Tag Archive: Mario Fernández

  1. La poderosa alianza de Peta Fernández y Rodrigo Valdés

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Cuando quedan 100 días para las elecciones municipales, parece improbable que este gobierno pueda cambiar de rumbo. El legado de esta administración ya está formado y hay muy poco que pueda hacer cualquier dupla Interior-Hacienda, por más poderosa que sea, para enmendar rumbo.

    Resulta difícil imaginar una alianza más improbable de ministros en el gabinete de Bachelet que la que pudieran formar los titulares del Interior, Mario “Peta” Fernández y de Hacienda, Rodrigo Valdés. Las declaraciones llamando a que se constituya una dupla Peta-Valdés que logre moderar al gobierno constituyen una declaración que refleja nostalgia por los viejos gobiernos concertacionistas más que una alternativa factible en lo que resta del segundo cuatrienio de Bachelet.

    Ya sea porque lo dicen las encuestas o las cifras económicas, este gobierno se perfila a tener el peor desempeño de un periodo presidencial desde el retorno de la democracia.  Salvo por la magra expansión del PIB en lo que va del periodo, cuesta identificar una dimensión en la que Chile esté mejor de lo que estaba cuando Bachelet asumió su segundo periodo.  Desde un mayor desempleo hasta niveles más extendidos de pesimismo en consumidores y actores económicos, las señales de que avanzamos por el camino equivocado son evidentes.  Aunque el gobierno se anota varias reformas a su favor, las principales medidas tienen falencias evidentes que obligarán a futuros gobiernos a corregirlas.

    Desde la reforma tributaria hasta la reforma laboral, abundan los problemas de diseño e implementación. Como ha reconocido recientemente el propio gobierno, la reforma tributaria no logrará su objetivo de recaudar suficiente para dar gratuidad al 70% de menos ingresos.  Otras reformas que hoy reciben menos cuestionamientos, como la reforma electoral o la reforma a la educación básica y secundaria, tienen fallas de diseño que producirán decepción cuando estén plenamente vigentes. Felizmente para Bachelet, ella ya no estará en el poder cuando la gente se empiece a preguntar por qué establecimos un sistema electoral que reduce la rendición de cuentas y, pese a lo prometido, abulta el presupuesto del Congreso debido al aumento de parlamentarios.

    Ante la evidencia de que avanzamos en la dirección equivocada, varias voces moderadas de la Nueva Mayoría han intentado forzar una corrección del rumbo.  El cambio de gabinete del 11 de mayo de 2015 hizo que muchos celebraran anticipadamente el cambio de rumbo. Pero al poco andar, la dupla de Jorge Burgos y Rodrigo Valdés —que remplazó a los bacheletistas Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas en Interior y Hacienda respectivamente— dejó claro que podría girar el timón.

    Aunque ambos ministros hicieron sus mejores esfuerzos por restaurar el viejo orden concertacionista del diálogo, la gradualidad y la moderación, los aires refundacionales se terminaron por imponer.  Es verdad que el gobierno formalmente abandonó la retroexcavadora cuando Burgos y Valdés llegaron a capitanear los equipos político y económico.  Pero numerosos voluntarios, en el segundo piso de La Moneda y otros puestos en el gabinete, se subieron ocasionalmente a la retroexcavadora para boicotear la lógica del diálogo y construcción de consensos.  La salida de Burgos del gabinete el 8 de junio de 2016 demostró el fracaso del proyecto moderador que llegaron a personificar Burgos y Valdés.

    De ahí que resulta sorprendente que, un mes después del nombramiento de Peta Fernández, algunos todavía crean que existe espacio para una dupla Interior-Hacienda que reencauce a la Nueva Mayoría por los viejos senderos de la Concertación.  Como tiene atributos similares que Burgos, Peta Fernández no parece ser la persona más idónea para forzar un golpe de timón en el gobierno. Además, a diferencia de Burgos, Fernández llega en un momento cuando la prioridad parece ser construir un retiro ordenado y preparar la resistencia para el vendaval electoral que se anticipa en 2016 y 2017.

    Si bien la derecha no tiene las herramientas, los candidatos ni la unidad al interior de la coalición para aprovechar la coyuntura y brindarle a la Nueva Mayoría una aplastante derrota electoral en las municipales de octubre, es evidente que no habrá un candidato presidencial en 2017 que refleje la continuidad del modelo de la Nueva Mayoría. Los nombres que suenan hoy con fuerza en la centro-izquierda representan el modelo de la Concertación.

    Cuando quedan 100 días para las elecciones municipales, parece improbable que este gobierno pueda cambiar de rumbo.  El legado de esta administración ya está formado y hay muy poco que pueda hacer cualquier dupla Interior-Hacienda, por más poderosa que sea, para enmendar rumbo.

    Ya que la dupla Peta-Valdés no tiene ni el tiempo ni los atributos necesarios para revertir el rumbo, las peticiones que llaman a la constitución de un nuevo intento por forjar una hoja de ruta de moderación y construcción de consensos parecen más bien lamentaciones sobre un mal desenlace que era evitable que predicciones sobre el desempeño del gobierno en los próximos meses. Aunque al unirse pudieran frenar el avance refundacional en lo que queda del periodo, difícilmente podrán revertir el poco admirable legado que nos ha dejado este segundo gobierno de Bachelet.

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  2. Ministro del Interior: de baja energía a energía cero

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Mario Fernández deberá decidir entre dar una pelea para arrebatarle poder a los defensores de la tesis refundacional o bien, siguiendo el ejemplo de Burgos, asumir un papel figurativo que lo convierta en un actor secundario.

    Para ningún observador resulta sorpresivo que el ministro del Interior, Jorge Burgos, haya renunciado. La mala relación que siempre ha tenido Bachelet con sus ministros del Interior permite anticipar que el recién nombrado Mario Fernández seguirá por el mismo camino de desencuentros y descoordinaciones. Tal vez la única diferencia entre Jorge Burgos y Mario Fernández es que mientras el ministro saliente se caracterizaba por su flemática tranquilidad que rayaba en el aburrimiento y desgano, Fernández demostrará todavía menos energía. Felizmente, a diferencia de las altas expectativas que había cuando Burgos llegó a su cargo, nadie espera que Fernández rescate milagrosamente al gobierno de la Nueva Mayoría que ya aparece resignado a pasar a la historia como el de peor desempeño desde el retorno de la democracia.

    La salida de Burgos se parece al fallecimiento de un paciente que lleva varios meses con cáncer terminal. Como el desenlace era inevitable, aunque era difícil anticipar el momento en que ocurriría, la renuncia que hoy se hizo pública no sorprendió a nadie. Igual que la muerte del paciente significa también un descanso para todos los que cotidianamente lo veían sufrir, la renuncia de Burgos representa también un descanso para los que eran testigos de su incapacidad para influir en las decisiones que toma el gobierno de Bachelet. Hace meses que Burgos estaba molesto, incómodo y desganado.

    La llegada de Mario Fernández refleja también lo mucho que ha cambiado el ambiente desde que Burgos fue nombrado ministro del Interior. Cuando Burgos llegó a Palacio, muchos esperaban que el nuevo ministro pudiera poner orden y encarrilar al gobierno por el sendero del diálogo, la moderación, el pragmatismo y el sentido común que tanto se echa de menos de la época de los gobiernos de la Concertación. La llegada de Burgos estuvo llena de altas expectativas. Pero al cabo de unos meses, quedó claro que al gobierno no lo salvaba nadie. Apenas se sintió más poderosa, la Presidenta abandonó la actitud de “realismo sin renuncia” que había adoptado en los meses que siguieron a la llegada de Burgos. El veranito de San Juan concertacionista duró muy poco. Burgos fue superado por la realidad de un gobierno que no creía que debía corregir el rumbo, sino solo ganar tiempo para seguir impulsando sus reformas. Incluso en aquellos momentos que el gobierno reconocía que debía frenar sus impulsos fundacionales —como cuando se acuñó el concepto del fin de la obra gruesa— la embriaguez fundacional se salía por los poros —con Bachelet impulsando un proceso constituyente que busca promulgar una nueva constitución o cuando el gobierno decidió impulsar una reforma constitucional que establezca la titularidad sindical—.

    Por eso, a estas alturas del gobierno, cuando queda poco más de un año para que se inscriban los candidatos para las primarias presidenciales de 2017, nadie deposita muchas esperanzas en lo que pueda hacer el afable y tranquilo Mario Fernández. A lo más, se espera que Fernández intente administrar una retirada ordenada, evitando el quiebre de la Nueva Mayoría antes de que los vientos electorales de 2017 pongan a prueba a la coalición de gobierno menos exitosa de la historia reciente, en términos de crecimiento y creación de empleos.

    El pesimismo reinante sobre la capacidad del gobierno para enmendar rumbo es ampliamente justificado. Nadie puede enmendar rumbo si no está primero convencido de que avanza por el camino equivocado. Como la Presidenta Bachelet está convencida de que está haciendo lo que es mejor para Chile, difícilmente los consejos de un ministro del Interior que cree algo distinto podrán tener efecto.Fernández deberá decidir entre dar una pelea para arrebatarle poder a los defensores de la tesis refundacional o bien, siguiendo el ejemplo de Burgos, asumir un papel figurativo que lo convierta en un actor secundario.  Parece razonable anticipar que Fernández está poco interesado en forzar un golpe de timón que ponga al gobierno de la Nueva Mayoría en el sendero de las reformas moderadas, graduales y pragmáticas.

    Como líder de la Nueva Mayoría, una coalición que se definió a partir de la diferenciación con la Concertación, la Presidenta Bachelet hizo muchas cosas diferentes en su segundo gobierno respecto al primero. Pero hay dos cosas que parecen ser calcadas de su primer gobierno. La primera, y es la que más le debe doler a la Presidenta, es que en ambos gobiernos, Bachelet fue incapaz de proyectar su legado más allá del cuatrienio. Aunque no se sabe aún a quién entregará la banda presidencial en marzo de 2018, parece claro que no será a nadie de la Nueva Mayoría. La segunda es la mala relación que tuvo con sus ministros del interior y la poca importancia política que ellos tuvieron en el gobierno. No hay razón para pensar que la llegada de Mario Fernández a Interior vaya a cambiar ese patrón de conducta.

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