Tag Archive: Sébastien Dubé

  1. De seguridad y tortura

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    Sebastién Dubé

    Era un secreto a voces. Agentes de la CIA practicaron la tortura con motivo de obtener informaciones por parte de individuos cautivos desde los atentados de las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001. El informe del Senado de los Estados Unidos, que oficializa que la Agencia le mintió al Congreso, levanta una serie de cuestionamientos jurídicos, éticos y políticos.

    Jurídicamente, lo más grave para la política interna es que la CIA negó la verdad a los Congresistas. En el marco de la política internacional, la presión sobre el Gobierno de Obama es más bien simbólica. Torturar es condenable moralmente, pero Estados Unidos está fuera de cualquier convención o tratado que le pudiera provocar consecuencias en virtud del derecho internacional. La administración de Bush (2000-2008) fue muy cautelosa en crear el concepto de “combatientes enemigos”, para referirse a los terroristas de Al Qaeda, precisamente para evitar reconocerles los derechos que se les concede a los soldados de los ejércitos nacionales regulares según las convenciones internacionales.

    Éticamente, los cuestionamientos son de dos tipos. En primer lugar, existe un sinnúmero de estudios que demuestran que la tortura sirve de poco, dado que la información obtenida por esa vía tiene altas probabilidades de resultar completamente falsa. Por lo mismo, varios militares de alto rango en los propios Estados Unidos han expresado su escepticismo con respecto a dicha práctica. Por otro lado, los defensores del uso de la tortura argumentan que violar los derechos humanos de un individuo, sospechoso de querer matar a la mayor cantidad de personas inocentes posible, es en sí mismo justificado aunque no dé los “resultados” esperados en términos de seguridad y defensa. En segundo lugar, el tema ético merece ser planteado en la medida en que en los Estados Unidos se otorga el derecho a torturar en su lucha por la defensa de sus ideales… de democracia, de estado de derecho y de libertad.

    Finalmente, los cuestionamientos políticos conciernen la “eficacia” de dicha estrategia para mantener la defensa y la seguridad del país y de sus ciudadanos. Es decir, la pregunta política es si la tortura practicada por agentes de Estados Unidos aumenta la seguridad o, al contrario, el riesgo de ataques en su contra. Aquí también el debate queda abierto. Por un lado, los asesores que abogan por la tortura plantean que no hubo repeticiones después del 11/09 gracias a la tortura. Por otro lado, sus opositores afirman que los organismos de inteligencia han sido más eficaces y que la tortura en varios casos solo confirmó lo que ya sabían. Además, estos últimos plantean que la mala imagen que proyecta el país solo multiplica el número de aquellos que lo quieren combatir. Y solo en el caso del Estado Islámico, se estima que son 1.000 nuevos yihadistas que adhieren al grupo terrorista cada mes.

    Puesto en una perspectiva más amplia, el principal problema de los Estados Unidos y de su política exterior en el Medio Oriente y con los países de población musulmana es que está alineado – por motivos estratégicos y energéticos – con dictaduras que se auto legitiman por la necesidad de combatir el terrorismo islámico. Lo que esa política produce son alianzas entre los que luchan contra las dictaduras sin contar con apoyo occidental con grupos terroristas islámicos mejor organizados. Ahora, para los Estados Unidos y los países occidentales, esa estrategia causa desconfianza y aumenta el nivel de amenaza contra sus instituciones y poblaciones. De ahí que la espiral de violencia y amenazas tiene pocas probabilidades de verse interrumpida a corto plazo, y la práctica de la tortura tampoco.

    Revisa la columna original en El Dínamo

  2. Brasil: pelea entre la micro y la macro economía

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    sebastien dube

     

     

     

     

     

     

     

    Sébastién Dubé

    La macroeconomía brasileña muestra señales de luces y de sombras. El desempleo oficial está por debajo del 6% pero hay problemas importantes de inflación y de gestión general de los fondos públicos. Quien se preocupa, como observador o votante, de la balanza comercial, de la tasa de crecimi

    ento y de la corrupción tenía varias razones de opinar o desear que lo mejor para Brasil era un cambio. Un cambio como el propuesto por el Partido Social Demócrata de Brasil (PSDB, centro-derecha) de Aécio Neves.

    Pero la microeconomía, para llamarlo así, también cuenta mucho electoralmente. Sobre todo en un país enorme donde convive lo mejor y lo más avanzado con lo peor de América Latina en términos sociales y económicos. Lo peor como la miseria extrema, el analfabetismo y la desnutrición aun en un país líder mundial en agroindustria.

    Simplificando, se puede decir que este domingo, los brasileños tuvieron que elegir entre un candidato preocupado por la macroeconomía y una candidata preocupada por la microeconomía. Es decir, un Aécio Neves preocupado por el crecimiento y una Dilma Rousseff preocupada por la distribución de la riqueza. Por las políticas pasadas y la situación socioeconómica de millones de electores, ésa última ganó.

    ¿Cómo explicar tal resultado? Se puede plantear que para tener preocupaciones globales y macroeconómicas como las que planteaba Aécio Neves, hay que haber comido (idealmente todos los días de su vida), tener una vivienda estable y sus hijos en el colegio y con acceso a servicios de salud. Ahora, esas bases de la vida cotidiana se han hecho más posibles y consolidadas para decenas de millones de brasileños durante los últimos 12 años, correspondiendo al tiempo en el cual el Partido de los Trabajadores (PT) de Dilma Rousseff ha estado en el poder.

    Según las fuentes y las metodologías, se estima que en dicho periodo, entre 30 y 50 millones de brasileños salieron de la miseria o de la pobreza. O sea, más o menos tres veces la población de Chile. En términos concretos, se puede decir que decenas de millones de individuos tuvieron un mejoramiento sustantivo de sus condiciones de vida durante el gobierno del PT. Un cambio tan enorme como rápido que se explica por una combinación de factores: el resultado de las reformas previas, el aumento del valor de las exportaciones y también una serie de políticas sociales destinadas hacia los sectores más vulnerables.

    Por supuesto, uno puede cuestionar hasta qué punto ese modelo de políticas es moral y financieramente viable. Como los bonos de los Gobiernos chilenos, esas políticas pueden crear dependencias. A veces son asistencialistas y no provocan cambios estructurales de largo plazo. También, por lo mismo son costosas y su mantenimiento causa importantes presiones fiscales sobre todo cuando el crecimiento es lento o inexistente.

    Por las mismas preocupaciones, u otras menos dignas de mencionar, los Gobiernos anteriores hicieron poco para mejorar las condiciones de vida, en términos micro, de estos sectores. Por lo mismo, sorprende poco que dichos sectores hayan apoyado a Rousseff masivamente. Entre dos opciones vistas como igual de corruptas e ineficientes, votaron por quienes hicieron más por ellos. Cuándo estén convencidos de que nunca podrán perder lo que obtuvieron, podrán empezar a tener otras preocupaciones y podremos ver resultados electorales distintos.

    Revisa la columna original publicada en El Dínamo

  3. Venezuela: ¿Intervenir o no Intervenir?

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    Sébastien Dubé

    Publicada el 25 de marzo de 2014 en La Tercera

    El viernes pasado, la Organización de Estados Americanos (OEA) rechazó escuchar a la diputada venezolana María Corina Machado. La figura emblemática de la oposición al presidente Nicolás Maduro, buscaba hablar en una sesión del Consejo Permanente para denunciar los actos del Gobierno venezolano en la crisis que sacude a su país. El rechazo de la OEA llevó al diario El País a afirmar que el mismo Consejo “silenció a la oposición venezolana.”¿Por qué ese rechazo? Por una razón simple. Desde su fundación en 1948, la OEA tiene por misión asegurar la paz entre los países del hemisferio. Es decir, se concentra en las relaciones internacionales salvo en dos contextos precisos: si hay un golpe de Estado en un país miembro o si un Gobierno solicita la participación del Organismo para ayudarle a resolver un problema interno.

    La OEA no hubiera escuchado al diputado Guillermo Teillier reclamar contra el Gobierno de Piñera y no escucharía al senador Iván Moreira reclamar contra el Gobierno de Bachelet. Simplemente porque no sirve para eso. En ese sentido, tuvo razón en no escuchar a la diputada Machado. Lo anterior, independientemente de la validez de varios de sus reclamos y de los excesos perpetrados por el Gobierno Maduro cuya elección, cabe recordarlo, fue un proceso más que cuestionable. La crisis en Venezuela es una crisis interna. Si aceptamos como válido el principio de soberanía, no les corresponde a los demás países involucrarse en los temas internos de ese país. Aquellos políticos que unos años atrás condenaban a los organismos internacionales que criticaban al Gobierno Piñera por la política hacia las comunidades mapuche, el comportamiento de Carabineros durante las protestas estudiantiles o las leyes chilenas con respecto al aborto y el matrimonio homosexual, deberían ser coherentes ahora con su postura contra “las injerencias extranjeras en la política interna”.

    Reconocer la soberanía y no entrometerse significa también ser pasivo ante actos represivos que un Estado pueda cometer contra sus ciudadanos. Lo cual puede equivaler a ser “cómplices pasivos” de abusos y contribuir a su ejecución. Por otro lado, ser protagonista de un conflicto en otro Estado significa meterse en la política partidista, lo cual no sirve para la política exterior y los intereses del país. Frente a esa tragedia griega en la cual sólo parece haber alternativas malas, la mejor estrategia para Chile y el conjunto de sus políticos es estar atentos y tender la mano al Gobierno venezolano para convencerle, en base a la experiencia chilena, de aceptar un real diálogo con la oposición.

  4. El día después de La Haya

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    Sebastién Dubé

    Publicada el 14 de enero de 2014 en Diario Estrategia

    Estamos a menos de dos semanas del esperado fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya sobre el diferendo marítimo entre Chile y Perú. ¿Sabrán ambos países mejorar sus relaciones después del 27 de enero? ¿Qué nos dice la historia reciente sobre la capacidad de los gobernantes de dar vuelta a la página?

    Desde 1950, la CIJ tuvo que resolver 14 contenciosos involucrando a países latinoamericanos, nueve de ellos ligados a límites territoriales. Además de haber evitado conflictos armados, sus resoluciones, en general, han contribuido a mejorar las relaciones bilaterales, aunque a veces con la ayuda del tiempo. Latinoamérica, que puede ser la región del mundo la más violenta en homicidios y delincuencia, es sin embargo excepcionalmente pacífica en materia internacional.

    Aun cuando no se interpela a la CIJ, las relaciones bilaterales pueden pasar drásticamente del conflicto a la cooperación. Los casos Argentina-Brasil, Argentina-Chile y también Perú-Ecuador lo demuestran. Hasta la firma de un tratado de paz entre Perú y Ecuador en 1998, nadie hubiera sospechado que ambos países serían capaces de desarrollar relaciones tan cordiales.

    En cuanto a Chile y Perú, el comercio y sus ambiciones dentro de la Alianza del Pacífico bastan para recordar que sus líderes están más en sintonía que en conflicto. Sin embargo, el desarrollo y la consolidación de relaciones armoniosas requieren de un liderazgo político fuerte desde ambas partes.

    En un artículo reciente, la profesora del INAP (U. de Chile), Lorena Oyarzún, sostuvo que Chile ha basado gran parte de su crecimiento en una política exterior muy orientada a lo comercial, lo que ha tenido como costo una despreocupación por lo político. Así, es necesario que independiente del fallo, el futuro gobierno redefina la política exterior más allá de su dimensión comercial y se cuestione el protagonismo que puede/debería jugar a nivel regional.

    Esto ha ocurrido en ocasiones. Se puede citar el protagonismo en Haití, el liderazgo de Bachelet para facilitar una solución pacífica a un conflicto interno en Bolivia en 2008 y la actual asistencia al proceso de paz en Colombia.

    El día siguiente al fallo se celebrará el primer año de la firma del TLC entre Chile, Colombia, México y Perú. Un mes y medio después, asumirá el nuevo Gobierno. La mesa está puesta para aprovechar la coyuntura y disminuir los alcances del fallo, dando rápidamente lugar a una mayor inserción de Chile en los asuntos políticos regionales. Chile necesita a Sudamérica, la que a su vez, necesita a un Chile protagónico también.