Tag Archive: Presidenta

  1. El freno a mano

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    Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

    Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

    Luego de sólo un año en el gobierno la Presidenta se vio obligada a remover a los ministros de Interior y de Hacienda de sus cargos. Bachelet no tuvo otra opción cuando se dio a conocer la cercanía de Peñailillo con los escándalos de financiamiento irregular y se hizo ineludible la responsabilidad de Arenas en la inestabilidad de la economía. En sus lugares, la Presidenta nombró a Burgos y a Valdés. A diferencia de sus antecesores los nuevos ministros no conformaban parte del círculo cercano de Bachelet. De hecho, eran todo lo opuesto. Llegaron para ponerle freno a mano al ambicioso programa de gobierno.

    La reciente renuncia de Burgos no sorprende a nadie. La corta pero intensa historia de desencuentros entre el ex ministro del Interior y Bachelet se produjo a vista y paciencia de todo el país. No es necesario describir cada uno de los hechos que fueron separando el camino de ambos. Basta con decir que no había otra opción que renunciar. Burgos reinó cansado y frustrado. Aunque llegó para apaciguar el mercado político, el ímpetu del gobierno fue más fuerte. El renunciado ministro del Interior no pudo llevar al barco de vuelta al rumbo que cómodamente navegaba la Concertación.

    Si bien la relación personal entre Bachelet y Burgos no parece haber sido mala, sus roles institucionales los pauperizó. Mientras que la Presidenta buscaba seguir adelante a paso firme sin renunciar al programa del gobierno, el ex ministro del Interior intentaba poner la cuota de realismo. Sería mentir decir que Burgos no logró absolutamente nada. Junto con Valdés no sólo lograron dar una señal de estabilidad en un momento de descalabro político, pero además lograron poner pausa a algunas de las reformas que en un principio parecían ser inevitables.

    Pero también sería mentir decir que Burgos logró su objetivo. Las grandes reformas estructurales siguen en pie. Tal vez con más cautela y mayor reflexión que en un principio, pero siguen adelante. En ningún momento el gobierno ha abandonado su objetivo ulterior de transformar estructuralmente al país en sólo cuatro años. Desde la oposición da la sensación de que Burgos sí puso la pelota en el piso, y logró detener el juego. Pero desde el oficialismo es distinto. Para ellos Burgos sólo llegó a hacer tiempo para que pudieran hacer su juego más tranquilos.

    El freno a mano se rompió, y pusieron a otro. Mario Fernández llega a cumplir el mismo rol que Burgos, dar una señal de tranquilidad en un escenario donde constantemente se pronostica una tormenta. La gran pregunta es cuánto durará. Si Fernández toma un rol activo para frenar el avance del gobierno, la Nueva Mayoría se lo va comer. Si trata de funcionar como un engranaje de freno, se terminará rodando al igual que Burgos. En cambio, si busca tejer alianzas claves con otros actores oficialistas y de oposición que persiguen en mismo objetivo, tendrá mayor suerte.

    Si el rol de Fernández es poner la cuota de realismo, como se anticipa, debe exprimir su habilidad política. Estar en Interior es por esencia un juego de estrategias. Fernández llega a cumplir un rol nada de grato en una coalición de gobierno extremadamente ambiciosa. Deberá navegar cautelosamente alrededor de figuras como Aleuy y Uriarte que buscan imponer el programa de gobierno y la voluntad de la presidenta a como de lugar. No será fácil, pero Fernández es un buen hombre para el trabajo. Si llega hasta el final del cuatrienio, podrá cantar victoria.

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  2. Elección directa de los intendentes. Aquí y ahora

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Aunque el discurso presidencial se vio empañado por actos de violencia en Valparaíso, los contenidos del mensaje no dejan de ser llamativos. Si se pudiera mapear temáticamente el discurso, se detectan cinco líneas troncales. Primero, se refuerza la tesis del Gobierno respecto a que el Estado acompañará a los ciudadanos desde la sala cuna hasta la vejez. Segundo, que para ello se necesita de un sistema de protección social junto con un esfuerzo en mejorar el desarrollo de la ciencia y la tecnología, para lo que anunció la creación de un Ministerio. Tercero, la Presidenta enfatizó en políticas de género. Aunque le ha sido difícil lograr la paridad en su gabinete y en los cargos de confianza presidencial, manifestó la necesidad de que al menos el 40% de los directorios de empresas esté compuesto por mujeres. Cuarto, puntualizó los desafíos en materia de desarrollo sustentable y cohesión social. Quinto, subrayó las nuevas reglas de la democracia que, teóricamente, contribuirán a reducir la brecha entre la elite y la ciudadanía, mejorando la calidad de la representación. Dos veces se refirió a la reforma más importante -y la mejor diseñada- que corresponde al reemplazo del binominal por un sistema más proporcional.

    El discurso recibió 33 aplausos. Las áreas más vitoreadas fueron Salud y Nueva Constitución. En Salud se anunció la construcción de más hospitales, el incremento en el número de médicos y especialistas, y el refuerzo del programa “Sonrisa de mujer”, entre otros. En el área de nueva Constitución -un asunto que genera mayor polarización y debate- la Presidenta calculó la participación, hasta ahora, de 60 mil personas. La cifra no es espectacular e, incluso, es más baja que la registrada, por ejemplo, en las primarias locales del PDC para definir candidatos a alcalde en 23 comunas y candidatos a concejal en otras 74. Entonces, si bien este asunto produce alta expectación en la elite, no sucede lo mismo en la ciudadanía. Hay ahí una tremenda brecha de representación. Si bien las encuestas muestran apoyo a la nueva Constitución, en la práctica el interés está muy por debajo de lo esperado.

    Casi al finalizar su discurso, la Presidenta confirmó su compromiso con la elección directa de los intendentes para 2017. El proyecto fue ampliamente aprobado en general en el Senado y no se entiende muy bien por qué aún carece de urgencia. En lugar de dar la vuelta más larga a través del proceso constituyente, el Gobierno podría encarar los desafíos de la descentralización de manera más concreta. La Presidenta recibió triple aplauso cuando promovió gobiernos regionales más autónomos y una ovación más intensa cuando llamó a elegir directamente a los intendentes. Probablemente, en su propio gabinete se esté bloqueando el avance de la iniciativa. Eso es no entender que la reforma reduce el “hiper-presidencialismo” y que, en la práctica, protege al Presidente frente a los conflictos regionales.

    Si la Presidenta quiere pasar a la historia por el volumen y calidad de las reformas institucionales, el cambio al binominal -siendo de máxima importancia- no es suficiente. El plan de desarrollo y la instauración de una red de protección social serán más viables de instituir con autoridades que, electas por los ciudadanos, conozcan más de cerca la realidad de sus regiones y que, por cierto, rindan cuenta ante ellos y no ante el Presidente.

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  3. Si no hacen lo que yo digo, renuncio

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    En un país descontento con su clase política, cuando un ministro advierte que se irá si no hacen lo que él quiere, habrá una tentación grande a abrirle la puerta para que salga.

    La estrategia del ministro del Interior Jorge Burgos de amenazar con dejar su cargo si el Senado no ratifica a Enrique Rajevic, el candidato a contralor nominado por la Presidenta Bachelet, más que evidenciar la importancia que da el gobierno a esa confirmación, desnuda la debilidad de Burgos como jefe de gabinete. Un político con poder y con una agenda ambiciosa no pone su cargo en juego a menos que los dividendos políticos sean muy altos. Si el Senado rechaza a Rajevic, Burgos deberá renunciar o pagar los costos de quedar en ridículo. Si Rajevic es ratificado, Burgos habrá usado su bala de plata para alcanzar una victoria pírrica. Pase lo que pase, esta nominación confirma que Burgos ya no fue el premier que llegó a dotar de fuerza al gobierno de Bachelet.

    La llegada de Burgos a Interior, en el mes de mayo, fue celebrada como un punto de quiebre para la crisis política por la que atravesaba el gobierno de Bachelet. Después de que el deficiente manejo de Rodrigo Peñailillo agravara la crisis del financiamiento irregular de campañas —y terminara con el propio Peñailillo involucrado en el escándalo—, la Presidenta Bachelet se vio obligada a realizar un cambio de gabinete, remplazando a su hijo político Peñailillo por el candidato privilegiado por los poderes fácticos de los partidos de la Nueva Mayoría, Jorge Burgos.

    Como Peñailillo era cercano a Bachelet, mientras que Burgos representaba a la vieja Concertación que Bachelet había dado por muerta, el nombramiento de Burgos generó dudas en el mundo de la Nueva Mayoría y esperanzas en los nostálgicos de la Concertación. Las fuerzas refundadoras temían que Burgos llegara a frenar la agenda de profundas transformaciones que prometió Bachelet (“reformas, no reformitas”).  La vieja guardia concertacionista respiró aliviada, anticipando que Burgos supliría la carencia de muñeca política que había caracterizado a la administración de Bachelet.

    A cinco meses de asumir, Burgos no ha sido capaz de imponer su sello. La falta de sintonía política con Bachelet ha hecho evidente que Burgos está fuera del círculo que toma las decisiones en el palacio. Las declaraciones de Burgos reconociendo una derrota en La Haya desafinaron frente al discurso oficialista de que en realidad la decisión en contra de Chile era una victoria oculta para nuestro país frente a la pretensión boliviana de lograr una salida soberana al mar.

    Desde su lenguaje corporal, el tono desmotivado de sus declaraciones deja en claro que el ministro del Interior no lo está pasando bien en el cargo. Es cierto que nunca es fácil ser ministro del Interior. También es verdad que ser ministro del Interior de Bachelet es especialmente difícil. La Presidenta privilegia las relaciones personales a las políticas y confunde sus aspiraciones con las limitadas oportunidades que existen para avanzar su agenda. Es difícil ser el jefe político de un gobierno que cree que gobernar es cumplir las irreflexivas promesas del programa de gobierno. Pero se suponía que Burgos iba a llegar a moderar las promesas, a aterrizar las expectativas y a imponer la postura que hacer política implica negociar y hacer concesiones —no solo ‘explicar mejor’, como repetidas veces la Presidenta ha atribuido la causa de la caída en el apoyo a su gobierno—.

    Después de varios meses sin contralor, el gobierno de Bachelet optó por nombrar a un simpatizante del oficialismo que además es funcionario de confianza del gobierno. Sin haber consultado —ni mucho menos negociado— previamente con sus aliados en el Senado, el gobierno creyó que los legisladores oficialistas se sentirían obligados a cuadrarse detrás de la decisión de la Presidenta. Pero la disciplina partidista desaparece cuando los presidentes son impopulares. Es difícil decirle que no a una Presidente con 80% de aprobación. Pero cuando la Presidenta alcanza menos del 30%, es difícil encontrar legisladores que quieran aparecer al lado de la Mandataria.

    Con todo, una derrota para el gobierno sería costosa para toda la Nueva Mayoría. De ahí que hay buenas razones para que el gobierno haya retrasado la votación de confirmación de Rajevic. La Moneda debe hacer todos los esfuerzos posibles para lograr que su nominado se convierta en el próximo contralor. En vez de amenazar, Burgos debiera dedicarse a seducir. Es más, la propia Presidenta debería involucrarse, para convencer a los díscolos senadores de izquierda que se resisten a apoyar a Rajevic. Bachelet puede ser impopular, pero un senador socialista debiera sentir el peso de lo doloroso que es brindarle una derrota a su compañera Presidenta.

    Con todo, una vez más, La Moneda ha demostrado su poca habilidad política y su falta de oficio para llevar adelante las tareas propias de un gobierno. En un país descontento con su clase política, cuando un ministro advierte que se irá si no hacen lo que él quiere, habrá una tentación grande a abrirle la puerta para que salga.

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  4. Sacándole el cuerpo al bulto

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El subterfugio usado por la Presidenta para maquillar el aumento del gasto público y hacerlo parecer menos sustancioso, alimenta sospechas sobre la conspicua ausencia de detalles en el anuncio sobre la gratuidad en educación superior.

    En su discurso ante la Nación para anunciar el envío de la ley de presupuesto, la Presidenta Bachelet se negó a especificar cómo se materializará su promesa de educación superior gratuita. Además, en vez de reconocer la verdadera magnitud del aumento en el gasto público, Bachelet prefirió cambiar el punto de comparación para hacer creer a los chilenos que el gasto aumentará menos de lo que realmente crecerá. Creyendo que nadie se daría cuenta, o solo buscando ganar unas cuantas horas antes de que se hiciera pública la artimaña estadística, Bachelet tomó una decisión que debilita nuestra institucionalidad y alimenta cuestionamientos sobre la inclinación de su gobierno a manipular datos.

    Después de que inicialmente declaró estar en contra de la gratuidad cuando recién volvió a Chile en 2013, la promesa de gratuidad en la educación superior se convirtió en un elemento central de la campaña de Bachelet. Las fotos de la Presidenta con los líderes del movimiento estudiantil de 2011 y su obsesión por sepultar a la vieja Concertación para fundar la Nueva Mayoría dotaron de una centralidad política incuestionable al compromiso de Bachelet con la gratuidad universal en educación superior. La Presidenta repitió hasta el cansancio que en su gobierno se iniciaría la gratuidad. Pero la firmeza del compromiso con ese objetivo no fue acompañado por suficientes detalles sobre cómo lograr materializarla. El equipo de Bachelet redujo la capacidad de cumplir con esa promesa a una ambiciosa reforma tributaria. Aunque los expertos advirtieron que la reforma no iba a alcanzar para financiar la educación superior —y no costaba mucho anticipar los problemas de regulación y control de costos que implicaba prometer gratuidad universal sin letra chica—, Bachelet se aferró a la promesa de que en su gobierno, Chile se convertiría en un paraíso de la educación superior gratuita.

    Después de asumir el poder, Bachelet dobló la apuesta, comprometiéndose con el inicio de la gratuidad para marzo de 2016. La justificación política para la (ahora desprestigiada y cuestionada) reforma tributaria de 2014 fue precisamente que había que financiar la reforma educacional y la gratuidad universitaria.

    Pero la determinación de Bachelet de avanzar hacia la gratuidad no tuvo una contraparte técnica que fuera despejando las dudas, los cuestionamientos y los desafíos de incentivos perversos y conflictos de intereses que implicaba el diseño de una política pública así de ambiciosa. En los 18 meses que lleva el gobierno, Bachelet nunca demostró un compromiso real con diseñar una estructura que pudiera especificar cuánto costaría la gratuidad, quiénes se beneficiarían, cómo se controlarían los costos y cuál sería el marco regulatorio. La educación gratuita se convirtió en una promesa voluntarista, nunca devino en una propuesta de política pública. El gobierno de Bachelet decidió que la gratuidad en educación se saltaría la etapa de diseño e iría directamente a una improvisada implementación.

    Por eso, cuando la Presidenta anunció el miércoles de noche el presupuesto para 2016, el compromiso con la gratuidad reflejó sólo voluntarismo pero obvió las especificaciones que permitan imaginar cómo Bachelet pretende cumplir esa promesa. En su discurso, Bachelet reiteró su compromiso con construir esa nueva casa, pero fue incapaz de mostrar los planos. Por eso, resultan razonables los cuestionamientos sobre qué tan conveniente resulta comenzar la demolición de la casa actual si no tenemos certeza de que existe un plan razonable para construir una nueva casa.

    Ahora bien, la Presidenta optó por echar manos a la contabilidad creativa para justificar el mayor gasto fiscal en 2016 —tomando como punto de comparación al gasto efectivo de 2015 y no al gasto establecido en la ley de presupuesto del año anterior—. Ese ejercicio de contabilidad creativa permite al gobierno argumentar que el crecimiento del gasto es de 4,4%. De haber usado el punto de comparación que tradicionalmente se usa —el gasto establecido en el presupuesto del año anterior—, el aumento del gasto estaría por sobre el 6%, una cifra sustancialmente superior al crecimiento económico que se espera para 2016. Así, el Estado volverá a crecer a un ritmo sustancialmente superior al que experimente la economía del país.

    Este subterfugio, usado por la Presidenta, para maquillar el aumento del gasto público y hacerlo parecer menos sustancioso, alimenta sospechas sobre la conspicua ausencia de detalles en el anuncio sobre la gratuidad en educación superior. La promesa de gratuidad es tan carente de especificaciones y detalles que parece ser un nuevo incumplimiento en la ya creciente lista de excesivas y ambiciosas, pero también irrealizables, promesas de campaña de Bachelet.

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