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  1. Pensiones de calidad y gratuitas para todos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Dentro de poco, comenzaremos a escuchar a candidatos que prometen pensiones de calidad sin que los chilenos tengan que hacer un esfuerzo personal para ahorrar más para financiar sus propias pensiones y meterse la mano al bolsillo para mejorar las pensiones de los que hoy están jubilados.

    Después que la promesa de educación de calidad y gratuita para todos realizada por Michelle Bachelet en la campaña presidencial de 2013 no se pudo materializar, la clase política chilena arriesga volver a realizar promesas incumplibles en 2017. Dado el alto descontento que existe con el sistema de pensiones, ya se escuchan voces que hablan de pensiones de calidad para todos, sin especificar de dónde saldrá el dinero (el equivalente de gratuitas). Si bien uno pensaría que el electorado ya aprendió la lección, no hay que desestimar la capacidad de la gente para tropezar de nuevo con la misma piedra de las promesas incumplibles.

    En 2013, la principal promesa de Bachelet era la gratuidad en la educación en todos los niveles. Bachelet prometió terminar con el copago, la selección y el lucro en la educación básica y secundaria. La ex Presidenta también prometió avanzar decididamente a la gratuidad en la educación superior, comprometiéndose a cubrir al 70% de los alumnos hacia el fin de su gobierno y llegar al 100% pocos años después. Una vez Presidenta, Bachelet llenó la promesa de gratuidad con letra chica. Aunque se promulgó una ley para la educación básica y secundaria, la implementación de la ley dependerá de futuros gobiernos, por lo que bien pudiera ser que el copago, la selección y el lucro sobrevivan en nuestro sistema educacional. Es más, dado cómo ha evolucionado la matrícula en los últimos años —incluido el periodo en el poder de la NM—, la participación de la educación pública en el sistema educacional chileno se sigue empequeñeciendo. En educación superior, el gobierno ha comenzado a derribar un sistema de mercado que funcionaba mal sin tener ni siquiera los planos de la estructura que pretende construir en su lugar.

    Hoy, los aspirantes presidenciales saben que la reforma educacional no es una buena bandera de campaña. Como la gente quiere gratuidad —¿quién no quiere un almuerzo gratis?—, los candidatos no se atreven a sincerar que la gratuidad es una promesa incumplible. Pero como los candidatos necesitan atraer apoyos y quieren ganarse el afecto de los votantes, la estrategia de prometer lo imposible adoptada por Bachelet en 2013 sigue siendo popular. Solo que en 2017, el foco de las promesas imposibles parece estar trasladándose a las pensiones.

    Las personas de más edad votan más que los jóvenes. Además, los chilenos nos hemos acostumbrado a las marchas estudiantiles. Una marcha es como un temblor grado 5: solo los extranjeros le ponen atención. Por otro lado, las campañas necesitan diferenciarse de las anteriores. De ahí, como la promesa de gratuidad educacional no se cumplió, los aspirantes se enfrentan al desafío de aceptar que no se pueden hacer promesas incumplibles o bien simplemente prometer algo fantástico pero en una dimensión distinta a la educación. Por eso, varios presidenciables arriesgan caer en la tentación de vender el cuento del tío a desesperados e irreflexivos votantes chilenos cuyas pensiones no les alcanzan para vivir o que están temerosos porque saben que sus dineros ahorrados no serán suficientes para otorgarles una pensión digna.

    Ante la creciente preocupación por las pensiones, la clase política no se ha demorado en buscar articulaciones que hagan creer a la gente que se pueden mejorar las pensiones sin que los propios chilenos se tengan que meter la mano al bolsillo. No faltan los que, para financiar un sistema de reparto, piden usar los recursos del cobre (la versión chilena de la gallina de los huevos de oro) o los que piden subir los impuestos (como si las personas no fueran los que los pagan —especialmente dado el peso del IVA en los ingresos fiscales y dados los incentivos tributarios a las personas de más ingresos que amortiguan el efecto progresivo del impuesto a la renta). Luego están aquellos que piden que sean los empleadores los que pongan su parte (como si el aumento en el costo de la mano de obra, sin una mejora en productividad, no fuera a repercutir en los salarios líquidos en el mediano plazo). Los más irresponsables, usando Voodo Economics, piden pasar a un sistema de reparto, alegando que las AFP lucran y que el sistema no ha cumplido con las promesas que se hicieron en su inicio.

    El caso es que nadie se atreve a decir a los chilenos que, para mejorar sus pensiones, van a tener que ahorrar más (lo que implica menores sueldos ahora o aceptar que, por la contribución que harán los empleadores a las pensiones, los sueldos subirán menos en el futuro). En cambio, la clase política en su conjunto comienza a articular una versión enchulada de la promesa de gratuidad —mejorar las prestaciones del Estado a cero costo para los ciudadanos—. Dentro de poco, comenzaremos a escuchar a candidatos que prometen pensiones de calidad sin que los chilenos tengan que hacer un esfuerzo personal para ahorrar más para financiar sus propias pensiones y meterse la mano al bolsillo para mejorar las pensiones de los que hoy están jubilados.

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  2. La promesa incumplible de Bachelet

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Como un especulador inmobiliario que decide poner la primera piedra aun cuando no hay plano, permisos ni financiamiento para el edificio que prometió construir, Bachelet se embarcó en el imposible proyecto de proveer educación superior gratuita para una gran mayoría de los chilenos que hoy asisten a instituciones públicas y privadas.

    Ahora que al gobierno se le ha acabó el plazo para presentar su proyecto de gratuidad en la educación superior, es evidente que la Presidenta Bachelet está entre la espada y la pared.  Al negarse a reconocer que hizo una promesa incumplible—y contradictoria con su compromiso de reducir la desigualdad—Bachelet ha optado por enviar un proyecto que tiene cero chances de ser promulgado como ley.  Sabiendo esto, ni siquiera optó por darle urgencia a su iniciativa. La Presidenta debe estar pensando que ella pasará a la historia como la mandataria que puso la primera piedra en la construcción de la gratuidad, aunque cuando ella deje el gobierno no haya un plano ni recursos para cumplir la promesa que tan irresponsable y con tanto populismo hiciera en la campaña de 2013.

    Los candidatos a menudo pecan de irresponsables cuando hacen promesas de campaña a sabiendas de que no podrán cumplirlas.  Pero cuando los políticos reiteran sus promesas después de haber ganado las elecciones, la actitud pasa de la irresponsabilidad a la negación. El cálculo electoral es reemplazado por el voluntarismo ciego que no admite razones y se escuda solo en la obcecación.

    La tozudez de Bachelet al insistir en iniciar la gratuidad en 2016 a través de una glosa en la ley de presupuesto la dejó todavía más amarrada a la promesa más popular, pero también más autodestructiva, que hizo en una campaña en la que, independientemente de lo que prometiera, igual iba a ganar por un amplio margen.

    Como un especulador inmobiliario que decide poner la primera piedra aun cuando no hay plano, permisos ni financiamiento para el edificio que prometió construir, Bachelet se embarcó en el imposible proyecto de proveer educación superior gratuita para una gran mayoría de los chilenos que hoy asisten a instituciones públicas y privadas. La desordenada implementación de la gratuidad antes de que existiera un marco regulatorio y una hoja de ruta terminó por ser el equivalente de una construcción donde cada cuadrilla decide qué tipo de columnas va a construir y el dueño del proyecto dedica su tiempo a vender departamentos en verde, tratar de coordinar a todas las cuadrillas y, solo en tercer lugar, dedica algo de tiempo a tratar de hacer el plano y una hoja de ruta que guíe el proyecto.  Pero como el desarrollador inmobiliario se da cuenta que no puede conciliar las promesas de venta que ya firmó con lo que permiten los recursos, y hay varios pilares que se han levantado con diversos grosores y resistencia, pronto todos se empiezan a dar cuenta que no se puede seguir avanzando sin destruir parte de lo que ya existe. Como el dueño del proyecto no se atreve a sincerar que equivocó el camino y que, consciente o inconscientemente, mintió a los trabajadores y a los compradores que esperan ansiosos la materialización del proyecto, decide que lo único que se puede hacer es seguir faltando a la verdad.

    En el proyecto de ley del gobierno hay un aire de negación y voluntarismo que se parece a las explicaciones que dan los responsables de estafas piramidales cuando se comienza a estrechar el círculo que terminará por desnudar su engaño. Ante la evidencia que dice lo contrario, el estafador insiste en que el negocio cuadra y que todos recuperarán su inversión y obtendrán ganancias. Pero las mentiras poco convencen a sus clientes que ya le han quitado su confianza y que, con dificultad, comienzan a asumir sus pérdidas.

    Como el proyecto supone que el gobierno regule precios, anualmente se deberán fijar aranceles de más de 3.000 carreras distintas en instituciones distintas en ciudades diferentes.  Además, el gobierno deberá fijar los cupos de cada carrera en cada institución de educación superior. El monstruo regulatorio que se deberá crear inhibirá la competencia y la innovación en universidades que serán el campo de batalla para una disputa ideológica que durará varios años y que afectará negativamente el crecimiento y la productividad de Chile.

    Pero como ocurre con cualquier estafa piramidal, el responsable del engaño insiste en que todo saldrá bien, que es cosa de tiempo y de unas improbables maniobras para que el viento comience a soplar en la dirección que todos esperan.

    En los próximos meses comenzará a quedar claro que el gobierno quiere plantar los cimientos de un edificio que es imposible de construir. Lamentablemente, como en cualquier estafa piramidal, el encargado de este proyecto inviable insistirá en que es cosa de tiempo para que todo mejore. Es más, como las dudas sobre la viabilidad del proyecto solo irán en aumento, para calmar los ánimos de los que invirtieron su capital político en apoyar la gratuidad, el gobierno aumentará la magnitud de sus promesas en vez de reconocer que realizó una promesa incumplible.  Peor aún, para coronar el modelo de la estafa piramidal, cuando quede claro que este proyecto no es viable, el gobierno se excusará diciendo que si lo hubieran dejado seguir adelante, todo habría salido bien.

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  3. Prometiendo lo que otros deberán cumplir

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El gobierno de la Presidenta Bachelet ha optado por comportarse como padres irresponsables que tratan desesperadamente de cumplir la promesa para evitar que los hijos se decepcionen.

    No hay promesa más irresponsable —ni mejor ejemplo del populismo— que intentar obligar al próximo gobierno a cumplir un compromiso de cuestionable utilidad pública y poca factibilidad económica. Cuando el gobierno asegura que el 70% de la gratuidad se logrará en 2020, supone que el próximo gobierno aceptará mantener la irresponsable hoja de ruta que ha seguido la administración Bachelet en su intento por cumplir su promesa de gratuidad en la educación superior. Dada la incerteza institucional provocada por el hecho que la gratuidad está financiada solo como una glosa en la ley de presupuesto y considerando que el próximo gobierno tiene todo el derecho —e incluso la obligación— de actuar de forma más responsable en el manejo de los recursos públicos y en el intento por reducir la desigualdad, la gratuidad parece tener la misma fecha de expiración que la Nueva Mayoría: el 11 de marzo de 2018.

    Los problemas que enfrenta la promesa de gratuidad se parecen a los problemas que enfrentan unos padres que prometieron a sus hijos ir de vacaciones a Disney World en el verano pero que ahora se enfrentan con un peso devaluado ante el dólar, un aumento sustancial en el costo de los pasajes aéreos y una disminución en sus ingresos mensuales. Dado que las circunstancias cambiaron, lo más responsable sería transparentar la nueva realidad ante los hijos y aprender una lección sobre la inconveniencia de prometer cosas sin tener la certeza de poder cumplir.

    Pero el gobierno de la Presidenta Bachelet ha optado por comportarse como padres irresponsables que tratan desesperadamente de cumplir la promesa para evitar que los hijos se decepcionen. Al no poder comprar los pasajes, los papás dicen que irán a Disney en auto. Sin saber hasta dónde podrán llegar, emprenden por la Panamericana Norte esperando ya sea un milagro o sabiendo que, al llegar a la frontera norte de Arica, se producirá el fin del periodo presidencial y el próximo gobierno será el encargado de tener que decirle a los ilusionados hijos que no habrá Disney.

    Como los hijos no son tontos —pero han sido engañados por las promesas irreflexivas e irresponsables de los padres—, los muchachos están inquietos en el asiento de atrás del auto. Ellos saben que el camino regular para llegar a Disney es por el aeropuerto, no la Panamericana Norte. Pero como los padres les siguen asegurando que se puede llegar a Disney por este camino alternativo —glosa, en vez de una ley que detalladamente regule las condiciones y establezca los mecanismos de financiamiento para la ansiada gratuidad—, los chicos están divididos entre los que se quieren rebelar denunciando el engaño y los que creen que en la medida que el auto avance hacia el norte, el sueño de llegar a Disney World está cada día más cerca. La parte de atrás del auto está en toma.

    Como toda metáfora, la imagen de padres irresponsables que prometen algo que no pueden cumplir no aplica con perfección al irresponsable compromiso de la Presidenta Bachelet de avanzar hacia la educación gratuita universal (no hay nada gratis en la vida). A diferencia de los padres cuyas obligaciones con sus hijos duran más que un periodo presidencial de cuatro años, el gobierno de Bachelet puede seguir haciendo promesas que buscan obligar a futuros gobiernos a llevar adelante una hoja de ruta que no lleva a ninguna parte. Irresponsablemente, el gobierno ha extendido el cumplimiento de su promesa de gratuidad en el tiempo en circunstancias que la democracia supone que cada nuevo gobierno tiene el derecho a revisar la conveniencia de mantener el rumbo, especialmente cuando se trata de promesas inconducentes a reducir la desigualdad y cuyo financiamiento es imposible dadas las nuevas circunstancias económicas.

    En el más reciente cambio de versión sobre cuándo se logrará cumplir la promesa de gratuidad para el 70% más vulnerable de los alumnos matriculados en instituciones debidamente acreditadas, la ministra Adriana Delpiano habló de 2020 (cuando el próximo gobierno esté en el tercer año de su periodo) y además condicionó el avance a que haya una tasa de crecimiento de la economía que a estas alturas solo pueden ocurrir con un milagro. Hacer ese tipo de promesas es equivalente a decir que se puede llegar a Disney World por tierra y que, a partir de la frontera en Tacna, serán otros los padres encargados de seguir avanzando para satisfacer las expectativas de los hijos de llegar.

    En semanas recientes, varios analistas y observadores han advertido sobre los riesgos de la irrupción del populismo en Chile. Esos analistas parecen no estar poniendo mucha atención a las promesas irresponsables e irrealizables que está haciendo este gobierno y que buscan comprometer al gobierno que deberá asumir el poder a partir de 2018 y que tendrá la dura tarea de anunciar públicamente a los chicos frustrados, pero todavía ilusionados, que reclaman en el asiento de atrás que sus padres le prometieron que los iban a llevar a Disney World.

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  4. Se viene la nueva constitución

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La derecha enfrenta la disyuntiva de defender la constitución actual (abriéndose a reformas específicas) o apoyar un proceso constituyente intentando limitar sus efectos. Para la derecha, esa segunda alternativa sería la alternativa menos mala.

    Si el comportamiento pasado del gobierno de la Nueva Mayoría y de la oposición derechista sirven para predecir el comportamiento futuro, debemos comenzar a prepararnos para que se inicie un proceso constituyente que, a través de una asamblea constituyente, produzca una nueva constitución. Como la derecha ha optado por ayudar a que las malas reformas del gobierno sean menos malas, la determinación de la Presidenta Bachelet por impulsar el proceso constituyente llevará a que la oposición derechista, mirando cuidadosamente las encuestas, termine condicionando su apoyo a que el gobierno limite las facultades y regule la conformación de la instancia (asamblea constituyente) que produzca la nueva constitución.

    La lógica en el comportamiento de la oposición derechista ha sido tan consistente como inefectiva. Ya que no tiene suficientes votos en el Congreso para bloquear las iniciativas de reforma que ha impulsado el gobierno, la oposición ha optado por condicionar su apoyo o aceptación de las reformas a concesiones que ayuden a que las reformas sean menos negativas de lo que serían si la Nueva Mayoría hace uso de su poder de retroexcavadora en el Congreso. Como, además, la derecha está dividida entre RN, Amplitud y la UDI, la coalición derechista no tiene una sola voz. De hecho, Chile Vamos tiene hoy menos legisladores que los que fueron electos en la lista de la Alianza en 2013.

    La estrategia colaboracionista de la Alianza quedó en evidencia durante la reforma tributaria. Como entonces había una amplia mayoría del país a favor de la reforma, la Alianza no se atrevió a defender sus principios y oponerse a una mala reforma. Era cierto que la reforma iba a pasar igual. Cualquier edificio mal hecho se cae al primer temblor fuerte. Pero la Alianza optó por entrar a la cocina política, negociar algunos cambios que hicieran que la reforma fuera menos mala y, a cambio, otorgó legitimidad a la reforma con el voto de la mayoría de los legisladores derechistas. Ahora que la reforma ha mostrado sus debilidades —que hacen imposible su implementación— y además se ha vuelto impopular, el gobierno de Bachelet no es el único responsable de esa mala política pública. Si en 2014 la Alianza hubiera defendido sus principios y hubiera votado en contra de una mala reforma, hoy la oposición tendría una incuestionable legitimidad para dirigir el destino de la reforma a la reforma.

    Algo similar ocurrió con la promulgación de la gratuidad en la educación superior. Buscando evitar que se implemente una mala reforma, la derecha concurrió con sus votos y sus abstenciones a la promulgación de una ley que legitima la gratuidad. Si bien la derecha argumentará que la gratuidad (no becas ni préstamos) es aceptable para las familias de menos ingresos, no hay razón para justificar que la gratuidad se limite solo al 50% de menos ingresos. Después de todo, una familia con dos hijos en edad de estudiar que gana 1,5 millones de pesos (y que está en el 20% de más ingresos) también enfrenta serios problemas para financiar la educación de sus hijos. Ahora que la derecha votó por la gratuidad, de poco servirá defender la bandera de excluir al 5% más rico.

    El debate constitucional actual va encaminado en la misma dirección. Si bien las encuestas muestran que, al compararla con otras prioridades, la nueva constitución no es una prioridad para la gente, las mismas encuestas muestran que la mayoría de los chilenos está a favor de una nueva constitución. Es más, la gente cree que la nueva constitución ayudará a expandir sus derechos y mejorará sus condiciones de vida. Como si fuera una pócima mágica, la nueva constitución es vista como un remedio para los problemas que enfrenta Chile hoy. Dada la popularidad actual de la nueva constitución, la derecha enfrenta la disyuntiva de defender la constitución actual (abriéndose a reformas específicas) o apoyar un proceso constituyente intentando limitar sus efectos. Para la derecha, esa segunda alternativa sería la alternativa menos mala.

    Pero aceptar la necesidad de una nueva constitución oponiéndose a una asamblea constituyente resultará ser una postura insostenible. Si Chile efectivamente necesita una nueva constitución (y no solo reformas a la actual), no hay razón para oponerse a que esa nueva constitución emane desde la ciudadanía. Aceptar la nueva constitución creyendo que se puede frenar la asamblea constituyente es una quimera. Si va a haber nueva constitución, no se podrá evitar una constituyente. La defensa de los principios de la derecha debiera pasar por defender la postura de que basta con reformas a la carta actual, rechazando una nueva constitución. Pero la derecha fija sus posturas mirando las encuestas más que recordando sus declaraciones de principios. Ahora que la popularidad de una nueva constitución sube en los sondeos, la derecha terminará subiéndose a esa micro con la ya conocida excusa de que lo hace solo para evitar que una mala reforma sea menos mala.

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  5. La derecha con las banderas de la izquierda

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Si el principal logro de la derecha es hacer que las reformas que impulsa La Moneda sean menos malas, el electorado difícilmente absolverá a Chile Vamos por los tropiezos y fallas que implique la puesta en marcha de la promesa de gratuidad hecha por Michelle Bachelet.

    Al convertirse en cómplices de una política pública de gratuidad en la educación superior improvisada, mal diseñada y que pone los incentivos en los lugares equivocados, Chile Vamos ha renunciado a sus principios por el dudoso premio de consuelo de hacer que esta reforma sea menos mala. A un año de haber cometido el mismo error al dar su apoyo a una reforma tributaria deficiente, la coalición de derecha demuestra, en su desempeño como oposición, una decepcionante carencia de valores y estrategia. Si el principal logro de la derecha es hacer que las reformas que impulsa La Moneda sean menos malas, el electorado difícilmente absolverá a Chile Vamos por los tropiezos y fallas que implique la puesta en marcha de la promesa de gratuidad hecha por Michelle Bachelet. 

    Después de liderar un gobierno que recibió el repudio de la ciudadanía en la última elección, la derecha ha intentado desesperadamente encontrar un camino para reinventarse. El cambio de nombre de la coalición (recurso del que la derecha ha abusado tanto en el pasado que ya nadie se molesta en aprenderse el nuevo nombre) fue un intento de solución de marketing y superficial. Como la débil representación de los partidos de derecha en el Congreso hace que la Nueva Mayoría pueda ejercer con discrecionalidad la retroexcavadora, la derecha tiene pocas herramientas para bloquear reformas que impulsa La Moneda.  Consecuentemente, algunos en la derecha creen que el mejor camino es transar su aquiescencia a las reformas impulsadas por Bachelet a cambio de concesiones que las hagan menos radicales. Pero la lógica de que entre algo muy malo y algo malo es mejor lo segundo constituye una poderosa señal de oportunismo, cortoplacismo y falta de principios. Cuando se trata de defender principios, es mejor perder luchando que negociar una rendición que implique renunciar a los valores que dices defender.

    La nueva ley corta de gratuidad que acaba de ser promulgada con votos y abstenciones de la derecha amenaza con convertirse en un nuevo Transantiago de proporciones mucho mayores. A diferencia del Transantiago, que fue una política pública adoptada sin la venia del Congreso, la Ley de Gratuidad ha sido validada por el poder legislativo, con muy pocos votos en contra.

    Entre los múltiples problemas que generará esta ley está la necesidad de verificar adecuadamente los ingresos de las familias de los estudiantes. Aunque la política de bonos focalizada en el 40% de menos ingresos ya ha producido el problema de que mucha gente busca adulterar sus ingresos para ser beneficiados con los bonos —no han faltado seremis y familiares de autoridades con fichas de protección social que los hacen beneficiarios de subsidios estatales—, la gratuidad generará incentivos mayores para que las personas adulteren su información de ingresos. Después de todo, para una familia con dos hijos en edad de estudiar que se ubica en el sexto quintil de ingresos, modificar sus datos resultará en un beneficio de entre 6 y 10 millones de pesos adicionales por año. Huelga decir que eso hará que una familia del 40% de menos ingresos que se beneficie de la gratuidad tendrá ingresos superiores (incluyendo el beneficio) que otra familia del 60% de menos ingresos que no tenga acceso al beneficio.

    Además, la nueva ley establece la necesidad de que el Estado regule los aranceles de las universidades y los cupos en las carreras de cada institución educacional. Como el que paga manda, ya que el Estado va a pagar la cuenta, el Estado va a poder regular la cantidad de cupos y los aranceles de las universidades estatales y privadas. Como además no hay claridad respecto a la cantidad de años de gratuidad a la que tendrán acceso los estudiantes, incluso se abrirá un debate sobre la necesidad de que el Estado regule la extensión de las carreras. No hay justificación a priori para que el Estado subsidie con más dinero a un estudiante de medicina que a uno de antropología.

    Pero más allá de todos los problemas de diseño e implementación que tendrá esta nueva política, el solo hecho que la gratuidad haya sido ahora legitimada por una ley —y no solo introducida maliciosamente como una glosa en el presupuesto— otorga a la gratuidad en la educación superior una validez y legitimidad legal que hará muy difícil que alguien pueda en el futuro oponerse al concepto que los estudiantes tienen el derecho inalienable a estudiar gratis.

    No sorprende que abunden las sonrisas en el oficialismo. Aunque debió hacer concesiones a la oposición, la Nueva Mayoría logró clavar una de sus más preciadas banderas en el centro del debate. Ni en sus sueños más ambiciosos los ideólogos de la Nueva Mayoría alguna vez pensaron que la misma coalición que alguna vez defendió la idea de que “no hay nada gratis en la vida” concurriera con sus votos a aprobar una ley que establece el derecho de los estudiantes a gratuidad en la educación superior.

  6. La ruleta rusa de la gratuidad

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Como pasajeros a la espera de un bus del Transantiago que nunca se sabe cuándo llegará, los estudiantes no saben si podrán acceder a la gratuidad porque no ha sido definido cuál será la línea de corte y porque no está claro qué instituciones podrán acceder al beneficio.

    La forma en que el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ha intentado materializar su promesa de gratuidad en la educación superior se parece al juego de la ruleta rusa. Con cada traspié en el diseño del nuevo sistema varía el universo de los estudiantes que podrán estudiar sin tener que endeudarse ni depender de becas indexadas a un arancel de referencia. La improvisación con que el gobierno está diseñando la política pública más simbólica de su cuatrienio permite anticipar que cuando comience la implementación de la gratuidad a partir de marzo de 2016, los obstáculos que siempre son mayores que en la etapa de diseño, harán que la promesa de gratuidad se convierta en un Transantiago de proporciones nacionales y mucho mayores que la desastrosa puesta en marcha del sistema de transportes en la Región Metropolitana en 2007. Después de todo, a diferencia del Transantiago, la promesa de gratuidad involucra al sueño más preciado en la sociedad chilena, la movilidad social.

    Nadie pone en duda que ha reinado la improvisación en el diseño del plan para materializar la promesa de gratuidad en la educación superior. Después de un cambio de ministro en educación, el gobierno apostó por introducir la gratuidad en forma de glosa presupuestaria antes que enviar una ley que creara reglas claras para decidir quiénes se beneficiarían y cuáles serían los requisitos. Pero ya que el Tribunal Constitucional objetó el mecanismo que el gobierno introdujo en la ley de presupuesto, La Moneda ahora debe improvisar nuevas reglas para hacer que la gratuidad se convierta en realidad parcial a partir de enero de 2016 (en dos semanas más), cuando se inicie el proceso de postulaciones una vez que se conozcan los resultados de la PSU.

    Tan mal se han hecho las cosas, que el senador oficialista Ignacio Walker reconoce que en el gobierno “sigue habiendo mucha improvisación y desprolijidad”. Las discrepancias al interior del oficialismo son cantinflescas. Mientras el gobierno considera la idea de asociar el acceso a la gratuidad a los años de acreditación de las universidades, varios parlamentarios prefieren empezar por las universidades estatales o las del CRUCH (clasificaciones que no agrupan a la misma cantidad de instituciones). La prensa ha reportado, por filtraciones de funcionarios de gobierno, que la propia Presidenta Bachelet se molestó cuando supo que en el más reciente plan de Hacienda quedaban fuera algunas universidades estatales.  La molestia de Bachelet evidencia tanto lo desconectada que está la Presidenta con las decisiones clave que toman sus ministros como la poca claridad que tienen sus ministros para saber las prioridades de su jefa. Basta con haber seguido por la prensa la discusión sobre la gratuidad para adivinar que la Presidenta Bachelet prefiere otorgar prioridad a las universidades estatales que a los alumnos de los sectores más vulnerables.

    En buena medida, los conflictos al interior de la coalición oficialista responden a que la gratuidad significa cosas radicalmente distintas para distintas posturas ideológicas. Para algunos, la gratuidad se debe centrar en los alumnos más vulnerables. Para otros, la gratuidad debe primero evitar beneficiar a universidades que lucren. Los dos principios no son perfectamente compatibles. Muchos alumnos vulnerables estudian en instituciones de educación superior que lucran. Por eso, mientras el gobierno no especifique cuál es el objetivo primordial de la gratuidad, la confusión seguirá reinando. Es cierto que se puede inferir cuál es la prioridad de Bachelet, pero también es evidente que sus prioridades no son las mismas que las de su ministro del Interior o del titular de Hacienda.

    Desafortunadamente, mientras reina la confusión en el gobierno sobre cuál es el objetivo de la gratuidad (alumnos vulnerables o instituciones), hay decenas de miles de alumnos afectados por la incertidumbre. Como pasajeros a la espera de un bus del Transantiago que nunca se sabe cuándo llegará, los estudiantes no saben si podrán acceder a la gratuidad porque no ha sido definido cuál será la línea de corte y porque no está claro qué instituciones podrán acceder al beneficio.

    Como si todo esto no fuera suficiente incertidumbre, la forma en que se implementará la paridad afectará directamente a los presupuestos de las instituciones educacionales beneficiadas y excluidas. La capacidad de esas instituciones de ofrecer educación de similar calidad (buena o mala) a la que actualmente ofrecen depende de los recursos con los que cuenten en 2016. Como para demostrar que cuando la regulación es inadecuada, el Estado hace más daño que el causado por las asimetrías de mercados imperfectos, el gobierno decidió convertir la promesa de gratuidad en una ruleta rusa en la que hoy están participando decenas de miles de estudiantes que no saben cuál será su destino cuando les toque apretar el gatillo del financiamiento de su educación superior.

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  7. Becas, gratuidad o acceso igualitario

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Veinte meses después de iniciado el mandato, el gobierno no sabe de cuántos recursos dispondrá para financiar su promesa de gratuidad y, en consecuencia, tampoco sabe cuántos alumnos se podrán beneficiar ni cómo se implementará el nuevo sistema de gratuidad universal en la educación superior chilena.

    El principal traspié que sufrió el gobierno al intentar establecer la gratuidad —con letra chica— a través de una glosa presupuestaria que discrecionalmente establecía cuáles alumnos vulnerables tendrían acceso a educación superior gratuita no se produjo en la decisión adversa del Tribunal Constitucional. El gobierno de Bachelet tropezó primero cuando la reforma tributaria que impulsó —y que definió como condición necesaria para establecer los alcances de la gratuidad— falló en su diseño e implementación. Ahora que hay que modificar la ley que entregará el financiamiento para la gratuidad en la educación, mientras no se sepa cuánto dinero se va a recaudar, difícilmente se podrá establecer cuántos y cuáles alumnos podrán tener acceso a educación superior gratuita.

    Después de haberlo convertido en el principal tema de la campaña de 2013, la reforma educacional que entregaría acceso gratuito a la educación superior a los chilenos se ha convertido en el principal dolor de cabeza del gobierno y en la mejor evidencia de que este gobierno hizo promesas sin haberse sentado primero a hacer los cálculos necesarios para saber cómo y de dónde sacaría la plata para cumplirlas.  Apenas asumió el poder, el gobierno de Bachelet anunció que antes de anunciar los alcances de la gratuidad, se necesitaba promulgar una reforma tributaria que permitiera saber cuánto dinero habría disponible para avanzar hacia el ideal de gratuidad universal para la educación superior. Por eso, el gobierno impulsó con apuro, y poca rigurosidad, una reforma tributaria que buscaba que “los poderosos de siempre” pagaran más impuestos para que el gobierno pudiera financiar así su promesa de gratuidad.

    Pero una vez aprobada la reforma tributaria, empezaron a aparecer otras necesidades y el gobierno comenzó a asignar parte de los recursos que se recaudarían a otras prioridades. Así, la promesa de que la gratuidad sería para todos fue llenándose de letra chica restrictiva. Además de ir reduciendo el alcance de los siete a los seis y después a los cinco primeros quintiles (la mitad que menos ingresos tiene), el gobierno también estableció que sólo los estudiantes que asistieran a un determinado tipo de establecimientos tendrían gratuidad. Pero ahora que el Tribunal Constitucional determinó que el criterio de selección definido por el gobierno es inconstitucional, la materialización de la promesa de gratuidad está en el aire. El gobierno insiste en que habrá gratuidad. Pero nadie sabe quiénes serán beneficiados y qué impacto tendrá esta nueva política pública en el sistema de educación superior en su conjunto.

    Como si todo esto no fuera suficiente incertidumbre, resulta que ahora el gobierno debe enviar un proyecto de ley que reforme la reforma tributaria. Aunque Hacienda ha insistido en que este proyecto sólo busca corregir errores y simplificar el nuevo sistema tributario, basta con suponer que el gobierno seguirá cometiendo los mismos errores que ha cometido desde que asumió el poder para anticipar que estamos metiéndonos en un nuevo pantano. El enfriamiento de la economía nacional —y las malas noticias que vienen desde fuera, en particular respecto al precio del cobre— permiten anticipar que la situación económica en el país seguirá empeorando antes de que comience a mejorar. Como resulta poco sensato introducir un aumento en la carga tributaria cuando la economía está en declive, hay buenas razones para pensar que la reforma tributaria terminará siendo un poco más que una simplificación a la mala reforma aprobada en 2014. Como siempre ocurre cuando se discuten tributos, todos aprovecharán la oportunidad para introducir pequeñas modificaciones que favorezcan sus intereses con la, justificada, excusa de que eso ayudará a reactivar la economía. Así las cosas, después de que cierre esta nueva ventana de reforma tributaria que pronto debe abrirse, bien pudiera darse el caso que las arcas fiscales terminen con menos dinero de lo que inicialmente se esperaba y, por lo tanto, habrá menos recursos para financiar la gratuidad. Además, ya que las necesidades para financiar programas sociales aumentan cuando la economía se frena y crece el desempleo, la gratuidad en la educación deberá competir con otras prioridades (como salud, vivienda y subsidios a la pobreza) cuando se asignen los recursos adicionales que deberán entrar al sistema una vez que la nueva reforma tributaria entre en vigencia.

    En cierta medida, ahora que se empieza a discutir de nuevo la reforma tributaria, volvemos al punto de partida que el propio gobierno estableció como condición para saber cuáles serían los alcances de la gratuidad. Veinte meses después de iniciado el mandato, el gobierno no sabe de cuántos recursos dispondrá para financiar su promesa de gratuidad y, en consecuencia, tampoco sabe cuántos alumnos se podrán beneficiar ni cómo se implementará el nuevo sistema de gratuidad universal en la educación superior chilena.

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  8. Judicializando la política

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El recurso ante el Tribunal Constitucional sólo refleja la incapacidad del gobierno para avanzar una de sus promesas más importantes de campaña por el camino de la legislación.

    La decisión de la oposición derechista de llevar la glosa de gratuidad al Tribunal Constitucional ha sido fuertemente criticada por el oficialismo. Además de representar un legítimo derecho de aquellos que dudan de la constitucionalidad de una medida, el recurso ante el Tribunal Constitucional sólo refleja la incapacidad del gobierno para avanzar una de sus promesas más importantes de campaña por el camino de la legislación. El camino para establecer la gratuidad de la educación superior debió haber sido la ley y no el resquicio legal de la glosa presupuestaria.

    Parte del debate sobre la constitucionalidad de la gratuidad responde más bien a los cuestionamientos que existen sobre el papel que debe cumplir el Tribunal Constitucional. Erróneamente sindicado por algunos como un resabio autoritario (también había Tribunal Constitucional antes de 1973), el Tribunal Constitucional chileno se parece a los que existen en otras democracias del mundo (incluidas muchas de las de la OECD, club de países desarrollados al que aspiramos parecernos). Es verdad que algunos de los poderes y atributos del tribunal chileno exceden a los de otros países. Pero eso más bien llamaría a reformar al tribunal más que a abolirlo.

    Otra justificada crítica es la forma en que se eligen sus 10 miembros. Como normalmente están diseñados para que reflejen mayorías diferentes a las que se expresaron en la última elección, sus miembros tienen periodos más largos o para ser nombrados por la Corte Suprema o tener el apoyo de mayorías calificadas en el Congreso. En Chile, sus 10 miembros son nombrados por la Corte Suprema (3), el Presidente de la República (3), el Senado (2) —por mayoría de dos tercios— y por la Cámara de Diputados (2), con acuerdo del Senado. Desde la reforma constitucional de 2005 (que aumentó el número de 9 a 10 y cambió la forma de elección de sus miembros), los nombramientos de los 4 nombrados por el Congreso han sido por cuoteo entre la Alianza y la Nueva Mayoría. En varios casos, los nominados han carecido de las credenciales necesarias para ocupar tan importante cargo.

    La forma liviana y con lógica de cuoteo partidista que ha usado el Congreso para nombrar a los miembros del Tribunal Constitucional ha ayudado a alimentar las críticas a la legitimidad de éste. Pero la irresponsabilidad con que el Congreso ha nombrado a sus miembros no significa que el Tribunal pierda su importancia ni su legitimidad. Si la aerolínea nombra como piloto al primero que va pasando no significa que el puesto del piloto deje de ser importante, sólo evidencia la irresponsabilidad del que lo nombró.

    En muchas democracias del mundo, los problemas políticos a menudo se judicializan. Ya sea porque los afectados deciden cuestionar la constitucionalidad de algunas medidas o porque la clase política es incapaz de ponerse de acuerdo para clarificar los derechos y deberes establecidos en la Constitución, los conflictos políticos a veces terminan siendo solucionados por jueces que nunca fueron electos para representar a nadie ni están mandatados a hacer leyes. En Chile, también hemos sido testigos de la judicialización de problemas políticos. Las decisiones sobre proyectos energéticos o mineros con impacto medioambiental a menudo terminan en manos del poder judicial. Incluso la forma en que se debe regular el alza de las ISAPRES se ha convertido en un tema sobre el que los jueces tienen más poder de decisión que la clase política. Aunque en Chile (pero no en otros países, como Estados Unidos) constituye una rama independiente del poder judicial, el Tribunal Constitucional también está compuesto de personeros que no han sido electos. Su importante rol de dirimir controversias constitucionales no debiera ser confundido con el papel de árbitro de empates políticos.

    La discusión sobre la gratuidad en Chile debe ser abordada por el Congreso Nacional a partir de un proyecto de ley que envíe el Ejecutivo y que sea debidamente debatido en ambas cámaras. Ahí podremos ver cuáles son las posturas de los distintos partidos y cuál es el espacio sobre el cual se puede producir un acuerdo político que permita a la Presidenta Bachelet cumplir una de sus más importantes promesas de campaña. Después de todo, la Nueva Mayoría tiene una amplia mayoría en el Congreso de legisladores que fueron electos al amparo de Bachelet, compartiendo sus promesas de campaña —incluida la gratuidad—. Ninguno de los candidatos de la NM que hoy ocupan escaños se opuso pública y activamente a la promesa de gratuidad hecha por Bachelet en 2013.

    Al optar por el camino del resquicio legal en vez de la vía adecuada de una legislación en el Congreso, el gobierno dio el primer paso para judicializar la que debía ser la más importante de sus reformas. Ahora, la capacidad de la Presidenta Bachelet de cumplir con su promesa de campaña está en manos de una institución que goza de legitimidad institucional pero que fue diseñada para hacer otra cosa.

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  9. La gratuidad tenía 10 perritos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Cuando deberíamos estar hablando del país que queremos construir, hemos terminado obligados a cantar la canción de los 10 perritos, adivinando que al final nos quedaremos con una gratuidad sin perritos y con un sabor amargo tanto los detractores como los que estaban convencidos que la gratuidad era lo mejor que le podía pasar a Chile.

    La promesa de gratuidad en la educación universitaria en Chile se parece cada día más a la canción “yo tenía diez perritos”. Mientras más tiempo pasa, más evidente es que la promesa de avanzar gradualmente hacia la gratuidad universal fue una declaración voluntarista de Bachelet que nunca estuvo acompañada de cálculos serios y de un proceso responsable de diseño de política pública.

    En la canción de los 10 perritos, el cantor explica la pérdida gradual de perritos hasta que no le queda ninguno. Aunque cada perrito desaparece por un motivo distinto, la audiencia rápidamente puede anticipar cuál será el final de la canción. En su defensa de la promesa de gratuidad, el gobierno se ha comportado de la misma forma que el dueño de los 10 perritos. A medida que ha ido avanzando la discusión del presupuesto, se ha ido acotando el universo de beneficiarios de la gratuidad hasta el punto que ahora parece que no habrá un aumento en el porcentaje de chilenos que no tendrán que pagar por su educación universitaria.

    Por cierto que hay buenas razones para oponerse a la gratuidad universal. La probabilidad de asistir a la universidad es mayor en los quintiles de más ingresos, por lo que la gratuidad terminaría aumentando la desigualdad, no reduciéndola. Como el costo de la educación varía de universidad en universidad, la gratuidad resultaría en subsidios más altos para las instituciones que más cobran (o bien obligaría al Estado a regular precios). Como igual tendría un costo alto, la gratuidad obligaría al Estado a poner límites a la cantidad de semestres que podrán estudiar los alumnos. Las necesidades de regulación aumentarían enormemente los costos de transacción. El Estado deberá diseñar marcos regulatorios que restringirían la innovación y forzarían un modelo único en un sistema educacional que tiene en su diversidad una de sus grandes fortalezas.

    Pero también hay buenas razones entre los que defienden la gratuidad. El anhelo de construir una sociedad meritocrática se basa en que exista igualdad de oportunidades. Solo los países que se atreven a soñar en grande logran superar los obstáculos que los separan del desarrollo. Si bien algunos formulan la idea de la educación gratuita como una demanda de derechos sociales, la educación gratuita podría ser el equivalente chileno a lo que fue la misión de llevar un hombre a la luna para Estados Unidos. Visto así, sería un loable proyecto nacional. Si alguna vez el país pudo crear un sistema de educación pública laica y gratuita, el Chile que aspira a ocupar un lugar entre las naciones más desarrolladas del globo también debe atreverse a soñar en grande.

    Ya que hay buenas razones para oponerse y para apoyar la gratuidad, lo natural sería que se produjera un debate rico, intenso, respetuoso y fructífero en el que reinara la deliberación inteligente y las personas pudieran ser susceptibles a ser seducidas y convencidas por ideas antagónicas. El país está maduro para debates sin caricaturas y para el intercambio de ideas emanadas de posiciones apasionadas y no de trincheras. Como hay gente inteligente y bien intencionada en ambos lados (y cada campo tiene diversidad y matices en sus posturas), el debate sobre la gratuidad debiera ser una experiencia de democracia participativa y deliberativa que mostrara la madurez de nuestra sociedad. El proceso mismo sería la envidia de nuestros vecinos. Un país que quiere poner la educación al centro de su modelo de desarrollo debe debatir y deliberar sobre el tipo de modelo de financiamiento de esa educación y sobre los componentes que serán incluidos en ese modelo.

    Por todo esto, resulta especialmente lamentable que el gobierno de la Presidenta Bachelet haya reducido este debate necesario, saludable y democratizador a una mera glosa presupuestaria. Una reforma de esta envergadura, que tiene un potencial transformador tan profundo y que, de resultar exitoso, marcará un antes y un después en nuestra historia nacional se merecía un debate mucho mayor que el que corresponde a una glosa presupuestaria.

    Igual que una familia que considera adoptar un hijo, Chile necesitaba prepararse para este momento. La importancia de la adopción de un hijo no se puede reducir a qué tanto aumentará el gasto mensual del supermercado o cuánta agua adicional se le deberá echar a la sopa. Al reducir el debate sobre la gratuidad a la discusión de la glosa presupuestaria, el gobierno desechó la oportunidad de promover la participación ciudadana, profundizar la democracia y enriquecer el debate en la sociedad. La Moneda decidió reducir el debate a una discusión de presupuesto (importante, pero parcial). Por eso, cuando deberíamos estar hablando del país que queremos construir, hemos terminado obligados a cantar la canción de los 10 perritos, adivinando que al final nos quedaremos con una gratuidad sin perritos y con un sabor amargo tanto los detractores como los que estaban convencidos que la gratuidad era lo mejor que le podía pasar a Chile.

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  10. Sacándole el cuerpo al bulto

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El subterfugio usado por la Presidenta para maquillar el aumento del gasto público y hacerlo parecer menos sustancioso, alimenta sospechas sobre la conspicua ausencia de detalles en el anuncio sobre la gratuidad en educación superior.

    En su discurso ante la Nación para anunciar el envío de la ley de presupuesto, la Presidenta Bachelet se negó a especificar cómo se materializará su promesa de educación superior gratuita. Además, en vez de reconocer la verdadera magnitud del aumento en el gasto público, Bachelet prefirió cambiar el punto de comparación para hacer creer a los chilenos que el gasto aumentará menos de lo que realmente crecerá. Creyendo que nadie se daría cuenta, o solo buscando ganar unas cuantas horas antes de que se hiciera pública la artimaña estadística, Bachelet tomó una decisión que debilita nuestra institucionalidad y alimenta cuestionamientos sobre la inclinación de su gobierno a manipular datos.

    Después de que inicialmente declaró estar en contra de la gratuidad cuando recién volvió a Chile en 2013, la promesa de gratuidad en la educación superior se convirtió en un elemento central de la campaña de Bachelet. Las fotos de la Presidenta con los líderes del movimiento estudiantil de 2011 y su obsesión por sepultar a la vieja Concertación para fundar la Nueva Mayoría dotaron de una centralidad política incuestionable al compromiso de Bachelet con la gratuidad universal en educación superior. La Presidenta repitió hasta el cansancio que en su gobierno se iniciaría la gratuidad. Pero la firmeza del compromiso con ese objetivo no fue acompañado por suficientes detalles sobre cómo lograr materializarla. El equipo de Bachelet redujo la capacidad de cumplir con esa promesa a una ambiciosa reforma tributaria. Aunque los expertos advirtieron que la reforma no iba a alcanzar para financiar la educación superior —y no costaba mucho anticipar los problemas de regulación y control de costos que implicaba prometer gratuidad universal sin letra chica—, Bachelet se aferró a la promesa de que en su gobierno, Chile se convertiría en un paraíso de la educación superior gratuita.

    Después de asumir el poder, Bachelet dobló la apuesta, comprometiéndose con el inicio de la gratuidad para marzo de 2016. La justificación política para la (ahora desprestigiada y cuestionada) reforma tributaria de 2014 fue precisamente que había que financiar la reforma educacional y la gratuidad universitaria.

    Pero la determinación de Bachelet de avanzar hacia la gratuidad no tuvo una contraparte técnica que fuera despejando las dudas, los cuestionamientos y los desafíos de incentivos perversos y conflictos de intereses que implicaba el diseño de una política pública así de ambiciosa. En los 18 meses que lleva el gobierno, Bachelet nunca demostró un compromiso real con diseñar una estructura que pudiera especificar cuánto costaría la gratuidad, quiénes se beneficiarían, cómo se controlarían los costos y cuál sería el marco regulatorio. La educación gratuita se convirtió en una promesa voluntarista, nunca devino en una propuesta de política pública. El gobierno de Bachelet decidió que la gratuidad en educación se saltaría la etapa de diseño e iría directamente a una improvisada implementación.

    Por eso, cuando la Presidenta anunció el miércoles de noche el presupuesto para 2016, el compromiso con la gratuidad reflejó sólo voluntarismo pero obvió las especificaciones que permitan imaginar cómo Bachelet pretende cumplir esa promesa. En su discurso, Bachelet reiteró su compromiso con construir esa nueva casa, pero fue incapaz de mostrar los planos. Por eso, resultan razonables los cuestionamientos sobre qué tan conveniente resulta comenzar la demolición de la casa actual si no tenemos certeza de que existe un plan razonable para construir una nueva casa.

    Ahora bien, la Presidenta optó por echar manos a la contabilidad creativa para justificar el mayor gasto fiscal en 2016 —tomando como punto de comparación al gasto efectivo de 2015 y no al gasto establecido en la ley de presupuesto del año anterior—. Ese ejercicio de contabilidad creativa permite al gobierno argumentar que el crecimiento del gasto es de 4,4%. De haber usado el punto de comparación que tradicionalmente se usa —el gasto establecido en el presupuesto del año anterior—, el aumento del gasto estaría por sobre el 6%, una cifra sustancialmente superior al crecimiento económico que se espera para 2016. Así, el Estado volverá a crecer a un ritmo sustancialmente superior al que experimente la economía del país.

    Este subterfugio, usado por la Presidenta, para maquillar el aumento del gasto público y hacerlo parecer menos sustancioso, alimenta sospechas sobre la conspicua ausencia de detalles en el anuncio sobre la gratuidad en educación superior. La promesa de gratuidad es tan carente de especificaciones y detalles que parece ser un nuevo incumplimiento en la ya creciente lista de excesivas y ambiciosas, pero también irrealizables, promesas de campaña de Bachelet.

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  11. Orgulloso de Chile

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Si un terremoto grado 8.4 no nos tumbó, no nos van a tumbar ni un gobierno inefectivo propenso a cometer errores ni los pesimistas pájaros de mal agüero que parecen más interesados en destruir que en seguir construyendo.

    Se equivocan aquellos que creen que la estabilidad de Chile y el camino al desarrollo por el que hemos avanzado desde la recuperación de la democracia están en riesgo. Si un terremoto grado 8.4 no nos derribó, difícilmente la institucionalidad democrática se va a caer por los errores no forzados de un gobierno. Como el terremoto del 16 de septiembre, un mal gobierno dejará dolorosas secuelas. Pero el país seguirá avanzando en el sendero de un desarrollo más inclusivo y democrático después que este gobierno deje el poder en marzo de 2018.

    Ningún chileno que haya estado fuera del país el pasado miércoles puede no haberse sentido orgulloso cuando los extranjeros preguntaban por el desastre que un terremoto grado 8.4 debe haber causado. Que sólo haya habido 10 muertos y que la infraestructura haya resistido tan bien es un motivo de justificable orgulloso nacionalista. Chile es el país que entre todos hemos construido con bases sólidas.

    Es cierto que hay problemas y desafíos complejos. La desigualdad es vergonzante. La falta de oportunidades, la cancha dispareja, los abusos, el pituto y el amiguismo son males que persisten en nuestra sociedad. El hecho de que el gobierno actual haya olvidado que un vigoroso crecimiento es condición necesaria para mejorar la distribución nos ha hecho perder dos valiosos años en el camino al desarrollo.

    Pero Chile nunca estuvo mejor posicionado para enfrentar los desafíos del crecimiento. Los nostálgicos del pasado (aquel lejano, pre 1973, o de las décadas concertacionistas) son víctimas del síndrome de que toda era pasada fue mejor. La evidencia, no obstante, demuestra fehacientemente que Chile nunca tuvo un nivel de desarrollo superior, respecto al resto de América Latina y del mundo, que el que gozamos hoy. Nunca estuvimos más cerca de alcanzar el desarrollo y nunca un porcentaje tan alto de chilenos fue partícipe de los beneficios del progreso.

    Los fatalistas se equivocan tanto en su diagnóstico de la situación actual como en sus propuestas para el futuro. Chile no necesita retroexcavadoras. Tampoco necesitamos de agoreros de la mala fortuna que, apuntando al gobierno, digan que nunca tan pocos han causado tanto daño a tanta gente en tan poco tiempo. Los chilenos pueden estar descontentos con el gobierno, pueden sentir que gozan de poca protección contra el abuso, pueden desear que haya un estado más grande que proteja sus derechos. Pero las personas mayoritariamente quieren arreglar la casa en que vivimos, no botarla. Además, los chilenos no comparten el pesimismo sobre el futuro del país que predican aquellos que creen que un mal gobierno de Bachelet pavimentará el retorno de la Alianza, con Sebastián Piñera, a la cabeza en 2017.

    El terremoto del 16 de septiembre nos recordó nuestra vulnerabilidad geográfica. Aunque resistimos bien, hay mucho espacio para mejorar. Es cierto que los problemas de Chile son más profundos que el terremoto. El país ha dejado de crecer y las condiciones internacionales hacen que sea difícil volver a crecer a las tasas a las que nos acostumbramos con el boom del cobre. El gobierno emprendió un camino ambicioso de reformas, pero elevó demasiado las expectativas y no supo conducir bien el proceso. La Moneda está ahora sobrepasada, los vientos soplan en contra y la habilidad política no abunda en el gobierno.

    En los próximos días, el gobierno deberá presentar su proyecto de ley de presupuesto para 2016. Todavía no se conoce el mecanismo a través del cual el gobierno buscará dar gratuidad en la educación superior a un porcentaje indeterminado de alumnos en un grupo indeterminado de universidades. Bachelet deberá hacerse cargo de su compromiso con el inicio de un proceso constituyente este mes. La ley laboral presenta cada día más oposiciones. Sigue en aumento la presión para que el gobierno envíe un nuevo proyecto que se haga cargo de corregir las falencias de la reforma tributaria aprobada en 2014.

    Complicado por las promesas excesivas que la propia Presidenta realizó, el gobierno enfrenta fuerte fuego amigo. Después de una provocadora visita a La Moneda en ausencia de la Presidenta Bachelet, el ex Presidente Lagos complementó sus críticas al gobierno al comentar, en una entrevista a El Mercurio, que en la calle la gente le pedía que el volviera a poner orden al país. Con ese tipo de aliados, la Presidenta Bachelet no tiene ni tiempo para preocuparse de las legítimas críticas de sus adversarios.

    Con todo, como nos recordó el sismo del 16 de septiembre, Chile es un país construido sobre sólidas bases. Hay mucho espacio para mejorar, muchas falencias que corregir y muchos errores políticos no forzados que traerán costos. Pero el país no está al borde de una crisis institucional ni vamos camino a la destrucción. Si un terremoto grado 8.4 no nos tumbó, no nos van a tumbar ni un gobierno inefectivo propenso a cometer errores ni los pesimistas pájaros de mal agüero que parecen más interesados en destruir que en seguir construyendo.

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  12. El Magíster en Política y Gobierno de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP realizó su Primera Mesa de Política y Gobierno 2015

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    Mesa-de-DebateEl miércoles 19 de agosto, se realizó en el Auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra, la Primera Mesa de Política y Gobierno 2015, titulada “Reforma de la Educación Superior: Un debate en curso”.

    En la oportunidad presentaron Dante Contreras, director del COES y economista, Arturo Fontaine, escritor y profesor de la Universidad Diego Portales, Ricardo Paredes, Rector de la DUOC y Nicolás Fernández, presidente de la Federación de Estudiantes UDP y vocero de la ConfeCh. El encuentro estuvo moderado por Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP.

    El objetivo de la mesa de debate es abordar temáticas que están en la coyuntura nacional, como lo es la Reforma Educacional. En ella se habló de las posturas de los invitados, y su visión del manejo e impacto que esta ha tenido en la sociedad chilena.

    Dentro de los argumentos expuestos, se encuentra la gratuidad como complemento y no como elemento que solucione todos los problemas de acceso, algo que según Ricardo Paredes está cubierto con las medidas ya existentes. Además, dentro del encuentro se habló acerca del poco consenso social que ha tenido esta reforma entre los chilenos, y la forma en que será financiada.