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  1. Subjetividad Activa, Política de Esperanza y la producción de lo común

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    Juan Pablo ParedesEl 14 de Diciembre del 2011, la afamada revista Times presentó al “manifestante” como el personaje del año. Movilizaciones sociopolíticas y protestas masivas en Medio Oriente, el norte de África, Europa y Estados Unidos, confirman la elección. Todo ese año y en casi todo el globo, su presencia recorrió las calles, se apostó en sus plazas y se difundió por redes sociales- marcando la pauta de la irrupción ciudadana en los años venideros-, cuestionando el consenso de la globalización neoliberal y denunciando la fragilidad democrática actual. La movilización política, las manifestaciones públicas y la protesta  entraban en la escena social para quedarse.

    América Latina no fue la excepción, como lo ejemplifican los casos de México, Colombia, Bolivia y Brasil. En Chile se han desarrollado movilizaciones sociales y manifestaciones públicas por diversas causas: medioambientales, laborales y gremiales, de reconocimiento de derechos, de minorías étnicas, de justicia social. Particularmente importante ha sido la movilización estudiantil, que desde el 2011 reúne a estudiantes secundarios/as, universitarios/as, docentes, académicos/as y a otros actores vinculados a la educación; logrando también conquistar la adhesión y participación de la ciudadanía en general. Lucha que se extiende hasta hoy, en el ciclo de movilizaciones más potente que ha vivido Chile desde el retorno a la democracia.

    Tales movilizaciones sociales y ciudadanas ponen en circulación, en cada sociedad de manera singular, un conjunto de prácticas y significados distintos, en algunos casos opuestos, al del orden establecido. Siguiendo el trabajo de Boaventura de Sousa Santos, podemos proponer que tales movilizaciones ciudadanas amplían el campo práctico-simbólico que define las representaciones actuales de nuestras democracias, mediante el ejercicio de identificar las ausencias que el complejo “demoliberal” ha producido, así como potenciar las emergencias sociales que en su contra se levantan. Desde la óptica de las emergencias, las movilizaciones realizan un juego que vincula el plano de la acción, de los discursos y de las emocionalidades, con el de la organización colectiva, haciéndolos confluir en un espacio configurado por otros idearios democráticos.

    Uno de los derivados de tales procesos es la conformación de otro tipo de subjetividad, que para el caso de Chile al menos, es una “subjetividad activa” (movilizada) que comienza a habitar lo social, afectando la normal complacencia de la institucionalidad política, politizando- a riesgo de no ser rigurosos en la generalización- la sociedad. Tal subjetividad politizada, de claro carácter generacional, descansa en formatos prácticos y activos que han conformado un nuevo registro de experiencias individuales y colectivas, distanciadas del sujeto-ciudadano políticamente pasivo de los noventa, asociado al consumidor. Los actos, las prácticas, los discursos, las representaciones y relaciones sociales que ponen en circulación las movilizaciones ciudadanas prodemocráticas, constituyen lo que Raymond Williams llamó recursos de esperanza.

    La ampliación del campo democrático que permite la articulación de tales recursos, a partir de la movilización estudiantil, puede leerse como una política de esperanza impulsada por la ciudadanía. Esperanza, en este sentido, deja se asociarse a la pasividad (la espera), que puede rayar en el conformismo del consumidor, para proponerse como una forma activa y rebelde de producción del futuro. Una política de esperanza, en tanto actos instituyentes de nuevas experiencias, relaciones sociales y representaciones, vincula lo actual con lo por venir, realizando un cambio en su orientación de la pasividad a la actividad, pero sin desechar la paciencia, abriendo lo posible a modos de organización e institución diferentes. De tal forma una política de esperanza implica un soporte afirmativo hacia el futuro.

    Paradojalmente en Sudamérica, las movilizaciones sociales y ciudadanas se han acompañado de un giro “antiprogresista” en lo que refiere a la política institucional. Argentina y Brasil son los casos paradigmáticos. En paralelo, los cuestionamientos a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, parecen confirmar “el fin de la marea rosada” o, al menos, un estancamiento del progresismo institucional. Sin embargo, desde el impulso movilizador y su política de esperanza, puede darse una vuelta de tuerca al giro conservador. Desde mi óptica, la política de esperanza impulsada por una subjetividad activa se juega en la posibilidad de producir un nuevo imaginario social democrático, cuyo soporte afirmativo es “el principio de lo común”.

    No obstante, el potencial de una Política de Esperanza requiere de paciencia para desarrollar el trabajo de traducción necesario por la “larga revolución de lo común”, que incluye tanto la dimensión agencial como la institucional. Aunque hoy su prioridad esté en producir un sentimiento común: la no conformidad con el orden demoliberal actual.

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  2. Lanzamiento del libro “Acción colectiva y movimientos sociales. Disputas conceptuales y casos de estudio recientes”

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    ImprimirLa Escuela de Sociología y el Observatorio de Desigualdades UDP organizan el lanzamiento del libro “Acción colectiva y movimientos sociales. Disputas conceptuales y casos de estudio recientes” de la Editorial Punta Ángeles/UPLA. Editado por los académicos, Francisco Báez (UPLA), Leonardo Cancino (UChile), Juan Pablo Paredes (UDP).

    El libro consta de un total de 14 artículos, más un estudio introductorio a cargo de los editores. El texto, con un énfasis en América Latina, recoge trabajos de argentina, ecuador, méxico y chile. En chile trabaja temas de movimientos estudiantil, mapuche, pobladores, territoriales-ambientales. Prologa el libro el Dr. Sergio Tamayo de la UAM, méxico. director de la red mexicana de estudios en movimientos sociales y miembro del grupo ISA47.

    En la ocasión, presentarán el libro los académicos María Luisa Méndez (UDP-COES), Tito Tricot (UAH), Carolina Figueroa (Fedep), Leonardo Cancino y Juan Pablo Paredes (editores).

    El lanzamiento se realizará el jueves 12 de mayo a las 15:00 horas, en la sala B-31 de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicada en Vergara 324, Santiago.

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  3. ¿Por qué se moviliza esa gente? La ambigüedad de la Marcha de todas las marchas

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    Juan Pablo Paredes

    Publicada el 27 de marzo de 2014 en El Mostrador

    El sábado recién pasado se realizó la primera marcha ciudadana durante la nueva administración estatal, encabezada por Michelle Bachelet. Bajo el ambicioso lema de la “Marcha de todas las marchas”, la convocatoria –impulsada por más de treinta organizaciones– congregó a más personas de las que la opinión pública esperaba.

    Unas cincuenta mil personas aproximadamente –algunas estimaciones excesivamente optimistas señalaron un número mucho mayor– desfilaron desde la Plaza Italia, pasando por el centro de Santiago, para llegar al parque forestal y cerrar la marcha con un acto cultural. Entre los marchantes se distinguían filiaciones variadas, coherentes con el tenor plural de la convocatoria. Desde jóvenes que enarbolaban más de una bandera y defendían más de una consigna, pasando por categorías sociales tradicionales y nuevas expresiones colectivas, incluyendo a familias completas, la marcha se transformó en un motivo carnavalesco para pasar un caluroso sábado por la tarde.

    No obstante la gran convocatoria de asistentes a la marcha, es válido preguntarse ¿fue exitosa la “Marcha de todas las marchas”? La respuesta, desde mi punto de vista, es ambivalente: sí y no.

    Toda marcha concertada se destaca por tres características básicas. La primera, es la demanda o causa social que la motiva. La segunda, es la capacidad de movilizar un gran contingente de personas, para asegurar una puesta en escena pública consistente y llamativa. Y la tercera, es la coherencia que existe entre la puesta en escena de la marcha y la causa o demanda que impulsa, es decir, cierta idea de identidad o identificación, entre ellas.

    La marcha cumplió algunos de sus objetivos en coherencia con las tres características señaladas. Veamos sus méritos. Su gran mérito, sin la menor duda, es la masiva y transversal asistencia lograda. Insisto, la marcha concentró más participación ciudadana de la que hasta el observador más optimista pensaba –tal vez se puede excluir de tal juicio a las organizaciones convocantes–. La convocatoria pudo sortear los comentarios adversos de grupos que no quisieron adherir a ella debido a su presunta cercanía con ciertas tendencias políticas, como el PRO. También pudo sortear la ausencia y no adhesión de grupos fundamentales, hoy, en cualquier proceso de movilización, como el mundo estudiantil, secundario (ACES) y universitario (CONFECH). Tercero, puedo contrarrestar a la operación de desincentivo a participar impulsada por el gobierno, mediante la instrumentalización de la marcha por parte de la Presidenta.

    La gran asistencia a la marcha, sin embargo, permite hipotetizar que al día de hoy la movilización social, específicamente en su formato de marcha, sigue siendo un recurso válido y con respaldo ciudadano. La marcha es la forma más importante del repertorio de movilización social actual y tiene una efectividad en sí misma. Es cierto que la marcha debe ser atractiva y convocante, para generar la motivación necesaria para participar de ella. Pero también es cierto que en la actualidad la marcha, en tanto forma de acción del repertorio ciudadano, tiene un capital acumulado, en los últimos años, que asegura una propensión a marchar por parte de la ciudadanía, lo que la convierte en una pieza que asegura cierto éxito para la movilización. Si a la propensión a marchar se le agrega el respaldo de organizaciones que pueden asegurar una base mínima de movilización de personas, la marcha tenía una base efectiva para su éxito de convocatoria.

    También funcionó en un segundo registro, el de la ausencia de disturbios y desordenes sociales. Los organizadores esperaban una marcha masiva, familiar y sin disturbios. Desde el punto de vista anterior, la marcha logró una puesta en escena pública, significativa y sin desórdenes, que no puede desconsiderarse. Hasta acá los objetivos de los convocantes fueron logrados.

    Pero, a pesar de tan masiva convocatoria, la marcha no fue exitosa en el sentido público y político de la causa que la anima. ¿Cuál fue la demanda que convocaba a marchar a la ciudadanía por múltiples causas? ¿Qué tenían en común causas tan distintas como el animalismo, la legalización de la marihuana y el mundo del trabajo? Para clarificar mi punto, no digo que no exista posibilidad de articulación entre las distintas causas en la formulación de una demanda que las aglutine, al contrario, me parece una operación deseable. No obstante, requiere ser realizada, es decir, requiere de un trabajo articulatorio. Y esto es lo que no se dejó ver en la “Marcha de todas las marchas”. La demanda que contenía una serie de causas sociales legítimas, pero particulares, y el trabajo de traducirlas en una demanda públicamente coherente no se vieron durante la marcha.

    Tampoco fue exitosa en la capacidad de lograr una identificación pública entre la masividad de la convocatoria y la demanda pública. Esto se relaciona con el punto anterior, en tanto trabajo interno a la movilización que requiere asociar la puesta en escena y la demanda. Pero tal trabajo de identificación pública descansa también en un referente externo. Toda marcha, en tanto forma de acción colectiva que impulsa una demanda pública, define a otro distinto de sí y que actúa como opositor. Esto es el carácter político de la movilización. La definición de un opositor permite establecer de manera más consistente la relación entre actuación (marcha) y demandas, ya que la demanda no sólo va a depender de sus capacidades internas de formulación, también se sostendrá en las incapacidades de los actores responsables de la situación que es demandada.

    Ambos puntos permiten ver dónde falla la marcha de todas las marchas. Tanto en la capacidad de definir claramente una situación como no deseable y de proponer una causa que la enfrente, como también en la capacidad de definir a los responsables de tal situación y a los opositores de la causa propuesta. La “Marcha de todas las marchas” no fue capaz de proponer respuesta claras a ¿por qué se marcha? y ¿contra quién se marcha?
    Fue un error de parte de la organización tratar de “despolitizar” la marcha, en el sentido de no apoyar a nadie, ni de oponerse a nadie. De haber definido claramente a la política institucional como la responsable de la situación e incluso opositora a la demanda, la tarea de sostener la demanda más allá del acto de marchar sería el mayor logro de la movilización. Esto, porque habría sostenido la existencia de la demanda con autonomía de los actos de marchar y habría delineado un horizonte de disputa sobre la base de una demanda. En otras palabras, aseguraría continuidad, por ende, cierta identidad.

    También fue un error de los grupos y actores actualmente movilizados restarse de la marcha y no disputar los sentidos de las causas en juego y el alcance de la demanda propuesta. La ausencia de grupos que, en el contexto actual, rápidamente definen un campo oposicional y, en consecuencia, ayudan a politizar la demanda y le dan continuidad –como el mundo estudiantil–, es un vacío que les resta fuerzas a los procesos de movilización que intentan articular diversas causas en un horizonte común. Al no participar de estas instancias, estos grupos olvidan que toda marcha tiene –quiérase o no– alcance público y político, por lo mismo, será un objeto de disputa por la apropiación de sus sentidos políticos.

    Pero existe un tercer error asociado, junto al despolitizar la marcha por parte de los organizadores, así como al no disputarla en sus sentidos público-políticos por parte de ciertos grupos movilizados. El tercer error es el de naturalizar la marcha como un mero carnaval ciudadano y sin ninguna utilidad política. Visto así lo del sábado, desprovisto de un marco más amplio de movilización y de un horizonte político claro, se acerca más a las fiestas ciudadanas abiertas y al aire libre implementadas en gobiernos anteriores, que permitían liberar energías sociales y así contener malestares ciudadanos, pero de nulo alcance y contenido político. El término de la marcha en el forestal, evocó esas figuras festivas de antaño.

    Con todo, es importante destacar que la iniciativa de traducir múltiples causas socioculturales entre sí y articular una demanda común es uno de los horizontes deseables en el contexto político actual. Tal finalidad fue formulada por la “Marcha de todas las marchas”, bajo la idea de la nueva Constitución, pero es en su implementación pública en lo que falla. La organización no tuvo la fuerza comunicacional para enfrentar el intento de instrumentalización por parte del oficialismo, tampoco la claridad política. Con la intervención de la Presidenta la ambigüedad se posicionó sobre la demanda pública que sustentaba la marcha y las respuestas desde la organización no ayudaron mucho a clarificar el ambiente. La pregunta hasta hoy persiste en el aire: ¿fue la marcha en apoyo o no al programa del actual gobierno? De identificarse claramente los opositores a la demanda, la respuesta podría ser clara. Este no fue el caso. Así, la ambigüedad es el fantasma que deja la marcha y el olvido su más próximo horizonte.