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  1. Nos fuimos quedando en silencio, de Daniel Mansuy

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El título de su libro, que se inspira en una canción de 1979 del dúo Schwenke y Nilo, critica la incapacidad de la élite intelectual para reconocer las contradicciones y tensiones sobre las que se construyó nuestra democracia. Esa incapacidad imposibilita que la izquierda reconozca los logros del modelo y que la derecha reconozca sus limitaciones.

    En un muy bien escrito -pero mal titulado- ensayo, Daniel Mansuy se une a un extenso número de intelectuales que han intentado explicar el Chile actual. Afortunadamente, Mansuy no cae en el voluntarismo nostálgico izquierdoso que cree que Chile avanza en la dirección equivocada, pese a toda la evidencia existente que dice lo contrario. Tampoco peca del optimismo militante y dogmático de los talibanes del modelo que creen que no hay que cambiar nada.  Más bien, Mansuy intenta explicar las bases del modelo y porqué esas bases generan esa polarización que aparece cuando los chilenos de distinto color político intentan explicar Chile.  Porque es demasiado joven como para haber vivido el Chile de antes y porque tampoco carga con el peso de haber defendido la dictadura, Mansuy tiene la libertad para destacar lo que está bien con el Chile de hoy y para identificar lo que está mal y lo que todavía está contaminado por el doloroso y polarizador legado de la dictadura militar.

    Mansuy es un filósofo político, doctorado en la Universidad de Rennes y académico en la Universidad de los Andes. También es un prolífico columnista y participa activamente del debate público desde el Instituto de Estudios de la Sociedad.  Nacido en 1978, Mansuy no tenía edad para votar en el plebiscito de 1988.  Luego, no está contaminado por la polarización que marcó a los que tuvieron que elegir entre apoyar la extensión de la dictadura y la continuidad del modelo neoliberal o apostar por un retorno a la democracia que implicaba el riesgo de adoptar políticas retrógradas. Mansuy tampoco vivió como adulto la década de los 90, que Alfredo Jocelyn-Holt brillantemente resumió como cuando pasamos del “avanzar sin transar al transar sin parar”.

    Mansuy cumplió los 18 recién en 1996. Cuando arrestaron a Pinochet en Londres, Mansuy solo tenía 20. Por su edad, no le debe explicaciones a nadie por sus posiciones políticas. Tampoco está en condiciones de exigirlas más allá de lo que cualquier ciudadano puede exigir a sus mayores respecto al país que le están heredando.

    Sin cargar con las nostalgias y culpas del pasado, Mansuy habla del modelo de democracia protegida y de la transición a la democracia con brillante claridad. Claramente explica por qué el debate a menudo se degrada por las lógicas dicotómicas de la transición: el modelo neoliberal es de Pinochet, luego es malo o la Concertación legitimó el modelo, luego el modelo es bueno.  En uno de los pasajes mejor logrados del texto, Mansuy explica cómo el debate se reduce a los que creen que lo público es estatal versus los que creen que lo público es—pese a la contradicción—privado.

    El título de su libro, Nos fuimos quedando en silencio, que se inspira en una canción de 1979 del dúo Schwenke y Nilo, critica la incapacidad de la élite intelectual para reconocer las contradicciones y tensiones sobre las que se construyó nuestra democracia. Esa incapacidad imposibilita que la izquierda reconozca los logros del modelo y que la derecha reconozca sus limitaciones.

    Huelga decir que Mansuy no cree que Chile esté en una crisis terminal, que el fin del modelo sea inminente o que el lucro sea la causa de todos los males. Pero Mansuy no desconoce la debilidad de nuestro estado, que no cumple su tarea de facilitar la inclusión social, y está muy consciente de las desigualdades que todavía persisten en nuestro país y que imposibilitan que la gente pueda participar con igualdad de derechos en la sociedad y el mercado. Por sobre todo, Mansuy se hace cargo de la necesidad de pensarnos en sociedad. Después de todo, como acostumbra decir Marco Enríquez-Ominami, no se trata solo de vivir mejor, sino de vivir mejor juntos.

    Afortunadamente para Mansuy, pocos asociarán el título del libro a la letra de la canción de protesta del dúo valdiviano.  Escita en uno de los periodos más críticos de la dictadura, la canción lamentaba que los chilenos nos hayamos quedado en silencio “mientras en las poblaciones, los obreros comen viento… Nos callamos en la hora de decir nuestras verdades, porque era conveniente salvar nuestra propiedad”  A partir de la propia descripción de Mansuy, sabemos que si hay algo que los chilenos ya no hacen es quedarse en silencio.

    Es verdad que todavía persiste, en particular en las generaciones traumatizadas por la polarización de los 60, la UP, la dictadura y la compleja transición a la democracia, una dificultad para pensar el futuro sin caer en la caricaturización de buenos y malos. Pero en general, los chilenos muestran hoy más que nunca antes en nuestra historia expectativas de que el futuro será mejor que el pasado y que sus hijos estarán mejor.  Pero no basta con el optimismo, necesitamos más diálogo.  En eso, Mansuy correctamente describe el problema del Chile actual. Pero equivoca el título, en tanto los chilenos no nos hemos quedado en silencio. Al contrario, a veces hablamos tanto que se nos hace difícil escuchar a los otros.

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  2. A falta de Pinochet, a pelearse con los medios de la dictadura

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Como ahora Bachelet pasa por un momento complejo de desaprobación y la situación económica parece ir de mal en peor, La Moneda recurrió a la única estrategia que conoce cuando está entre la espada y la pared, revivir la memoria del dictador. Pero esta vez lo hizo a través de uno de los medios que más activamente defendieron a la dictadura.

    La querella de la Presidenta Bachelet contra la revista Qué Pasa puede ser entendida también como el uso de la bala de plata que tiene la Nueva Mayoría cuando ya nada más funciona. Cada vez que se encuentra en problemas por errores no forzados o cuando está acorralada por heridas auto-infligidas, la Concertación busca pelearse con el fantasma de Pinochet. Como la figura del dictador ya no concita el mismo temor o interés, Bachelet ha optado por pelearse contra uno de los medios que defendió más activamente a la dictadura.

    Desde que se formó para oponerse a Pinochet antes del plebiscito de 1988, la Concertación (Nueva Mayoría desde 2013), cada vez que ve amenazada su unidad y está en cuestionamiento su supervivencia, vuelve a sus orígenes. Porque su momento de mayor gloria fue cuando se alzó como alternativa a la dictadura militar, la Concertación siempre intenta recrear el campo de batalla de su mítica victoria fundacional.

    En los 90, y hasta la muerte de Pinochet en 2006, la presencia amenazante del envejecido dictador constituyó un elemento de unidad al interior de la Concertación. Los intereses personales y las diferencias ideológicas siempre fueron supeditados a ese bien superior que era facilitar la transición y la consolidación democrática. Ya sea porque temían una regresión autoritaria o por los límites de los enclaves autoritarios de la dictadura, los gobiernos de la Concertación siempre usaron la figura de Pinochet como un elemento disuasivo para frenar rebeliones y acallar disensos.

    Pero a medida que la democracia se fue consolidando, el fantasma de Pinochet se hizo menos amenazante. Las numerosas reformas constitucionales —en especial las de 2005— hicieron desaparecer los enclaves autoritarios. La muerte de Pinochet a fines de 2006 hizo desaparecer la presencia física de la figura que lograba producir unidad en el conglomerado de centro-izquierda. Cuando las diferencias entre los liberales que apoyaban el modelo económico de libre mercado y los estatistas que añoraban un Estado productor se hacían evidentes, el gobierno cada vez tenía más dificultades para generar unidad a partir de la invocación de la figura de Pinochet.

    Pero como resulta más fácil intentar revivir muertos que cambiar de estrategia, la Concertación buscó nuevos símbolos que pudieran mantener viva la imagen del dictador. Para algunos, la Constitución de 1980 era la mejor evidencia que, aunque Pinochet ya había muerto, su legado seguía muy presente. Para otros, la insuficiente justicia a las violaciones a los derechos humanos se convirtió en una forma atractiva para reconstruir, al menos en parte, la unidad que otrora había producido la presencia amenazante del dictador.

    En 2009, por ejemplo, la candidatura presidencial de Eduardo Frei Ruiz-Tagle usó esa estrategia al intentar convertir al ex Presidente Frei Montalva en una víctima de la dictadura. Aunque siempre hubo evidencia de irregularidades y dudas sobre las circunstancias de la muerte de Frei Montalva, Frei Ruiz-Tagle nunca se preocupó de intentar indagarlas durante su sexenio como Presidente. Pero cuando la muerte de Frei Montalva se convirtió en una oportunidad para obtener beneficios electorales de la polarización en torno a la dictadura que siempre le resultan favorables, la Concertación demostró un repentino celo por querer aclarar la presunta participación de la dictadura en la muerte del primer presidente PDC.

    En el gobierno de la Nueva Mayoría, el principal argumento usado a favor de una nueva constitución es la ilegitimidad de origen del texto actual. Con el argumento falaz de que una democracia no puede construirse a partir de una constitución originada en dictadura, el gobierno de Bachelet promueve un proceso constituyente sin contar con la autorización del Congreso para hacerlo.

    En esta querella, los argumentos presentados por el equipo de la ciudadana Bachelet aluden, entre otras cosas, al papel que jugó en dictadura el semanario Qué Pasa, y la prensa en general. Sin considerar que los dueños del semanario hoy no son los mismos que en dictadura, la querella de Bachelet parece interesada en demostrar un comportamiento históricamente sesgado en contra de la izquierda por parte de ese medio.

    La estrategia resulta conocida. La Concertación/Nueva Mayoría siempre vuelve a sus orígenes cuando enfrenta dificultades. Como la bandera que más unidad interna produce es la oposición a la dictadura, la Concertación la enarbola cada vez que se siente sin hoja de ruta común y norte compartido. Como ahora Bachelet pasa por un momento complejo de desaprobación y la situación económica parece ir de mal en peor, La Moneda recurrió a la única estrategia que conoce cuando está entre la espada y la pared, revivir la memoria del dictador. Pero esta vez lo hizo a través de uno de los medios que más activamente defendieron a la dictadura.

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  3. En la vida hay que seguir adelante

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Ahora que no tiene nada que perder —ya tiene el récord de ser la Presidente más impopular en el Chile post Pinochet—, Bachelet debe sentir con fuerza la tentación a polarizar la agenda política y forzar un realineamiento del electorado entre los que quieren reformas y los que están determinados a bloquearlas.

    Ahora que su desaprobación ha vuelto a marcar un récord, la Presidenta Bachelet sentirá la tentación de polarizar la agenda política para recuperar la confianza de la base electoral de centro izquierda. Sabiendo que no tiene espacio para abandonar sus ambiciosas promesas de campaña sin pagar altos costos en su sector, y anticipando que la derecha irá por su capitulación total si ella comienza ahora a retroceder y mostrar señales de debilidad, Bachelet debiera apostar por afianzar su apoyo en el sector más fuertemente identificado con la izquierda.

    Los presidentes siempre deben decidir entre gobernar para todo el país o gobernar para el sector que constituye su base de apoyo. Si aspiran a ser presidentes de todos los chilenos, los mandatarios inevitablemente deben tomar medidas que decepcionarán a sus bases más leales. En el Chile de hoy, eso significaría renunciar a la retroexcavadora. Si en cambio apuestan por satisfacer a sus bases de apoyo, eso llevará a imponer reformas radicales (como una reforma electoral o tributaria, sin los votos de la oposición).

    En los próximos días, Bachelet deberá anunciar cuál es el procedimiento que ha escogido para impulsar el proceso constituyente cuyo inicio la Mandataria prometió para el mes de septiembre. En marzo, cuando arreciaba el caso Caval, la Presidenta nombró un Consejo Asesor para que hiciera propuestas contra la corrupción. Al presentar al país el informe de la comisión Engel, en cadena nacional a fines de abril, Bachelet incomprensiblemente contaminó el anuncio de la agenda de probidad con la promesa de que el proceso constituyente se iniciaría en septiembre. Esta fecha límite autoimpuesta obliga ahora a Bachelet a tener que decidir, una vez más, entre la agenda de reformas refundacionales (no hay nada más refundacional que una nueva constitución) y la estrategia de moderación y gradualidad que le ha querido imponer la clase política y que, desde el cambio de gabinete en mayo, personifica su ministro del interior Jorge Burgos.

    Como Bachelet ya lleva varias semanas sin poder explicar qué significa el “realismo sin renuncia”, crece la presión para que la Presidenta opte por alguna de las estrategias. Ahora que debe estar pensando en qué hacer, la Presidenta Bachelet puede sacar lecciones de lo que ha ocurrido en Argentina, donde la Presidenta Cristina Fernández también atravesó por un periodo de profunda impopularidad. En vez de retroceder y construir grandes acuerdos con una oposición que aparecía más interesada en derrotarla que en sentarse a negociar, Cristina Fernández optó por polarizar el debate, articulando un discurso que distinguía entre buenos y malos, entre aliados y enemigos. El polarizado ambiente no le hizo bien al país, pero sí ayudó al gobierno, que logró mejorar su aprobación. Hoy, a meses de dejar el poder, la Presidenta de Argentina goza de una respetable aprobación y el principal candidato de oposición se esmera en no criticarla abiertamente. Después de todo, el principal abanderado opositor, Mauricio Macri, ya tiene asegurada la votación de los detractores de Cristina. Para ganar, necesita el voto de gente que ve con buenos ojos el desempeño del gobierno.

    En Chile, Bachelet no ha necesitado polarizar el discurso. Después de todo, la oposición ha estado más interesada en negociar que en destruir a Bachelet. Ha habido espacio para negociar y construir acuerdos.  Pero a medida que se acerque el nuevo ciclo electoral —con las primarias en junio de 2016 para las municipales de octubre—, la derecha también comenzará a ver los beneficios electorales de la polarización. Como ya sufrió un revés en las municipales de 2012 —y como tiene pocos nombres atractivos de candidatos para recuperar comunas que hoy están en manos de la Nueva Mayoría—, la derecha buscará convertir la elección en un plebiscito sobre la gestión de Bachelet. Por eso, el espacio para la negociación y los acuerdos se reducirá a medida que se acerque el nuevo ciclo electoral. Por eso mismo, por todos lados aumentan los incentivos para que Bachelet polarice el discurso.

    Respondiendo a esos incentivos, en una declaración el miércoles 2 de septiembre, la Presidenta aseguró que “en la vida hay que seguir adelante… Y no importa ni las trampas que nos pongan en el camino…”  Aunque hubiera sido más honesto reconocer que el gobierno se ha tropezado por su propio apresuramiento y desprolijidad, la frase clave en la declaración de la Presidenta está en su determinación a seguir adelante.

    Ahora que no tiene nada que perder —ya tiene el récord de ser la Presidente más impopular en el Chile post Pinochet—, Bachelet debe sentir con fuerza la tentación a polarizar la agenda política y forzar un realineamiento del electorado entre los que quieren reformas y los que están determinados a bloquearlas. Aunque no sea lo mejor para Chile, un escenario de polarización será mejor para el gobierno que el mayoritario rechazo ciudadano que hoy experimenta.

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  4. Contreras y la honra del Ejército

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    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    ¿Deben las instituciones militares honrar a quienes violaron los derechos humanos? El comandante en jefe del Ejército, general Humberto Oviedo, piensa que sí. El pasado 11 de agosto, sostuvo en la Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados que la historia no se puede borrar y, por lo tanto, el ex oficial Contreras debe mantenerse como parte de un registro histórico, ya sea en el regimiento Arauco donde fue comandante, o bien en la Academia de Guerra, donde fue su Director. No se trata de una apología, indicó.

    En el frontis de la institución formadora del alto mando figura su lista de directores incluyendo a César Benavides (1971-1972), Herman Brady (1972-73), Enrique Morel (1973), Sergio Arredondo (1973), Manuel Contreras (1974), Alejandro Medina Lois (1974-1977) y Roberto Guillard (1977-1980), entre varios otros. En su interior se encuentra además una galería histórica conmemorativa de directores que, de acuerdo a la propia Academia, es un “simbólico homenaje a los 64 directores que, desde el año 1886, han dirigido los destinos de esta más de centenaria Academia, y gracias a su esfuerzo, capacidad y visión, entregaron lo mejor de sí, para situarla en el lugar de honor y privilegio que la comunidad nacional e internacional hoy le reconoce” (www.acague.cl).

    El general Oviedo tiene razón. No podemos borrar la historia. Sin embargo, tal como el propio Ejército lo ha hecho, constituye un imperativo moral revisar aquella historia para reparar daños cometidos y honrar a quienes efectivamente han cumplido con los valores que la propia institución se ha comprometido a defender. Y cuando cuatro de los recién mencionados directores ya fueron condenados por la justicia, sin duda no se honran dichos principios.

    La Academia de Guerra del Ejército en el año 1973 estaba ubicada en la calle San Ignacio 242. Allí se realizaron numerosas reuniones para organizar el golpe entre oficiales que constituían la élite de la institución castrense. Allí se organizó secretamente la DINA, y allí también se mantuvo en prisión a opositores.

    Revisemos algunas biografías. Benavides participó del golpe y posteriormente fue jefe del Comando Conjunto Austral. Estuvo involucrado con la brigada Lautaro de la DINA y fue condenado por violación de derechos humanos. Brady participó directamente del golpe al estar a cargo de la guarnición de Santiago en septiembre de 1973 y tuvo a su cargo trasladar prisioneros desde La Moneda.

    Morel fue director de la Academia el año del golpe, fue ayudante de Pinochet y, posteriormente, estuvo a cargo de la guarnición que recibió la orden de trasladar cuerpos desde el regimiento Peldehue y lanzarlos al mar.

    Arredondo junto a Contreras organizó el primer cuartel secreto de la DINA precisamente en esa Academia. Formó parte de la Caravana de la Muerte y participó de la red internacional de la DINA en Brasil como agregado militar en dicho país. También fue condenado.

    Medina Lois dirigía la escuela de Paracaidistas y posteriormente pasó a la Academia. Fue condenado por crímenes contra conscriptos y soldados contrarios al régimen.

    Guillard estuvo a cargo de la “operación silencio” de las radios el día del golpe.

    Ya es conocido el historial de Contreras, quien en forma paralela a asumir como director de la Academia, organizó la DINA. De acuerdo al Informe Valech, este organismo estaba controlado por personal del Ejército, dependía directamente del general Pinochet, y buscó eliminar sistemáticamente a opositores al régimen rastreando, capturando, torturando y asesinando a quienes juzgada como sus enemigos dentro y fuera de Chile. Contreras enfrentaba a la fecha de su muerte 59 sentencias definitivas del Poder Judicial, sumando un total de 529 años de cárcel.

    Para el Gobierno debiese resultar inaceptable que las instituciones armadas honren la memoria de personajes asociados a violaciones de los derechos humanos. Si Contreras es “uno de los personajes más oscuros de nuestra historia”, no resulta coherente guardar silencio frente a los símbolos de la historia. Y no solo nos referimos aquí a Contreras, sino que a un grupo de militares ya condenados y que siguen formando parte de la lista de honor de la principal Academia que tiene por misión formar a quienes encabezarán la institución.

    La Ordenanza General del Ejército indica, entre los valores centrales que deben regir la conducta militar, la lealtad, disciplina, valor y el honor. Este último se define como “la virtud sintetizadora de todos los valores cívicos militares que mueven a una persona a actuar siempre con la verdad, dignidad, sinceridad, rectitud, honestidad y en coherencia con los principios que dan sustento a sus actos. En definitiva, el honor se sintetiza en ser una persona digna de confianza” (OGE, Art 67).

    Sacar del lugar de honor que ocupan estos personajes constituye un gesto de reparación con el propio Ejército, con las víctimas, sus familiares y la sociedad como un todo. Aquellos ex directores no solo violaron los derechos humanos sino que además traicionaron los valores militares que el Ejército defiende y promueve entre sus oficiales. Ellos simbolizan precisamente lo contrario de lo que debiese inspirar al alto mando.

    Pero ¿no es mejor dejar las cosas tal como están en aquel silencioso muro? Las instituciones —particularmente las estatales— tienen la obligación de revisar sus actos y enmendar su rumbo. Por eso el Ejército rindió honor al general Carlos Prats en el año 2009 inaugurando un campo militar en su nombre; por eso se cambió el nombre a la biblioteca “General Pinochet” y por eso se rindió un homenaje al general René Schneider en aquella misma Academia.

    Así, el gobierno debiese organizar un acto público del más alto rango presidencial para retirar del cuadro de honor de directores a quienes han sido condenados por violación a los derechos humanos. En su lugar, un espacio vacío debiese quedar en la lista de directores y en la galería de honor como un testimonio de las tragedias pasadas. Se trata de un acto reparador con las víctimas, la sociedad y las propias instituciones armadas.

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  5. Algo huele mal

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    alfredo joignant

     

     

     

     

     

     

     

    Alfredo Joignant

    Partamos por la gran cacofonía en el circo romano y multipliquemos las amalgamas: exculpación del hijo de Carlos Larraín en la muerte de un transeúnte en una noche plagada de sospechas; irrupción del caso Penta al inicio del verano; estallido del caso Caval y propagación de sus secuelas en medio de las vacaciones, convergiendo con el caso Penta en la conversación de cada día; terminado el descanso veraniego, nombramiento del sacerdote Barros como obispo de Osorno en la más completa indiferencia por su condición de cómplice o testigo de las aberraciones de Karadima… Sería fácil multiplicar los escándalos —porque de eso se trata—, y no sólo de affaires para iniciados que ponen a prueba la confianza de los chilenos en sus instituciones y élites. Tironi afirmaba que éste era un traspaso de poder desde las élites a vaya saber quién. Suena bien, popular, pero demasiado fácil.

    Este martes, una sala del Tribunal Constitucional acogió un requerimiento del ex gerente de SQM Patricio Contesse, paralizando de ese modo la investigación de la fiscalía sobre una arista aparentemente aterradora del caso Penta. De acuerdo, es una solución institucional. Pero, en serio, ¿alguien se ha preguntado cómo viven los chilenos comunes y corrientes; es decir ni usted señor lector ni yo mismo, los episodios de estos últimos 60 días? En el mejor de los casos, como chilenos que poco y nada entienden, pero que pese a todo leen, escuchan, miran y asimilan en su escala de pertinencia fragmentos de una realidad que admite todo tipo de opiniones, pero en ningún caso adhesiones a las instituciones y a los actores que las encarnan.

    Si ya es repulsivo intuir que no pocos congresales ganaron sus escaños invirtiendo dinero mal habido, es definitivamente un asco sospechar que diputados y senadores de centroizquierda recibieron aportes (incluso legales) de SQM, una sigla que es encarnada por Ponce Lerou, quien fuese yerno de Pinochet y forjara su prosperidad en dictadura bajo reglas inicuas. Si esta sospecha llegase a comprobarse, ¿cómo explicar entonces que políticos del mundo al que uno pertenece (en este caso, la derecha no me interesa) no se entumecieran ante aportes posiblemente buscados en quienes son, objetivamente, aborrecibles? Esto es un asunto de límites morales, y en el caso de SQM el límite moral estuvo siempre a la vista, con el mismo estatus vomitivo ayer y hoy: ¿qué hacer entonces, de verificarse la sospecha? Ninguna reforma institucional puede redimir comportamientos que, para ser justos y probos, no requerían de normas, sino de conciencia.

    “La deslegitimación institucional estaba tocando piso. El TC le acaba de abrir la puerta al sótano”, afirma el diputado Boric. Tal vez. Es probable que el bien común en la esfera política, la democracia de partidos, exija ser protegida del secreto y la traición. Es cierto. Pero es triste. Insosteniblemente triste.

  6. Charlas sobre Maquiavelo, 3 de septiembre

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    El próximo martes 3 de septiembre, a las 13:oo horas, se realizarán las charlas “Martim Carvalho de Vilasboas, Espejo de príncipes y ministros (1598): una imaginativa crítica a la falsa Razón de Estado”, dictada por Miguel Saralegui -Instituto de Humanidades UDP- y “Maquiavelo y la  Razón de Estado”, presentada por el Embajador de Chile en Italia,  Óscar Godoy.

    La actividad tendrá lugar en la Sala de reuniones Facultad de Ciencias Sociales e Historia, segundo piso, Ejército 333.