Tag Archive: Voto obligatorio

  1. La derecha no quiere el voto obligatorio: las razones que acomodan a la oposición con el ausentismo electoral

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    Más del 64% de la población no participó de las municipales. Esto significó que comunas emblemáticas pasaran del oficialismo al control de la UDI y por pocos votos. De hecho, Maipú cambió de manos por menos votos que en la elección pasada.

    Las elecciones municipales dejaron distintos aspectos para el análisis, desde la baja participación hasta la pregunta de quién ganó en las urnas, la derecha o la Nueva Mayoría. Un aspecto en que todos están de acuerdo es que este proceso no fue como los anteriores, en que estuvo presente el fantasma por los problemas del padrón electoral.

    Se levantó el debate sobre la posibilidad de volver al voto obligatorio, bajo la idea que una baja participación podría deslegitimizar la elección. La propuesta viene desde el oficialismo. El agente chileno ante La Haya, José Miguel Insulza, ya planteaba antes de los comicios que la voluntariedad del sufragio pudo “no ser una buena idea”.

    “Con esto del voto voluntario la gente quizás no siente el deber cívico de estar ahí, tal vez indicarle a la gente que si quería votaba y si no quería no votaba, no fue una buena idea”, manifestó, pese a que él mismo estuvo de acuerdo con la modalidad.

    El presidente de la Cámara de Diputados, Osvaldo Andrade (PS), se manifestó a favor de volver a la obligatoriedad. Antes de las elecciones -y advirtiendo una alta abstención- dijo que  “el debate del voto obligatorio, que yo opino que debe ser así, adquiere plena vigencia”.

     

    Derecha está cómoda

    Sin embargo, en el debate hay dos fuerzas que se oponen a modificar el sistema. Por un lado los independientes y por otro la derecha. Este último sector, que tiene fuerza parlamentaria ya rechazó que se legisle para volver a la modalidad anterior.

    Evelyn Matthei (UDI), recién electa alcaldesa de Providencia, dijo que “de ninguna manera. Creo que lo que hay que hacer es ganarse las confianzas”.

    Mientras, el presidente de la UDI Hernán Larraín agregó que “volver al voto obligatorio no es buena idea, pero si debiera incentivarse la participación con herramientas que aumenten la comodidad a la hora de sufragar”.

     

    Los peligros del voto obligatorio

    La comodidad de la oposición sobre el voto voluntario se explica con los escenarios de Maipú y Providencia. Si se comparan los resultados de las elecciones de 2012 y 2016, la derecha obtuvo cantidad similar de votos. Es decir, ganó los municipios gracias al ausentismo que restó sufragios a la Nueva Mayoría.

    En las elecciones de 2012, la derecha obtuvo 38.946 votos en Maipú. En 2016, Cathy Barriga ganó con 35.343. Mientras que en Providencia, Matthei se queda con el municipio con 32.092 sufragios, poco más de los 29.697 que obtuvo Cristián Labbé la vez anterior y que terminó por sacarlo de la comuna.

    El investigador y coordinador del Observatorio Político Electoral de la UDP, Mario Herrera, explicó a nuestro medio que el ausentismo jugó a favor de la derecha. “Le trae beneficios en cuanto a votos, pero si analizamos los resultados, los que perdieron fueron todas las coaliciones, Chile Vamos perdió 500 mil votos en alcaldes. Fue un retroceso para todos”.

    “El problema de reponer el voto obligatorio es que con ciudadanos descontentos, los obligarás a votar y al hacerlo pueden pronunciarse a favor de una medida popular, por la que no necesariamente es la vía institucional para manifestar el descontento. Puede ser peligroso para la democracia”.

     

    Voto conocido

    Para Guillermo Hollzman, analista político de la Universidad de Chile, advierte que “el voto obligatorio, por sí mismo, no disminuye la abstención”, considerando los nulos o en blanco que puedan existir.

    Sobre la comodidad de la derecha, el experto explica que “probablemente apuntan a que manteniéndose los niveles de abstención vigentes, el padrón que va a votar es el que ya lo ha hecho y ese se distribuye de forma aparentemente tradicional, junto a los partidos. En esa perspectiva, la opinión mayoritaria se trabaja sobre candidatos predefinidos, donde es posible armar estrategias concretas”.

    “En consecuencia, volver al voto obligatorio es una modificación en el tipo de abstención y un aumento en la votación, aunque no sustantiva, pero  significa una incertidumbre sobre quiénes y qué van a votar”, agregó.

    Leer artículo en Cambio21

  2. Reponer el voto obligatorio: error de proporciones

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Los resultados de las recientes elecciones primarias han llevado a algunos a promover la restitución del voto obligatorio. Como si las primarias para alcaldes fuesen similares a una elección nacional, se alega que la baja participación fue producto de la voluntariedad del voto. Se ignora que el cálculo de la participación no debe hacerse en función del padrón, sino que de acuerdo a la fuerza electoral de las coaliciones. La Nueva Mayoría y Chile Vamos movilizaron cerca del 40% de su base electoral, pero es mucho más fácil y llamativo decir que la participación bordeó el 5,5%. Además, en estas primarias las coaliciones no compitieron con incumbentes. Es decir, con alcaldes en ejercicio. En las primarias de la Concertación en 2012 la presencia de un candidato incumbente impulsó a casi el doble la participación electoral. Por último, las coaliciones hicieron sus primarias jugando de visita. Es decir, en los lugares donde su votación estaba sustancialmente por debajo de su promedio nacional. ¿Sirve el 5,5% de participación en la primaria como evidencia para empujar una reforma institucional tan relevante como el voto obligatorio?

    No. Y este error de cálculo nos conduce a un error político e institucional de proporciones. El momento para defender el voto obligatorio ya pasó. La elite debió ser más firme cuando en pleno gobierno de Lagos se consensuó esta mala idea que, más tarde, fue consagrada en la reforma constitucional de 2009 en el primer gobierno de Bachelet. Fuimos unos pocos quienes nos opusimos a la reforma, pero en ese momento primaron argumentos normativos. Entre ellos, que el voto era un derecho y no un deber, y que los jóvenes no votaban producto de los trámites burocráticos que implicaba el proceso de inscripción. El diagnóstico, por tanto, era que la abstención respondía a factores contingentes y no a razones estructurales. Bastaba inscribir a todos para aumentar la participación. A esto se sumó una opinión pública favorable que apoyaba el voto voluntario en más de un 70%.

    El fracaso de la reforma fue evidente. Si en las municipales de 2008 participó el 58% de la población en edad de votar, en 2012 la cifra se desplomó al 43%. Para las presidenciales la situación mejoró parcialmente. En 2009 votó el 59% y en 2013, el 50%. Lo curioso de todo esto es que en una encuesta aplicada por el Observatorio Político-Electoral de la UDP al 100% de los diputados en 2012, el 75% de los parlamentarios de la Concertación se mostró favorable al voto obligatorio, en circunstancias de que varios de ellos votaron a favor de la reforma de 2009 y casi todos respaldaron la ley orgánica que la puso en marcha. No habla bien de nuestros representantes el que hayan apoyado una reforma para tempranamente arrepentirse. En un trabajo que escribí en 2008 y que hice circular entre varios legisladores, advertí que con voto voluntario la participación retrocedería significativamente y que, además, se profundizaría el sesgo de clase. Es decir, que en las comunas ricas participaría proporcionalmente más gente que en las comunas más pobres. La evidencia es contundente en respaldar ambas hipótesis. La participación se desplomó y el sesgo de clase se agudizó, especialmente en la Región Metropolitana.

    Por ende, los legisladores no pueden alegar que apoyaron una reforma sin evidencia en mano. Esa evidencia siempre estuvo disponible. Al parecer, varios de ellos no tuvieron la suficiente valentía para oponerse a la reforma constitucional propuesta por Bachelet debido a la alta popularidad con que contaba la Mandataria. Ahora pretenden revertir una mala decisión echando más leña a la hoguera.

    ¿Qué sucedería si reponemos el voto obligatorio? En primer lugar, hacer esta reforma en un ambiente de desafección y donde los partidos generan escasa confianza aumentaría significativamente las opciones de candidatos populistas o externos al sistema de partidos más tradicional. Desafectos e indignados con la política -a quienes además se les obligue a votar- serán renuentes a respaldar alternativas institucionales. De hecho, si en 2009 los no inscritos hubiesen sido obligados a votar, ME-O pudo superar a Frei en la primera vuelta. La encuesta CEP de octubre de 2009 mostró que entre los no inscritos ME-O tenía una intención de voto de 31,1% y Frei, de 19,1%. Tales antecedentes llevan a pensar que restituir hoy el voto obligatorio incrementará la participación, pero que esa participación favorecerá opciones que están fuera del sistema, perjudicando a los partidos tradicionales y, de paso, estimulando la emergencia de outsiders. Adicionalmente, no son pocos los que han propuesto un sistema de primarias obligatorias. Si hoy los partidos son instituciones debilitadas, imaginemos cuán irrelevantes serían las directivas, consejos y juntas nacionales si las candidaturas siempre se definieran en primarias. Ambas propuestas -voto obligatorio y primarias obligatorias- van en la dirección equivocada. En lugar de robustecer a los partidos, terminarán debilitándolos. Las primarias no son el único ni el mejor mecanismo para seleccionar candidatos.

    En segundo lugar, para que el voto obligatorio funcione será necesario establecer sanciones económicas y administrativas creíbles para quienes no voten. De lo contrario, operará como un régimen de voto voluntario. Esas sanciones debiesen ser ejemplificadoras. Desde el punto de vista administrativo, los que no voten ni justifiquen su abstención podrían estar impedidos de firmar contratos con el Estado e, incluso, viajar fuera del país. En la práctica, el régimen electoral sería de inscripción y voto obligatorio con sanciones efectivas. De esto hay experiencia. Por ejemplo, en 1962 se aumentaron las sanciones por no votar, incluyendo prisión -conmutable por multa- y prohibición de hacer trámites ante entidades públicas y privadas. El efecto que produjo esta reforma fue un crecimiento del padrón. En 1957, el 35,9% de la población en edad de votar estaba inscrita, pasando a 40,6% en 1958, 47,9% en 1961 y 69,8% en 1964. Si en 1957 había 1,3 millones de inscritos, en 1964 la cifra superó los 2,9 millones. En 1970 se produjo otro incremento del padrón, debido a la rebaja de 21 a 18 años en la edad de votar, sumándose analfabetos y no videntes.

    En tercer lugar, esta experiencia histórica indica que aumentará el número de potenciales votantes en caso de adoptar el régimen de inscripción y voto obligatorio. Por tanto, habrá que dotar de mayor contingente y recursos a Carabineros, encargados de recibir las excusas de quienes no voten. En el régimen de inscripción voluntaria y voto obligatorio todo era más sencillo, pues el  padrón bordeaba los ocho millones. No será lo mismo en un padrón de 13 o 14 millones. Las comisarías serán rápidamente atochadas por ciudadanos que, ante una eventual sanción, necesitarán formalizar su excusa ante la autoridad correspondiente.

    En cuarto lugar, igual cosa habría que hacer con los juzgados de Policía Local para procesar multas y sanciones. Acá está la clave de un buen funcionamiento del sistema. Si las sanciones no se hacen efectivas, entonces persistirá el voto voluntario. En quinto lugar, probablemente el Servel también requiera recursos adicionales dado el incremento sustantivo del número de votantes. En sexto lugar, y espero que esta no sea la razón, es posible que al participar más gente, los partidos -por efecto mecánico- reciban mayor número de votos, aumentando así el monto de devolución fiscal por voto recibido. Por ende, las elecciones serían cada vez más caras.

    En consecuencia, los legisladores deben aprender la lección. Ya se equivocaron al cambiar el régimen electoral y mostraron un rápido arrepentimiento. Hoy, es el momento de pensar bien las cosas y no sacar conclusiones de una elección primaria donde sólo se elegía el representante de una coalición. Reponer hoy el voto obligatorio trae más perjuicios que beneficios para nuestro sistema político y, más grave aún, para nuestra democracia.

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  3. “Reponer el voto obligatorio sería suicida. Da poca participación y sesgo de clase en un ambiente de desafección”

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    A partir del 5,57% de participación que hubo en las elecciones primarias de este domingo, se ha instalado en el debate la eventual necesidad de volver al voto obligatorio.

    Sin embargo, según Mauricio Morales, del Observatorio Político Electoral de la Universidad Diego Portales, en un ambiente político de desafección como el actual, el voto obligatorio sólo llevaría a menos participación y a la aparición de candidatos populistas.

    “Reponer el voto obligatorio hoy día sería suicida porque da poca participación y sesgo de clase, en un ambiente de desafección”, dijo el investigador.

    De hecho, según Morales, esta vez la participación fue mayor que la que se registró en las primarias de la Nueva Mayoría en 2012, ya que el cálculo debe hacerse sobre la fuerza electoral de las coaliciones. Así, en esta ocasión la Nueva Mayoría movilizó al 36% de votantes en sus comunas, mientras que Chile Vamos al 38%.

    Morales además hizo hincapié en que las coaliciones compitieron en las comunas que le eran más desfavorables electoralmente y que no hicieron competir a municipios donde ya tienen alcaldes en ejercicio.

    “Si tengo un alcalde muy poderoso no tiene sentido desafiarlo”, explicó Morales.

    Como solución para aumentar la participación de los votantes, Morales propone corregir el problema desde abajo: que el Servel sea más activo en informar a la población del proceso y mejorar la educación cívica desde la enseñanza básica.

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  4. Voto obligatorio, populismo y financiamiento

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    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

    Los mismos políticos que apoyaron el voto voluntario, hoy rasgan vestiduras por la restitución del voto obligatorio. Principalmente alojados a la izquierda del espectro ideológico, sostienen que la única manera de frenar la baja participación es obligando a que la gente salga a votar. Para ellos fue sorpresiva la caída de la participación a menos del 50% en la primera vuelta presidencial de 2013, y a poco más del 40% en la segunda vuelta. Como si la solución pasara por una rápida reversión institucional, creen que los problemas del país se resuelven llevando más gente a las urnas. Lástima que no hayan pensado lo mismo cuando se discutió sobre el cambio de régimen durante los gobiernos de Lagos y Bachelet. Ahí apareció la “izquierda progresista” con un discurso adosado a entender el sufragio como un derecho y no como un deber. Mala cosa.

    ¿Qué pasaría si restituyéramos el voto obligatorio? Ciertamente la participación aumentaría, posicionando a Chile en los primeros lugares del ranking latinoamericano. El problema es que, con toda seguridad, la votación nula y blanca ascendería más allá del 7% que se alcanzó en la elección de diputados 2013, y del casi 13% para la elección de Cores. Adicionalmente, las opciones populistas sí tendrían un fuerte caldo de cultivo en este escenario. Tales candidatos no sólo apelarían a la alta desconfianza institucional y a un discurso anti-elite que claramente identifica un enemigo, sino que además ese candidato- explotando sus atributos personales casi al nivel de salvación total- llamaría al “pueblo” a votar en contra de esa elite corrupta. A esto contribuiría un ambiente de deterioro en las reglas de accountability y a la debilidad de los políticos más tradicionales.
    ¿Puede surgir un candidato populista fuerte en Chile? Los populismos pueden aparecer tanto en sistemas de partidos debilitados como en sistemas hiper-institucionalizados. Incluso, lo pueden hacer en escenarios de estabilidad económica. Parisi, por ejemplo, capturó votantes jóvenes, con educación superior, pero cesantes. En este segmento, sus apoyos llegaron al 23%. Su discurso sobre las oportunidades y la meritocracia le hizo sentido a una porción no menor de electores. ¿Qué hubiese sucedido con Parisi en un escenario de voto obligatorio, con políticos desprestigiados y altos niveles de desconfianza en las instituciones? No tengo dudas de que su porcentaje de votos habría sido mucho mayor. ¿Es eso bueno para la democracia? No.
    En cuanto a financiamiento de campañas, no son pocos los centros de estudio que quieren limitar la obtención de recursos casi exclusivamente a la esfera estatal. El problema es que la presión por gasto es mucho mayor a la estimada. Por ejemplo, a la Alianza -de acuerdo a los datos del Servel- cada diputado le costó 151 millones de pesos, mientras que a la Nueva Mayoría le salió por poco más de 81 millones de pesos. En el Senado, en tanto, a la Nueva Mayoría le costó 385 millones de pesos cada senador, cifra que sube a 861 millones de pesos en la Alianza. Todo esto calculado con los datos oficiales. Si creemos que estos datos están subestimados, entonces el costo por un escaño es sustancialmente mayor. ¿Existen recursos estatales que puedan equiparar estas cifras?, ¿es sensato colocar barreras a los aportes anónimos?, ¿qué sucederá con el nuevo sistema electoral donde competirán más candidatos y con límites de gasto superiores? Por ejemplo, en el distrito que agrupará a las comunas de Maipú, Estación Central, Cerrillos, Pudahuel, Colina, Lampa, Quilicura, Titil, el límite de gasto será -dependiendo del valor de la UF- de aproximadamente 730 millones de pesos.

    Si se aprueba el proyecto del gobierno, esa cifra se reduciría cerca de 350 millones de pesos. ¿Cuál es el problema? El límite de gasto es por candidato, no por partido. Entonces, si un partido con muchos recursos presenta cinco candidatos, y esos candidatos llegan al límite de gasto en el distrito, el partido no estará gastando 350 millones, sino que 1.750 (350*5).

    Por tanto, hay que ser en extremo cuidadosos con los diseños institucionales. El cambio al binominal fue un gran paso, pero todo se irá al tacho de la basura si restituimos el voto obligatorio en el corto plazo y si  no optamos por un buen sistema de financiamiento.

    Ver columna en La Tercera.

  5. El retorno del voto obligatorio. ¿Pasó la vieja?

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    mauricio morales

     

     

     

     

     

     

     

    Mauricio Morales

    La introducción del voto voluntario en Chile ha sido una de las peores decisiones del último tiempo. En 2011 -antes de que entrara en vigencia- sostuve que el voto voluntario traería dos problemas. Primero, un desplome de la participación. Segundo, un agudizamiento del sesgo de clase en la participación electoral. Es decir, que en las comunas más ricas vote más gente que en las comunas pobres. Ambos pronósticos se dieron. Mientras en 2009 la participación bordeó el 60% (calculado sobre el total de población en edad de votar), en 2013 descendió a menos del 50%. Si en Vitacura, para la primera vuelta de 2013, votó casi el 68% del padrón, en La Pintana lo hizo sólo el 40%.

    Lo más grave es que varios congresistas, estando informados respecto a tales pronósticos, terminaron apoyando la reforma.Una encuesta aplicada a 164 congresistas en 2014 – financiada por un proyecto de IDRC alojado en la Universidad Diego Portales- arrojó que un 72% de los legisladores de la Nueva Mayoría y un 57% de los de la Alianza están a favor del voto obligatorio. La incongruencia es evidente. La misma elite que apoyó la reforma, ahora quiere una rápida reversión. No tuvieron el coraje para oponerse en su minuto al voto voluntario. El argumento era que la propuesta venía del gobierno de Bachelet, y que dada su popularidad no era conveniente tirarle pelos a la sopa.

    ¿Es adecuado retornar el voto obligatorio? Me parece que no.Primero, aunque soy fiel partidario del obligatorio, creo que es importante que los políticos se den cuenta de una mala legislación y que la corrijan de manera adecuada. Esto implica el establecimiento de un Plan Nacional de Educación Cívica. Es decir, incluir de manera obligatoria en las mallas curriculares de escuelas, colegios y liceos un programa de Educación Cívica para alumnos de enseñanza media y de enseñanza básica. Para esto último, existen modalidades de trabajo basadas en didácticas democráticas. Una idea de estas características vendría a corregir de manera seria el escaso “civismo” de los chilenos.

    El segundo argumento tiene que ver con la eventual combinación entre el voto obligatorio y un ambiente de alta desafección con partidos. Ocho de cada diez chilenos no se identifica con ningún partido y, además, la participación se ha desplomado significativamente. Entonces, el hecho de obligar a la gente a votar, podría traer consecuencias aún peores. Esos ciudadanos lo harán de mala gana. Es muy probable que en lugar de apoyar candidaturas de los partidos o coaliciones tradicionales, lo hagan por candidatos populistas en el afán de votar en contra “del sistema”. La situación se tornaría más dramática en el nuevo esquema: distritos más grandes, menor exigencia de votos para ser electo, bajas barreras de entrada para formar partidos. Si el voto es obligatorio, no es descabellado pensar que en algunas regiones terminen por salir beneficiados pequeños caudillos que hacen eco de la crítica generalizada a los partidos tradicionales. Lo peor, es que esos votantes descontentos justificarían su voto más por la molestia de estar obligados a votar, que por una preferencia política arraigada.

    El tercer argumento es que, de retornar al voto obligatorio, estaremos confundiendo dolor de cabeza con jaqueca crónica. El drama de la desafección no se resuelve instituyendo la obligación de ir a votar. El problema es mucho más profundo, por lo que su corrección depende de cuán dispuestos estemos para establecer una educación cívica íntegra.

    Raya para la suma. El tiempo del voto obligatorio ya pasó. La elite política debe hacerse cargo del error. El desastre del voto voluntario debe ser tomado como una oportunidad para atacar de raíz el profundo malestar con los partidos y la representación democrática. Algunos han dicho que la participación electoral futura dependerá del nuevo sistema electoral. Se equivocan. No es “responsabilidad” de un sistema electoral impulsar la participación. Los sistemas electorales transforman votos en escaños. Lo curioso, es que quienes quieren achacar tal responsabilidad al sistema electoral, son los mismos que en su minuto respaldaron abiertamente el voto voluntario. Juzgue usted.

    Ver columna en La Tercera