La Escuela de Ciencia Política UDP, en conjunto con el Núcleo Milenio Desafíos a la Representación y el FONDECYT 1140101 organizan el Seminario ¿Crisis de representación democrática en Chile?
En la ocasión se realizará un Debate Académico (10:00 – 12:00 hrs.) moderado por Rossana Castiglioni, académica de la Escuela de Ciencia Política UDP, donde participarán Carlos Meléndez (UDP), Jana Morgan (University of Tennessee), Peter Siavelis (Wake Forest University) y Cristóbal Rovira (Director del Doctorado en Ciencia Política UDP).
Posteriormente se efectuará un Debate Político (12:00 – 14:00) moderado por Mónica Rincón (CNN Chile), donde expondrán Gabriel Boric (Diputado Izquierda Autónoma), Maya Fernández (Diputada PS), José Antonio Kast (Diputado UDI), Andrés Velasco (Ex candidato presidencial, Ciudadanos) e Ignacio Walker (Senador DC).
La actividad se realizará el lunes 16 de noviembre de 10:00 a 14:00 horas, en el Auditorio de la Facultad de Educación, ubicado en Vergara 249, Santiago.
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Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP
Ignacio Walker ha sido duramente criticado por sus comentarios sobre el rol de los intelectuales en política. Ha sostenido que algunos “no tienen idea de política”, y que otros miran la situación del país desde un pedestal. Walker tiene buenas razones para pensar de esta manera. A pesar del bullying del que ha sido objeto en las redes sociales, en esta columna apoyo decididamente sus aseveraciones.
En primer lugar, hay que distinguir entre académicos especialistas en una determinada área, y columnistas. Sobre estos últimos, los argumentos de Walker, incluso, se quedan cortos. Muchos de ellos provienen de fundaciones o institutos financiados por partidos o, en algunos casos, por empresas. Abunda el columnista panfletario que, en la mayoría de los casos, discute con algún libro de manual como base, o con un programa de gobierno en la mano, sin distinguirse en lo más mínimo de un fanático. El ejemplo más evidente de esto es el debate- a estas alturas saldado- sobre la supuesta crisis terminal del sistema político y del modelo económico de Chile, lo que justificaría el avance hacia apuestas refundacionales. La evidencia es más que contundente, e invalida cualquier hipótesis seria para catalogar a Chile en una situación terminal. Comparto la impotencia del senador Walker frente a esto. Demasiada opinión, poco análisis y desmesurada cobertura medial. Contra eso ha debido batallar el sector más moderado y razonable de la Nueva Mayoría para detener el frenesí refundacional e irresponsable de parte importante de la elite intelectual que apoya (o apoyó) al gobierno. Afortunadamente, la Presidenta- poco a poco- ha entendido que ese no es el camino correcto. De hecho, la ruta hacia la Nueva Constitución estará demarcada por las decisiones del Congreso.
En segundo lugar, Walker apunta hacia quienes hablan, opinan y dan consejos en el área política sin contar con la expertise suficiente. Esto también tiene sentido, tanto así que ningún miembro chileno de la Comisión Engel es experto en partidos o elecciones. Por experto me refiero a aquellos académicos que sistemáticamente publican sobre este tipo de temas en revistas indexadas de nivel internacional. No clasifico como expertos a quienes “auto-publican” textos en las instituciones donde trabajan, o quienes lo hacen en revistas de prestigio pero con escasa periodicidad. Si consideráramos como experto a este segundo grupo, habría un número no menor de mis alumnos que entraría fácilmente en esta categoría dado que su producción académica es superior a la de varios miembros de la comisión. El propio Engel no ha tenido una producción prolífica en asuntos políticos, aunque sí- y de manera notable- en temas económicos. Cuando se analizaron los efectos del voto voluntario sobre la participación electoral, Engel argumentó que el ingreso comunal no incidía sobre en las variaciones de la participación. Un análisis más detallado de la información concluyó justamente lo contrario.
En tercer lugar, Walker también tiene razón respecto al pedestal desde el que hablan muchos académicos. No es fácil soportar al intelectual de escritorio que jamás ha visitado una sede partidaria, y que por el sólo hecho de investigar sobre el tema se siente con la facultad para determinar qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Además, este tipo de personajes le hace mal a sus propios dirigidos. En la ciencia política es muy común encontrarse con egresados que presentan serios problemas de adaptación al mundo laboral. Las razones que esgrimen están, precisamente, en el proceso formativo. Sus profesores enseñan a partir de libros, pero con nula experiencia en el mundo real. De hecho, las propuestas que estos docentes realizan para corregir problemas públicos son de tal desconexión con la realidad, que caen rápidamente en el archivador.
Por todo esto, entonces, no es pueril la diferencia entre el experto y el “vendedor de humo”. El primero, contribuye. El segundo, obstaculiza, genera conflictos donde no los hay, promueve reformas inviables y, a la larga, se transforma en un agente patógeno del sistema político.
Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Llama la atención el juicio tan categórico del senador Ignacio Walker al rechazar la postura de Eduardo Engel en relación con el proceso de reinscripción de militantes de partidos. “Quienes opinan desde el Olimpo y hacen ejercicios de pizarrón y nos dan pautas de cómo legislar –sostuvo el Senador–, es mejor que empiecen a conocer la realidad de las cosas y no pontificar sobre lo que no saben y no conocen”. En opinión del senador Walker, las decisiones políticas son demasiado importantes como para dejárselas a intelectuales que no saben de la historia de Chile.
Las declaraciones del senador Walker resultan llamativas por varias razones. Primero, porque su propia trayectoria es la de un intelectual que se formó en el derecho y luego en la ciencia política en la Universidad de Princeton. Por lo tanto, el senador Walker entiende y conoce los aportes de las ciencias sociales al conocimiento y a la implementación de políticas. Segundo, porque no parece comprensible plantear una división tan categórica entre intelectuales y políticos. Ni los profesores viven encapsulados en un pizarrón, ni los políticos (esperemos) viven encapsulados en sus debates sobre la política y el poder.
Tercero, porque las recomendaciones de la Comisión Engel no son fruto de un grupo de iluminados que desde el Olimpo propuso una serie de recomendaciones. Ellas son el resultado de largas horas de audiencias, recomendaciones de anteriores comisiones presidenciales, organismos de la sociedad civil, actores políticos, parlamentarios, agentes de diversos poderes del Estado y organizaciones internacionales. La gran mayoría de las propuestas expresa un saber acumulado nacional e internacional. Caricaturizar las propuestas como sacadas de un pizarrón es ofender no a un grupo de consejeros, sino que al conjunto de quienes voluntaria y propositivamente, quisieron aportar al fortalecimiento de los partidos.
Aquí el debate es muchísimo más trivial y dice relación con exigir ciertos procedimientos mínimos a partidos que tienen tradiciones, caciques, lotes, cúpulas, príncipes y plebeyos. El debate sobre la reinscripción no es otra cosa que un debate sobre quién o quiénes en definitiva controlarán el poder.
Pero ¿cuál es el alegato de fondo? ¿Por qué el enojo? Esta semana debiese resolverse en la Comisión de Probidad que preside el senador Walker un grupo de iniciativas asociadas a la reinscripción de militantes de partidos políticos. Tres cuestiones básicas y bastante mundanas son centrales: 1) asegurar la reinscripción del total de militantes en un plazo razonable y el Gobierno propuso para ello un plazo de 12 meses; 2) asegurar que el procedimiento mediante el cual la inscripción y/o reinscripción de militantes dé garantías de transparencia para todos los grupos al interior de las tiendas políticas y para la sociedad, y 3) asegurar que los aportes que el Estado les entregue a los partidos se haga a condición de un estándar mínimo de democracia interna y transparencia.
La semana pasada, en la Comisión de Probidad se generaron resistencias, se dijo que 12 meses no era suficiente y se pensó en ampliar a 24 meses para partidos que enfrentaran elecciones internas; se dijo que permitir que los militantes conocieran el padrón interno afectaría el derecho de privacidad de las personas; y se señaló que los partidos requerían recursos para enfrentar las elecciones municipales, lo que implicaría entregarle recursos independientemente de las exigencias de democracia interna y transparencia.
¿Cuál es entonces el problema? El problema en realidad es algo muy simple: qué estándar se les exigirá a los partidos políticos para recibir recursos que son de todos los chilenos y chilenas. Hay quienes pensamos que, primero que nada, es fundamental que el Estado financie apropiadamente a los partidos políticos. Pero dicho financiamiento debe condicionarse a ciertos mínimos procedimentales: que exista democracia interna efectiva en estas tiendas políticas –con una ficha única de inscripción, con elecciones periódicas, con derecho de las minorías a expresarse, con padrones conocidos, depurados y sancionados por las instancias internas pertinentes– y que exista transparencia efectiva de la forma en que se financian dichos partidos. Recursos a cambio de un nuevo estándar de funcionamiento.
Como puede observarse, lo mencionado no dice relación con debates intelectuales muy sofisticados. Aquí no discutimos sobre presidencialismo vs. parlamentarismo, representación vs. gobernabilidad, o cuestiones como esa. No. Aquí el debate es muchísimo más trivial y dice relación con exigir ciertos procedimientos mínimos a partidos que tienen tradiciones, caciques, lotes, cúpulas, príncipes y plebeyos. El debate sobre la reinscripción no es otra cosa que un debate sobre quién o quiénes en definitiva controlarán el poder.
El ex integrante de la Comisión Engel, Claudio Fuentes, se refirió a los dichos del senador Ignacio Walker (DC), quien aseguró que Eduardo Engel “no tiene idea de política” por sus críticas hacia el manejo en el Senado de las indicaciones relacionadas con la depuración de los padrones de los partidos.
“Las formas han sido lamentables, a mi juicio poco asertivos en términos de culpar al mensajero cuando acá el fondo es el tipo de partido que queremos”, indicó Fuentes.
Sobre los dichos del senador Walker, el ex comisionado expresó: “que él venga a pontificar que esto es, y es una caricatura, supuestamente intelectuales que estamos haciendo desde una burbuja mirando el país desde lejos, son puras caricaturas que yo creo que no contribuyen al debate porque no es así”.
Finalmente, apoyó las medidas que se contemplan en la agenda de Probidad y Transparencia, y señaló que “es el momento de que los partidos se pongan los pantalones largos y respondan como una institución que ha sido tan tradicional en Chile”.
Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía.
Los intentos por revivir a la Concertación que hoy proliferan en sectores de la centro-izquierda confirman tanto el fracaso de la Nueva Mayoría como la ausencia de ideas y propuestas de futuro en la coalición que exitosamente lideró la transición a la democracia pero que parece no tener ni las respuestas a la demandas de una sociedad que ya se acostumbró a la democracia ni los líderes que puedan guiar la construcción del Chile que esa sociedad anhela.
Después de que el ex Presidente Ricardo Lagos entrara al ruedo político lanzando una candidatura presidencial en su personal estilo (“algunos, varios, me han dicho: oiga, vuelva usted para que al menos ponga orden”), se han propagado las voces de nostálgicos de la Concertación que han salido a defender los principios, valores y estrategias de la coalición que gobernó a Chile entre 1990 y 2010. El más reciente en unirse a ese coro ha sido el senador y presunto candidato presidencial PDC Ignacio Walker. Con la moderación que le caracteriza, que a ratos raya en timidez y ambigüedad, Walker dijo “nunca hubo un certificado de defunción de la Concertación y nunca hubo un certificado de nacimiento de la Nueva Mayoría. Este es un proceso. Y en muchos sentidos la Concertación no ha muerto”.
Los intentos por reposicionar a la Concertación son comprensibles, toda vez que el gobierno de la Nueva Mayoría, liderado por Michelle Bachelet, hace aguas por todos lados. Pero el repentino interés por aseverar que la Concertación no ha muerto denota también oportunismo y algo de cobardía. En 2013, cuando Bachelet regresó para asumir la candidatura presidencial, la entonces popular líder unilateralmente sepultó a la Concertación, decretando el cambio de nombre de la coalición. Bachelet bautizó a la Nueva Mayoría. Ninguno de los que ahora declara su añoranza por la Concertación alzó la voz para expresar una objeción. Como en las bodas, el que quería mantener viva a la Concertación debía hablar entonces o callar para siempre.
Si la Concertación era algo que debía defenderse, los partidarios de esa coalición estuvieron conspicuamente ausentes en 2013. Contrario a lo que asegura el senador Walker, sí hubo un certificado de defunción de la Concertación y una celebración de nacimiento de la Nueva Mayoría. Como presidente del PDC, Walker concurrió con su firma al acto que creó a la NM cuando todos los líderes de los partidos miembros, con sonrisas en sus rostros, proclamaron la candidatura de Michelle Bachelet y de los candidatos al parlamento de la Nueva Mayoría.
Pero aun haciendo la vista gorda ante el nulo intento por salvar a la Concertación en 2013, los esfuerzos por desenterrar ahora a la coalición que lideró exitosamente al país por el sendero del desarrollo y la consolidación democrática por 20 años denotan solo la falta de respuestas que tienen los nostálgicos delAncien Régime para los desafíos del Chile de hoy.
Gracias a la Concertación, Chile es hoy incuestionablemente democrático, más desarrollado y menos desigual. Pero no significa que los chilenos quieran que retorne la Concertación. Las encuestas muestran que la gente quiere diálogo, moderación, pragmatismo y gradualidad (atributos que la Concertación personificó). Pero es un error creer que los chilenos quieren también que los mismos líderes que guiaron la transición a fines de los 80 vuelvan al poder en 2017, 30 años después.
El país hoy enfrenta desafíos muy distintos a los monumentales problemas que existían a comienzos de los 90. El desarrollo económico y los avances tecnológicos han cambiado radicalmente a la sociedad. Debido a que la Concertación fue exitosa, los chilenos ahora aspiran a mucho más. La compleja coyuntura económica por la que atraviesa el país ha alimentado la ansiedad y los temores a perder parte de lo logrado.
Pero precisamente porque el país ha avanzado tanto, los chilenos se han acostumbrado a mirar hacia adelante. Los chilenos no van a buscar en respuestas de ayer las herramientas para enfrentar exitosamente los desafíos de hoy. Por eso, por más nostalgia que genere en muchos los buenos años de la Concertación, es una mala estrategia ofrecer una fórmula antigua para recuperar la confianza y las esperanzas de la ciudadanía. Si la centro-izquierda aspira a mantener el poder más allá de 2017 —y considerando que la Alianza ofrecerá la opción de volver a lo que fue el gobierno de Piñera entre 2010 y 2014—, la clave será poder combinar las herramientas exitosas y ganadoras de la Concertación con un mensaje de renovación, cambio y futuro. La Nueva Mayoría bien pudiera estar desahuciada, pero para volver al poder, la centro-izquierda deberá construir algo nuevo y no intentar ahora desenterrar una coalición que todos los partidos, con demasiada facilidad e incluso cierta satisfacción, apresuradamente sepultaron en 2013.
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP
La lucha entre autocomplacientes y autoflagelantes de la Concertación es un juego de niños al lado de la pelea entre moderados o gradualistas, y exaltados o refundacionales en la Nueva Mayoría. Lo curioso es que esta confrontación no se explica necesariamente por el PC, que poco a poco ha cultivado cierta relación de respeto con el PDC luego de las desubicadas declaraciones del embajador Contreras. La tensión más fuerte está entre el PDC y parte importante de un partido inorgánico como el PPD, y el ala más recalcitrante del PS que busca, a toda costa, imprimir más presión sobre un gobierno saturado de reformas y con evidentes problemas para mejorar el desempeño económico del país. Insistir con una Asamblea Constituyente a estas alturas, es echar bencina a un bosque en llamas. Lo más razonable -claramente- es que esa Nueva Constitución sea elaborada por el próximo congreso electo con un sistema electoral distinto. Chile es reconocido por respetar sus instituciones que, buenas o malas, funcionan.
La exaltación de la izquierda no encuentra límites aún. Cuando Bachelet ganó la presidencial, no fueron pocos los que afirmaron -sin ninguna evidencia empírica por cierto- que Chile avanzaba hacia un “nuevo ciclo”. En un artículo que publiqué en Qué Pasa en marzo de 2014 sostuve que no había antecedentes serios para afirmar algo así. Era errado el diagnóstico de la politización, polarización y refundación. Es más, la reciente encuesta de la consultora Subjetiva arroja resultados más lapidarios. Una de sus preguntas dice: “Si imagináramos que Chile fuese una casa. Según su opinión, ¿qué deberíamos hacer con ella?” Los datos son irrefutables, pues sólo el 25% apoya la opción “derribarla y construirla de nuevo” (es decir, la retoexcavadora), mientras el resto de los encuestados (casi el 75%) se inclina por “repararla sólo donde se necesite” o “ampliarla y hacerla crecer”.
Por tanto, el error de origen del gobierno fue confundir un fuerte dolor de estómago con un cáncer gástrico. Al hacer un tratamiento para el cáncer gástrico y no para el dolor de estómago, en lugar de morigerar el malestar, lo profundizó. Las promesas desmedidas -en las que todo los partidos de la NM son responsables- y la falta de visión para sopesar los efectos de la desaceleración, dejaron casi en ridículo a los intelectuales que defendieron la tesis del cáncer gástrico y a los técnicos que avalaron promesas imposibles de cumplir en un ambiente económico adverso del que no tuvieron noticias hasta que se gatilló la crisis. Es decir, nula capacidad para anticiparse.
Los errores imperdonables de intelectuales y técnicos nos tienen -como país- en una situación extraordinariamente compleja. Probablemente, los líderes de izquierda de la NM pensaron que el 62% de Bachelet en la segunda vuelta era sinónimo de un apoyo avasallador al programa. Sin embargo, los votos que obtuvo Bachelet en esa segunda vuelta equivalieron al 25% de toda la población en edad de votar. Frente a esa idea maximalista del poder total, lo único que funcionó como oposición interna a la fiebre reformista fueron los “matices” de Ignacio Walker y la cocina de Zaldívar, quienes se ganaron el encono de sus socios de pacto.
Hoy es muy difícil que un Presidente con el 25% de aprobación logre disciplinar a sus congresistas. Comprensiblemente, cada diputado o senador diseñará una estrategia propia que le garantice la reelección en un par de años. No es buen negocio aparecer junto a un gobierno aún aturdido por la desaceleración, los escándalos y la fractura interna entre moderados y refundacionales. Por tanto, es muy probable que sigamos asistiendo a eventos de indisciplina, los que serán más evidentes al finalizar el gobierno y tener a la vista las próximas elecciones. La NM ha pasado de ser la antigua familia disfuncional, a una familia de trincheras. Sin embargo, por ahora se ve muy difícil que se produzca una fractura formal. Ni el PDC ni el PC se van a salir de la coalición al menos hasta después de la municipal. Ahí deben coordinarse para nominar un candidato a alcalde. Además, los costos por salirse son altísimos. Abandonar un gobierno implica que todos los militantes deban dejar sus cargos.
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP.
La elección interna de la DC en 2013, entre Ignacio Walker y Aldo Cornejo, arrojó una participación cercana a los 23 mil 500 militantes. La primaria presidencial entre Ximena Rincón y Claudio Orrego convocó a casi 57 mil ciudadanos. En ambas existía cierto grado de incertidumbre respecto a la distancia entre el primero y el segundo. Esto no sucede con la elección interna que enfrentará la DC este domingo.
Todo indica que la lista oficialista encabezada por Jorge Pizarro ganará por amplio margen. A diferencia de la interna del PS, en la DC la elección causa escaso entusiasmo, y el gran desafío consiste en llevar a votar al mayor número de militantes posible. La tarea es difícil y sólo resta esperar que no se produzca ninguna clase de bochorno dada una eventual escuálida participación.
En el pasado, la elección interna de la DC era casi una primaria presidencial. Ser presidente del partido más grande daba ventaja a la hora de definir el candidato. Hoy la situación es muy distinta. Los años dorados de la DC no son más que un buen recuerdo. En 1992, por ejemplo, el partido llegó a gobernar a más de la mitad de los chilenos con sus 146 alcaldes. La DC obtenía un tercio de la votación y los identificados con el partido de acuerdo a las encuestas del CEP bordeaban el 35%. A eso hay que sumar una masa de concejales que casi llegaba a los 500, y una bancada de diputados que en 1993 era de 37. Si en 1992 la colectividad obtenía más de un millón 800 mil votos, en 2012 obtuvo poco más de 800 mil. A nivel de liderazgos, dentro de los 10 políticos mejor evaluados en las encuestas del CEP, la DC llegó a tener siete en la década de los ’90. Hoy sólo tiene uno: la ministra Rincón.
A pesar de este panorama, el partido que entrega Ignacio Walker está en mejores condiciones a como lo recibió. En la elección de diputados de 2009, la tienda política obtuvo poco más de 940 mil votos, mientras que en 2013 -y a pesar que el voto era voluntario- sobrepasó los 967 mil. Adicionalmente, aumentó su bancada de diputados de 19 a 21. En los comicios locales pasó algo similar. Si en 2008 los alcaldes de la colectividad gobernaban al 16% de los chilenos, en 2012 la cifra bordeó el 18%. En la elección de concejales 2012, en tanto, si bien se produjo una caída de 140 mil votos respecto a 2008, el porcentaje se mantuvo casi sin variación. Todo esto lleva a pensar en una buena evaluación para la gestión de Walker. Aunque su insistencia en los “matices” con el gobierno le costó más de un conflicto dentro de la DC, se negó a la sumisión frente a la izquierda. Cuando las marchas y protestas parecían dirigir los destinos del país, Walker puso la pausa y la mesura.
Las tareas para el próximo presidente del partido serán complejas. En primer lugar, deberá lidiar frente al cambio de gabinete que hará la Presidenta una vez que amaine la tormenta producida por los sucesivos escándalos. En segundo lugar, tendrá como tarea organizar las elecciones municipales de 2016, definiendo si la colectividad opta por una o dos listas de concejales. Si es lo segundo, habrá que determinar con qué partido armar el pacto. Está claro que a la DC le conviene la competencia en dos listas.
Al fracturar a la izquierda, el partido hace rendir más eficientemente sus votos, tanto así que si en 2012 hubiese competido en una sola lista, habría perdido cerca de 50 concejales. En tercer lugar, el próximo presidente del partido tendrá como tarea establecer el mecanismo de definición del candidato presidencial si es que emergen figuras relevantes. Por ahora, destacan la ministra Rincón (top ten en el CEP) y el propio Walker. Habrá que determinar si el mecanismo de selección del candidato es por aclamación o si se opta por las primarias. Sea como sea, la DC debe levantar una figura presidencial frente a la izquierda. De lo contrario, nuevamente será simple comparsa dentro del gobierno (si es que se gana la presidencial de 2017). Finalmente, el nuevo presidente debiese impulsar un congreso estratégico, restándole protagonismo a los congresos programáticos, que implican un desgaste innecesario y que poco efecto tienen en la ciudadanía.