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  1. La CEP y Burgos

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    No es usual que el responsable de la seguridad ciudadana y jefe de gabinete de un gobierno en extremo impopular, aparezca en el puesto 9 del ranking de evaluación.

    Según los datos de la última encuesta CEP, hay un ambiente muy particular en Chile, y que nada tiene que ver con crisis institucional e incluso con crisis de representación. Contrariando a la intelectualidad de izquierda -hoy camuflada por el daño irreparable causado al gobierno pero con la desfachatez de insistir en el discurso refundacional-, los chilenos muestran impresionantes niveles de satisfacción con su vida. Esto, sin perjuicio de que estén preocupados frente a la vejez y especialmente ante la probabilidad de ser asaltados. No deja de sorprender que estos niveles de incertidumbre sean similares en la clase media y baja, pero así y todo cerca del 80% se encuentra satisfecho con su vida y con su trabajo. No sucede lo mismo cuando se pregunta por el resto de los chilenos. Naturalmente, acá hay algo de “sobre-declaración” en la respuesta: la gente suele verse a sí misma en mejores condiciones que el resto. Además, hay una importante sensación de que el progreso depende del esfuerzo propio y no del gobierno o de los municipios. Por último, y nuevamente contrariando a los fanáticos de izquierda, Chile está más despolitizado. Mientras algunos pregonaron que las movilizaciones de 2011 provocarían más politización, los resultados son los opuestos: cerca del 60% no se identifica en la escala ideológica, y el 75% no se entusiasma con ninguna de las coaliciones. ¿Qué buscará la gente para las presidenciales de 2017? Primero, orden. Segundo, seriedad. Tercero, eficiencia. Cuarto, moderación. Lo que hoy se critica es la falta de capacidad de las instituciones, siendo destacadas sólo aquellas que cumplen tareas “neutrales”. Todo lo que suene a corrupción, abusos o politización, queda fuera del área de confianza. El candidato que sepa traducir y explicar de manera coherente sus propuestas será el ganador. Así de simple. La figura del pedagogo se impondrá a la del demagogo. Lo central acá es que ese candidato se rodee de los más capaces. Desafortunadamente, el gobierno de Bachelet -con muy buenas intenciones por cierto- ha optado por el camino opuesto. Qué distinta sería la historia si la Presidenta se hubiese dejado asesorar por gente seria y experta, y no por aquellos que la hicieron creer que Chile se venía abajo y que se debía partir desde cero. La Presidenta fue presa de los “vendedores de humo” que, cual Tomás González, siempre “caen parados”. En este contexto, mucho se ha hablado de Lagos como candidato presidencial. Seguramente, la última CEP fue un balde de agua fría para quienes lo promueven. Lagos mantuvo sus niveles de evaluación positiva y aunque -como la encuesta señala- una buena evaluación no es sinónimo de intención de voto, estar en los primeros lugares es una inyección anímica. Las apariciones públicas de Lagos y su irrupción en La Moneda hacían esperar una explosión de popularidad. Eso no ocurrió. Sin embargo, Lagos insistirá. ¿Cuál fue la sorpresa de la encuesta? A mi juicio, la valoración del ministro del Interior. No es usual que el responsable de la seguridad ciudadana y jefe de gabinete de un gobierno en extremo impopular, aparezca en el puesto 9 del ranking de evaluación (5 puntos por debajo de la Presidenta). La ciudadanía piensa que la delincuencia es por lejos el problema más importante, y un 84% está preocupado de ser víctima de un delito violento (la persona o su familia). Si el gobierno está mal evaluado, y la gente se siente insegura, ¿por qué el ministro del Interior es el noveno político más valorado? A Burgos lo conoce el 52% de los encuestados, cifra significativamente inferior al 94% que conoce a Lagos. La evaluación positiva de Lagos es de 41%, mientras que la de Burgos es de 31%. Si Burgos aumentara su nivel de conocimiento, es probable que también lo hagan las evaluaciones positivas. Lo que corre en contra de Burgos -a diferencia de Lagos- son las ganas de involucrarse en una carrera presidencial. Seguramente, Burgos es percibido como una figura seria y proba. Además, nadie lo podría catalogar de refundacional o irresponsable. Es cierto que le falta carisma y empatía, pero ¿será eso lo que busque la gente en 2017, o preferirá alguien que le dé suficientes certezas de crecimiento, empleo, orden y transparencia? En un escenario abierto, los políticos deben ser lo suficientemente locuaces para tomar riesgos y aprovechar las oportunidades. Burgos decide.

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  2. La frustración de Burgos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    En una sorpresiva e inoportuna declaración, el ministro del Interior, Jorge Burgos, decidió pelearse con “articulistas de izquierda, muy de izquierda… y de derecha también que querrán que nos vaya mal a mí y a Rodrigo Valdés”. Ante la incapacidad del gobierno para decidir si quiere seguir empujando su ambicioso programa de reformas o si en cambio se decidirá a cambiar su hoja de ruta hacia rumbos de moderación, haciéndose cargo del nuevo contexto internacional adverso, Burgos decidió descargar sus frustraciones en los mensajeros que constatan que el gobierno lleva seis meses paralizado y que la Presidenta,  desperdiciando oportunidades para relanzar su gobierno, sigue indecisa respecto a cómo sacar a su gobierno del foso de desaprobación popular en el que se encuentra.

    Desde que estalló el escándalo Caval en febrero, la Presidenta Bachelet ha estado errática. Parafraseando un concepto popular en el palacio presidencial, Bachelet no está empoderada. Los cuestionamientos sobre qué tanto ella sabía acerca de los negocios inmobiliarios de su hijo y de su nuera, y la forma en que Bachelet lidió con el escándalo, le propinaron un golpe que la ha tenido por meses contra las cuerdas. A la vez, la premura con que su administración impulsó reformas en 2014 le pasó la cuenta a la economía del país y a la credibilidad del gobierno en 2015. Habiendo dilapidado su capital político en reformas mal diseñadas e imposibles de implementar —como la reforma tributaria, que ya debe ser sometida a modificación antes de entrar en vigencia, o la reforma educacional, que probablemente también será modificada por el próximo gobierno en 2018 (cuando esté empezando a ser implementada)—, el gobierno de Bachelet ha batido el récord de rechazo de aprobación presidencial.

    La cadena nacional en que Bachelet informó los resultados del Consejo Asesor contra la Corrupción fue la primera oportunidad desperdiciada de retomar el control de la agenda. En vez de centrarse en la agenda de probidad, Bachelet desvió la atención anunciando que el proceso constituyente se iniciaría en septiembre.

    Semanas después, el retardado cambio de gabinete fue equivocadamente interpretado por muchos como el inicio de un segundo tiempo en que se impondrían la gradualidad y la moderación. Pero el cambio de gabinete fue noticia más por la imprudente forma de anunciarlo en un programa de televisión y el incumplimiento del plazo de 72 horas autoimpuesto por Bachelet que por el nuevo elenco de ministros.  El traspié del nuevo gabinete resultó en un nuevo ajuste menos de un mes después. Los motivos que muchos tuvieron para celebrar el ajuste se diluyeron en la medida que la llegada de Jorge Burgos a Interior y de Rodrigo Valdés a Hacienda no constituyó el certero golpe de timón por el que clamaban algunos de los propios partidos que forman parte de la Nueva Mayoría.

    El gobierno de Bachelet ha intentado varias veces dar señal de un cambio de giro y un nuevo comienzo.  Por lo menos tres veces, los equipos creativos del gobierno han usado el concepto del segundo tiempo para señalar que ahora las cosas comenzarán a ser diferentes.

    El más reciente de los falsos relanzamientos fue el cónclave del 3 de agosto. Los equipos comunicacionales se encargaron de alimentar expectativas sobre los resultados que produciría el cónclave. Por eso, cuando el evento finalmente se realizó, cundió la decepción. Tanto los que esperaban una renovación del compromiso de Bachelet con su programa de gobierno así como los que creían que ahora la Mandataria finalmente iba a dejar en claro que se corregía el rumbo hacia posiciones más moderadas, los asistentes al cónclave salieron tan confundidos como decepcionados. Bachelet no dio señales claras ni para los radicales ni para los moderados. Su discurso fue tan ambiguo que todos salieron con las interpretaciones que quisieron. Pero todos también confirmaron que el problema del gobierno es que mientras más claras están las opciones, más indecisa aparece la Presidenta sobre cuál será la hoja de ruta a seguir.

    En este contexto de incertidumbre, ambigüedad y mensajes contradictorios, el ministro del Interior, Jorge Burgos, decidió emprenderlas contra los articulistas. No es la primera vez que el sereno Burgos se sale de sus casillas. Su destemplada crítica al primer cacerolazo contra la delincuencia a comienzos de julio —cuando cuestionó a los manifestantes por supuestamente no haber sido igualmente enfáticos en manifestarse contra la dictadura— alimenta los rumores de que el hombre fuerte del PDC en el gabinete ya está frustrado con las indecisiones de la Presidenta. Pero en vez de ofuscarse, Burgos debiera simplemente, haciéndose cargo del hecho que la Presidenta no corta el queque, tomar las riendas del timón de este barco y señalar una dirección. Es mucho mejor canalizar la frustración en acciones concretas que salir a dispararle a los mensajeros que traen las malas nuevas de que el gobierno sigue paralizado.

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  3. Si todo falla, aprieta el botón dictadura

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La declaración del ministro del Interior Jorge Burgos condicionando el derecho a participar de un cacerolazo contra la delincuencia a que los descontentos se la hayan también jugado por la democracia hace 30 años refleja tanto la desesperación de un ministro que no ha podido consolidarse como jefe del gabinete como la nula capacidad de respuesta del gobierno a los cuestionamientos por el aumento de la delincuencia. Haciendo gala del arma más antigua —y también históricamente más exitosa— de la coalición de centro-izquierda cuando el ministro Burgos se vio acorralado, presionó el botón de pánico concertacionista, sacando a la palestra a la dictadura.

    Entre todas las malas noticias que han golpeado a Chile en los últimos meses, el aumento en la delincuencia es una de las que más transversalmente golpean a los chilenos. Mientras el desempleo pega con más fuerza a los sectores de menos ingresos y el enfriamiento de la economía restringe las oportunidades de inversión para los ahorristas, la delincuencia golpea tanto a los chilenos de menos ingresos que temen ser asaltados en el camino a sus casas como a aquellos de mejor situación económica que temen que los asaltantes entren a robar a sus propiedades.

    Ante el aumento en delincuencia, un movimiento social llamó a un cacerolazo contra la delincuencia la noche del miércoles 1 de julio. Como quedó en evidencia, la protesta fue mucho más popular en los barrios pudientes de la capital. Como esos sectores tradicionalmente votan por la derecha —y en el pasado fueron la base de mayor apoyo para la dictadura—, la respuesta del ministro del Interior Jorge Burgos fue dispararle al mensajero más que hacerse cargo del mensaje. Aludiendo a la supuesta condición derechista de los manifestantes, Burgos cuestionó su derecho a protestar a partir del hecho que la mayoría de ellos presumiblemente no participó en cacerolazos contra la dictadura en los ´80.

    La respuesta de Burgos es impropia en forma y fondo. Primero, Burgos no tiene por qué relacionar las posturas políticas de las personas respecto a la dictadura con su derecho a expresarse libremente en democracia. La democracia llegó para todos, no solo para aquellos que lucharon para conseguirla. Más aun, dado que los delincuentes normalmente no indagan sobre la orientación política de sus víctimas antes de asaltarlos, forzar al gobierno a ponerle más atención a combatir el delito favorece a simpatizantes, opositores y víctimas de la dictadura. Como la dictadura terminó hace más de 25 años, poner el foco en la delincuencia ayuda también a ese 30% de chilenos que nació en democracia.

    Lo hermoso de vivir en democracia es que todos tenemos los mismos derechos. Como este gobierno ha convertido a los movimientos sociales en un fetiche y ha elevado las demandas de algunos movimientos a incuestionables mandatos de moralidad, resulta incomprensible la respuesta agresiva del ministro Burgos cuando se levanta un movimiento social que llama al gobierno —respetuosa y pacíficamente— a hacerse cargo de la seguridad de las personas. El mismo día que circuló un video en que la propia Presidente Bachelet reconocía que su hija había sido asaltada en la locomoción colectiva, el encargado de la seguridad pública del país descalificó una protesta pacífica pidiendo más seguridad a partir de suposiciones sobre las orientaciones políticas de los participantes. Es comprensible que el gobierno prefiera a los movimientos sociales que defienden posturas ideológicamente afines, pero cuando uno confiere legitimidad a la calle no puede después cuestionar a los que se la toman a partir de la agenda política que presumiblemente promueven esos movimientos.

    El comentario de Burgos también es impropio en el fondo. El titular del ministerio del Interior y de Seguridad Pública debe hacerse cargo de los legítimos cuestionamientos ciudadanos ante el aumento de la delincuencia. Dada su larga trayectoria política, Burgos tiene todo el derecho de preferir dedicarse a manejar las hebras políticas del gobierno. Pero la descripción de su trabajo incluye hacerse cargo de la seguridad pública del país. Éstas vienen con el cargo. Así como el titular de Hacienda no puede descalificar a los que reclaman por el lento andar de la economía invitándolos a callar debido a que presumiblemente apoyaron la dictadura, Burgos se debe a todos los ciudadanos. No solo a aquellos que lucharon contra la dictadura. Para honrar su cargo, Burgos debiera pedir disculpas públicas por su destemplada e impropia respuesta.

    La mayoría de los victimarios y una buena parte de las víctimas nacieron en democracia. El gobierno se ha llenado la boca diciendo que quiere promover la participación ciudadana. Por lo tanto, la respuesta del responsable de la seguridad ciudadana ante la legítima demanda de ciudadanos descontentos por el aumento de la delincuencia fue mediáticamente deplorable, pero también impropia de un demócrata.

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  4. ”Sigue confiando en camarillas”

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    El académico de la UDP tiene una opinión negativa del actual equipo político.

    ¿Qué visión tiene de este mes y medio del nuevo comité político?

    -Cuando se hizo el cambio de gabinete, expresé que había sido insuficiente y no se había incluido a personas de peso, a excepción del ministro Burgos. Esto se corroboró con la salida del ministro Insunza y con la débil vocería que ha tenido  el ministro Díaz. Burgos hoy está jugando solo. Díaz es enredoso para comunicar y débil para defender.

    -¿Y en le caso de la Presidenta?

    -La Presidenta ha vivido los dos extremos. Ha sido la Presidenta más popular de Chile, pero también la más impopular. Ella se ha dejado llevar por la camarillas y grupillos, particularmente del PPD, y no por los partidos. Ella ha visto deteriorado su núcleo de confianza, por lo que va tener que apelar a los partidos para salvar al gobierno. Dio demasiado espacio a gente que pensaba que era necesario cambiar el modelo y resetear al país.

    -¿Hoy toma decisiones en forma distinta?

    -La Presidenta insiste en un modelo de gestión apoyado en dos estrategias, el secretismo y el goteo, que comenzó con Peñailillo cuando la información era a goteo. Con el proceso constituyente pasó lo mismo, todavía no sabemos de qué se trata. Ha pasado lo mismo con el período de precampaña. Todo esto ha llevado a que la Presidenta, en vez de abrirse a los partidos, se refugie en su círculo de confianza, lo que la hace tropezar con la misma piedra. Sigue confiando en camarillas.

    Ver entrevista en lasegunda.cl