró una faceta inesperada: apoyó a Hitler y recorrió Estados Unidos como vocero del aislacionismo, pidiendo que su país no entrara en la Segunda Guerra Mundial. Muchos han creído ver en Lindberg un antecedente de Donald Trump, más allá de que el aviador no llegó a disputar siquiera una candidatura presidencial. Pero lo cierto es que Lindberg fue el fruto de una época en que la pugna entre las aspiraciones imperialistas y las aislacionistas tuvieron fuertes fricciones. Acaso el siglo XX ha sido la lucha de ambas visiones.
“No tenemos fines egoístas que servir. No deseamos la conquista ni el dominio. No buscamos indemnizaciones ni compensación material por los sacrificios que haremos gratuitamente. No somos sino uno de los defensores de los derechos de la humanidad”, le dijo el Presidente Woodrow Wilson al Senado en 1917, pidiéndole autorización para entrar en la Primera Guerra Mundial. Lo movía la creencia en que la democracia americana era un valor intransable y, a la vez, la idea de que Estados Unidos debía defenderla en cualquier parte del mundo. De alguna manera, la visión de Wilson provenía de los avances imperialistas de los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt, ambos convencidos de un destino de contornos mesiánicos de su país. Pero Wilson encontró fuertes resistencias entre los aislacionistas: fue a la guerra, pero una vez terminada el Congreso le rechazó el ingreso a la Sociedad de las Naciones, que él mismo había impulsado.
“¿Significa esto que Estados Unidos se aisló del mundo? No. Por el contrario”, dice Fernando Purcell, enfrentando la idea clásica de que los estadounidenses se cerraron al mundo en los 20 y 30. Y añade: “Fue en esos años, sin participar en la Liga de las Naciones, que Estados Unidos experimentó el proceso histórico más significativo para la consolidación de su imperio económico: repletó de consulados y agentes comerciales el mundo entero para conocer de primera fuente los gustos y necesidades de todo el mundo, lo que fue explotado comercialmente. Entonces los supuestos años de aislacionismo de Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial en materia multilateral internacional no fueron tales en materia económica”.
El mundo encadenado
Acaso el problema sea reducir el tema a aislacionismo o imperialismo, cree Fernando Wilson. “Hay un error en creer que la conducción de política exterior de Estados Unidos tiene un solo objetivo. Hay comunidades en disputa y, al mismo tiempo, estructuras burocráticas que operan haciendo un balance”, dice. Y añade: “Los estadounidenses actúan más que nada desde una perspectiva reactiva, frente a la defensa de intereses locales de carácter inmediato. Intervienen en la Segunda Guerra Mundial porque Alemania era una potencia industrial que podría ser una amenaza. Con Alemania, además, tuvieron una disputa por un liderazgo mundial que era incompatible con la visión de libertad norteamericana. Y actuaron en Europa durante la Guerra Fría para evitar que el conflicto llegara a sus tierras”.
Por lo demás, el poderío internacional de Estados Unidos no solo está amparado en asuntos económicos o militares. “Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”, asegura Cristián Castro, director del Magíster en Historia en América Latina del Instituto en Ciencias Sociales de la UDP. “Por ejemplo, Barack Obama encarna el fin de un proceso de derechos civiles en la narrativa de Estados Unidos, pero que no solo tiene una dimensión nacional, sino que también ha sido exportado al resto del mundo. Ahora último, han exportado la validez de los derechos de las minorías étnicas. Y, de alguna forma, Donald Trump viene a romper la idea del progreso liberal yunkie tan valorado simbólicamente en el mundo”.
Sin embargo, Castro sospecha que el discurso nacionalista e aislacionista de Donald Trump va a chocar con la realidad: “Trump está funcionando con la idea de volver a pensar en los problemas domésticos y fortalecer la industria nacional, pero eso va a tener un límite: van a tener que vender esos productos al mundo. Es discurso cortoplacista, pues a la larga Estados Unidos está amarrado a las economías del mundo y desde la Segunda Guerra Mundial es el líder en esa área. Es complicado que se revierta ese proceso en el mundo actual”. Y a ello, Purcell agrega: “Que Trump priorice lo nacional discursivamente se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global. Es muy cuestionable que el retractarse de pactos como el TTP pueda ser una estrategia adecuada para mantener su peso global o que la industria automotriz sea competitiva con los mayores costos de mano de obra en Estados Unidos, pero estas son estrategias que no buscan aislar al país necesariamente, sino protegerlo de la amenaza de otras naciones”.
Para Fernando Wilson, si lo de Trump es aislacionismo, es uno “burdo, tosco, violento y no meditado”. Y, agrega, no lo ha ejercido dialogando con las diferentes almas de las comunidades estadounidenses. Según él, Bill Clinton operó con una estrategia ambivalente de sustracción militar y ampliación económica: “Gran parte del financiamiento del boom económico de sus 8 años está directamente amarrado al retiro norteamericano de ultramar: el cierre de bases en Filipinas, la reducción del compromiso con la OTAN, etc. Es cierto, él participó de una globalización comercial, pero al mismo tiempo se retiró”, dice, y añade: “Lo de Trump es de una tosquedad extrema. Y es lamentable que pretenda alejarse del mundo porque una sociedad como la estadounidense, que se presenta a sí misma como el gran experimento liberal exitoso, más que la Revolución Francesa, tiene en el buen sentido del término una vocación universalista. Desde la perspectiva de la invitación, no de la imposición”.
”Que Trump priorice lo nacional se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global”.
FERNANDO PURCELL, HISTORIADOR.
”Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”. CRISTIÁN CASTRO, HISTORIADOR.
”Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las costas tienen una mirada globalizante muy potente. Pero en el Midwest la visión es bastante tradicionalista y aislacionista. Se genera una pugna”.
FERNANDO WILSON, HISTORIADOR.
”Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él”. HENRY KISSINGER, ASESOR INTERNACIONAL.
Cristián Doña, director del Observatorio de Desigualdades, habla sobre su trabajo titulado “Migración y estructura social en Chile”. La investigación trata sobre las consecuencias de la migración en la sociedad de destino.
¿Qué objetivos tiene el paper?
El paper trata de cómo participan los migrantes en la sociedad chilena, particularmente en el mercado laboral y en la educación, a partir de una idea de que hay una segmentación del mercado laboral asociada al país de origen, asociada a la racialización de las personas, es decir, se les otorgan ciertas características raciales. Yo estoy usando región de origen como una alternativa.
¿Qué resultados preliminares se observan?
Los resultados preliminares son que efectivamente hay un mercado dual en el cual los migrantes, dependiendo de la región de origen, se incorporan a espacios de alta calificación. Los migrantes del norte global, alta calificación, mientras que los migrantes de los países andinos a baja calificación y entre medio aquellos migrantes del cono sur.
¿Cuál fue la metodología de trabajo?
La metodología es un análisis de datos secundarios. Usamos la Encuesta Casen, sacamos tanto los chilenos como los extranjeros.
¿En qué etapa de trabajo se encuentra el proyecto?
El proyecto macro, es un proyecto sobre la inmigración estadounidense y española en Chile, de dos años, estamos terminando el primero. Una parte importante del proyecto es pensar por qué se viene esta migración y una de las formas de estudiar eso es ver el tema del mercado laboral segmentado. En este momento estamos escribiendo un artículo sobre la construcción de comunidades virtuales dentro de los grupos de migrantes español y estadounidense, es decir, el uso de Facebook, plataformas de internet, para ver cómo se ocupan para generar comunidad. Estamos realizando entrevistas también a grupos de inmigrantes y haciendo el análisis de datos secundarios para dar contexto.
¿Cuál es el aporte a la investigación?
En primer lugar, estamos investigando un grupo de migrantes que no ha sido estudiado en Chile. En Chile se estudia principalmente los grupos de mayor participación, peruanos, colombianos, etc. Ahora, por primera vez, estamos analizando un grupo que no es tan solo diferente, tienen características especiales, europeo o del norte global, está asociado a mayor calificación y también a crisis en los países de origen, la crisis económica en España y Estados Unidos y es mejor “recibido” en Chile. Por otra parte, estamos preguntando no solamente por lo que pasa cuando llegan a Chile, si no cuáles son las razones de haber dejado sus países, cuáles son los factores más importantes que llevan a las personas a emigrar, es decir, amor, trabajo, educación.
¿Quiénes componen el equipo de trabajo?
Yo estoy a cargo del proyecto. Yanko Pavicevic es el ayudante de la investigación. También está Cristóbal Moya, ayudante del Observatorio de Desigualdades, quien apoya algunas cosas de este proyecto, sobre todo la parte de análisis cuantitativo y es con quien trabajé más el artículo. Por otro lado, tengo a tres tesistas de Sociología que son Luis Acuña, Braulio Arenas y Matías Pérez.
Alfredo Joignant, Doctor en Ciencia Politica Universidad Diego Portales
En esta edición de Mesa Central, los panelistas Gonzalo Cordero, abogado y experto en asuntos públicos y Alfredo Joignant, doctor en Ciencia Política y académico de la Escuela de Ciencia Política UDP, conversaron acerca de Hillary Clinton, el escenario político en EEUU y un nuevo 11 de septiembre en el país.
Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Para los que comparten generación con Edwards, pero también para los más jóvenes que hoy parecen decididos a querer matar a la generación de sus padres, el libro de Edwards es una invitación para enfrentar —sin nostalgia, sin arrepentimientos, con irónico humor y la distancia que da el tiempo— al gran fantasma que todavía ronda en la memoria colectiva del país.
En su brillantemente escrita autobiografía, el lúcido y polémico economista chileno radicado en Estados Unidos, Sebastián Edwards, usa los recuerdos de su vida como un vehículo para viajar al Chile de los años 60, del golpe militar y de los primeros años de la dictadura. Los recuerdos de Edwards nos hacen viajar entre Estados Unidos y Chile, desde el año que Edwards viajó a estudiar un doctorado en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago. Sin ser Chicago Boy, pero identificado con la filosofía de búsqueda del conocimiento de su alma mater, Edwards tácitamente usa su historia personal para contar la historia de Chile. A través de sus asuntos no resueltos con su padre, nos obliga a pensar en nuestra propia relación traumática con el padre abusador del Chile actual, el ya fallecido dictador Augusto Pinochet.
Aunque el género de las autobiografías se ha popularizado en Chile en años recientes, los textos autobiográficos a menudo pecan de aburridos. Los autores evitan temas espinudos y son demasiado bondadosos con aquellos con quienes tuvieron encontrones. No es el caso de Edwards. Él no parece demasiado interesado en caerle bien a nadie. Excesivamente seguro de sí mismo, Edwards tampoco parece demasiado preocupado por quedar bien. Convencido de que su hoja de vida basta, Edwards hace gala de esa capacidad que tienen los estadounidenses de reírse de sí mismos. Con la misma libertad, habla de sus compañeros, profesores, amigos y conocidos.
Si bien el libro tiene descripciones geniales de la locura que vivió el país en el periodo de Allende y de los horrores en los primeros años de la dictadura, el texto logra sus mejores momentos cuando Edwards habla de la relación con su padre. El libro es un manjar para los que quieran psicoanalizar a Edwards. La relación con su padre, especialmente después del quiebre conyugal, cuando el autor era aún un niño, refleja una complejidad que, no por ser común, deja de ser cautivante. En cierto modo, la autobiografía es un viaje en busca de un reencuentro con su padre. Hay pocas cosas pendientes. No hay nostalgias por momentos no vividos. El viaje es, más bien, la búsqueda del adulto que ansía poder encontrarse con su padre cuando éste tenía su misma edad para conversar como amigos. La imposibilidad de viajar en el tiempo lleva a Edwards a escribir un libro cuya audiencia —aunque Edwards tal vez ni siquiera lo haya pensado— es su ya fallecido padre. Nosotros, los lectores, somos solo testigos de ese viaje.
Inevitablemente, el texto de Edwards lleva a pensar en el Chile de antes y el Chile de ahora. Esto es, en el Chile antes de Pinochet y después de Pinochet. Aunque Edwards se anota entre los detractores de la dictadura, no llegó a ser víctima de ella. Pero así como el no haber sufrido apremios no lo hace olvidar los apremios que sufrieron otros, Edwards tampoco cae en el reduccionismo de presentar el legado de Pinochet como todo malo. Al igual que en su relación con su padre, llena de matices y altibajos, Edwards logra construir, en el background de una historia personal, una mesurada narrativa sobre las luces y sombras del legado de Pinochet.
Simbólicamente, al haber estudiado en Chicago, Edwards queda marcado como Chicago Boy. Pero por tradición familiar y por sus propias convicciones, Edwards estaba en veredas opuestas a la dictadura. Solo que, como muchos otros chilenos, tampoco hizo demasiado para lograr allanar el retorno a la democracia. En eso, Edwards es parte de la gran masa de chilenos que, mientras la política se movía por carriles peligrosos, optaron por mejor no meterse. La familia, la profesión y la realización personal nos llevan a ser más pragmáticos que heroicos.
Si bien discute a los Chicago Boys, se adentra en cuestiones de economía política y da su opinión sobre cuestiones tan distintas como la literatura y la cocina, el libro de Edwards tiene un hilo conductor claro y simple. Después de la muerte de su padre, Edwards busca sus raíces en Chile. La metáfora no podría ser más apta para el momento por el que hoy atraviesa el país. Una década después de la muerte del dictador, los chilenos parecemos querer buscar nuestra identidad en el periodo pre 1973. Pero así como Edwards se encuentra con los recuerdos de su padre en cada esquina, por más que neguemos al dictador, su recuerdo se nos aparece en todas partes.
Edwards exorciza sus fantasmas en un libro magistralmente escrito. Muchos chilenos todavía no se quieren atrever a enfrentar a nuestro gran fantasma. Para los que comparten generación con Edwards, pero también para los más jóvenes que hoy parecen decididos a querer matar a la generación de sus padres, el libro de Edwards es una invitación para enfrentar —sin nostalgia, sin arrepentimientos, con irónico humor y la distancia que da el tiempo— al gran fantasma que todavía ronda en la memoria colectiva del país.
Cristóbal Rovira, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP
Cristóbal Rovira, director del Doctorado en Ciencia Política de la Universidad Diego Portales, se encuentra en el penúltimo año de realización de su Proyecto Fondecyt “Populismo, constitucionalismo y la política de la representación”. En esta entrevista explica los lineamientos de su investigación.
¿En qué consiste el proyecto?
En este proyecto estoy analizando el surgimiento y la evolución de fuerzas populistas sobre todo en América Latina, en Europa y en cierta medida también en Estados Unidos, de forma comparada. La gran gracia de ver esto de manera comparada, es que hoy tenemos bastantes buenos estudios sobre el populismo en América Latina, o en Europa o en Estados Unidos, pero lo que no tenemos son comparaciones entre los populismos entre estas distintas regiones.
¿Qué objetivos tiene la investigación?
Uno de los objetivos centrales es lograr efectivamente una observación comparada, cuáles son las diferencias y similitudes entre estas distintas fuerzas populistas que han venido emergiendo desde fines de los años 90′ en adelante.
¿Cómo ha sido la metodología de trabajo?
Yo trabajo por mi parte pero también en conjunto con distintos colegas que están ubicados fundamentalmente en Europa y Estados Unidos. Dependiendo de cuál es la pregunta de investigación que yo tengo, trabajo solo o en equipo.
Un ejemplo de trabajo en equipo es con una investigadora en España, donde se analizó por qué no existen partidos políticos de extrema derecha en España, mientras en el grueso de los países europeos sí existen estos partidos.
Otra de las preguntas se relaciona con qué es lo que pasa cuando estos partidos o líderes populistas llegan al poder. Una de las cosas que se asume en la literatura y también en el debate público, es que una vez que los actores populistas llegan al poder, puede tener un impacto negativo sobre el sistema democrático. Lo que me ha interesado analizar es qué es lo que se puede hacer una vez que esos partidos populistas llegan al poder, cuál es el rol que tiene que jugar la oposición y cuál es el rol que pueden jugar actores internacionales. Lo que hice con un colega que trabaja en el Reino Unido es escribir un análisis respecto a cuáles son los distintos actores que pueden jugar un rol, tanto a nivel nacional e internacional. En base a eso contactamos a colegas que son expertos, en países donde partidos populistas han llegado al poder. Ellos escribieron un artículo para el caso de Venezuela, Ecuador, Hungría, Italia, Polonia y Austria.
¿Qué hallazgos se han obtenido?
Una de las ideas centrales, es que el populismo si bien es cierto que se ha ido transformando en un fenómeno que es bastante global, es importante tener en consideración que surgen distintos tipos de él. Por un lado, populismos que nosotros llamamos que son de derecha o “exclusionarios”, donde lo que hacen es tratar de delimitar quiénes son las personas que pueden participar dentro del proceso político, mientras que en otras partes surgen más bien populismos de izquierda o “inclusionarios” que tratan de incorporar segmentos de la ciudadanía que por diversos motivos han estado más bien excluidos del sistema político.
¿Qué aportes genera a la investigación?
Primero, el concepto mismo de populismo suele surgir tanto a nivel académico como en el debate público, pero existe muy poca claridad respecto de qué es realmente. Sobre todo en la opinión pública, se suele llamar populista a todas aquellas cosas que a nosotros no nos gustan. Uno de los primeros aportes que tiene esta investigación, es tratar de ofrecer un concepto muy claro de populismo y a través de esa conceptualización también ofrecer análisis empírico para determinar quiénes efectivamente pueden ser categorizados como populistas o no.
La relación existente entre la desigualdad y la representación ciudadana en Estados Unidos fue la tesis planteada por el cientista político estadounidense, Larry Bartels.
La última conferencia de 2015 dictada por la Cátedra Norbert Lechner, presentó el trabajo del cientista político estadounidense, Larry Bartels, quien ha sido reconocido a nivel mundial por sus estudios que vinculan a la desigualdad económica con la representación política en Estados Unidos.
Basándose en su libro Unequal Democracy (2008), el académico norteamericano reflexiona en torno a esta vinculación a partir de un detallado estudio de las últimas seis décadas de desarrollo económico y las tendencias políticas que derivaron de aquellos procesos democráticos en Estados Unidos.
En aquella investigación, Bartels establece que la brecha entre ricos y pobres se ha multiplicado considerablemente durante los gobiernos republicanos en Estados Unidos, mientras que ha experimentado una leve baja durante las administraciones de los gobiernos demócratas, lo que en consecuencia ha mantenido a los niveles de desigualdad socioeconómica prácticamente de la misma manera.
Explicando el planteamiento, Bartels propone que esta tendencia no es sólo consecuencia de los resultados de las fuerzas económicas, sino que de decisiones de políticas públicas derivadas de propuestas ideológicas de los mencionados partidos; combinado con las eventuales influencias que ejercen sobre los partidos los denominados grupos de interés de los sectores más acomodados.
El académico de la Universidad de Vanderbilt explicó que “después del período de postguerra en Estados Unidos, el crecimiento ha sido mucho más disparejo en su distribución, porque los trabajadores y las personas de menores ingresos no han visto un aumento en sus ingresos durante todo este período; mientras que las personas más cercanas a la distribución más alta de ingresos, han logrado una ganancia económica sustancial con un promedio de crecimiento de un 56%”.
Bartels señala que “cuesta entender las razones para este cambio de patrón de crecimiento, ya que existen variados factores asociados a la globalización: el cambio social o el cambio tecnológico. Creo que estos y otros elementos son muy importantes a la hora de producir el aumento de la desigualdad en el resultado económico en Estados Unidos y muchas otras partes del mundo”.
Otro factor a considerar a la hora de una elección presidencial en EE.UU. “es el estado de la economía en los seis meses previos a la elección. Porque los votantes son bastantes miopes en su evaluación de la condición económica, premiando o castigando fuertemente al partido que viene, dependiendo de cómo ha andado la economía en los meses previos a las elecciones”.
Marian Schlotterbeck, licenciada en Historia y Estudios Latinoamericanos de Oberlin College, y Magíster y Doctora en Historia de América Latina en la Universidad de Yale, se encuentra dictando un Seminario intensivo en el Magíster en Historia de América Latina de la Universidad Diego Portales, enfocado al estudio de las temáticas historiográficas más importantes del siglo XX en la región, “una de las ideas principales es poner al día a los alumnos con los trabajos más recientes que han salido en Estados Unidos en la última década”, señala la académica.
Durante su carrera ha investigado sobre los procesos políticos latinoamericanos, que tuvo como eje principal el papel que jugó su profesor guía, Steve S. Volk, “tuve la suerte de tener varios profesores progresistas, de izquierda, que habían venido a Chile en la Unidad Popular”, explica Schlotterbeck.
Dentro de sus investigaciones, se incluye el análisis de las historias nacionales de Cuba, México, Argentina, El Salvador, Guatemala y Chile, poniendo a este último en el contexto más global y compartido. Uno de los puntos principales de estas reflexiones, es el rol de Estados Unidos en el desarrollo político del mundo, el que según su opinión, jugó un papel preponderante en Chile.
“Desde mi perspectiva, cuando pasaron los 40 años del golpe, es de cierta manera imposible, seguir defendiendo el proyecto de la dictadura” enfatiza, refiriéndose a la posición que aún se mantiene entre algunos académicos que consideran el hecho como una tragedia inevitable, y no como, según sus palabras, ” la decisión de ciertos sectores para descontinuar los procesos de democratización de Chile en el siglo XX, que tuvo como consecuencia la violación de derechos humanos”, indica.
Además de su labor como profesora en la UDP, está trabajando en dos libros. El primero de ellos, titulado “Más allá de la vanguardia”, trata sobre los procesos de la Unidad Popular en la provincia de Concepción, desde la militancia de bases del movimiento de izquierda revolucionaria, como una forma de descentralizar la historia chilena hacia las regiones y de hacer un análisis de la década del 60′ como una lucha social. Su otro proyecto literario, es acerca de la llamada Asamblea del pueblo, que tuvo lugar en Concepción en el año 1972. En él, elabora un trabajo que aborda esa experiencia desde la perspectiva de las organizaciones sociales que participaron.
Actualmente, está trabajando en un artículo que trata sobre la visita de Fidel Castro a Chile en el año 1971, dando énfasis en la difusión de su viaje en Cuba, tomando a los medios de comunicación como eje central, es decir, “la forma que la prensa ocupaba la visita de Fidel Castro a Chile como una forma de reanimar al pueblo cubano que estaba con un declive de popularidad” concluye la académica.
Hace algunos años, el cientista político Larry Bartels sostenía en el Washington Post que constituye un error pensar que la desigualdad económica
es exclusiva o únicamente un reflejo de las condiciones económicas de un país. El profesor de la Universidad de Vanderbilt que visitará la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP próximamente, sostiene que hay una importante dimensión política asociada a la desigualdad. “La desigualdad económica es en forma muy sustantiva, reflejo de un fenómeno político“, afirma el académico
.
Larry Bartels es un cientista político estadounidense que se ha preocupado de estudiar el vínculo entre desigualdad económica y política en Estados Unidos, un tema muy sensible al proceso político chileno. En su libro Unequal Democracy (2008), Bartels estudia aquel vínculo a partir de un detallado estudio de las últimas seis décadas de desarrollo económico y las tendencias políticas de que allí se derivan. En su trabajo, concluye que la brecha entre ricos y pobres se ha ampliado más fuertemente durante gobiernos Republicanos y ha disminuido levemente bajo administraciones Demócratas, lo que como resultado ha dejado los niveles de desigualdad socioeconómica prácticamente igual.
Bartels sostiene que esta tendencia no es sólo el resultado de las fuerzas de la economía, sino que más bien es el resultado de decisiones de política pública tomadas a partir de apuestas ideológicas de los partidos, combinado con la influencia de los grupos de interés de los sectores más acomodados.
Bartels demuestra que los actores políticos son mucho más sensibles a las presiones de los sectores más acomodados de las sociedad que a los sectores pobres. Así los presidentes republicanos han favorecido el crecimiento de los salarios de los sectores más ricos de la sociedad en proporción a lo que lo han hecho respecto de los salarios de clase media y de sectores bajos. Políticas de impuestos claves han tenido un impacto muy significativo en el aumento de la brecha entre ricos y pobres en Estados Unidos.
Contrariamente a lo que se sostiene que los sectores populares apoyarían a los Republicanos por su afinidad valórica en temas como aborto y matrimonio homosexual, Bartels sostiene que los republicanos han sido extraordinariamente exitosos en “empaquetar” reformas poco favorables a los sectores más pobres, de modo que parezcan beneficiosas para ellos.
El libro de Bartels ha sido premiado por la Asociación Americana de Ciencia Política y ha cobrado particular notoriedad por el debate político sobre la desigualdad en Estados Unidos y en otras democracias.
La Cátedra se realizará el jueves 1 de octubre a las 11:30 hrs. en el Auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicada en Vergara 324, Santiago.
Por favor rellenar el siguiente formulario para confirmar asistencia:
La Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP invita a la Primera Cátedra Norbert Lechner 2015 presentada por Florencia Mallon, académica de la Universidad de Wisconsin-Madison, Estados Unidos. Su exposición se titula “¿Utopía, hemisferio o país? Una genealogía de América”.
La profesora Mallon estudió historia y literatura de Latinoamérica en la Universidad de Harvard, es Doctora en Historia de Latinoamérica en la Universidad de Yale. Hoy es una de las principales especialistas en historia latinoamericana en los Estados Unidos, con importantes trabajos dedicados a Perú, México y Chile. Recibió el premio Bolton-Johnson al Mejor Libro de Historia Latinoamericana por su obra “La sangre del copihue. La comunidad mapuche de Nicolás Ailío y el Estado chileno, 1906-2001”.
Florencia Mallon abordará cuándo, cómo y por qué es que la palabra “América” empezó a usarse, en los Estados Unidos, como sinónimo de “Estados Unidos de América”. Esta exploración, dentro de la tradición ensayista latinoamericana y usando los conceptos de Michel Foucault de “arqueología” y “genealogía”, abrirá nuevas pistas sobre la evolución del hemisferio americano en su conjunto.
Mallon expondrá sobre la idea utópica de América que tomó fuerza en las colonias británicas que se convirtieron en los Estados Unidos de América. En este país emergente, sin embargo, la conflictiva interacción entre la noción del “pueblo americano” o “América” y la noción de “los estados” se inserta tanto en la misma médula de los conflictos por la expansión territorial de Estados Unidos, como en los debates sobre la esclavitud y los derechos de los estados que desembocan en la Guerra Civil. Finalmente, se articula la presencia estadounidense en el Caribe y el Pacífico con una noción de Estados Unidos—progresivamente definido como “América”–como un nuevo poder que supuestamente protege a las naciones emergentes de la dominación imperial europea.
La Cátedra se realizará el miércoles 22 de abril de 2015, a las 11:30 horas en el Auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicada en Vergara 324, Santiago.
Era un secreto a voces. Agentes de la CIA practicaron la tortura con motivo de obtener informaciones por parte de individuos cautivos desde los atentados de las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001. El informe del Senado de los Estados Unidos, que oficializa que la Agencia le mintió al Congreso, levanta una serie de cuestionamientos jurídicos, éticos y políticos.
Jurídicamente, lo más grave para la política interna es que la CIA negó la verdad a los Congresistas. En el marco de la política internacional, la presión sobre el Gobierno de Obama es más bien simbólica. Torturar es condenable moralmente, pero Estados Unidos está fuera de cualquier convención o tratado que le pudiera provocar consecuencias en virtud del derecho internacional. La administración de Bush (2000-2008) fue muy cautelosa en crear el concepto de “combatientes enemigos”, para referirse a los terroristas de Al Qaeda, precisamente para evitar reconocerles los derechos que se les concede a los soldados de los ejércitos nacionales regulares según las convenciones internacionales.
Éticamente, los cuestionamientos son de dos tipos. En primer lugar, existe un sinnúmero de estudios que demuestran que la tortura sirve de poco, dado que la información obtenida por esa vía tiene altas probabilidades de resultar completamente falsa. Por lo mismo, varios militares de alto rango en los propios Estados Unidos han expresado su escepticismo con respecto a dicha práctica. Por otro lado, los defensores del uso de la tortura argumentan que violar los derechos humanos de un individuo, sospechoso de querer matar a la mayor cantidad de personas inocentes posible, es en sí mismo justificado aunque no dé los “resultados” esperados en términos de seguridad y defensa. En segundo lugar, el tema ético merece ser planteado en la medida en que en los Estados Unidos se otorga el derecho a torturar en su lucha por la defensa de sus ideales… de democracia, de estado de derecho y de libertad.
Finalmente, los cuestionamientos políticos conciernen la “eficacia” de dicha estrategia para mantener la defensa y la seguridad del país y de sus ciudadanos. Es decir, la pregunta política es si la tortura practicada por agentes de Estados Unidos aumenta la seguridad o, al contrario, el riesgo de ataques en su contra. Aquí también el debate queda abierto. Por un lado, los asesores que abogan por la tortura plantean que no hubo repeticiones después del 11/09 gracias a la tortura. Por otro lado, sus opositores afirman que los organismos de inteligencia han sido más eficaces y que la tortura en varios casos solo confirmó lo que ya sabían. Además, estos últimos plantean que la mala imagen que proyecta el país solo multiplica el número de aquellos que lo quieren combatir. Y solo en el caso del Estado Islámico, se estima que son 1.000 nuevos yihadistas que adhieren al grupo terrorista cada mes.
Puesto en una perspectiva más amplia, el principal problema de los Estados Unidos y de su política exterior en el Medio Oriente y con los países de población musulmana es que está alineado – por motivos estratégicos y energéticos – con dictaduras que se auto legitiman por la necesidad de combatir el terrorismo islámico. Lo que esa política produce son alianzas entre los que luchan contra las dictaduras sin contar con apoyo occidental con grupos terroristas islámicos mejor organizados. Ahora, para los Estados Unidos y los países occidentales, esa estrategia causa desconfianza y aumenta el nivel de amenaza contra sus instituciones y poblaciones. De ahí que la espiral de violencia y amenazas tiene pocas probabilidades de verse interrumpida a corto plazo, y la práctica de la tortura tampoco.