Gabriel Cid, académico de la Escuela de Historia UDP, participó ayer en el programa Cultura Verdadera de La Red sobre la historia política en Chile en el siglo XIX.
“Lo interesantes de ese momento de la independencia va a ser un factor estructural que se va a mantener por las siguientes décadas, que va a ser la militarización de la política. En realidad, lo que abre Carrera y termina consolidando O´higgins es la militarización de la política. Hay que considerar que el primer presidente civil como tal es del 1851. Hasta ese momento, la forma de hacer política es tener una carrera militar previa. Entonces, la revolución lo que hace además de esta dimensión política y autonomista es establecer una nueva forma de hacer política porque los actores principales que van a ejecutar la política van a ser los militares. O sea, la independencia torna desde 1813 en adelante en relación a la guerra”
En 1987 fue la primera y hasta hoy única visita de un Sumo Pontífice a suelo chileno, pero el Vaticano confirmó el arribo del Papa Francisco en enero de 2018. Sin embargo, historiadores y sociólogos apuntan a que lo hará en un escenario político y social diferente, con menos católicos y muchas críticas a la Iglesia, que contrastan con la visita de Juan Pablo II.
Según Gabriel Cid, historiador de la U. Diego Portales, la visita del Papa Juan Pablo II -de la que el pasado 1 de abril se cumplieron 30 años- es uno de los eventos más trascendentes en la historia de Chile del siglo XX.
Por eso, el anuncio del vocero del Vaticano, Greg Burke, quien dijo que acogiendo la invitación de los respectivos jefes de Estado y obispos, “Su Santidad, el Papa Francisco, realizará un viaje apostólico a Chile del 15 al 18 de enero de 2018”, está generando expectación.
Pero fue el propio gobierno el que aclararía que la segunda visita de un Sumo Pontífice al país sería en un contexto político y social distinto al de Juan Pablo II. “El Papa Francisco llegará a un país con pleno estado de derecho, que recuperó su democracia en 1990, que es mucho más diverso en distintos ámbitos, con un creciente número de inmigrantes”, dijo el ejecutivo en un comunicado.
Tres décadas de cambios
El Chile que recibió a Karol Józef Wojtyla, verdadero nombre de Juan Pablo II, difería en muchos aspectos al actual. En 1987, el país tenía apenas 83.805 inmigrantes (el 0,7% de la población). Hoy, según el Departamento de Extranjería, hay 477 mil, un 2,7% de la población.
Las mujeres -en promedio- tenían casi tres hijos (hoy la Tasa Global de Fecundidad es de 1,8) y la esperanza de vida promedio era de 72 años, hoy un chileno vive en promedio una década más. En 1987 había seis millones menos de personas en el país y 95 mil de ellas se casaban anualmente. Hoy, se producen 30 mil matrimonios menos.
Pero, además, las expectativas frente a la llegada de Juan Pablo II eran muy altas. Con dos años de anticipación se crearon un eslogan, una oración y una canción. Se repartieron, además, medio millón de Altares Familiares, que tenían en el centro el rostro de Cristo y que podían apreciarse en muchas casas.
El viaje se materializó entre el 1 y el 6 de abril de 1987. En esos seis días recorrió Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Santiago, Concepción, Temuco, Puerto Montt y Punta Arenas. Francisco visitará sólo tres ciudades: Iquique, Santiago y Temuco.
En 1987, Chile atravesaba una etapa compleja de su historia. Octavio Avendaño, sociólogo y académico de Sociología de la U. de Chile, señala que en ese momento existían condiciones autoritarias y se comenzaba a discutir el proceso de transición a la democracia. “Las circunstancias son distintas a las actuales. Hoy, en su visita se abordarán temas que representan un desafío para la sociedad, como la migración y el conflicto mapuche, por algo elige esos lugares”, destaca Avendaño.
Con Juan Pablo II, agrega, se tenía la esperanza de que cambiarían las condiciones sociales y políticas. Así, entre las multitudes de personas que se reunían en cada uno de los lugares que visitó se podían ver pancartas en que se pedía el término del régimen militar.
Para Marcial Sánchez, profesor de Historia de la Iglesia en la U. Católica, la visita de Juan Pablo II se produce en un contexto muy diferente. “Estábamos en dictadura, donde el Papa venía a entregar un mensaje de paz. La gente no sabía cómo iba a suceder eso y en cada encuentro se buscó darle a conocer lo que sucedía”.
Ana María Stuven, historiadora del Instituto de Investigación en Ciencias Sociales de la U. Diego Portales, resalta que el Papa Francisco no causará el mismo impacto en el sentido político como la visita anterior: “Estaba la esperanza de que el Papa presionara a la dictadura de Pinochet por el mayor respeto a los derechos humanos”, destaca.
En la visita de 1987 había que asegurar una salida pacífica al gobierno de la época, agrega Avendaño. “Hoy es difícil que por su intervención se materialice una política o un cambio, pero de todas maneras instalará una discusión y será interesante ver el momento cómo lo abordará”, aclara.
Los lugares que escogió tampoco son casualidad. “Me gusta que vaya a Iquique por el tema de los migrantes, y por el tema de Perú y Bolivia. Viene como emisario de paz. En Temuco está el tema de la situación de los pueblos originarios en su generalidad y tendrá que escuchar la reivindicación de los temas mapuches. No me cabe la menor duda de que sabe qué es Chile, porque es argentino, conoce a monseñor Ezzati y conoce nuestra Iglesia”, resalta Sánchez.
Transformación interna
Y si bien la relevancia política puede ser menor, sí lo será dentro de la propia Iglesia, dice Stuven. Ello, porque ha sido una figura que asumió con una postura más abierta ciertos cambios doctrinarios, principalmente en la gestión de la curia.
“En el caso chileno, que ha habido abusos por parte de la Iglesia, la postura firme de él será importante para fortalecer a quienes dentro de la Iglesia quieren abrirla a cambios necesarios. El hecho de que sea jesuita es un apoyo a la doctrina jesuita en Chile, una apertura hacia el pluralismo dentro de la Iglesia chilena. Ojalá trabaje con la Conferencia Episcopal, ojalá salgan aperturas como la incorporación de la mujer dentro de la Iglesia en Chile”, dice Stuven.
Otra diferencia es en el fuero católico. La encuesta Bicentenario, en 2014, señaló que el 59% de la población se declaraba católica, cifra que en 2006 era de 70%.
¿Cómo reaccionará si es interpelado por los abusos de la Iglesia? Sánchez destaca que el actual Papa tiene una cualidad: no elude las preguntas.
“Dice la verdad; si le preguntan sobre eso, responderá. Además, Chile es el primer país que hace frente a esas situaciones de la Iglesia y genera una comisión, todo lo que se ha dado a conocer se ha investigado como corresponde, y él hace frente a todo tipo de temas”.
Gabriel Cid, coordinador académico del programa de “Historia de las Ideas Políticas de Chile”, de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la U. Diego Portales, participó ayer en el panel del programa Cultura Verdadera sobre Diego Portales a 180 años de su muerte en el canal La Red.
“Él es un hombre pragmático y comerciante. Una de las cosas que se le va a reprochar al momento de su muerte es que él no tuvo participación activa en la independencia, es un recién llegado de última hora que, sin embargo, dispone de la vida de quienes si lucharon por la independencia a su antojo. Es uno de los reproches en los que más va a insistir la oficialidad pipiola en la década del 30”, comentó el académico.
Tres décadas después del viaje del único Papa que ha venido al país, sociólogos, historiadores y antropólogos analizan su legado. Fue una de las visitas más relevantes del siglo XX, que movilizó a la gente a las calles y marcó un hito en episodios futuros de la historia nacional.
En julio de 1985, un grupo de obispos chilenos le envió una carta al entonces Papa Juan Pablo II. “Los obispos de Chile solicitamos por unanimidad vuestra visita pastoral a nuestra patria”. El 21 de octubre de ese año el pontífice confirmaba su viaje. “El Papa vendrá a Chile en el primer trimestre de 1987”, titulaba al día siguiente La Tercera.
Su viaje se materializó entre el 1 y el 6 de abril de 1987, y a 30 años de ese hito, es la única visita que un sumo pontífice ha realizado el país.
Se trató del octavo viaje apostólico a Latinoamérica de Karol Józef Wojtyla, su verdadero nombre, en ese entonces de 66 años. Visitó Uruguay, Chile y Argentina. En nuestro país recorrió Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Santiago, Concepción, Temuco, Puerto Montt y Punta Arenas.
Para un Chile de extensa tradición católica, su figura era muy relevante. Pero además el país estaba política, social y económicamente convulsionado. Por ello, su visita generó altas expectativas.
Su agenda incluyó actividades con autoridades del régimen militar, reuniones con representantes del mundo de la cultura, de la política, pobladores y con los jóvenes, entre otros.
Con dos años de anticipación se creó un slogan, una oración y una canción por su llegada. Además, se repartieron medio millón de Altares Familiares, que tenían en el centro el rostro de Cristo.
La visita de Juan Pablo II tuvo una gran importancia simbólica, resalta Manuel Antonio Garretón, sociólogo, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, y académico de la U. de Chile. “No cambió mucho las cosas, porque no era posible. Pero sí hubo un cambio simbólico. Lo básico de su visita no es tanto su discurso, ni lo que dijo, sino ciertos gestos que tuvo”.
Destaca Garretón como ejemplo, que en la homilía en La Bandera ocupara la biblia del sacerdote André Jarlán, fallecido en la población La Victoria en una protesta nacional en 1984.
Espacio público
Su paso por Chile generó la primera aparición de la población en las calles y la televisión, “de una forma legitimada”, dice Garretón. “Iban a ver al Papa. Lo mostraba la televisión, no denostándolos ni atacándolos, como en las protestas”.
Todo el mundo salió a las calles. “La vida era solitaria en el Chile de esa época. Las manifestaciones eran disueltas y sí se autorizaban eran de grupos específicos. Por primera vez toda la sociedad vuelve al espacio público. Las manifestaciones eran desconocidas para muchos”, agrega José Isla, antropólogo social y académico de la U. de Chile.
Sus actividades además, fueron profusamente transmitidas por los medios, destaca Isla.“Había una instancia de participación de los medios desconocida. Antes de eso existía la radio que transmitía las noticias, pero entonces por primera vez era la televisión que en directo mostraba la presencia de la gente en espacios públicos”.
Su visita es uno de los eventos más trascendentes en la historia de Chile del siglo XX, sostiene Gabriel Cid, historiador y académico de la U. Diego Portales.
“Casi un millón de personas se reúne en el Parque O’Higgins, a tal punto que ese día se declara feriado. La prensa se encarga de dar información sobre su vida, hay canciones, hay toda una atmósfera que se va encendiendo. Hay copas en su honor, la presencia masiva de su imagen, hasta radioteatros que contaron la vida del Papa”, indica Cid.
Vuelta a la democracia
Tres décadas después, su visita puede mirarse desde distintas aristas. Ana María Stuven, historiadora y académica de la U. Católica, dice que fue un momento de la historia en la cual los chilenos se unieron, a pesar de sus diferencias, en torno a un mensaje esperanzador e espiritual.
“Pudo congregar de una manera impresionante a la gente. Fue un fervor, en torno a un mensaje de paz”, resalta Stuven.
Una figura religiosa que ayudó, agrega la experta, al retorno de la democracia. “Aunque no hay registros exactos, sabemos que el Papa persevera ante Pinochet para lograr mejoras en los derechos humanos”, señala.
Pero su presencia simbólica es lo que más trasciende, agrega Stuven. “Su mensaje era para todos los sectores. Fue un mensaje humanizador y pacificador”.
“Era un hombre que sabía lo que había sido una dictadura, que representaba en sí mismo la posibilidad de liberarse de lo que hubo, no desde un lugar de fuerza, sino de fuerza espiritual. El slogan “el amor es más fuerte”, ¿más fuerte que qué? Más fuerte que el odio”, resume Stuven.
Por otra parte, también mostró las fricciones que Chile experimentaba, manifiesta Cid. “Reflejó la tensión entre lo que supuestamente tenía como propósito la visita, la mirada pastoral y la reconciliación, y las fricciones en un Chile que no estaba en reconciliación”, precisa.
La figura del Papa se vinculó a la de un “árbitro de la paz”. Pero en sus discursos la palabra democracia no aparece, explica Cid. “Salvo en una instancia en el Parque O’Higgins, cuando habla de la tradición democrática de Chile y del entendimiento”, expresa.
Para muchos, su arribo fue visto como una oportunidad de justicia. “De querer acusar a una autoridad mayor a Pinochet y de decirle “esto es lo que está pasando, por favor haga algo”, indica Cid. Ello en razón de la dignidad de su embestidura; visibilizar un problema que se creía que el Papa no sabía. “Existía una sensación de que él podría hacer algo o hacer justicia”, cuenta.
Pero el Papa es un Jefe de Estado, del Estado Vaticano, dice Cid, por lo que “tuvo moderación de la crítica, porque no podía venir a criticar, ni ser tan polémico”.
Su visita puso en evidencia la contienda entre reconciliación y justicia, la que no se puede resolver con una frase como “el amor es más fuerte”, a juicio del historiador de la UDP. “Esto se hace visible en los desmanes del Parque O’Higgins, con el Papa tratando de hacer una homilía en medio de los gases lacrimógenos”, agrega.
Para Garretón, gracias a su visita quedó la sensación de que algo había pasado. “No se sabía qué, pero fue simbólico. La visita del Papa, no el Papa como tal, fue un preanuncio de lo que venía en adelante, que era la presencia popular y la búsqueda de una salida que tenía que ser no por la vía violenta o armada”.
Con su venida “comenzó el fin de la dictadura”, complementa Isla. “Las circunstancias que se generaron con su venida, posibilitaron las condiciones para que un año después se produjera el triunfo del No en el plebiscito”, indica.
Pero Cid no comparte tal apreciación. Estima que “es parte del mito” creer que su visita inició la transición democrática. “El acuerdo político de transición a la democracia se había firmado en 1985 y el atentado a Pinochet clausura que la opción sea por la vía armada. La única salida que queda es la política, que se acordó en 1985. La visita del Papa confirma esa salida, pero no es desde el Papa que se acuerda esa salida”, expresa.
Con todo, más allá de la connotación religiosa que tuvieron esos seis días en Chile, su valor fue político y social. “Yo creo que sería difícil que la tuviera ahora. Con la excepción de la visita de Jorge Bergoglio, el Papa latinoamericano que habla castellano”, destaca Garretón.
Gabriel Cid, académico de la Escuela de Historia e investigador del Programa de Historia de las Ideas Políticas en Chile de la UDP, se adjudicó el proyecto Fondecyt Iniciación 11160298, titulado “El espectro del pueblo: la conceptual iniciación de la democracia en Chile, 1841-1887”.
¿De qué se trata el proyecto?
En términos generales, es un intento de hacer una genealogía intelectual del concepto de democracia en Chile en el siglo XIX. Es establecer desde cuándo el concepto de democracia pasa a ser concebido y conceptualizado por los agentes de la época, como un régimen político deseable al cual hay que transitar. Uno viene con la idea preconcebida de que la democracia siempre ha sido el mejor régimen de Gobierno, o el menos malo, no obstante, esa misma idea oculta una larga trayectoria de rechazos que porta la democracia como régimen político. Esa larga historia de rechazos, viene recién a matizarse a mediados del siglo XIX. Y justamente en ese proceso, donde la democracia deja de ser concebida como el peor de los regímenes posibles, equivalente a la anarquía, y pasa a ser percibida por los actores de la época, como el régimen al que hay que transitar.
¿Cuáles son los objetivos?
En cierto sentido, ser consciente de que para algunos la democracia está vinculada a la igualdad, pero para otros, meramente a la existencia del régimen constitucional, con elección de los magistrados, por ejemplo, con la garantía de libertades y muchas veces esas formas de defender la democracia colisionan entre sí. Es decir, no es lo mismo si yo concibo la democracia como igualdad y participación, o si entiendo la democracia más bien como la existencia de un régimen constitucional.
¿Cómo se llevará a cabo la metodología de trabajo?
Es un proyecto que, aún cuando surge desde la disciplina histórica, tiene muchas vinculaciones sobre todo con la politología, es un cruce entre historia y teoría política. En términos metodológicos propiamente tal, es un esfuerzo de aterrizar las discusiones de la historia conceptual. Tiene que ver con lo siguiente, con una concertación metodológica básica de la historia conceptual como disciplina. Esto quiere decir, que todos los conceptos políticos son polisémicos, en un mismo momento pueden significar muchas cosas para distintos agentes y que la mejor forma de adentrarse en ese mundo, es examinar qué entendían los mismos agentes de la época por democracia, en lugar de concederles, como tiende a hacerlo la ciencia política más canónica. Es ver qué va significando en cada momento la palabra democracia, cuáles son los conceptos que se asocian a ella, de ahí que aún cuando el concepto ancla de este proyecto es la democracia, hay otros que igualmente van a salir a relucir, sobre todo dos: igualdad y pueblo. El concepto de pueblo es fundamental, porque es el sujeto de imputación de soberanía de la democracia como régimen político.
¿Cuál es el aporte del proyecto a la investigación?
Tiene varias aristas desde todo punto novedosas. Por una parte, hay una suerte de lugar común respecto a la democracia en el siglo XIX, que se constata en la literatura existente. Por otro lado, habría una suerte de normativismo implícito en las ciencias sociales, al momento de decir, “democracia es esto”, y ahí retrospectivamente, con esa definición, ir leyendo los períodos históricos.
Y también porque se desconoce la misma práctica política en el siglo XIX Hispanoamericano, donde uno se llevaría la sorpresa de que probablemente en términos electorales, participa más gente de la que uno supone, incluso en términos comparativos. Si uno compara estos datos, cuántas son las personas que efectivamente participan en 1840 en una elección, Chile, es más democrático que por ejemplo Holanda, Italia, Suiza. Es decir, que para esas dos lecturas, una que idealiza un modelo foráneo y la otra que es excesivamente presentista, no habría democracia en el siglo XIX, por lo tanto, no vale la pena investigarlo. Justamente por la existencia de esos dos tipos de lecturas sobre este proceso, la democracia en el siglo XIX en Latinoamérica, en Chile en particular, es dejada de lado. Al parecer la lectura es la siguiente: solo existe democracia en el siglo XX. La idea de este proyecto es decir que la democracia sí tiene una historia, pero es una historia que se va a reconstituir en los procesos históricos, ver qué entendían los agentes de la época por democracia. El siglo XIX Hispanoamericano es una suerte de huérfano de estudios, no hay estudios sistemáticos salvo contadas excepciones. Para el caso chileno no contamos con investigaciones sobre qué significa la democracia, que no es un concepto irrelevante en la discusión pública, probablemente sea el concepto más relevante de nuestras vidas y desconocemos su desarrollo inicial.
El deporte no pudo escapar de los conflictos políticos que afectaron al mundo en el Siglo XX, olimpiadas que se vieron opacadas por la Guerra Fría, dos citas que se realizaron sin las grandes potencias deportivas. Chile no compitió en los Juegos Olímpicos de la U. Soviética en 1980. Comentan la nota: Gustavo Benko, ex presidente Comité Olímpico de Chile y Gabriel Cid, académico de la Escuela de Historia UDP.
El miércoles 22 de julio se realizó en la Universidad Diego Portales el seminario Francisco Bilbao (1823-1865): itinerarios intelectuales de una figura atlántica, organizado por el Programa de Historia de las Ideas Políticas en Chile. Dicho encuentro, realizado a propósito del sesquicentenario de la muerte del prolífico pensador chileno, reunió a un conjunto de académicos que, desde diversas disciplinas y diferentes perspectivas, reflexionaron en conjunto sobre la obra de Francisco Bilbao, centrándose en las distintas etapas de su vida, como en las recurrencias temáticas que atravesaron sus escritos.
En la actividad participaron, además de los profesores del PHIP Ana María Stuven, Vasco Castillo y Gabriel Cid, los académicos James A. Wood (North Carolina A&T State University ); Ricardo López (Universidad Alberto Hurtado); Álvaro García San Martín (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación); Maribel Mora (Universidad de Chile) y Alejandro Madrid (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación).
El seminario culminó con la conferencia y presentación del libro del académico mexicano Rafael Mondragón (Universidad Nacional Autónoma de México), titulado Filosofía y narración. Escolio a tres textos del exilio argentino de Francisco Bilbao, recientemente editado por la UNAM. El libro fue comentado por Alejandro Fielbaum, de la Universidad de Chile.
Los académicos delPrograma de Historia de las Ideas Políticas en Chile Ana María Stuven y Gabriel Cid participaron en el XVII Congreso Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA) organizado por la Frei Universität Berlín, Alemania. En el encuentro Ana María Stuven, Directora del PHIP expuso su trabajo titulado “La Iglesia Católica chilena y su diálogo con el lenguaje político de la república, 1840-1860″, donde abordó la compleja y oscilante relación de la institución eclesiástica con el lenguaje político de la modernidad republicana, caracterizado por la tensión entre los frágiles intentos de entendimiento y de rechazos mutuos con el liberalismo político.
Por su parte, el académico del PHIP Gabriel Cid presentó su trabajo titulado “El lenguaje de la bestia: pensamiento escatológico y cambio conceptual en las revoluciones atlánticas”, en donde examinó el ideario apocalíptico y su relación con el cambio conceptual y valórico producido por las experiencias revolucionarias globales que tuvieron lugar durante el tránsito de los siglos XVIII al XIX, en EE.UU., Francia e Hispanoamérica.