Tag Archive: Rodrigo Valdes

  1. La poderosa alianza de Peta Fernández y Rodrigo Valdés

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Cuando quedan 100 días para las elecciones municipales, parece improbable que este gobierno pueda cambiar de rumbo. El legado de esta administración ya está formado y hay muy poco que pueda hacer cualquier dupla Interior-Hacienda, por más poderosa que sea, para enmendar rumbo.

    Resulta difícil imaginar una alianza más improbable de ministros en el gabinete de Bachelet que la que pudieran formar los titulares del Interior, Mario “Peta” Fernández y de Hacienda, Rodrigo Valdés. Las declaraciones llamando a que se constituya una dupla Peta-Valdés que logre moderar al gobierno constituyen una declaración que refleja nostalgia por los viejos gobiernos concertacionistas más que una alternativa factible en lo que resta del segundo cuatrienio de Bachelet.

    Ya sea porque lo dicen las encuestas o las cifras económicas, este gobierno se perfila a tener el peor desempeño de un periodo presidencial desde el retorno de la democracia.  Salvo por la magra expansión del PIB en lo que va del periodo, cuesta identificar una dimensión en la que Chile esté mejor de lo que estaba cuando Bachelet asumió su segundo periodo.  Desde un mayor desempleo hasta niveles más extendidos de pesimismo en consumidores y actores económicos, las señales de que avanzamos por el camino equivocado son evidentes.  Aunque el gobierno se anota varias reformas a su favor, las principales medidas tienen falencias evidentes que obligarán a futuros gobiernos a corregirlas.

    Desde la reforma tributaria hasta la reforma laboral, abundan los problemas de diseño e implementación. Como ha reconocido recientemente el propio gobierno, la reforma tributaria no logrará su objetivo de recaudar suficiente para dar gratuidad al 70% de menos ingresos.  Otras reformas que hoy reciben menos cuestionamientos, como la reforma electoral o la reforma a la educación básica y secundaria, tienen fallas de diseño que producirán decepción cuando estén plenamente vigentes. Felizmente para Bachelet, ella ya no estará en el poder cuando la gente se empiece a preguntar por qué establecimos un sistema electoral que reduce la rendición de cuentas y, pese a lo prometido, abulta el presupuesto del Congreso debido al aumento de parlamentarios.

    Ante la evidencia de que avanzamos en la dirección equivocada, varias voces moderadas de la Nueva Mayoría han intentado forzar una corrección del rumbo.  El cambio de gabinete del 11 de mayo de 2015 hizo que muchos celebraran anticipadamente el cambio de rumbo. Pero al poco andar, la dupla de Jorge Burgos y Rodrigo Valdés —que remplazó a los bacheletistas Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas en Interior y Hacienda respectivamente— dejó claro que podría girar el timón.

    Aunque ambos ministros hicieron sus mejores esfuerzos por restaurar el viejo orden concertacionista del diálogo, la gradualidad y la moderación, los aires refundacionales se terminaron por imponer.  Es verdad que el gobierno formalmente abandonó la retroexcavadora cuando Burgos y Valdés llegaron a capitanear los equipos político y económico.  Pero numerosos voluntarios, en el segundo piso de La Moneda y otros puestos en el gabinete, se subieron ocasionalmente a la retroexcavadora para boicotear la lógica del diálogo y construcción de consensos.  La salida de Burgos del gabinete el 8 de junio de 2016 demostró el fracaso del proyecto moderador que llegaron a personificar Burgos y Valdés.

    De ahí que resulta sorprendente que, un mes después del nombramiento de Peta Fernández, algunos todavía crean que existe espacio para una dupla Interior-Hacienda que reencauce a la Nueva Mayoría por los viejos senderos de la Concertación.  Como tiene atributos similares que Burgos, Peta Fernández no parece ser la persona más idónea para forzar un golpe de timón en el gobierno. Además, a diferencia de Burgos, Fernández llega en un momento cuando la prioridad parece ser construir un retiro ordenado y preparar la resistencia para el vendaval electoral que se anticipa en 2016 y 2017.

    Si bien la derecha no tiene las herramientas, los candidatos ni la unidad al interior de la coalición para aprovechar la coyuntura y brindarle a la Nueva Mayoría una aplastante derrota electoral en las municipales de octubre, es evidente que no habrá un candidato presidencial en 2017 que refleje la continuidad del modelo de la Nueva Mayoría. Los nombres que suenan hoy con fuerza en la centro-izquierda representan el modelo de la Concertación.

    Cuando quedan 100 días para las elecciones municipales, parece improbable que este gobierno pueda cambiar de rumbo.  El legado de esta administración ya está formado y hay muy poco que pueda hacer cualquier dupla Interior-Hacienda, por más poderosa que sea, para enmendar rumbo.

    Ya que la dupla Peta-Valdés no tiene ni el tiempo ni los atributos necesarios para revertir el rumbo, las peticiones que llaman a la constitución de un nuevo intento por forjar una hoja de ruta de moderación y construcción de consensos parecen más bien lamentaciones sobre un mal desenlace que era evitable que predicciones sobre el desempeño del gobierno en los próximos meses. Aunque al unirse pudieran frenar el avance refundacional en lo que queda del periodo, difícilmente podrán revertir el poco admirable legado que nos ha dejado este segundo gobierno de Bachelet.

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  2. ¿Cuánto pesa Rodrigo Valdés?

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Si bien él es la última esperanza, nadie debiese hacerse demasiadas expectativas de que el jefe de la cartera de Hacienda sea capaz de llevar al gobierno a corregir rumbo y priorizar una sociedad que reclame por sus derechos pero también se haga cargo de sus responsabilidades.

    La decreciente influencia de Rodrigo Valdés al interior del gobierno de la Presidenta Bachelet ha puesto en cuestionamiento la importancia que tiene en el nuevo escenario político nacional la figura del Ministro de Hacienda. El descontento con la vieja forma de hacer política que privilegiaba la reservada cocina de la elite sobre la vociferante plaza pública ha alcanzado también a la otrora todopoderosa oficina de Teatinos 120. Pero si bien es ilusorio esperar que Valdés ejerza el poder que alguna vez tuvieron Alejandro Foxley, Nicolás Eyzaguirre o el propio Andrés Velasco, es evidente que el poder que llegó a tener en sus primeros meses se ha ido diluyendo. En las últimas semanas, ha quedado claro que, comparado consigo mismo hace unos meses, Valdés es un ministro de Hacienda menos poderoso.

    La evolución de la democracia chilena ha hecho que desaparezcan muchas de las convenciones que se creyeron leyes inalterables de la política en la década de los ’90. Cuando Michelle Bachelet nombró a Alberto Arenas como su ministro de Hacienda, muchos dieron por sentado que él acompañaría a la Presidenta durante todo el cuatrienio. Alegando que los ministros de Hacienda nunca eran removidos de sus cargos, esos observadores se olvidaron de que las cosas no pasan hasta que pasan.

    La caída de Arenas dejó en claro que el Ministerio de Hacienda ya no era ese espacio de incuestionable poder que lograba imponer su voluntad y forzaba la disciplina de los parlamentarios oficialistas. Si bien Hacienda tuvo un poder incuestionable en los primeros cuatro gobiernos de la democracia, la evolución de la política hacia un equilibrio más inestable, con más actores relevantes, más poderes de veto (no solo los llamados poderes fácticos de la transición) y más intereses cruzados, terminó por pulverizar también la condición de poder fáctico que tenía el ministro de Hacienda.

    El nombramiento de Valdés llevó a muchos a equivocadamente pensar que se restablecía el viejo orden de un ministro de Hacienda todopoderoso. Pero las cosas habían cambiado y ya no era posible volver atrás. Valdés entendió rápidamente que debería granjearse lealtades y ganarse el apoyo de legisladores oficialistas y de oposición para poder imponer sus visiones y propuestas. Es más, Valdés rápidamente dejó en claro que debía hacer un juego político cuidadoso al interior del gabinete para convencer a las voces más fundacionales y a los creyentes en la retroexcavadora. Porque no era cercano a Bachelet y porque su llegada representaba una concesión del gobierno a las presiones de los sectores más moderados, Valdés siempre entendió que debía ganarse espacios de poder en un ambiente hostil.

    En los 13 meses que lleva como ministro, ha dado numerosas batallas. Ha ganado algunas y perdido otras. Pero en la evaluación global, el ministro de Hacienda ha sido incapaz de acumular poder suficiente para convertirse en un líder al interior del gabinete. Es más, en semanas recientes, Valdés ha perdido disputas importantes. Sus posturas han sido derrotadas por las de ministros que, en el papel, debieran tener menos poder que él. Es cierto que Valdés navega contra la corriente. Sus posiciones tienden a estar en polos opuestos a aquellas favorecidas por la Presidenta Bachelet. Es minoría en un gobierno que todavía siente nostalgia por los meses cuando todos iban arriba de la retroexcavadora. Luego, es injusto exigirle a Valdés que ganara todas las peleas que ha dado. Su desafío siempre fue difícil y su éxito nunca estuvo garantizado.

    Pero también es innegable que los bonos de Valdés van a la baja. El ministro de Hacienda nunca alcanzó a ejercer el poder que tradicionalmente ejercieron sus antecesores. Después de sus derrotas recientes, ejerce menos poder e influencia que la que llegó a tener en sus primeros meses en el poder. Aunque sigue siendo el mejor aliado de las fuerzas moderadas y gradualistas en el gabinete, Valdés no ha logrado convertirse en un contrapeso para los que predican un discurso refundacional. Toda su moderación choca con el entusiasmo constituyente que fluye en el gobierno.

    Aquellos que todavía esperan que el gobierno retome el diálogo y el pragmatismo en aras de volver al sendero del crecimiento sostenido hacen bien en poner sus esperanzas en lo que pueda hacer Valdés. Después de todo, el ministro de Hacienda sigue siendo el defensor más poderoso de las banderas del libre mercado que habían ondeado orgullosamente desde 1990 en Teatinos 120. Pero poner las esperanzas en Valdés no significa creer que él puede ganar la batalla. Los hechos recientes confirman que el ministro de Hacienda está en una posición de creciente debilidad. Si bien él es la última esperanza, nadie debiese hacerse demasiadas expectativas de que el jefe de la cartera de Hacienda sea capaz de llevar al gobierno a corregir rumbo y priorizar una sociedad que reclame por sus derechos pero también se haga cargo de sus responsabilidades.

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  3. Adimark y Bachelet: Duro golpe en sectores más vulnerables

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    En la página 14 de la reciente encuesta realizada por Adimark GfK se esconde un dato demoledor para el gobierno y la Nueva Mayoría: donde más baja su aprobación Michelle Bachelet es en los sectores de Nivel Socioeconómico Bajo (NSE), es decir, en los electores donde Bachelet tenía más respaldo al momento de ser electa presidenta en sus dos períodos. Un 31% de los encuestados pertenecientes a este segmento en junio apoyaron su conducción del gobierno, cifra que bajó a un 26% en julio, y a un 24% en agosto.

    Según la encuesta nacional de la UDP realizada en octubre de 2013, es decir un mes antes de la primera vuelta presidencial, Bachelet mostraba un fuerte arraigo en los segmentos populares y de mayor edad. En este grupo, considerando un escenario de participación mínima (51,4%), logra un 75,8%. Además, concita el 68,2% de apoyo entre quienes se declaran de izquierda.

    Precisamente para reconquistar a dicho segmento, el lunes la mandataria le pidió a su ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés que el Presupuesto 2016 debe asegurar que los beneficios de las reformas del gobierno sean percibidos por la ciudadanía.

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  4. Una visión ciudadana

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    La loable preocupación del gobierno por diseñar políticas públicas cercanas a la gente esconde una equivocada concepción de lo que significa gobernar. En una estructura compleja, cada quien debe hacer un trabajo distinto. Por eso, la obsesión por introducir componentes “ciudadanos” en labores que son esencialmente tecnocráticas y administrativas lleva a que el engranaje deje de funcionar toda vez que en lugar de que todos hagan trabajos distintos para conseguir un objetivo común, las distintas áreas del gobierno terminen haciendo todas lo mismo y el país se estanca.

    Después del Consejo de Gabinete de ayer, el ministro de Hacienda Rodrigo Valdés declaró que la Presidenta Bachelet los había instado a “tener un enfoque más ciudadano” y había anunciado que en el presupuesto de 2016 tendrían prioridad aquellos temas “más cercanos a la gente”. La declaración de Valdés pasó sin pena ni gloria, reflejando la poca influencia que tiene el ministro de Hacienda. A diferencia de su predecesor, que tenía una cercanía incuestionable con Bachelet, Valdés ha confirmado que su principal logro ha sido, con la salida de Arenas, evitar que desde Hacienda sigan saliendo iniciativas mal diseñadas y peor implementadas. Pero Valdés difícilmente logrará que el país retome el sendero del desarrollo y el crecimiento.

    En las palabras de Valdés se esconde el error conceptual que tiene la Presidenta Bachelet respecto a las tareas que deben tener los distintos miembros de su equipo. Preocupada de acercar el gobierno a la gente, Bachelet quiere que todos los ministros se dediquen a la misma tarea. Como es imposible distinguir una gestión en Hacienda con componente ciudadano de una gestión sin componente ciudadano, la petición de la Presidenta bien pudiera ser entendida como letra muerta. Pero la directiva de Bachelet desnuda un problema más de fondo. Bachelet parece no entender que los gobiernos funcionan como equipos en los que distintos actores tienen tareas distintas.

    Resultará fácil concordar en que la gestión de un ministro de Hacienda será bien evaluada cuando, dado las circunstancias externas, el país crezca por sobre lo que espera el mercado. Eso permitirá que haya más creación de empleos, más oportunidades y más recursos públicos para programas sociales e inversión en el futuro de Chile. Nada más ciudadano que tener un ministro de Hacienda cuyo desempeño siempre lleve a corregir las estimaciones de crecimiento y empleo al alza. Si en cambio el ministro es ampliamente conocido por su esfuerzo en reducir la desigualdad y en estar cerca de los que sufren por la pobreza, las inundaciones o la marginalidad, pero la economía se comporta por debajo de lo esperado, su desempeño no tiene nada de “ciudadano”, aunque el ministro sea cercano a la gente.

    Un buen gobierno no es aquel en que todos los ministros tienen un alto nivel de conocimiento y una buena valoración de su gestión. Un equipo de ministros exitoso es como un equipo de fútbol, algunos meten goles y otros hacen un trabajo que no siempre resulta en cercanía con la galería o en conocimiento popular. Pedir a todos los ministros que incorporen componentes ciudadanos en su desempeño es tan errado como exigir a todos los jugadores que metan goles. Para que el equipo pueda jugar bien ofensivamente, hay que tener bien cubierta la defensa y el mediocampo. Ocurre lo mismo con la preocupación por los componentes ciudadanos, para que el gobierno esté cerca de la gente, hay que cuidar las tareas defensivas de generación de condiciones para el crecimiento, buena gestión y evitar errores no forzados. Un país es mejor —y un gobierno es más cercano a la ciudadanía— cuando no hay listas de espera para atención médica en el sistema público, aunque nadie conozca el nombre del ministro de Salud, que cuando la gente se muere esperando ver a un especialista y todos conocen el nombre de una ministra que declaró que en las clínicas del barrio alto se hacen abortos clandestinos.

    La Presidenta Bachelet correctamente quiere poner el foco de la gestión en el bienestar de los chilenos y en combatir la desigualdad. Después de todo, por eso ganó abrumadoramente en 2013. Pero poner el foco en la ciudadanía no quiere decir que todos los ministros deben salir a la calle. Cuando el gobierno genera las condiciones para que el país crezca por sobre las estimaciones de los expertos, logra eficiencia en la gestión y diseña políticas públicas innovadoras y efectivas, la cercanía permite dotar de un relato a una administración.

    Cuando solo hay cercanía, sin buenos resultados, por más que el país le tenga aprecio, la aprobación del gobierno estará por el piso. El gobierno ha cumplido 44 semanas con más reprobadores que aprobadores. Tres de cada cuatro chilenos rechazan a Bachelet. Tal vez sea el momento de que Bachelet entienda que la cercanía es el resultado y no la causa de un gobierno exitoso, capaz de generar las condiciones para que el país crezca y para que los que menos tienen crezcan más rápido.

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  5. Sin Michelle no hay equipo

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Son inconducentes las preocupaciones sobre la capacidad para guiar adecuadamente al país de la dupla compuesta por el ministro del Interior Jorge Burgos y el titular de Hacienda Rodrigo Valdés. Mientras el barco del gobierno no esté firmemente guiado por la Presidenta Bachelet, ningún intento de uno o más ministros por tomar la dirección correcta será productivo. Dado que nuestro sistema institucional es fuertemente presidencial, resulta inútil poner la esperanza en que uno o más ministros podrán tomar el control. Si la Presidenta no marca rumbo, el país seguirá a la deriva, por más que dos o todos los ministros hagan fuerza juntos para retomar una hoja de ruta razonable que nos permita salir de la crisis.

    Desde que, a partir de la aparición del escándalo Caval, la Presidenta comenzó a mostrar un comportamiento defensivo, e incluso errático, la arena política ha centrado su atención en la capacidad de los ministros que lideran su gabinete para tomar el liderazgo que la Presidenta no ha querido, o no ha podido, asumir. Después de varios meses de presión para lograr la salida del titular de Hacienda Alberto Arenas, los actores económicos celebraron la llegada del nuevo ministro Rodrigo Valdés. Su reconocida experticia tecnocrática y su cercanía con el mundo empresarial permitían anticipar que las relaciones rápidamente se recompondrían. Pero lamentable, los resultados de la gestión Valdés, a 100 días de haber asumido el cargo, son solo mixtos y apenas dan unas pocas razones para estar optimistas. El ministro ha logrado instalar la idea de que se debe hacer una reforma a la reforma tributaria. Pero el margen que tiene Valdés hoy para operar es tan reducido —por el complejo ambiente macroeconómico internacional y por las constantes aserruchadas de piso que sufre en el gabinete y en su coalición— que difícilmente va a ser capaz de generar las confianzas necesarias para que la inversión vuelva al país y Chile pueda retomar el sendero del crecimiento.

    De igual forma, la llegada de Jorge Burgos a Interior hizo que muchos respiraran aliviados, pensando que eso bastaba para que la dinámica de reformas profundas que había caracterizado el primer año de gobierno fuera remplazada por una lógica más gradualista y consensuada, propia de los gobiernos de la Concertación. Pero a cien días de haber asumido el poder, la gestión de Burgos ha estado marcada más por la frustración. La visita del ex Presidente Lagos a La Moneda, para hablar fuerte y claro, asociando su figura a la idea del orden, solo confirmó que Burgos tiene más llegada con la vieja guardia concertacionista que con la Presidenta Bachelet y su cerrado círculo del segundo piso. Si hay algo claro hoy en el gobierno es que Burgos no ejerce la autoridad que muchos creyeron que el nuevo titular de Interior llegaría a desplegar.

    Por todo esto, no resulta sorprendente que la dupla Burgos-Valdés haya sido incapaz de dar ese golpe de timón que esperaban todos aquellos nostálgicos de la era concertacionista. La dupla tampoco ha sido capaz de tranquilizar a aquellos que, sabiendo que los años dorados del concertacionismo ya no volverán más, aspiran a que haya un gobierno que sepa dirigir al país por la senda de los cambios profundos, pero graduales y consensuados. Tanto los nostálgicos del pasado como los que aspiran a un futuro de más desarrollo consensuado se sienten decepcionados porque la dupla Burgos-Valdés simplemente no dio el ancho. Por la otra vereda, los que aspiran a sacar a la retroexcavadora del fango en que se atascó por el apresuramiento y la irreflexión oficialista de 2014, también están insatisfechos, sabiendo que Burgos y Valdés tienen suficiente fuerza para evitar los esfuerzos por echar a andar la retroexcavadora.

    Esta suerte de empate, entre una dupla que no logró su objetivo pero que logró frenar el avance hacia la refundación nacional que se impuso en 2014, tiene al país inmovilizado —y a muchos creyendo que estamos a la deriva cuando en realidad solo estamos dando círculos sin avanzar en ninguna dirección—. Por eso, da lo mismo si la dupla Burgos-Valdés se quiebra definitivamente o se logra re-articular. Esa dupla ya no sirvió para sacar al país del estancamiento. No fue por la incapacidad o falta de voluntad de los ministros. El problema está en nuestro sistema altamente presidencial.

    En Chile, si el Presidente no empuja en una dirección, el país no se mueve. Cuando los presidentes tienen la visión y determinación para avanzar, el país puede moverse en la dirección correcta (o retroceder). Pero cuando los presidentes no se deciden por alguna de las opciones que tienen a su disposición, el país se estanca o da vuelta en círculos. A menos que la Presidenta tome ahora una decisión que se ha negado a tomar en los últimos meses y opte por una de las opciones —la búsqueda de consensos o la refundación—, ninguna dupla o equipo de ministros podrá sacar al país del estancamiento en el que actualmente se encuentra.

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  6. La frustración de Burgos

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    En una sorpresiva e inoportuna declaración, el ministro del Interior, Jorge Burgos, decidió pelearse con “articulistas de izquierda, muy de izquierda… y de derecha también que querrán que nos vaya mal a mí y a Rodrigo Valdés”. Ante la incapacidad del gobierno para decidir si quiere seguir empujando su ambicioso programa de reformas o si en cambio se decidirá a cambiar su hoja de ruta hacia rumbos de moderación, haciéndose cargo del nuevo contexto internacional adverso, Burgos decidió descargar sus frustraciones en los mensajeros que constatan que el gobierno lleva seis meses paralizado y que la Presidenta,  desperdiciando oportunidades para relanzar su gobierno, sigue indecisa respecto a cómo sacar a su gobierno del foso de desaprobación popular en el que se encuentra.

    Desde que estalló el escándalo Caval en febrero, la Presidenta Bachelet ha estado errática. Parafraseando un concepto popular en el palacio presidencial, Bachelet no está empoderada. Los cuestionamientos sobre qué tanto ella sabía acerca de los negocios inmobiliarios de su hijo y de su nuera, y la forma en que Bachelet lidió con el escándalo, le propinaron un golpe que la ha tenido por meses contra las cuerdas. A la vez, la premura con que su administración impulsó reformas en 2014 le pasó la cuenta a la economía del país y a la credibilidad del gobierno en 2015. Habiendo dilapidado su capital político en reformas mal diseñadas e imposibles de implementar —como la reforma tributaria, que ya debe ser sometida a modificación antes de entrar en vigencia, o la reforma educacional, que probablemente también será modificada por el próximo gobierno en 2018 (cuando esté empezando a ser implementada)—, el gobierno de Bachelet ha batido el récord de rechazo de aprobación presidencial.

    La cadena nacional en que Bachelet informó los resultados del Consejo Asesor contra la Corrupción fue la primera oportunidad desperdiciada de retomar el control de la agenda. En vez de centrarse en la agenda de probidad, Bachelet desvió la atención anunciando que el proceso constituyente se iniciaría en septiembre.

    Semanas después, el retardado cambio de gabinete fue equivocadamente interpretado por muchos como el inicio de un segundo tiempo en que se impondrían la gradualidad y la moderación. Pero el cambio de gabinete fue noticia más por la imprudente forma de anunciarlo en un programa de televisión y el incumplimiento del plazo de 72 horas autoimpuesto por Bachelet que por el nuevo elenco de ministros.  El traspié del nuevo gabinete resultó en un nuevo ajuste menos de un mes después. Los motivos que muchos tuvieron para celebrar el ajuste se diluyeron en la medida que la llegada de Jorge Burgos a Interior y de Rodrigo Valdés a Hacienda no constituyó el certero golpe de timón por el que clamaban algunos de los propios partidos que forman parte de la Nueva Mayoría.

    El gobierno de Bachelet ha intentado varias veces dar señal de un cambio de giro y un nuevo comienzo.  Por lo menos tres veces, los equipos creativos del gobierno han usado el concepto del segundo tiempo para señalar que ahora las cosas comenzarán a ser diferentes.

    El más reciente de los falsos relanzamientos fue el cónclave del 3 de agosto. Los equipos comunicacionales se encargaron de alimentar expectativas sobre los resultados que produciría el cónclave. Por eso, cuando el evento finalmente se realizó, cundió la decepción. Tanto los que esperaban una renovación del compromiso de Bachelet con su programa de gobierno así como los que creían que ahora la Mandataria finalmente iba a dejar en claro que se corregía el rumbo hacia posiciones más moderadas, los asistentes al cónclave salieron tan confundidos como decepcionados. Bachelet no dio señales claras ni para los radicales ni para los moderados. Su discurso fue tan ambiguo que todos salieron con las interpretaciones que quisieron. Pero todos también confirmaron que el problema del gobierno es que mientras más claras están las opciones, más indecisa aparece la Presidenta sobre cuál será la hoja de ruta a seguir.

    En este contexto de incertidumbre, ambigüedad y mensajes contradictorios, el ministro del Interior, Jorge Burgos, decidió emprenderlas contra los articulistas. No es la primera vez que el sereno Burgos se sale de sus casillas. Su destemplada crítica al primer cacerolazo contra la delincuencia a comienzos de julio —cuando cuestionó a los manifestantes por supuestamente no haber sido igualmente enfáticos en manifestarse contra la dictadura— alimenta los rumores de que el hombre fuerte del PDC en el gabinete ya está frustrado con las indecisiones de la Presidenta. Pero en vez de ofuscarse, Burgos debiera simplemente, haciéndose cargo del hecho que la Presidenta no corta el queque, tomar las riendas del timón de este barco y señalar una dirección. Es mucho mejor canalizar la frustración en acciones concretas que salir a dispararle a los mensajeros que traen las malas nuevas de que el gobierno sigue paralizado.

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  7. La política contamina la economía

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    El único camino para retomar tasas de crecimiento saludable que permitan generar más riqueza y más desarrollo para todos pasa por arreglar primero las instituciones que rigen el comportamiento de nuestra política y que han hecho aguas en meses recientes.

    Aunque el ministro de Hacienda Rodrigo Valdés advirtió que la política está contaminando la economía, el verdadero problema de Chile es que algunos se niegan a entender que una economía saludable es solo posible cuando se construye sobre una sólida base política. Pero cuando la economía se come a la política, eventualmente la propia economía termina erosionando la base sobre la que se sustenta. Mientras no entendamos que para que haya una buena economía debemos primero tener una buena política, será imposible que nuestro país entre al club de las naciones desarrolladas.

    El desarrollo del capitalismo se ha basado en instituciones que garantizan los derechos de propiedad y que establecen reglas claras —entre las que se incluyen los derechos y obligaciones de las personas—. En sociedades democráticas, se potencia un círculo virtuoso que expande tanto los derechos de las personas como el respeto a los derechos de propiedad. Desde el retorno de la democracia, en Chile hemos vivido un proceso de consolidación democrática y fortaleza institucional que nos ha permitido convertirnos en el país más desarrollado de América Latina. Aunque tengamos muchas cosas que mejorar, Chile es el incuestionable campeón latinoamericano en desarrollo económico y consolidación democrática.

    Pero precisamente porque hemos alcanzado un nivel de desarrollo que nos pone en la puerta de entrada del club de países desarrollados, algunos arreglos institucionales parecen ya no dar el ancho para los desafíos y oportunidades que ahora nos toca enfrentar. Si bien es evidente que entre las principales falencias institucionales está el sistema de financiamiento de campañas, y de la política en general, hay otros ámbitos en los que algunas instituciones también hacen aguas —como el sistema que asegura la libre competencia y persigue la colusión—. El mismo debate sobre el proceso constituyente que impulsa el gobierno —y que se cruza con la multiplicidad de reformas constitucionales que La Moneda empuja de forma paralela— se basa tanto en cuestiones de legitimidad de origen de la carta fundamental como en cuestionamientos a la capacidad de las instituciones actuales para facilitar el buen funcionamiento de los mercados y del sistema democrático.

    Hay una línea común que une a todas las potenciales debilidades de nuestros arreglos institucionales y tiene que ver con el balance a favor de la economía por sobre la política en la forma en que se resuelven conflictos entre distintos grupos de interés. Desde la forma en que se asegura el respeto por los derechos de propiedad —desde la tierra hasta el agua—, pasando por las reglas que facilitan la competencia en la oferta de bienes y servicios, hasta las regulaciones en la provisión de bienes públicos (como la educación, salud, pensiones o vivienda), nuestra institucionalidad privilegia la economía sobre la política.

    Pero en la realidad cotidiana, la política siempre termina irrumpiendo desde fuera de la institucionalidad, debilitándola y demostrando sus limitaciones. La forma en que se ha desarrollado el conflicto mapuche, las movilizaciones estudiantiles o los paros en salud o transporte evidencian la importancia de la política en los procesos sociales. Si bien la institucionalidad favorece una comprensión economicista de los problemas —y el sistema de formación de políticas públicas favorece soluciones técnicas—, la realidad a menudo obliga a introducir elementos políticos que distorsionan los criterios técnicos y desvirtúan las prioridades de los modelos economicistas. Correctamente, algunos críticos del modelo argumentan que los propios criterios técnicos responden a una racionalidad política que pretende instalar determinadas prioridades como verdades incuestionables. Así, por ejemplo, cuando se mide el impacto social de una política pública, se obvian consideraciones políticas y se toman decisiones que pueden ser sub-óptimas desde el mismo criterio técnico que se utiliza. El ejemplo más notable ha sido el Transantiago, cuando la racionalidad técnica fue superada por la realidad política y, 10 años y miles de millones de dólares después, seguimos pagando los costos de creer que la economía se mueve de forma independiente a la política. Igual lógica explica las fallas en lograr mejoras sustanciales en la calidad de la educación pública, en la provisión de salud y en programas tan diversos como aquellos destinados para aliviar la pobreza o reducir la contaminación ambiental.

    Tiene razón el ministro Valdés cuando dice que la política está contaminando la economía. Pero no se puede deducir de ello que podemos aislar lo económico de lo político. Muy por el contrario, precisamente porque la base para una economía saludable está en un sistema político sólido, estable, legítimo e inclusivo, el único camino para retomar tasas de crecimiento saludable que permitan generar más riqueza y más desarrollo para todos pasa por arreglar primero las instituciones que rigen el comportamiento de nuestra política y que han hecho aguas en meses recientes.

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  8. El doctor Jekyll y el señor Hyde en el gobierno de Bachelet

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    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

    Hemos visto que la realidad refundacional NM y la dialogante Concertación conviven en La Moneda. Dependiendo del momento del día, predomina una de las personalidades opuestas que han caracterizado a este segundo gobierno de Bachelet.

    Las señales que ha dado el gobierno respecto a su hoja de ruta y a sus planes para cumplir sus promesas de campaña recuerdan la novela de Robert Stevenson, que trata de un hombre con trastorno disociativo de la identidad. A diferencia del trastorno de bipolaridad, que hace que los pacientes pasen de la manía a la depresión, el trastorno del doctor Jekyll y el señor Hyde consiste en que la misma persona tiene dos identidades opuestas. Dados sus actos a favor de la moderación y la gradualidad —como el cambio de gabinete— y a la vez teniendo en cuenta las declaraciones que insisten en un proceso constituyente (cuyos detalles permanecen incomprensiblemente vagos) y en las profundas transformaciones que prometió en campaña, el gobierno alimenta la ya dañina incertidumbre que reina en el país y, peor aún, parece incapaz de decidir si el periodo 2014-2018 se convertirá en el quinto gobierno de la Concertación o en un fundacional primer gobierno de la Nueva Mayoría.

    Desde que se inaugurara la retroexcavadora en 2014, el gobierno de Michelle Bachelet ha impulsado una serie de transformaciones que aspiran a cambiar radicalmente la hoja de ruta por la que ha avanzado Chile desde la recuperación de la democracia. La tesis de que las reformas deben ser graduales y consensuadas —lo que inevitablemente disminuye la velocidad con que se puede reducir la desigualdad pero privilegia el crecimiento de la economía— se ha convertido en una amenaza para los que aspiran a refundar el orden social, económico y político durante el segundo gobierno de Bachelet. Como cualquier percepción de refundación alimenta la incertidumbre, la economía se ha frenado más allá del que debió haber sido el efecto negativo del fin del boom de las commodities. Dado que un país que no crece difícilmente puede reducir la desigualdad, el gobierno de Bachelet se ha visto complicado en su capacidad de cumplir su promesa de emparejar la cancha. Es cierto que el crecimiento no basta para reducir la desigualdad, pero sin crecimiento, ninguna promesa a favor de ampliar las oportunidades y combatir la desigualdad puede ser materializada.

    Como la economía se frenó en 2014, el gobierno se ha enfrentado a los dos peores fantasmas que afligen a cualquier autoridad, un deterioro en la situación económica y una caída en la aprobación popular. Pese a tener a su haber una polémica reforma tributaria, una simbólicamente importante reforma educacional (que será implementada gradualmente y podrá ser revertida por el próximo gobierno) y el cambio al sistema electoral, el gobierno ha pasado buena parte del 2015 contra las cuerdas, producto del escándalo por el caso Caval y su incapacidad para darle una salida política a los escándalos de Penta y SQM. Ante la inacción del gobierno, la Presidenta Bachelet anunció un cambio de gabinete el 6 de mayo que, materializado cinco días después, buscaba enviar una señal clara a la opinión pública y a los actores políticos sobre cuál era la hoja de ruta que tendría su gobierno en los siguientes años.

    Pero el cambio de gabinete no despejó dudas. Por un lado, la llegada de Jorge Burgos a Interior y de Rodrigo Valdés a Hacienda parecía indicar que ahora se impondría la moderación. Pero algunas declaraciones de altos funcionarios de gobierno y la poca claridad sobre la hoja de ruta a seguir que se evidenció en el discurso del 21 de mayo han llevado a muchos a pensar que Bachelet sigue comprometida con la tesis refundacional que caracterizó su primer año de gobierno.

    Las dudas sobre cuál de las dos lecturas es la correcta alimentan más la incertidumbre sobre lo que se viene para Chile. Ya que los mercados prefieren las malas noticias a la incertidumbre —la certeza de una mala noticia siempre puede convertirse en una oportunidad de negocios—, la economía chilena difícilmente retomará el sendero del crecimiento, una condición necesaria para que el gobierno evite caer en el hoyo, todavía más profundo, del descontento social que produce el desempleo. Sin crecimiento, ninguna de las promesas por mejorar la distribución del ingreso y reducir la desigualdad podrá ser materializada.

    Después del cambio de gabinete, muchos se apresuraron a señalar que la retroexcavadora de la Nueva Mayoría ya había sido sepultada y que retornaban las reformas graduales y pragmáticas propias de los gobiernos de la Concertación. En las semanas siguientes, hemos visto que ambas realidades —la refundacional NM y la dialogante Concertación— conviven en La Moneda. Lamentablemente, no es que ambas dialoguen y encuentren un balance, sino que, dependiendo del momento del día, predomina una de las personalidades opuestas que han caracterizado a este segundo gobierno de Bachelet. Como es a la vez el doctor Jekyll y el señor Hyde, este gobierno arriesga decepcionar, a la vez, a los que quieren transformaciones profundas y a los que prefieren avanzar por el camino de la gradualidad.

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  9. Bachelet aplica cirugía mayor en el Gobierno

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    La presidenta de Chile, Michelle Bachelet, concretó ayer su anunciado cambio de Gabinete y removió a su jefe de ministros, así como al titular de Hacienda, en un intento de aplacar la crisis de confianza y dar una señal de moderación en la nueva etapa de su gobierno.

    Catorce meses después de haber asumido su segundo mandato y con un nivel de popularidad históricamente bajo (29%), Bachelet cambió a nueve de sus 23 ministros, cinco de ellos dejaron definitivamente el Ejecutivo.

    “Hoy es tiempo de dar un nuevo impulso a la tarea de Gobierno, y en esta nueva fase tan exigente como inspiradora, se requiere poner renovadas energías y rostros nuevos”, señaló la jefa de Estado, al revelar la composición de su nuevo equipo de trabajo.

    SEMANA PASADA
    En un golpe de timón, la mandataria había anunciado el miércoles que le solicitó la dimisión a todos sus ministros en un intento por sortear la crisis abierta tras una serie de escándalos de corrupción política, uno de los cuales tiene a su propio hijo como protagonista.

    Las modificaciones fueron drásticas, al dejar fuera a tres de los titulares de cartera más importantes (a su jefe de Gabinete y a los ministros de Hacienda y de Gobierno) y quienes formaban parte de su círculo más estrecho.

    “Es un cambio de hoja de ruta (…) no es un cambio cosmético, es uno político y como todo cambio político va A implicar una reevaluación en el proceso reformista”, dijo Mauricio Morales, de la Universidad Diego Portales.

    Esencial
    Movimientos

    El cambio principal en Chile correspondió al Ministerio del Interior, donde el hasta ahora ministro de Defensa, el democristiano Jorge Burgos, reemplazó a Rodrigo Peñailillo, del socialdemócrata Partido Por la Democracia (PPD).
    Bachelet también sustituyó al ministro de Hacienda, Alberto Arenas, cuyo puesto será ocupado por Rodrigo Valdés, hasta el lunes presidente del Banco del Estado.
    María Fernanda Villegas, ministra de Desarrollo Social, fue reemplazada por el hasta ayer subsecretario de esa misma cartera, Marcos Barraza.